RJClaudín

Leo este titular de La Vanguardia relacionado con un hombre que vivía desde hacía nueve meses ocupando un piso vacío de protección oficial con su mujer y su hija menor de edad, después de haber agotado el paro y no poder pagar el piso de alquiler donde vivía, y se me eriza el vello pensando en cómo puede una persona llegar a la situación límite en la que ya no tiene nada que perder, pero en vez de reaccionar con agresividad, opta por quitarse la vida para cortar con el sufrimiento de ver en esta situación a los suyos.

Esta noticia se difunde en paralelo a otras que informan de gestores financieros que se autoconceden indemnizaciones millonarias en euros por dimitir, y cuando pueden también jubilaciones sustanciosas, y me llevan al convencimiento de que hemos alcanzado un punto de amoralidad brutal de quienes tienen poder, y también al colmo de la desidia en la protección que la sociedad debe ofrecer a los más desfavorecidos en una situación de crisis como la que atravesamos.

Según el artículo de Raquel Quelart, en este caso han fallado todos los estamentos e instituciones públicas implicadas en garantizar techo y comida a una familia residente en España cuando agota los derechos laborales que le correspondían, y este ciudadano se ahorca en el mismo instante en que nuestra clase política cabildeaba y se lisonjeban entre si diputados y senadores en el Congreso para festejar el aniversario de una Constitución que teóricamente garantizaba que nuestro vecino de Hospitalet no pudiera verse abocado al suicidio.

Recuerdo en estos instantes otros suicidios que lanzaron a las calles de Egipto y Túnez a miles de personas a reclamar derechos fundamentales de las personas y han servido de catalizador de cambios profundos, y la pregunta es cuántos suicidios aguantarán la democracia española y nuestros tutores europeos antes de darse cuenta de que al final de la cuerda hay personas con necesidades básicas que satisfacer.

Y no tenemos que desplazarnos al norte de África para ver ejemplos de revueltas, los ciudadanos europeos van poco a poco saliendo del estupor producido por las consecuencias de una crisis económica de la que no se sienten responsables, han comenzado a salir a la calle, a ocupar inmuebles abandonados, y es de esperar que se produzca una reacción aun más contundente antes de que veamos nuestras calles empedradas de cadáveres.

 

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Ya no nos queda cuerda
escrito por Arturo, diciembre 13, 2011
Suscribo de pe a pa tu artículo, Claudín. Es lamentable, asimismo, que hoy la clase política pretenda blindarse ante la adversidad, como lo intentan hacer unos diputados socialistas madrileños que no han salido elegidos que pretenden arrogarse el derecho de percibir una indemnización. Con la que está cayendo. Si todos los demás cuando se acaba un contrato de trabajo tratan de buscarse otro, ¿por qué ellos no hacen lo propio? ¿Es que se han convertido en profesionales de la política y no saben hacer otra cosa? Duele que esta maniobra la hagan unos que se autodenominan defensores de los desfavorecidos y duele sobre todo porque leyendo noticias como las que transcribes lo estén pasando tan mal y sin podibilidad de reclamar ni que nadie les escuche.

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