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Miercoles, 7 de Noviembre de 2012

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Javier Martín

Existen pocos países del mundo en los que la campaña electoral estadounidense y los debates entre los aspirantes a la Casa Blanca conciten tanta expectación como en Irán. Pese a la temprana hora en que estos tienen lugar -en torno a las 5:30 de la mañana hora de Teherán- seguidores y opositores del régimen prenden los satélites (teóricamente prohibidos en el país) o se conectan a internet (filtrada por el gobierno) en busca de indicios que confirmen sus dispares anhelos. Los primeros, pendientes de aquellas palabras que les permitan apuntalar la idea, ahora en desuso entre muchos jóvenes, de que Estados Unidos es el númen de la corrupción en la tierra, como hace más de cuatro décadas consignó por escrito Jalal-e Ahmad, uno de los ideólogos de la República Islámica. Los segundos con la esperanza de que el futuro inquilino de la Casa Blanca supere el muro de la retórica, dé un paso al frente y se comprometa a fondo con la destrucción de un régimen opresor y aranero. Las duras condiciones económicas que soportan los iraníes sumadas a la incertidumbre política que recorre el país ante el fin, en marzo, del mandato del polémico Mahmud Ahmadineyad y a los rumores sobre la enésima posibilidad de que Washington y Teherán se embarquen en negociaciones bilaterales abiertas (las clandestinas se han repetido durante la última década) han multiplicado esa habitual fascinación por la política norteamericana que tienen los iraníes y agitado ciertas ansiedades.


Javier Martín

El próximo 7 de julio, apenas nueve meses después de que el líder libio Muamar Gadafi fuera derrocado y asesinado en una suerte de vendetta nacional, y tres semanas más tarde de lo inicialmente previsto, millones de sus conciudadanos se acercarán por primera vez a las urnas en un ejercicio de democracia inaudito. Ausentes durante más de 42 años de la vida política, los libios deberán ahora elegir una Asamblea Nacional (Congreso Nacional General, CNG) integrada por 200 miembros, cuya principal misión será elegir un nuevo gobierno que sustituya al actual Consejo Nacional de Transición (CNT), redactar una Constitución y convocar un referéndum nacional para aprobarla. Una vez culminado este proceso, los libios retornarán a las urnas para elegir a su nuevo presidente.


Egipto-militares-elecciones

Javier Martín

Cosida con unos burdos pespuntes, la túnica que revestía de revuelta popular la caída del presidente egipcio Hosni Mubarak y ocultaba lo que en realidad era una asonada cainita, ha tardado apenas un año y medio en desgarrarse. Tras varios días de enconado pulso político, el Tribunal Constitucional Supremo egipcio decretó el jueves la inconstitucionalidad del proceso de elección de los diputados independientes, anuló el resultado de los últimos comicios legislativos y ordenó por ello la disolución del Parlamento y del Consejo de Shura, aunque el futuro de esta última institución es aún un misterio. Horas más tarde, Egipto retrocedió un año y medio por una senda teñida de sangre y frustración hasta situarse de nuevo en el kilómetro cero de su teatral proceso de transición. En un comunicado la Junta Militar que gobierna de facto el país desde la encubierta algarada contra las ambiciones dinásticas del depuesto tirano, anunció que retomaba el poder legislativo hasta que sea redactada la futura Carta Magna.


Javier Martín

En un somero artículo sobre la aún no sobrevenida “primavera árabe”, publicado en junio de 2011 en la revista Foreign Affairs, el sociólogo estadounidense Jack Goldstone, experto en movimientos sociales y política internacional, argumenta que para que una revolución culmine en éxito deben concurrir cuatro circunstancias: que el gobierno haya perdido toda credibilidad y parezca tan injusto e incompetente como para ser visto como una amenaza para el futuro nacional; que las elites -especialmente las castrenses- se sientan tan desafectas a la dirección política que obvien su defensa; que un amplio y heterogéneo sector de la población se movilice; y que los poderes internacionales eviten defenderlo o impidan que recurra a la fuerza para salvarse.


Javier Martín

El 17 de marzo de 2011, en pleno asedio de las tropas libias sobre la ciudad rebelde de Benghazi, el Consejo de Seguridad de la ONU aprobó la resolución 1973 que impuso una zona de exclusión aérea sobre el país y autorizó el uso “de todas las medidas necesarias”, a excepción de la fuerza de ocupación, para supuestamente proteger a la población civil.


Javier Martín

Ajeno al caos que bulle en el centro de Teherán, el pequeño pabellón central de la embajada británica en la capital persa conserva ese empaque lustral que rezuman los lugares en los que se ha escrito la historia. Hace setenta años, en sus espaciosas salas decoradas con parco estilo inglés, Winston Churchill, Josef Stalin y Frankling D. Roosvelt (the big three) se reunieron por vez primera desde el estallido de la Segunda Guerra Mundial para decidir el destino de la humanidad. A lo largo de una gran mesa de madera maciza que aún preside la sala principal, los dignatarios del Reino Unido, Rusia y Estados Unidos cerraron los detalles técnicos y políticos del desembarco de Normandía, el llamado “día D”, que supuso el golpe de gracia a los delirios imperialistas de Adolf Hitler y el principio del fin del conflicto. En aquellos tiempos, el Sha Reza Pahlevi ya había sido obligado a abandonar el Eje y optado por declararse neutral, decisión que transformó Irán en lugar de tránsito de tropas y pertrechos con destino al acosado frente ruso. Una década después, Londres y Washington le devolvieron el favor: una conspiración urdida por la CIA con ayuda de los servicios secretos británicos desencadenó la caída del populista primer ministro, Mohamad Mosadegh, reforzó el contestado poder del hedonista Sha y convirtió a Estados Unidos y el Reino Unido en los dos enemigos más enconados de nacionalistas, comunistas y religiosos persas.


Javier Martín

Casi un año después de que Túnez prendiera la fogarada de las revueltas y desatara los reprimidos vientos de cambio en el mundo árabe, el presidente de Yemen, Alí Abdulá Saleh, se ha convertido en el cuarto mandatario obligado a abandonar el poder y el primero en hacerlo a través de un acuerdo negociado con la oposición, y bendecido por la comunidad internacional.