Miercoles, 23 de Mayo de 2012

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Octavio Colis

Desde el valle de Jericó, en Palestina, se ve rielar al otro lado de la depresión del Mar Muerto el alto muro azul violeta de las montañas jordanas, tras las que están las poblaciones que van desde los Altos del Golán sirios, ocupados por Israel, sobre el mar de Galilea, hasta la montaña Jabal Ramm, cerca del mar Rojo, de Egipto y de Arabia Saudí.


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Crónicas palestinas

Octavio Colis

Ni en ninguna otra parte. Existió, y existe todavía y para siempre como existió Guillermo Tell, inventado fundador de la confederación Suiza, aunque por razones de diferente matiz sectario y nacionalista e incomparables repercusiones. Dos mil once años después del inventado nacimiento de Jesús y a tantos de la consolidación del cristianismo contamos los años según esa fecha que decidió Dionisio el Exiguo por encargo del papa Juan I, quien seguía esa tendencia de la Iglesia Cristiana de suplantar las festividades “paganas” para fijar las suyas propias como nuevo referente para todo el mundo. Procedimiento en el que abundaron mucho y por el que, pasado el tiempo, nadie recuerda nada pero cree saber lo que no sabe.


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Octavio Colis

Teniendo en cuenta que en Jerusalén, de los siete días de la semana, tres son de celebración religiosa obligada: los viernes del Islam, el sábado judío y el domingo cristiano, y que las tres religiones monoteístas celebran multitud de fechas en las que se detiene el tiempo laboral en extravagantes ritos paródicos, uno camina siempre sorprendido entre autos de fe a cuál más espectacular.


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Los lunes por la noche en el Café Estar

Octavio Colis

Mis amigos saben lo que me cuesta escribir de o sobre Palestina; puedo hablar de ello y, de hecho, en el Café Estar creo haberles entretenido alguna vez contado momentos de aquellos difíciles y extraños viajes, pero casi nunca he escrito sobre mis experiencias en el Creciente Fértil(1). Y pudiera ser que haya llegado la hora de que lo haga, o al menos de que lo intente, porque estamos en el momento de este “informe” en el que la memoria, tal y como la vamos presentado aquí Mercedes Arancibia y yo, se me aparece con el recuerdo y sensaciones muy concretas del abismo que se abrió en mi actividad artística desde que, a finales de los años 80, emprendí la aventura de aquella monografía sobre un hipotético san Millán de la Cogolla(2). Después de aquél trabajo no he vuelto a estampar ninguna serigrafía. La mesa, insoladora, secadora, pantallas y complementos del taller serigráfico que tuve durante diez años gracias a la ayuda de Julio Boromei(3) fueron a parar a un trastero en la casa de La Pesquera de Rosa Quintana y el acuarelista Alfonso Rodríguez Nates, y cuando los recuperé en 2003, en el traslado de mis aparejos de Hyde al nuevo taller de Méntrida, sólo monté la mesa de estampación, que utilizo desde entonces como mesa de dibujo. No creo que vuelva a estampar obra gráfica nunca más. Ni siquiera mi doctor Jeckill me imagina haciéndolo.