Mercedes Arancibia
En un viejo cassette (¿recuerdan?, cosas de antes del diluvio) he encontrado la grabación de un programa nocturno de Marchamalo, donde yo respondía a la pregunta “¿Qué te gustaría decir si te dejaran hablar por la radio?”: “Si me dejaran hablar por la radio aprovecharía para echar un mitin, que no hay muchas oportunidades de hacerlo. Me gustaría decir que es inútil gritar o llorar porque eso no sirve para cambiar la realidad y como la realidad no me gusta hay que inventar otras cosas para cambiarla: podríamos, por ejemplo, pensar en cambiar la economía por ecología y los navajazos por solidaridad. También aprovecharía para decir -porque lo acabo de leer y es muy bonito- que, como dice José Luis Sampedro, en realidad todos somos dos, pero uno es clandestino. Si aún me quedara tiempo diría que me gustan Tapies, Cortázar y Tom Waits. Y si me dieran muy poco tiempo, y me obligaran a resumir, lo que diría es que al final siempre nos quedará París”.
Y es que, a diferencia de lo que ocurre en otras ciudades el mundo, Madrid sin ir más lejos, lo mejor de París es que no se ha movido desde hace más de un siglo, que siempre encuentras todo como lo dejaste la última vez que estuviste: la misma esquina del faubourg Montmatre, el mismo café de Buci, el mismo croissant en la misma panadería de Rennes, el mismo hotel en Seine, el mismo cous-cous en el mismo tugurio de la rue Huchette, la misma sopa de cebolla en el mismo bistrot de Les Halles, aunque ahora no sea mayorista sino un mercado moderno que se llama centro comercial, abajo, al final de las escaleras, junto al metro y el tren de cercanías; la misma tienda de telas en la subida al Sacre Coeur, la misma Droguerie en Saint Eustache , el mismo artista con la misma bata azul grisáceo manchada de colores en Campagne Première e incluso el mismo clochard en la boca del metro de Odeon...
París existe desde tiempo inmemorial. Podemos sentarnos a cambiar impresiones varias generaciones de viajeros y todos hablaremos del mismo café para desayunar en Bonaparte y la misma crêperie para cenar en Montparnase, el mismo cine en el pasaje comercial; la misma galería modernista en Jacob y en la rue des Grands Augustins el mismo negocio inverosímil que aquí sería la tapadera de algo inconfesable pero en París tiene a la venta media docena de incunables, dos medallas roñosas, una silla vagamente decó y un abrigo de pieles, y en el que dormita, y a media tarde recibe a sus amistades, una señora increíble sin edad con el pelo rojo de aleña, las mejillas sonrosadas, el carmín más rojo que hayas visto en la boca y un abrigo afgano comprado, seguro, algún domingo de los últimos '70 en Las Pulgas.
El café, la panadería, el cine, la tienda de telas, el pintor, el clochard y la señora del negocio increíble (que probablemente es amiga del artista del blusón y frecuenta el bar por la mañana y la crêperie los domingos por la noche) son propiamente París, están allí desde el principio de los tiempos, viviendo cada día y todos los días la magia de una ciudad que se ha sabido conservar sin tener que repetirse; que, a diferencia de Venecia -que también está en el mismo sitio desde hace quinientos años y si se cae una piedra la vuelven a poner en el sitio exacto- parece todo menos un decorado.
En París siempre huele a comida porque en París , a cualquier hora, alguien está comiendo. Ergo el corazón de la ciudad late a diversos ritmos, la ciudad tiene muchas vidas.



