Están muertos y todos lo saben. Hace dos semanas, mientras todavía permanecían con vida, su secuestro no era noticia nacional. No había sangre, ni cuerpos inertes tirados entre matorrales. No había fotos espeluznantes ni videos de terror. Sólo las redes sociales se solidarizaban con la comunidad de Ciudad Juárez para difundir con prisa, con angustia, con solidaridad la información del secuestro de los Reyes. La esperanza de que fueran liberados con vida corría entre los usuarios de Facebook y Twitter, desde España, Estados Unidos, hasta Argentina. Desde El Digital de Madrid hasta La polaka.com o el Diario de Juárez en línea.
Pero Malena Reyes, Elías Reyes y Luisa Ornelas hoy están muertos, después de diecisiete días de cautiverio y la indeferencia de las autoridades. Ahora se da la noticia de su muerte con gran revuelo en la Ciudad de México, incluso por la misma periodista que despertó la atención apasionada en los medios nacionales por su despido. La misma periodista que impulsó el coraje de la gente para salir a la calle a protestar por la libertad de decirle al presidente “borracho”. Pero la vida de los Reyes en Juárez, no tenía suficiente peso político para encabezar ninguna marcha, ni para un encabezado de primera plana. Una cuestión de percepción diría el presidente alcohólico. Acusación, por cierto, digna de censura gubernamental y movilización ciudadana.
En Juárez, en cambio, Marisela Reyes denunciaba que, a Josefina, su hermana, la habían asesinado los militares, y después incendiaron la casa de su madre, Sara Salazar, y la de Malú García Andrade, otra hermana de una jovencita asesinada, quien se solidarizaba con los Reyes. También denunció el hostigamiento por parte de los policías federales que se burlaban de las mujeres en el campamento de huelga. Esta denuncia corrió por Madrid, por Alcalá, por Sevilla, por Asturias, pero no por México.
La denuncia de doña Sara Salazar se transmitió en Radio Mexiquense, la radio pública del Estado de México, que fue la que escuchó sus denuncias en el programa de Irradia, con Fátima Ibarrola. Pero la noticia fue minimizada porque “es Radio pasillo”, dijo una mexiquense en forma despectiva para decir que eso no tenía importancia.
Las denuncias siguieron difundiéndose en vídeos grabados por Carlos Marrito Ruvalcaba, activista de derechos humanos de Juárez, para después circularlos por la red. Salazar decía que a sus hijos “se los llevaron hombres vestidos de soldados, con capuchas negras en la cabeza”. Sin embargo, el silencio de autoridades y los medios nacionales fue inalterable, hasta el incendio de las casas de las activistas. Aún así, no hubo grandes movilizaciones ciudadanas, ni pasión por salvar tres vidas en cautiverio. Sólo un grupo de jóvenes en la UNAM, coordinados por Mario Sinaí, conocido activista de Facebook, plantaron diez mil velas para formar el país, y un alto a la violencia en Juárez y la liberación de los secuestrados.
Hoy los Reyes ya están muertos. Como los miles de secuestros de jovencitas que sólo despiertan el interés mediático y de las autoridades cuando son cuerpos ensangrentados para incrementar las cifras de feminicidios. Me pregunto, si hay unas vidas más importantes que otras. Me pregunto si hay libertades más urgentes una que otras. Me pregunto, si la indiferencia también tiene clase, y si el silencio acaso no es complicidad.