Miercoles, 23 de Mayo de 2012

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Octavio Colis 

El senador fascista McCarthy visitó en 1951 a Dashiell Hammet en la enfermería de la cárcel de Kentucky. Durante años, el senador había perseguido al escritor por sus vinculaciones con el izquierdismo comunista y, quizá tratando de dejar para la historia una nota periodística que reflejara cierta humanidad en su memorial desmesuradamente despiadado, se acercó a la cama del escritor y le dijo: “Señor Hammet, si usted hubiera estado en mi lugar estoy seguro que no habría permitido que sus libros estuvieran en las bibliotecas de los Estados Unidos”, a lo que Hammet, respirando con dificultad, respondió: “Señor McCarthy, si yo hubiera estado en su lugar no habría permitido que hubiera bibliotecas en los Estados Unidos”. De todas formas, como supe años más tarde gracias a un amigo secreto del escritor argentino Osvaldo Soriano, a Dashiell Hammet no lo mataron las secuelas del acoso insidioso y recalcitrante del senador McCarthy, ni tampoco murió de cáncer de pulmón en el Lennox Hill Hospital de Nueva York, ni siquiera yace en el cementerio Nacional de Arlington; por absurdo que parezca a Hammet lo asesinó el actor John Wayne de una brutal paliza que le propinó antes de arrojarlo al río Hudson, en cuyas aguas lo devoraron rápidamente los oscuros peces salvelinos…


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Octavio Colis

Todos los años, al llegar estas fechas, como creo le sucede a tantos otros, me parece que comienza un nuevo año y me asaltan a un tiempo la quimera de empezar nuevas cosas y la voluntad de dejar atrás otras. Mediatizado probablemente por esta lógica dualista del metabolismo estacional me ha costado mucho retomar estas entregas sobre la memoria de Madrid y yo y los otros, y no sé si es porque se están alargando demasiado y me pesan, o es que mi otoñal 5-metoxi-N-acetiltriptamina considera que ya vale. Hay veces que la glándula pineal decide que ya vale y es que no hay nada que hacer. Pero hemos reflexionado un buen rato la melatonina y yo (quiero decir que he reflexionado yo y que la melatonina no se ha rebelado significativamente o, al menos, no he percibido rebeldía interior alguna) y hemos llegado a la conclusión de que queda por contar tanto bueno, si es que hubiera habido alguna cosa buena contada en todo lo anterior, como lo relatado hasta ahora, así es que me zambullo de nuevo en los felices años 80 para recordarlos con la ilusión de que sirva para algo, al menos a mí mismo.


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Los 400 de La Movida

Octavio Colis

Yo siempre anduve en la parte más movida y desenfocada de La Movida, entre esa masa informe y gaseosa que se expandía de aquí para allá haciendo cosas o asistiendo a la celebración de la recién estrenada libertad creativa madrileña. Paco Almazán decía que el Madrid de La Movida lo hacían día a día 400 personas y lo pisoteaban 4 millones, además de los visitantes ocasionales, que eran muchos, muy ansiosos y se turnaban constantemente, como los peregrinos de Lourdes.


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Algunos cafés y tertulias en el Madrid posfranquista 

Octavio Colis

Además de los ya nombrados en la entrega anterior, trabajaban en aquel sótano de El Periódico: Nativel Preciado (de la que se enamoraba todo el mundo y a la que siempre relacionaré con el poeta gallego Carlos Oroza, quien le escribía poemas a finales de los años 60 y los recitaba subido en las mesas del Café Gijón ante mis juveniles ojos atónitos), Manuel Sanabria (Norberto, Tito, Gómez), José Luis López, Elsa Pontvianne, José Ángel Esteban, Moncho Alpuente (siempre él, afortunadamente en todas partes), Benito Román, Perico González (el único interesante de la sección deportiva), y otros, con los que hice grupo compacto en ese lugar tan peculiarmente heteróclito, falso y divertido, en el que me pasaba el día trabajando.


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Octavio Colis

La primera vez que vine para quedarme definitivamente, Madrid estaba mucho más lejos de Logroño que ahora, no sólo porque los kilómetros eran entonces más largos, sino porque yo era tan joven que no conocía el sentido de casi nada y todo lo que encontraba en el camino me entretenía. Pero ya amaba esta ciudad, antes de conocerla. Mi padre había estudiado medicina en la Facultad de San Bernardo, muy cerca de donde estoy escribiendo esto ahora, y siempre me habló de Madrid como del lugar fascinante en el que ocurrían cosas que nunca sucederían en Logroño, ni en un millón de años. Nuestra pequeña ciudad se desmoronaba sin remedio junto al Ebro y yo me esforzaba todo lo que podía en hacer acopio de lo que preveía me sería útil cuando estuviera preparado para huir en patera y encontrar mi sitio aquí. Yo no quería ser médico como mi padre, o como mi abuelo -una tendencia ésta la de ejercer la medicina casi obsesiva en mi familia-, no sabía qué quería ser, quizá sólo no quería hacerme mayor en ese lugar que tampoco era para adolescentes, y como entendía no habría remedio en eso de crecer esperaba que sucediera cuanto antes y que me pillara la metamorfosis en Madrid. Hoy sigo teniendo la misma fascinación por esta ciudad que cuando tenía doce años, hace cincuenta, sólo que ahora con mucha más razón, o razones. He vivido en diferentes países, he viajado y conocido otros lugares, muchos de ellos fantásticos o, al menos, interesantes -por eso fui o me quedé un tiempo-, pero para mí un viaje sólo ha terminado del todo cuando vuelvo a Madrid y lo cuento.