La tiranía de Teodoro Obiang, en el poder desde 1979, ha conseguido con creces banalizar e inutilizar la identidad y los valores del pueblo guineano, cuyos habitantes asienten como rufianes súbditos a cualquier capricho del régimen por más horripilante y monumental que sea
La organización de la CAN [Copa de África de Naciones] junto a Gabón no ha sido sino el enésimo capricho de un tirano que sabe que sus súbditos se distraen y se divierten, igual de borregos, de sus excentricidades
Guinea Ecuatorial es hoy en día un país en que todo da igual, con tal de que lo diga y lo haga el mandamás
La libertad, creatividad y el pensamiento crítico han sido relegados por una sumisión indescriptible, de forma tal que la exigua oposición de dentro y del exilio está siendo considerada como estorbo para el resto de los mortales que, consciente o inconscientemente, han aceptado la tiranía y la dictadura de Obiang como la única forma de vivir y de poder sobrevivir
Si el fútbol es pasión de multitud en el resto del mundo, en Guinea Ecuatorial es pasión de los distraídos, vagos y maleantes
¿Cómo se explica que un país que nunca ha tenido un campeonato nacional de fútbol o de otra disciplina deportiva, organice la CAN con una selección fantasmagórica y la gente se apasione por ello?
PEDRO NOLASCO
Los guineanos de Teodoro Obiang no se apiadan ni de sí mismos, ni qué decir de los demás. El mejor ‘hombre’ de todos los tiempos de la historia del país les ha abierto las puertas y las ventanas de del mundo, de la vida. Las migajas del petróleo que perciben a modo de prebenda en el marco del código de buen súbdito del régimen [sumisión, obediencia ciega y clientelismo] están por encima del mínimo valor de los derechos humanos. Nadie habla ya de libertad ni de democracia, sino cuánto se puede cosechar y recoger meritocráticamente conforme al código del buen súbdito. La alienación es el modus vivendi y la pérdida de valores y de identidad, las normas que, en definitiva, son de obligado cumplimiento.
La euforia y la exaltación con las que los súbditos guineanos, esa masa sin cara ni rostro, han consagrado la organización de la Copa de África de Naciones, con una selección nacional, el Nzalang, tan fantasmagórico como el bienestar de la gozan en medio de una tiranía criminal y sanguinaria, son la prueba manifestación de hasta qué punto el pueblo guineano, en general, y los súbditos de Teodoro Obiang, en particular, han perdido cualquier tipo de contacto con la realidad.
En el país. Ooooh, Díos Santo. Y en la diáspora, no veas. Quienes quisieron ser guineoecuatorianos y eligieron, no tanto por accidente histórico como por su propia voluntad, el ‘nguemismo’, han mantenido en vilo a medio mundo y con un frenesí de quienes nunca habían visto otra cosa mejor desde que nacieron: el ruido de una supuesta selección nacional que, de nacional no tenía nada, salvo los colores de la bandera – ya saturados de mucha sangre inocente – que dignamente idearon los padres fundacionales del hoy fallido Estado de la República de Guinea Ecuatorial.
Un capricho al más estilo medieval, de cuando los emperadores y los monarcas absolutistas se divertían con las estupideces de sus súbditos imbuidos en circos para matarse para la gloria de sus amos, ha dado a los guineanos de Obiang más que motivos suficientes no sólo para matarse sino entregar sus vidas para la gloria del dinosaurio, envalentonándose en pro de una selección nacional de fútbol que nunca existe ni ha existido.
Veintitrés futbolistas traídos de todos los confines del planeta a golpe de petrodólares para jugar en nombre de Guinea Ecuatorial, un país que nunca pisaron sino para ganarse un poco más la vida y convertirse en áureas de un pueblo disoluto, incapaz, después de cuarenta y cuatro años de independencia, mantener la dignidad y el orgullo nacional que, en vano, les legaron los héroes de la independencia.
ecuatoguineanos no sólo por éste hecho sino por otros tantos, como vanagloriarse de un país próspero por cuantas infraestructuras inútiles y demenciales que no aportan nada en absoluto para su libertad y bienestar, pueden considerarse, a todas luces, como auténticos elefantes blancos; una manda de elefantes blancos, todos juntos o sólo ellos mismos, viven de la ficción y quieren imponerla al resto de guineoecuatorianos que creen y luchan por la restauración de la identidad y los valores consagrados en la Constitución de 1968.
Ninguno de esos elefantes blancos se acuerda que entre 1957 y 1968, Guinea Ecuatorial, en albores de la independencia, era el Estado negroafricano con mayor elevado nivel de vida. El hospital de la ciudad de Bata era el más avanzado de África negra. Que en definitiva, nunca tuvimos más libertad y bienestar en toda nuestra existencia como nación. Ello, muy a pesar de estar sometido al colonialismo español, fue producto del esfuerzo, de la capacidad de reivindicación y de valentía de los guineanos que no eran más negros ni menos negros que los que hoy cantan y se contentan con los caprichosos personalistas del déspota Teodoro Obiang, quien por otra parte no es guineano ni de hecho ni de derecho. Si no, que muestre su acta de nacimiento.
El statu quo imperante y el futuro sociopolítico de Guinea Ecuatorial, visto desde una perspectiva independiente y desinteresada, ya no dependen tanto de Obiang como de quienes apoyan y aplauden su caprichosa y divertida manera de mantenerse en el poder. Estos, los súbditos, rebasan en demasía a los exiguos ciudadanos que, desde la impotencia y la desesperación, claman realmente por la democracia y el cambio de rumbo político.
Hay quienes por ignorancia histórica creen que las lágrimas que derraman los norcoreanos para despedir a sus grandes y carismáticos líderes son de cocodrilo. En el Reino de España subsisten amplios sectores que no solo lloraron o lloran al dictador Francisco Franco sino reivindican su memoria y legado. En la Europa Occidental y democrática proliferan formaciones políticas, organizaciones e incluso fundaciones que se decantan por el nazismo, fascismo y falangismo.
La Equatorial Guinea, patio trasera de las multinacionales petroleras norteamericanas, de China y de Rusia, de empresas mercenarios israelíes; socio económico y mercantil privilegiado del Reino de España y de la Unión Europea, es otro pueblo más donde la ignominia, la sumisión y la indiferencia de la denominada Comunidad Internacional y de las potencias democráticas del mundo han creado más que misticismo entorno al tiranosaurio y su régimen.
La sublevación está más que servida si los raros ciudadanos descontentos, los raros guiados por la moral y el sentido común quieren hacer resurgir y restaurar el espíritu independentista de 1968.
Los que tienen oídos para oír, que oigan.
Que Dios y la Santa Madre Naturaleza bendigan al pueblo de Guinea Ecuatorial y a sus raros hijos que claman por la libertad y la democracia.
