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Jueves, 23 de Febrero de 2012

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Octavio Colis

Librería La buena vida, calle Vergara, número 10, seis de febrero de 2012, Madrid, de noche. O sea, el lunes pasado y hacia la mitad de una callecita que hay entre la plaza de Ramales y la de la Ópera. Noche desapacible, de estas con la que se está prodigando febrerillo el loco. La librería se anuncia como “Café del libro”, “coffe & book shop”, y está llena de gente, a rebosar. De pronto creo que no voy a poder entrar; desde la entrada doy saltitos por ver si reconozco a alguien sobre las cabezas que se arremolinan frente a mí. Sí, veo a varios amigos, uno de ellos sale al rescate y consigue que penetremos en el local entre cuerpos prietos envueltos en pieles sintéticas, abrigos de cachemir y trencas adolfodomínguez.


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Octavio Colis

En su excelente artículo Holocausto judío: la vergüenza del Siglo XX, Francisco Rodríguez Pastoriza se pregunta cómo pudo ser posible que sucediera lo que sucedió con los judíos durante el III Reich.


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Octavio Colis

Mi gato Gris y yo, a la hora del Ángelus, un poco antes del aperitivo, a punto de rogar yo por el alma del franquista Manuel, así como también por el emperador del Japón, el jefe de Estado Francisco, el Duce y el Führer, y el obispo don Abilio, que no se me olvidó. El aperitivo tiene sardinillas y queso roquefort, porque le encantan a Gris ambos tentempiés y ya tiene edad de que le den caprichos. En el responso recordé en alta voz, al sol de este retiro en vírgenes islas manchegas, un día del 68, en Deva, dando la espalda al señor Fraga, que pasaba en comitiva, de visita en las provincias Vascongadas (Ver nota). Le dedico esta foto al cascarrabias Lulesi y también a la mocita periodista con cara de bollo suizo revenido, de todo corazón, pues sólo ambos le dedican a don Manuel, por facha, uno, y por santo de su devoción, la remarcable periodista, un rinconcito en este páramo de periodistas que van a lo suyo... yendo yo a lo mío, naturalmente.


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Ayer veía a un grupo de niños con la carita ilusionada y luminosa mientras observaban en televisión, sin perderse detalle, los preparativos de la cabalgata de los Reyes Magos de esta noche. A la vez y sin ningún recato, los padres y abuelos de aquellos niños hablaban de la inocencia de sus hijos y nietos por creer en algo que está desvelado y traicionado ya por todas partes; es increíble, decía una abuela, no son capaces de razonar, lo ven todo como si fuera un enorme milagro que sucede en todos los lugares del mundo a la vez. ¡Qué cosa es la inocencia!


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Octavio Colis

Salgo del portal y me sumerjo en la noche húmeda. Algunas trazas blanquecinas se desploman lentamente sobre la calle en la que se reflejan las lucecitas de navidad de tienda china que han tirado al tuntún los empleados del ayuntamiento sobre las ramas de los plátanos de Alberto Aguilera, como ya han hecho otros años y en otras calles, sin orden aparente. Parecen cuerdas de cometas perdidas en la oscuridad, iluminando suavemente las hojas muertas, violeta de cobalto marchito, atrapadas cuerdas y luces en el bulevar por los brazos desnudos e inmóviles de los árboles.


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Octavio Colis

Desde el valle de Jericó, en Palestina, se ve rielar al otro lado de la depresión del Mar Muerto el alto muro azul violeta de las montañas jordanas, tras las que están las poblaciones que van desde los Altos del Golán sirios, ocupados por Israel, sobre el mar de Galilea, hasta la montaña Jabal Ramm, cerca del mar Rojo, de Egipto y de Arabia Saudí.


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Crónicas palestinas

Octavio Colis

Ni en ninguna otra parte. Existió, y existe todavía y para siempre como existió Guillermo Tell, inventado fundador de la confederación Suiza, aunque por razones de diferente matiz sectario y nacionalista e incomparables repercusiones. Dos mil once años después del inventado nacimiento de Jesús y a tantos de la consolidación del cristianismo contamos los años según esa fecha que decidió Dionisio el Exiguo por encargo del papa Juan I, quien seguía esa tendencia de la Iglesia Cristiana de suplantar las festividades “paganas” para fijar las suyas propias como nuevo referente para todo el mundo. Procedimiento en el que abundaron mucho y por el que, pasado el tiempo, nadie recuerda nada pero cree saber lo que no sabe.


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Octavio Colis 

El senador fascista McCarthy visitó en 1951 a Dashiell Hammet en la enfermería de la cárcel de Kentucky. Durante años, el senador había perseguido al escritor por sus vinculaciones con el izquierdismo comunista y, quizá tratando de dejar para la historia una nota periodística que reflejara cierta humanidad en su memorial desmesuradamente despiadado, se acercó a la cama del escritor y le dijo: “Señor Hammet, si usted hubiera estado en mi lugar estoy seguro que no habría permitido que sus libros estuvieran en las bibliotecas de los Estados Unidos”, a lo que Hammet, respirando con dificultad, respondió: “Señor McCarthy, si yo hubiera estado en su lugar no habría permitido que hubiera bibliotecas en los Estados Unidos”. De todas formas, como supe años más tarde gracias a un amigo secreto del escritor argentino Osvaldo Soriano, a Dashiell Hammet no lo mataron las secuelas del acoso insidioso y recalcitrante del senador McCarthy, ni tampoco murió de cáncer de pulmón en el Lennox Hill Hospital de Nueva York, ni siquiera yace en el cementerio Nacional de Arlington; por absurdo que parezca a Hammet lo asesinó el actor John Wayne de una brutal paliza que le propinó antes de arrojarlo al río Hudson, en cuyas aguas lo devoraron rápidamente los oscuros peces salvelinos…


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Octavio Colis

Teniendo en cuenta que en Jerusalén, de los siete días de la semana, tres son de celebración religiosa obligada: los viernes del Islam, el sábado judío y el domingo cristiano, y que las tres religiones monoteístas celebran multitud de fechas en las que se detiene el tiempo laboral en extravagantes ritos paródicos, uno camina siempre sorprendido entre autos de fe a cuál más espectacular.


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Ocatvio Colis

Viniendo de Orduña, aún entretenido el pensamiento con la imagen de ese valle hermoso salpicado de pequeñas casitas de tejados rojos que se ven desde la ventanilla del tren, allí, muy abajo, tan pequeñas que parecen delicadas maquetas, entramos en el Gran Bilbao por Basauri. Todo lo que he ido viendo desde hace un buen rato tiene la belleza modesta y recia de los paisajes vascos. El tren está traqueteando, parece que rodara a saltos entre piedras y obstáculos. Hace muchos años, además de traqueteos secos y chirridos de todo tipo, graves o agudos, temblorosos o bruscos, los trenes jadeaban como si realmente les costara un esfuerzo enorme pasar por aquí. Siempre me ha gustado imaginar cómo sería el paisaje de los lugares en los que ahora hay carreteras, puentes, vías férreas, e imagino aquí un lugar boscoso en un valle bajo y húmedo, atravesado por dos ríos, el Nervión y el Ibaizabal, que fue poblando sus alrededores de industrias florecientes, pero de aspecto racionalista hosco y grasiento, tan lejano al colorido de la huerta y la industria agropecuaria y que cuando, a causa de las sucesivas crisis industriales, se fueron vaciando de actividad y de gente dejaron este aspecto desolado que veo ahora: edificios abandonados, siempre con los cristales rotos, con ese aspecto terrible que tienen las poblaciones recientemente bombardeadas. Seguramente hay otro Basauri, quedarán cerca de aquí restos de aquél lugar que fue rural hasta la industrialización de finales del XIX, cuando empezó a llenarse de edificios de actividad ruidosa e incesante y también de miles de emigrantes venidos de toda España. Hay un Basauri ciudadano que he visto sólo en fotos, porque el tren pasa por donde pasa y esto que veo ahora es todo lo que podemos ver (ver en todos los sentidos) los viajeros camino de Bilbao, viajando de sur a norte. Aquí empieza también la división del Gran Bilbao. El río Ibaizabal ha venido hasta aquí atravesando el Duranguesado para encontrarse con el Nervión que al poco de su nacimiento salta, literalmente, huyendo de la Cordillera Cantábrica, atravesando el valle de Délica en dirección noreste hasta Basauri. Y juntas aquí sus aguas, se dirigen ahora en un solo curso y cauce hacia la industrial Santurce y la residencial Getxo, a ambos lados de la bahía, dejando dividido Bilbao en dos partes.