“Cuestión de principios”, de Rodrigo Grande, con Federico Luppi y Norma Aleandro

Escrito por: Mercedes Arancibia en Cinéfilos

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Mercedes Arancibia

cartel_cuestion_de_principiosMercedes Arancibia,- Mi teoría es que como la historia más reciente ha querido que la mitad de los argentinos sean psicólogos, psiquiatras o psicoanalistas, y la otra mitad haya estado en tratamiento, ese es el motivo de que les salgan tan redondos los experimentos acerca de la condición humana.

Viene a cuento de la película “Cuestión de principios”, que se estrena aquí con casi dos años de retraso, pero es también aplicable a muchas de las producciones argentinas de los últimos años (recuerdo “El dedo en la llaga” y “Luna de Avellaneda”, por ejemplo). En general, los actores “bordan” los personajes y es una auténtica gozada compartir con ellos hora y media de pantalla.

En este caso los actores son dos monstruos de la escena -Federico Luppi y Norma Aleandro- a los que debemos muchos buenos momentos de cine- y un tal Pablo Echarri (del que yo hasta ahora desconocía la existencia), en el papel de galán joven, guapo, neurótico e incluso un tanto psicópata. El director es Rodrigo Grande y el guión, sacado de un cuento, el único escrito por Roberto Fontanarrosa, uno de los mejores humoristas del siglo XX en Argentina, también escritor, fallecido en 2007 y que decía de sí mismo: “No aspiro al Nobel de Literatura. Yo me doy por muy bien pagado cuando alguien se me acerca y me dice: «Me cagué de risa con tu libro».

La trama es más bien clásica. El “viejo” Castilla, administrativo en una oficina convencional con su pausa del café, sus bromas y sus cotilleos, mantiene los valores inculcados por sus mayores y presta especial atención a sus “principios”, convencido de que son lo único que tiene realmente valor en la vida. En este monótono y gris transcurrir de la existencia choca de frente con el típico “jefe nuevo”, un yuppy neurasténico que, por el contrario, cree que todo tiene un precio, incluidos los hombres. Los obstáculos que le pone suponen para el probo administrativo un calvario que le lleva a enfrentarse con su reducido núcleo de convivencia, la mujer y un hijo adoptado y egoísta a quienes tienta el dinero con que el yuppy pretende “comprar” los principios del oficinista. Y ahí aparece todo: la ética, el abuso de poder, la especulación, el dinero, la crisis familiar, la rutina... Tópicos, si se quiere, convertidos en momento casi, casi clásicos de la narración cinematográfica.

“¿Qué son los principios? Reflejos condicionados...”, responde al viejo Castilla aquel compañero de secundaria que en los últimos años setenta/ primeros ochenta del siglo pasado se batió el cobre en las calles de Rosario contra la dictadura. También él se ha integrado, ha asimilado los “nuevos valores”, y Castilla se queda solo (“la independencia y la soledad son dos caras de la misma moneda”) frente al mundo, su reducido pero importante mundo, con sus principios. La dignidad es lo último que le queda. Y la historia se cierra con una gran lección de dignidad.

A los críticos argentinos no les gustó excesivamente cuando, hace casi dos años, se estrenó en Buenos Aires; Ignacio Bernades, quien reprochaba a los actores que se repetían, escribió en el diario Página 12: “...es una pulseada entre la ética y el pragmatismo, entre los valores “de antes” y los “de ahora”. Pulseada que deberá confirmar, por supuesto, que todo tiempo pasado fue mejor”. Con algún matiz más, Fernando López en La Nación se explayaba: “En la adaptación al cine, el tono paródico y el toque de absurdo se diluyen un poco en el costumbrismo que domina casi todo el film y que a veces acepta la exageración y algunas apelaciones emotivas de dispar eficacia, sin descartar cierta insistencia en un mensaje moralizador. A cambio, conserva la agudeza de los apuntes y los hallazgos cómicos de muchos diálogos y tiene además un elenco que se compromete con su tarea y extrae lo más jugoso de cada personaje”.

Yo soy menos quisquillosa. A mí me ha gustado esta película; disfruté la hora y media de proyección.

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