“Está preparado”, ha dicho un gran señor de la derecha francesa. Y se refiere a François Hollande. “Creo que es un hombre capaz de lograr síntesis… Tenemos necesidad de equilibrios…”, ha declarado Dominique de Villepin. Síntesis y equilibrio: quien fuera primer ministro bajo la presidencia de Jacques Chirac recuerda lo elemental. Porque la presidencia de Nicolas Sarkozy, su errática y –en muchos aspectos- extremista campaña electoral, han mostrado sus peores perfiles (tenía otros): sus distorsiones de personalidad, su (periódica) falta absoluta de voluntad de consenso. Una suicida, perversa estrategia de inclinación electoralista ante el discurso de la extrema derecha, que ha sido derrotada.
“La confluencia de los disidentes del régimen con las izquierdas en torno a lo sucedido a un jefe militar generó una dinámica de ‘transición’. El golpe del 25 de abril de 1974 fue planeado como una pura ‘operación militar’, sin ramificaciones civiles o diplomáticas, por el comandante Otelo Saraiva de Carvalho, profesor de Táctica de Artillería en la Academia Militar, quien en ‘el movimiento de los capitanes’ era uno de los elementos de enlace con el general Spínola”. Así, en esas pocas líneas, se explica en la colectiva Historia de Portugal (editorial A esfera dos Livros, Lisboa 2010), obra de los historiadores Rui Ramos, Bernardo Vasconcelos e Sousa y Nuno Gonçalo Monteiro, la raíz inmediata de la Revolución de los Claveles. Fue un día como hoy, un 25 de abril. Hace 38 años. Fue un acontecimiento decisivo no sólo para Portugal, sino que influyó en el fin de otras dictaduras de derechas que quedaban en el sur de Europa, cambió nuestra perspectiva de la guerra fría y terminó –por fin- con toda idea de gran colonialismo europeo en África; aunque los africanos sufrieran -a partir de entonces- otras dictaduras y embates por la disputa indirecta, pero feroz, de las grandes potencias. Elías Essaú Cossa, un amigo mozambiqueño, que visitó Portugal por vez primera en 1987, me dijo después: “No comprendo cómo estuvimos colonizados tanto tiempo por un país que me ha parecido tan pobre como nosotros”. Los mitos históricos que ataban Portugal a su desgracia -junto a sus víctimas africanas- eran compatibles con esa pobreza que vio nuestro amigo en su “descubrimiento” de Portugal. Eran los mitos estúpidos y criminales de una dictadura decadente. Imposible de reformar, excepto tumbándola.
“Sí, mi vida ha sido una vida de lucha. Puedo decir que nunca se detuvo un solo instante. Un combate que empecé cuando tenía 16 años. Ahora soy viejo, tengo 90 años, y mis motivos no han cambiado. Me impulsa el mismo fervor”, dijo Ahmed Ben Bella hace seis años. Ahora acaba de morir un símbolo del anticolonialismo y de las tragedias históricas de Argelia. Podemos tender a idealizar su figura, porque apenas estuvo dos años y medio en el poder; pero no por eso debemos olvidar tampoco sus graves errores políticos. Su participación plena en las tensiones internas, en la represión, incluso, de sus adversarios políticos. Hijo de emigrantes marroquíes, nació en la Argelia “francesa”, cerca de Orán. Sus padres eran campesinos con una familia muy numerosa. Cuando aún era un adolescente, entró en el Partido del Pueblo Argelino, que había fundado otro dirigente argelino malogrado: Messali Hadj, independentista histórico, anterior a los primeros, que moriría en el exilio y sin poder regresar a su país. De él, el historiador argelino Mohamed Harbi (que fuera consejero y jefe de gabinete de Ben Bella) dijo algo que podríamos aplicar –en cierta medida- al propio Ben Bella, que tuvo que jugar “el papel de los trotskistas (se refería a la URSS y al stalinismo), asesinados, acusados de traición. Cuando ellos negociaron con De Gaulle, era como traicionar (la causa), cuando lo hizo el FLN, se trataba de salvar el futuro de Argelia”. Todas las corrientes que atravesaron la lucha por la libertad de los argelinos, chocaron entre sí en un momento u otro. Y en esas líneas de disputa, nacionalistas árabes contra nacionalistas bereberes, laicos de izquierda contra fuerzas islámicas, insurgentes políticos contra militares de cualquier tiempo, estuvo Ben Bella. Su paso por el poder gubernamental no se prolongó. Sólo fue confirmado presidente en septiembre de 1963, un año después de la independencia, y fue desalojado por un golpe en 1965.
En su trayectoria vital apasionante, se incluye su paso por la II Guerra Mundial. Le impusieron varias condecoraciones francesas por su valor, incluida medalla una impuesta por el propio De Gaulle. A su regreso, fue brevemente concejal; de inmediato se integró en los primeros grupos dispuestos a romper un sistema colonial especializado en brutalidades periódicas. Las matanzas que tuvieron lugar en Argelia (Sétif, mayo de 1945), por parte de bandas de colonos armados y de las fuerzas de seguridad francesas, del propio ejército en el que él había sido un héroe, le convencieron –definitivamente- de la necesidad de luchar por quebrar aquel sistema parecido al “apartheid”.
En 1949, se hizo con el control de una escisión del PPA, el MTLD (Movimiento para el Triunfo de las Libertades Democráticas). Participó en un asalto a la Central de Correos de Orán, para financiar su lucha, estuvo preso dos años por aquel atraco, hasta que escapó de la cárcel, para vivir después una trayectoria clandestina que le condujo a El Cairo, de Gamal Abdel Nasser, vivero en aquel tiempo de todos los nacionalismos árabes (entonces mayoritariamente radicales de izquierda, en aquellos días sólo con una mirada de reojo a un cierto islamismo minoritario). Si echamos un vistazo a su ficha policial de la época, encontramos: “BENBELLA Mohamed, llamado “Hemmided”, alias MEBTOUCHE Abdelkader – MEZZIANI Messaoud”. Y al final, simplemente: “Très dangéreux” (muy peligroso). Algunos historiadores le atribuyen un papel menor que “la criatura de Nasser” y la “pista egipcia” a la que se referían los informes policiales. “La policía no podía concebir aún la idea, sin precedentes, de que un terrorismo de masas pudiera convertirse en elemento desencadenante de la lucha anticolonial”.
Fue uno de los nueve jefes históricos de la insurrección del 1 de noviembre de 1954. En plena guerra por la independencia, de explosiones y terrorismo, sin que faltaran episodios terribles de luchas intestinas, fue capturado en el otoño de 1956, cuando viajaba en un DC 3 marroquí, un avión civil. Fue detenido junto a otros líderes históricos legendarios, como Mohammed Boudiaf (asesinado años más tarde en su propio país) y de Hocine Ait Ahmed (que sería víctima de sus camaradas y de las mismas disputas intestinas; pero que aún vive). Los medios franceses de la época mostraron sus fotos esposado, como si todo acabara allí. Pocos imaginaban que la historia apenas empezaba. Ben Bella estuvo en prisión hasta los acuerdos de paz de Evian (marzo de 1962, se acaban de cumplir 50 años).
Después, fue dirigente de primera hora, partidario de una tercera vía no alineada y “autogestionaria”, no siempre bien definida; pero sus posiciones personalistas, el estallido de las tensiones armadas con el vecino Marruecos (“la guerra de las arenas”, en el otoño de 1963) y las querellas internas, condujeron al fin brusco (mediante el golpe militar contra él) de la presidencia de Ben Bella. El historiador pied-noirBenjamin Stora lo define así: “Generoso, pero mal informado de las enormes tareas que había que realizar y resolver, Ben Bella introdujo “la autogestión” en un país que no estaba preparado ni política, ni materialmente”.
Dicen que carismático, pero también populista, entendió el entorno de enfrentamientos políticos atroces, no sus equilibrios. Tampoco las realidades económicas de un país que estaba devastado por el colonialismo, por la guerra más salvaje del poder colonial y por una historia inmisericorde. Su antiguo, estrecho colaborador, Mohamed Harbi define su paso por el poder: “El gusto por los cambios bruscos y totales, el rechazo de la acción política paciente, la preferencia de Ben Bella por las vías irregulares en la conducción de los asuntos públicos, todos esos factores nos llevaron directo hacia el golpe de Estado de Boumedienne”. Ben Bella fue detenido a la 1.30 de la madrugada del 19 de junio de 1965, cinco días antes de una cumbre asiático-africana en la que él era figura principal del Tercer Mundo rebelde y triunfante. Un golpe de Estado del coronel Houari Boumedienne (o Huari Bumedián) lo llevó de nuevo a la cárcel, hasta el 30 de octubre de 1980. Pasó después a situaciones de relativo arresto domiciliario, poco a poco, suavizado. En total, permaneció casi una cuarta parte de su vida encarcelado, por los franceses o por los propios argelinos.
Más tarde, desde su exilio de Ginebra, tuvo un regreso incierto a la vida política. Fundó el Movimiento por la Democracia en Argelia, que apenas tuvo impacto. Ya era sólo una figura del pasado, un icono del anticolonialismo. Denunció la corrupción de un régimen rehén del poder militar, trató de sugerir un diálogo imposible con los islamistas, el poder militar y la Argelia “laica”. Lo vimos regresar a la vida política en los años 80, envejecido pero de mirada aún tenaz, tratando de participar en el inseguro, nuevo, proceso multipartidista de Argelia. Era muy tarde. Era apenas una fotografía en las viejas enciclopedias. En Argelia, un retrato más apartado por la burocracia de los clanes en el poder, como Messali Hadj o Hocine Ait Ahmed.
En los finales de los 90, veíamos su figura desgarrada en algunos carteles electorales rotos. El MDA era una fuerza tan fantasmagórica como su fundador. En 1996 o 1998, cuando visitábamos los restos de un atentado en la Plaza de los Mártires o en Bentalha (uno de tantos lugares martirizados por una guerra civil no declarada por nadie), Ben Bella apenas estaba en la memoria de nadie. Argelia se enfrentaba a nuevos desgarros y apenas tenía fuerzas para recordar. Un pasado, quizá, herencia del trauma inmediatamente anterior.
Con ciertos vínculos a España, incluso por haber estado como militante clandestino y, brevemente, como refugiado, lo vimos en algún acto público. Un día lo esperamos tarde en el aeropuerto de Barajas (creo que era 1995 o 1996). Vísperas de la Nochevieja. Llegó en el último avión procedente de Ginebra. Fue muy amable con el periodista, pero nos pareció muy cansado. Terriblemente cansado. Habló apenas dos minutos. Casi pidió permiso para no hacer ninguna declaración: “Sólo quiero pasar unos días con familiares míos, en Alicante”, me dijo.
Quizá este periodista sabía que no podía ya decir nada, de todos modos. Y en el fondo sólo deseaba poder decirme que también vi aquel símbolo de la historia. Un combatiente duro en la necesidad, un político quizá contradictorio. Un ser humano, otro icono legendario de las luchas liberadoras, pero también atroces y sangrientas, de aquel ya viejo siglo XX. Descanse en paz. .
Quand vous en serez au temps des cerises, Si vous avez peur des chagrins d'amour, Evitez les belles ! Moi qui ne crains pas les peines cruelles Je ne vivrai pas sans souffrir un jour... Quand vous en serez au temps des cerises Vous aurez aussi des chagrins d'amour !
Vladimir Putín ha vuelto al Kremlin, de donde no se había marchado. No ha dejado de ser el hombre fuerte de la política en Rusia. Y ahora algunos se preguntan si estamos ante un nuevo, largo, período a lo Leonid Brezhnev. Porque Putin fue presidente en el período 2000-2008, después primer ministro y, ahora, de nuevo, presidente de la Federación Rusa. Eso sí, con denuncias a sus espaldas por miles de irregularidades electorales.
Hubo un programa Erasmus para periodistas jóvenes, antes del Erasmus para universitarios que conocemos hoy. También lo subvencionaron - aunque no en su totalidad- las instituciones europeas.
“En Medellín, hay más de 8.000 jóvenes armados. No saben más que ‘volear gatillo’ o, como se dice también, ‘tirar chumbimba’(bala). Tenemos la obligación de educarlos. Y tienen que reconstruirse a sí mismos, perdonarse y reconciliarse consigo mismos, antes de hacerlo con los demás. Hay que ofrecerles tanto una formación psicoespiritual como otra técnica y educativa, además de darles un empleo”, nos decía Juan Carlos Velásquez, 38 años, a primeros de septiembre. De pequeña estatura, Juan Carlos tiene la mirada curiosa, un aire fresco y se expresa con un fuerte acento de su ciudad de origen; mientras inserta –de vez en cuando- en la conversación términos del “parlache” (el lenguaje barriobajero colombiano).
Quizá tanto hablar de Grecia, de Italia y de la Unión Europea… ¿Y si China fuera la siguiente gran burbuja? Le Monde-Économie de hace un mes informaba del alto nivel de los activos inmobiliarios (y de otros sectores) emponzoñados que figuran en los balances y las cuentas de los bancos y entidades locales de la República Popular China. De modo que, ¿y si la bomba nuclear de la crisis se estuviera gestando en el país que tiene la mayor reserva mundial en dólares? Porque, no hay que olvidarlo, China (Le Monde, 4 octubre de 2011) tiene nada menos que el equivalente a 2 billones 380.000 millones, de dólares. Una fortuna, resultado del “capitalismo de partido” que gobierna en Pekín, que no parece garantizar un futuro sin problemas; tampoco la felicidad del pueblo chino.
El tirano se llama Yahya Jammeh (su nombre y títulos legales suman un par de líneas, pero hay que abreviar). Lleva 17 años en el poder: más de un tercio de la vida de ese dictadorzuelo. Si excluimos los archipiélagos, su país es el más pequeño del África continental, lo que le garantiza un cierto olvido, relativo claro, de los medios internacionales. Gambia, entre Senegal y el Océano Atlántico, es el territorio de África Occidental del que estamos hablando. Es un estado surgido de las disputas entre viejos intereses colonialistas. Ahora es el escenario habitual de las fechorías de Jammeh.