El estado del bienestar, los ciudadanos y el empleo no son los únicos perjudicados por la crisis que azota con especial virulencia a Europa. Frente a la crisis de deuda, la política exterior de la UE ha pasado a ser una preocupación menor para los dirigentes europeos. Se debe reconocer que la política exterior europea nunca ha gozado de la suficiente dedicación pese a estar recogida como aspecto muy importante en el ya envejecido Tratado de Lisboa. Catherine Ashton, que ejerce el cargo de Alto representante de la UE para asuntos exteriores y política de seguridad, ha reclamado más fondos para el servicio europeo de acción exterior (SEAE). Fondos que difícilmente llegarán debido a las reticencias de la Comisión y las dificultades económicas que atraviesa la UE.
A estas alturas, en un clima de creciente euroescepticismo muchos se preguntan si es necesario que la UE lleve a cabo actuaciones conjuntas en materia de política exterior. En mi opinión, no sólo es que sea necesario si no que es de vital importancia potenciar una verdadera política exterior europea. Los europeos creemos vivir en un mundo absolutamenteeurocentrista, creemos que encendiendo la televisión estamos informados del acontecer de los hechos en todo el planeta. Además, no nos extrañamos cuando Europa es el centro de ese “mundo mediático”. Pero la realidad es muy diferente, Europa está perdiendo peso en el mundo a pasos agigantados. Perdiendo relevancia económica debido a la crisis de deuda de los países soberanos y trascendencia política por una profunda crisis de gobernanza en el seno de la Unión. A esto, se debe sumar una casi inexistente política exterior común en asuntos de calado internacional. Sencillamente para el resto de países, Europa ya no es el centro del mundo.
La fundación Bertelsman realizó una encuesta donde sólo el 24% de los ciudadanos estadounidenses, el 17% de los rusos y japoneses, el 14% de los brasileños y el 7% de los indios pensaban que la UE sería una potencia en 2020. Podemos deducir que el juego al que jugábamos los europeos desde hace muchos años se ha reiniciado. Conservamos algunas piezas, pero las perderemos si tenemos veintisiete jugadores en lugar de uno.
El principal problema para la potencialización de una política exterior común son los diferentes intereses nacionales de los países miembros de la UE, en muchas ocasiones enfrentados entre sí. Como se ha podido comprobar en las divergencias respecto a Palestina, Kosovo, el ingreso de Turquía o la forma de relacionarse con Rusia o China. En otras materias como política comercial, agrícola o pesquera los países que conforman la UE han transferido competencias al órgano común. Sin embargo, en política exterior y seguridad las aspiraciones de los europeistas han chocado frontalmente con la negativa de los Estados a ceder su soberanía. Esto quedó plenamente demostrado cuando se puso al frente de la política exterior común a Catherine Ashton. Perfil bajo para evitar hacer sombra a las políticas individuales de las principales naciones europeas. Así pues, una vez más el enemigo está en casa.
Existen dos planteamientos posibles a la hora de afrontar el desarrollo de una efectiva política exterior de la UE. Por un lado, lograr una cesión total de las competencias en estas materias. Y por otro, la que aboga por una política exterior europea que actúe como complemento a las políticas exteriores de los Estados miembros. Es decir, que actúe en situaciones donde la intervención común sea más conveniente que la individual. Ambas tienen sus inconvenientes, la cesión total es muy complicada pero parece que los europeos necesitamos acercarnos al abismo para tomar decisiones valientes. La cesión complementaria plantea problemas de interpretación, ¿cuándo es conveniente que actúe la UE y cuándo no? ¿qué ocurre si los intereses de la UE difieren de los intereses del país implicado?.
En mi opinión, la ambigüedad y “las medias tintas” ya no son una opción si se pretende que la UE siga adelante. Se necesita que los Estados miembros cedan soberanía, de no ser así se expondrán a una lenta agonía en un panorama internacional muy desfavorable para sus intereses. Las crisis siempre plantean nuevas oportunidades.
Publicado en La Cuestión
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