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Miercoles, 14 de Noviembre de 2012

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Ricardo, mon amour, pide un deseo

ricardo-1Mercedes Arancibia

A la vista de la que se avecinaba con un Madrid rendido a 37º a la sombra y las calles repletas de manadas de jóvenes reprimidos, y dado que el calor me humilla y los jóvenes reprimidos me producen sarpullido, decidí poner tierra por medio y largarme –sin viento fresco, en todas partes se andaba cociendo el personal en este verano tardío y de pánico- a ver como caían las Perseidas, que son una estrellas preciosas que todos los años se deslizan, a mediados de agosto, por un cielo azul marino que les sirve de pista de aterrizaje.

Unas estrellas modelo cometa, con su cola de arrastre, su bola luminosa y radiante, su poquito de estela que en realidad es parte de la vía láctea en que se apoyan y, sobre todo y fundamental, su carga de leyenda alimentada por siglos de embobados mirando al cielo con la boca abierta: estrellas fugaces –hermoso, ¿no?, fugaces como el tiempo, como la vida- que llegan como los Magos cargadas de fuerzas ocultas capaces de hacer realidad los deseos y desaparecen muchas veces antes incluso de que hayamos sido capaces de concretar el deseo. Estrellas que nos deslumbran unos segundos y luego nada. ¿Nada? No, la ilusión va más allá del instante de luz, queda el desideratum.

Me fui a ver caer estrellas comme il faut, o sea a un pedazo de campo suficientemente alejado de la contaminación lumínica, a un horizonte despejado, a una soledad compartida con un puñado de amigos, todos en busca de la luz portadora de sueños. Pero a veces los hados no están por la labor, deciden darnos la espalda y la caída en picado de las estrellas fugaces coincide con las noches de la más hermosa de todas las lunas llenas que en el mundo han sido hasta el punto de que el cielo parece un espejo azul cobalto (azul como la chaqueta cruzada de Corto Maltés que también mira al cielo, buscando estrellas, en las viñetas que este verano protagonizan en Europa nada menos que tres exposiciones simultáneas); un espejo azul que refleja la luna y esconde las Perseidas en su azogue.

Pero, a pesar de todo, en un cielo que parecía un decorado avistamos tres estrellas camino de ninguna parte a 59 kilómetros por segundo: la primera me pertenece, es solo mía y ha seguido viaje llevándose quien sabe dónde mi deseo. Si todo ocurre como está previsto el deseo será una realidad antes del año nuevo y yo cambiaré el futuro siempre imperfecto por un pedazo de otra vida.

Este verano las estrellas han faltado a la cita pero en cambio he descubierto (todo el mundo le conocía menos yo) a un cantante llamado Damien Rice (The Blower’s Daugther), he aprendido a hacer pollo con pimientos y me he enamorado de Ricardo.

Ricardo, quien recién bajado del autobús parece el Bogarde de Visconti llegando a Venecia pero cuando empieza a contar -con una voz que a él le sale de lo más abajo de donde salgan las voces y a ti te llega como desde el escenario- se transforma en el mejor de los Mastroiani de Fellini; que por la mañana aún experimenta otra mutación y, en albornoz, es el Mastroiaini de Mijalkov y más tarde todavía, a la caída de la tarde, Ricardo debajo de una sombrilla vuelve a ser von Aschenbach en el Lido veneciano contemplando con desgana a las bañistas. Ricardo, quien lleva la ropa de su padre y su abuelo con la clase de quien sabe que en el fondo de los armarios se encuentra lo mejor de la vida, lo que no tiene precio pero tiene valor. Ricardo mirando a la luna y sin ver las estrellas.

Ricardo que atesora para contar una vida hecha de teatro, amigos, amores y algunos sustos y renuncias. Ricardo anarquista, compañero, jugando a los dados con unas manos de dedos largos y afilados, los mismos con los que va siguiendo el texto de una función por estrenar. Ricardo pensativo, con la vista puesta en la lejanía para escuchar y revelarse después como el mejor polemista.

Ricardo ciudadano del mundo y de Logroño. Ricardo mon amour. La mujer de su vida se llama Elena, fabrica pulseras de cuentas de colores y siempre va a tener trece años.

A la vista de la que se avecinaba con un Madrid rendido a 37º a la sombra y las calles repletas de manadas de jóvenes reprimidos, y dado que el calor me humilla y los jóvenes reprimidos me producen sarpullido, decidí poner tierra por medio y largarme –sin viento fresco, en todas partes se andaba cociendo el personal en este verano tardío y de pánico- a ver como caían las Perseidas
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Última actualización el Lunes 22 de Agosto de 2011 21:54