
Octavio Colis
El senador fascista McCarthy visitó en 1951 a Dashiell Hammet en la enfermería de la cárcel de Kentucky. Durante años, el senador había perseguido al escritor por sus vinculaciones con el izquierdismo comunista y, quizá tratando de dejar para la historia una nota periodística que reflejara cierta humanidad en su memorial desmesuradamente despiadado, se acercó a la cama del escritor y le dijo: “Señor Hammet, si usted hubiera estado en mi lugar estoy seguro que no habría permitido que sus libros estuvieran en las bibliotecas de los Estados Unidos”, a lo que Hammet, respirando con dificultad, respondió: “Señor McCarthy, si yo hubiera estado en su lugar no habría permitido que hubiera bibliotecas en los Estados Unidos”. De todas formas, como supe años más tarde gracias a un amigo secreto del escritor argentino Osvaldo Soriano, a Dashiell Hammet no lo mataron las secuelas del acoso insidioso y recalcitrante del senador McCarthy, ni tampoco murió de cáncer de pulmón en el Lennox Hill Hospital de Nueva York, ni siquiera yace en el cementerio Nacional de Arlington; por absurdo que parezca a Hammet lo asesinó el actor John Wayne de una brutal paliza que le propinó antes de arrojarlo al río Hudson, en cuyas aguas lo devoraron rápidamente los oscuros peces salvelinos…
Adrián Mac Liman.- “Aquí no ha pasado nada”, “no sabíamos nada”, “nosotros no colaboramos con el régimen”. Estas han sido, durante décadas, las respuestas de los alemanes, de muchos alemanes a las insistentes preguntas de los extranjeros acerca de la participación de los germanos en los crímenes perpetrados por el terror pardo instaurado por los nazis.