
Octavio Colis
Desde el valle de Jericó, en Palestina, se ve rielar al otro lado de la depresión del Mar Muerto el alto muro azul violeta de las montañas jordanas, tras las que están las poblaciones que van desde los Altos del Golán sirios, ocupados por Israel, sobre el mar de Galilea, hasta la montaña Jabal Ramm, cerca del mar Rojo, de Egipto y de Arabia Saudí.
Crónicas palestinas
Octavio Colis
Teniendo en cuenta que en Jerusalén, de los siete días de la semana, tres son de celebración religiosa obligada: los viernes del Islam, el sábado judío y el domingo cristiano, y que las tres religiones monoteístas celebran multitud de fechas en las que se detiene el tiempo laboral en extravagantes ritos paródicos, uno camina siempre sorprendido entre autos de fe a cuál más espectacular.

Los lunes por la noche en el Café Estar
Octavio Colis
Mis amigos saben lo que me cuesta escribir de o sobre Palestina; puedo hablar de ello y, de hecho, en el Café Estar creo haberles entretenido alguna vez contado momentos de aquellos difíciles y extraños viajes, pero casi nunca he escrito sobre mis experiencias en el Creciente Fértil(1). Y pudiera ser que haya llegado la hora de que lo haga, o al menos de que lo intente, porque estamos en el momento de este “informe” en el que la memoria, tal y como la vamos presentado aquí Mercedes Arancibia y yo, se me aparece con el recuerdo y sensaciones muy concretas del abismo que se abrió en mi actividad artística desde que, a finales de los años 80, emprendí la aventura de aquella monografía sobre un hipotético san Millán de la Cogolla(2). Después de aquél trabajo no he vuelto a estampar ninguna serigrafía. La mesa, insoladora, secadora, pantallas y complementos del taller serigráfico que tuve durante diez años gracias a la ayuda de Julio Boromei(3) fueron a parar a un trastero en la casa de La Pesquera de Rosa Quintana y el acuarelista Alfonso Rodríguez Nates, y cuando los recuperé en 2003, en el traslado de mis aparejos de Hyde al nuevo taller de Méntrida, sólo monté la mesa de estampación, que utilizo desde entonces como mesa de dibujo. No creo que vuelva a estampar obra gráfica nunca más. Ni siquiera mi doctor Jeckill me imagina haciéndolo.
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Octavio Colis
in Sociedad on 03 09, 2011
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Los años felices
Octavio Colis
Todos los años, al llegar estas fechas, como creo le sucede a tantos otros, me parece que comienza un nuevo año y me asaltan a un tiempo la quimera de empezar nuevas cosas y la voluntad de dejar atrás otras. Mediatizado probablemente por esta lógica dualista del metabolismo estacional me ha costado mucho retomar estas entregas sobre la memoria de Madrid y yo y los otros, y no sé si es porque se están alargando demasiado y me pesan, o es que mi otoñal 5-metoxi-N-acetiltriptamina considera que ya vale. Hay veces que la glándula pineal decide que ya vale y es que no hay nada que hacer. Pero hemos reflexionado un buen rato la melatonina y yo (quiero decir que he reflexionado yo y que la melatonina no se ha rebelado significativamente o, al menos, no he percibido rebeldía interior alguna) y hemos llegado a la conclusión de que queda por contar tanto bueno, si es que hubiera habido alguna cosa buena contada en todo lo anterior, como lo relatado hasta ahora, así es que me zambullo de nuevo en los felices años 80 para recordarlos con la ilusión de que sirva para algo, al menos a mí mismo.

Octavio Colis
He vuelto de pronto, casi sin darme cuenta, y compruebo que no estáis. El Café Estar cerrado, y voy y vengo de aquí para allá como una hormiga quincemayista perdida, porque las puertas a las que suelo llamar están también cerradas. Percibo un cierto olor a rosas cortadas por toda la ciudad y veo colgadas de los árboles sonrisas jóvenes y abiertas, deben ser los restos virtuales de la francachela de amor espiritual del Papa y sus puttos. Me siento como Alice en Wonderland, un poco mosqueada. Anoche vi pasar frente a mi ventana a un grupito de estos jóvenes con camiseta amarilla y me pregunto si les habremos regalado varias o llevan puesta la misma desde el primer día. ¡Qué tontería!, con lo generosos que somos -a fortiori- seguro que les hemos regalado una docena. Pero me asalta la duda y llamo al ayuntamiento, al número de atención al ciudadano, y después de que varias voces mecánicas me desvíen sin misericordia kika de una tecla a otra tecla, hablo por fin con José María Jesús que no sabe o no contesta. Pero me acuerdo de que tengo un amigo laico en el comité ecologista de limpieza ciudadana y me pongo en contacto con él. Me informa de que entre las toneladas de basura joven que han recogido por todo Madrid y aledaños apenas se han encontrado camisetas amarillas del evento. Biblias; rosarios; condones sin usar; botellas de agua de Nebraska, vacías; crucifijos; estampitas kikas o de Paco Clavel, hermano putativo de Rouco; cosas, objetos muy propios de la juventud católica, pero camisetas amarillas muy pocas. En fin, ¿las habrán guardado para que se las lave madre al volver a casa? No sé, pero es intrigante. ¿Habrán llevado todos los días la misma?
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Octavio Colis
in Sociedad on 25 07, 2011
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El artista marchito
Octavio Colis
Creo que no es de interés para este informe por entregas lo que nos sucedió en el United Kingdom durante los años 1972 y 73. Simplemente diré que vivimos y trabajamos en varios lugares durante ese tiempo: En Londres (en el flat de unas amigas en Dorset Square, cerca de Baker Street); en Tunbridge Wells (una pequeña ciudad del condado de Kent); en un pueblecito de montaña: Aberfoyle (en el escocés Perthshire, entre Perth y Glasgow); y en Albury, una aldea en Tiddington The Fox (en el Oxfordshire, muy cerca de Oxford), lugar éste en el que permanecimos más tiempo, acompañando a Robin Rusell Steele, a su esposa e hija, en su magnífica casa de campo del siglo XVI que aún conservaba el aspecto imponente que debió tener en sus días medievales.
[Los lunes por la noche en el Café Estar. Informe Estar: 4]
Octavio Colis
¡Yo que pensaba que no eran de este mundo!, y resulta que el que no está para este mundo soy yo. Siento que me alzan por los codos y que entro a formar parte de un cuerpo muy grande, pero flexible y permeable. Los denuestos de los periodistas infames nos barren durante un rato, pero no logran dispersarnos; los bomberos de Truffaut agitan sus porras azules, aunque no pasan de la línea, sólo vociferan o sonríen con ferocidad, no sé. Los compañeros me posan en el suelo cuando dejan de acosarnos; agito mis patas y corro, ¿dónde estoy? Es agradable sentirse parte de un cuerpo tan poderoso y móvil que cree formo parte de él, y que quiere cuidarme porque dice que soy suyo y, que también al contrario, que él es mío. Mis patas quitinosas corren por el pavimento del barrio Malasaña, ¡ahí estoy! En el televisor de una tienda pasan el telediario, se me ve caminando por la calle Monteleón, todavía no es de noche, pero está oscuro. Doblo por el Pasaje de Robles que tanto le gusta a Moncho, giro por Ruiz, cruzo en diagonal la plaza del 2 de Mayo, sigo por San Andrés, y al llegar a San Vicente Ferrer me voy hacia la izquierda… y llego al Café Estar.