Mercedes Arancibia y yo, Rafael Jiménez Claudín y yo, escribiría ella, hemos tenido un ataque de nostalgia hablando de París, de la variedad de significados que tiene para nosotros, por variados motivos , aunque con uno en común para quienes vivíamos la dictadura de Franco: era una ciudad libre donde se podía leer libros prohibidos, ver películas censuradas, hablar con republicanos y comunistas en voz alta y aprender cómo se ejercía el periodismo en libertad.
Además, era posible hacer todo eso en cafés con un ambiente que nos chiflaba, conociendo a otras y otros de los que era difícil no encandilarse porque su educación no estaba moldeada por falangistas y señoras de la sección femenina.
Declaraciones que sobre Madrid sonaban a cursiladas nos parecían aceptables al pensar en un París ciudad del amor, París ciudad de la luz, I love Paris, Las hojas muertas y Siempre nos quedará París.
Pero para saber si llegamos a tener amoríos en el Barrio Latino o en Montmartre, si caímos en actividades consideradas en la época contrarias a la moral o a las buenas costumbres, tendrán que tomarse el tiempo necesario para seguirnos en las entradas que escribiremos con el antetítulo de Destino París.
Nos gustaría enganchar en este proyecto a otros colegas que se identifiquen con París para que entre todos logremos cruzar datos que permitan llegar hasta sitios y rincones que normalmente pasan desapercibidos, a no ser que un día afortunado alguien te lo indique con la tradicional fórmula de no te lo puedes perder, o lo descubras en un paseo a ciegas por las calles de barrios que se mantienen igual año tras año, siglo tras siglo, si obviamos las hamburgueserías y las cadenas de supermercados.
Tendremos que digitalizar fotos, revisar la cuenta de restaurantes, rememorar los viajes en coche, tren o avión, señalar la cervecería donde quedábamos y, quién sabe, intentar actualizar algún teléfono que nunca nos atrevimos a volver a marcar.
En Destino París todo es posible.



