“En Medellín, hay más de 8.000 jóvenes armados. No saben más que ‘volear gatillo’ o, como se dice también, ‘tirar chumbimba’(bala). Tenemos la obligación de educarlos. Y tienen que reconstruirse a sí mismos, perdonarse y reconciliarse consigo mismos, antes de hacerlo con los demás. Hay que ofrecerles tanto una formación psicoespiritual como otra técnica y educativa, además de darles un empleo”, nos decía Juan Carlos Velásquez, 38 años, a primeros de septiembre. De pequeña estatura, Juan Carlos tiene la mirada curiosa, un aire fresco y se expresa con un fuerte acento de su ciudad de origen; mientras inserta –de vez en cuando- en la conversación términos del “parlache” (el lenguaje barriobajero colombiano).
Por su aspecto, parece uno de los autorretratos renacentistas del pintor Durero (Albrecht Dürer) o un joven músico madrileño de heavy metal perdido en los años finales del siglo XX. Pero estamos ante un sacerdote católico de la parroquia San Fernando Rey, barrio López de Mesa (comuna 5 de Medellín, Colombia). Nuestra conversación de hace tres meses tuvo lugar en Madrid. Ahora, cuando escribimos estas líneas a primeros de diciembre de 2011, suponemos que continuará en Medellín. Lo imaginamos ocupado en su habitual recogida de juguetes previa a la Navidad, para distribuirlos en su barriada, donde vive de manera temeraria entre los muchachos de los combos, esas bandas de delincuentes juveniles que “controlan” las zonas más pobres. En esas zonas, se ha ganado el adjetivo parlache de parcero (amigo cercano, colega). Y quizá es el único que atraviesa, sin mayores precauciones, las fronteras entre los territorios de las distintas pandillas armadas.
“En Medellín, el 60 ó el 70 por ciento de la gente vive en medio de una gran necesidad”, nos decía, para después añadir: “Hay crecimiento económico, sí, en la ciudad y en el país, pero para los grandes grupos financieros. No equivale a bienestar para la mayoría, porque al mismo tiempo, persisten el desempleo y la desigualdad social. La desigualdad y la corrupción alimentan la violencia, en un ambiente en el que los ricos tienden a ser cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres y más numerosos”.
Una Semana Santa, revivió el lavado de pies ritual con una docena de muchachos. Poco después apenas sobrevivían tres de los 12 “apóstoles” elegidos. Los demás fueron víctimas tempranas de la espiral violenta de sus vidas, atrapadas en las redes de los combos. No le faltan funerales y sepelios a Juan Carlos, por jóvenes que conoce bien y que le llaman brother, por considerarle uno de los suyos. En alguna ocasión, fue criticado por mediar entre jefes de bandas para disminuir la violencia, dejando un tanto aparte los circuitos oficiales: “Trato de hacer una lectura del evangelio en la que haya una mirada íntegra del ser humano”, nos dijo a modo de justificación, “porque ahí hay una palabra bonita que es ‘compasión’, tener la pasión del otro, compartir su sufrimiento. Eso era lo que sentía Jesús. Me duele la muerte de los chicos de mi barrio, su hambre, el dolor de las señoras que ven morir a sus hijos”.
Esplendor, símbolos, palabras, armas y milagros imposibles
Juan Carlos se encontraba en agosto en España durante los días de la visita de Benedicto XVI. Le expresamos el contraste entre su trayectoria, de activista social de los pobres, y la imagen de esplendor de la élite vaticana. Le dijimos que nos parecía brutal. Con una sonrisa no carente de malicia, él ironizó con nuestra forma de ver las cosas: “En la iglesia, algunos tienen que hacer el trabajo de la diplomacia y lo hacen bien; otros hacen vida contemplativa y eso es tan válido como lo que hacemos otros en la calle. A nosotros, simplemente, nos toca meternos en los barrios”.
Afirma que sus padres, de clase media y católicos practicantes, no le impusieron nada, que ni idealizaron, ni mitificaron, ni le impusieron los conceptos religiosos. Quizá de ahí surge su relativo pragmatismo: “Si no tenemos una propuesta integral alternativa, quizá hasta reforcemos las armas. Una vez, se organizó una entrega de unas 150 armas en manos de los jóvenes del barrio. Hubo ceremonia con toda la parafernalia del alcalde, las autoridades civiles, militares y eclesiásticas. Con el tiempo, nos dimos cuenta de que la propuesta de entrega había partido de alguien que quería renovar el armamento de una pandilla. Todos, sin saberlo, fuimos utilizados. Lo mismo que sucede con las armas, puede pasar con la droga”.
Pero afirma que “los muchachos” están cansados de violencia. Por eso entregó al presidente Santos una carta con 1.600 nombres que querían dejar la delincuencia y las armas. Insiste en que hay que ofrecerles algo concreto: “Hay que darles formación, empleos y apoyo psicológico y espiritual. Esos tres aspectos son imprescindibles para ofrecer una alternativa. Muchos jóvenes están cansados, ven ya la violencia y la droga como asuntos que ya no funcionan. Los ven, simplemente, como un negocio ya saturado”.
Tras estudiar en el seminario de Medellín, fue destinado primero a El Poblado, una zona de clase alta también conocida como Las Manzanas de Oro. “Nivel 6”, según la estadística colombiana; ahora Juan Carlos dice que vive en un barrio que se mueve entre los “niveles 1 y 0”. Él tampoco reprocha nada a sus parroquianos anteriores, aunque sus palabras no escondan la ceguera de una cierta élite dirigente de Colombia: “En mi primera parroquia, hay personas que no saben que hay hambre en otras partes de la ciudad. Muchos se mueven mejor por el centro de Miami que por el centro de Medellín. Y desconocen que las tres cuartas partes de la población sufre injusticias y hambre, que muchas veces cinco o seis personas intentan vivir con un salario mínimo irrisorio de medio millón de pesos (unos 215 €, es decir, aproximadamente 255 dólares estadounidenses). Y eso es un milagro imposible”.
Varias horas, cuando cae la noche, Juan Carlos, se convierte en escultor de la madera. Tiene esa otra vocación, esta vez artística, que le lleva a tallar formas diversas de plantas y animales, también de figuras religiosas, de vírgenes, santos y cristos. Le lanzamos dos cuestiones muy distintas sobre su posición social: ¿no siente distancia hacia el Vaticano y la iglesia palaciega? ¿no ha confesado también, en público, que le costó encontrar cómo hacer el elogio de algún asesinado que no había hecho sino mucho mal?
“Quizá mi visión es inocentona”, confiesa, “quizá la iglesia deba replantearse cosas, como todo el mundo. En mi parroquia veo a muchos excluidos, a gente en silla de ruedas, a otros rechazados por su opción sexual. Pero Jesús los acogió en su tiempo y Dios no es sólo de los ‘santicos’. Y yo no soy bueno por ser sacerdote. Vivimos en una sociedad excluyente y tenemos que replantearnos muchas cosas. Si el sicario que asesina viene a misa, yo no lo juzgo. Únicamente pienso que quizá le sirva alguna de nuestras palabras. Y tenemos que buscar y construir estructuras más humanas”.
Teología no acusatoria y pragmatismo social
Cuando le preguntamos si pertenece al movimiento de la teología de la liberación, responde: “En primer lugar, no leo teología de la liberación y sería pretencioso decir que pertenezco a un movimiento que no conozco. Lo único que hago es acercarme a los jóvenes de las pandillas, saludarlos, preguntarles por sus familias y saber cómo están ellos mismos. No les pregunto qué hacen en el mundo de la delincuencia. A veces, entramos a valorar categorías morales y terminamos poniéndole un rótulo a los demás, si son buenos o malos. Y el otro puede tener limitaciones y errores. Misericordia es aprender a ver al otro sin sus miserias, aunque tenga fallos y siga una vía equivocada. Tenemos que ofrecerle un camino, no señalarlo, ni acusarlo”.
Le preguntamos si nunca reprochó a un joven haber matado a otro. Su respuesta trata siempre de eludir el juicio personal: “Lo hago, pero nunca con el ánimo de acusar. En muchas ocasiones, el sistema político o religioso se limita a señalar, a juzgar. Y si yo no tengo alternativas, ¿para qué acusar? Quien está equivocado, ya lo sabe. Si digo a alguien, por ejemplo, ‘usted se está haciendo daño con la droga’ o ‘hace el mal a otros vendiéndoles la droga, los envenena, los asesina’, ese alguien puede responderme: ‘Deme una alternativa de vida y dejaré de envenenar, de matar, de extorsionar’. Mi fe no es una imposición, sino una propuesta. Tampoco mi vocación fue impuesta. El caos y el tráfico de drogas vienen impuestos desde afuera, no por los muchachos que viven en nuestros barrios. Y ellos nunca me han señalado, ni amenazado porque nunca entré en el juego de señalar, ni de acusar. Tampoco lo hago con la clase dirigente, ni con el gobierno. Por otro lado, a muchos de esos muchachos los he visto ir al colegio y a la catequesis. Así que trato de ser más ‘propositivo’ que acusador o juzgador”.
Le pedimos que nos hablara de la época más tormentosa del narcotráfico y de Pablo Escobar, de quien se acaban de cumplir 28 años de su trágico fin: “Pues hubo dos Pablo Escobar, el que se centró en la política y el anterior. El primero coincide con una época en la que Medellín vivió una especie de período de inocencia frente a la mafia. Ser mafioso no era algo malo, peyorativo o negativo. Cuando se adentró en política, lo empezaron a perseguír. Mientras, se había convertido en paradigma de una parte de las clases populares, antes ‘cultivadas’ por las guerrillas, el movimiento sindical y el de la teología de la liberación. Pero había llegado a ser uno de los más ricos del mundo y, para muchos, era un hito a seguir. Excepto casos especiales, como algún ciclista o algún futbolista, creían que ascender socialmente sólo era posible como político o como mafioso. Colombia sigue siendo un país con enorme desigualdad social y un gran índice de corrupción”.
El 6 de diciembre, millones de colombianos salieron a la calle para expresar su repulsa a las FARC, que mantienen secuestradas, enjauladas y encadenadas a varias personas. Están así desde hace doce o catorce años. Y acaban de asesinar a cuatro cautivos que llevaban también años en esas, terribles, condiciones. El cura de los combos nos dijo: “En Colombia, de algún modo, puede parecer (actualmente)que las ideologías han desaparecido. La guerrilla es una guerrilla mafiosa, lo mismo que los paramilitares. Y en algunos momentos (del pasado) pudimos dar la impresión de que todos estábamos implicados (en la violencia), como los guerrilleros, los paramilitares y el gobierno”.



