| 17 de Junio de 2009
Posted in Red de Blogs - Política
Javier Grimal.- Decía Arthur Koestler que "el sonido que persistentemente se escucha a través de la historia es el de los tambores de guerra". Estoy seguro de que este escritor, periodista, activista político y testigo de los principales momentos clave del siglo XX, seguiría pensando lo mismo si viviera en estos momentos.
La crisis económica mundial, el desconcierto de la izquierda socialdemócrata ante la misma, la generalización del capitalismo salvaje, el paulatino empobrecimiento de trabajadores y pequeños empresarios, y el auge electoral de los modelos totalitarios y populistas, hacen que el mundo que vivimos se parezca demasiado al de principios de los años 30 del pasado siglo, cuando se empezaban a fabricar los tambores de la II guerra mundial y nadie quiso reparar en ello.
La derecha neoliberal, cuyas recetas económicas han provocado una crisis planetaria, ha arrasado en las últimas elecciones al parlamento europeo, mientras la socialdemocracia elegía su opción de siempre en la disyuntiva entre traicionar a sus votantes o traicionar los resortes fundamentales del sistema económico imperante.
La ultraderecha, por su parte, ha logrado sus mejores resultados en este tipo de comicios, asegurándose una voz en Europa que será alzada contra los inmigrantes y escuchada por muchos trabajadores, después de que los empresarios europeos hayan transformado la inmigración desordenada en dumping social, con el silencio cómplice de las principales organizaciones sindicales.
Mientras tanto, van cayendo los últimos pilares del Estado del Bienestar, que durante décadas generó prosperidad económica para todas las clases sociales y para todas las regiones del planeta, evitando excesos y redistribuyendo la riqueza producida.
El desconcierto de la población ante esta turbia realidad hace que afloren en las urnas curiosos personajes que convierten el populismo y la demagogia en sus principales activos para implantar estados totalitarios. Hoy, como hace 80 años, tenemos nuestro Hitler (Mahmoud Ahmadinejad), nuestro Stalin (Hugo Chávez), e incluso tenemos su pacto de no agresión como aquel que firmaron en 1939 Ribbentrop y Molotov, y que quedó roto cuando los ejércitos nazis invadieron la Unión Soviética en 1941.
Tenemos también nuestro Mussolini (Silvio Berlusconi), nuestro Roosevelt (Barack Obama -New Deal incluida-) y hasta una versión descerebrada de Hiro-Hito (Kim Jong Il).
Sólo hace falta, pues, una guerra mundial para que unos cuantos hijos de perra alivien sus cuentas de resultados, destruyendo y construyendo a costa de la pérdida de millones de vidas. Seguro que muchos apuestan por ello, igual que lo hicieron sus padres y abuelos hace 8 décadas. La cuestión es ¿tiene suficiente fuerza la sociedad civil para evitar su destino luchando por una alternativa económica que nos beneficie a todos?

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