Félix Población

La periodista María Ángeles López de Celis, que trabajó en la secretaría de Presidencia del Gobierno muchos años y publicó hace dos un libro titulado Los presidentes del Gobierno en zapatillas, es autora de un segundo libro que ahora acaba de salir al mercado y cuyo asunto y título van a ser motivo sin duda del interés del público: El síndrome de Alí Babá: de cómo corruptos y sinvergüenzas acaban yéndose de rositas.

Está claro que un trabajo de estas características, con un país cada vez más estrujado por las políticas de ajuste aplicadas por el Gobierno y con una desconfianza creciente en su clase política, no va a pasar precisamente desapercibido. Según la autora, más de 4.000 millones de euros se han ahogado en la charca de la corrupción en los últimos diez años. En torno a 800 cargos públicos y políticos se han visto imputados, de los que un centenar se presentaron en las listas en las últimas convocatorias electorales.

Las argucias jurídicas y dilaciones de un sistema judicial con muchas carencias permiten la impunidad de los encausados, por lo que a la indignación que el ciudadano medio siente ante la corrupción política hay que añadir la rabia y desazón que comporta comprobar, caso tras caso y por mucho que se ventilen hasta la saciedad en los medios, la ineficacia, impotencia, partidismo o ineptitud de los tribunales para aplicar justicia. Es necesario, según la autora, no solo poner coto a la financiación turbia de los partidos políticos o al retraso del Tribunal de Cuentas en fiscalizar a los mismos, sino lograr la total e imprescindible independencia del poder judicial.

El desfile de corrupteles va de la financiación irregular de los partidos políticos a los grandes pelotazos inmobiliarios con sus recalificaciones y desbocadas plusvalías, con los nombres de las tramas que a cualquier ciudadano medianamente informado le suenan. A través de los complejos sumarios seguidos contra los inculpados, el lector puede asistir a las bochornosas conversaciones matenidas por los protagonistas y tener constancia del alto nivel de vida alcanzado por algunos de estos merced a sus granjerías.

Me ha parecido oportuno, sirviéndome de la noticia que da cuenta de la publicación de este libro, poner ante los ojos del curioso lector este vídeo. Aunque la locución sea en portugués, no hay mayores dificultades para entenderlo. En el mismo se nos cuenta que hasta la década de los noventa, los parlamentarios suecos que se desplazaban a la capital para asistir a las sesiones dormían en sofás en su propio gabinete del Parlamento. Posteriormente pusieron a su disposición unos apartamentos de 40 metros cuadrados con cocina y lavandería comunitaria y sin ningún empleado. Lo más normal es que vayan a su trabajo en bicicleta (en verano) y en transporte público (en invierno).

"Soy yo el que pago a los políticos, no veo razón ninguna para que el dinero de los contribuyentes sea empleado para darles a ellos una vida de lujo", dice un contribuyente. Parece lo más idóneo para no criar castas políticas y la posibilidad de corrupción a que eso podría dar pie y aquí nos aqueja.

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