Todos los años, diversas organizaciones (Federación Internacional de Periodistas-FIP, Reporteros Sin Fronteras, Comité de Protección de los Periodistas, Artículo 19, etcétera) publican comunicados de prensa, notas e informes anuales para alertar de los casos de periodistas asesinados por ejercer su oficio. También lo hace la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO). Siempre hay algunos nombres sonoros, de grandes mitos del reporterismo; pero la mayoría de esas víctimas mortales son reporteros y corresponsales locales de países que sufren largos conflictos, desequilibrios, injusticias o fracturas sociales que se pierden en el tiempo. Casi víctimas anónimas.

   Entretanto, los propios medios alimentan el mito tonto -y un tanto suicida profesionalmente- de que las nuevas tecnologías resuelven la necesidad de información. Es innegable que aportan y que parte de ese argumento puede aceptarse; pero es conveniente frenar el entusiasmo. En buena medida, esa idea es una de las más dañinas y estúpidas del siglo XXI. Sus sinsentidos nos ciegan ante los desperfectos.    Así es como vemos aumentar la precipitación en la elaboración múltiple de las noticias, como las prisas reinan desplazando a la reflexión, como las leyendas y los cuentos de hadas retuercen el relato de los hechos.  Y apenas unos pocos hacen repaso de esos desperfectos, de las rendijas por las que se infiltran las mentiras, las falsedades. De las intoxicaciones diarias procedentes de intereses comerciales, de los servicios de información, del espionaje militar, de la más simple comunicación empresarial, etcétera, en los llamados trending topics. Es el imperio de la ingenuidad instantánea. Cada segundo, hay una miríada de envenenamientos: como ese delirio –no creído por todos, pero asumido por tantos- de que los amigos de Facebook (Caralibro) son “amigos”, de carne y hueso, auténticos,  o –al menos- amigos por correspondencia o amigos electrónicos.
   Es cierto que esos mitos –donde todo lo noticioso y verdadero es aprehensible y conocible en el instante- lo difunden muchos honradamente. Y a veces con razones personales o parciales pero verdaderas. Lo que sucede es que –paralelamente- patronos del periodismo (y antiguos periodistas) lo utilizan para bajar el pago de salarios y colaboraciones; estrellas de la nota bien pagada lo manejan para rebajar el peso de los periodistas que trabajan a pie de calle; tertulianos amigos de politiqueros y comentaristas (todólogos, dice el profesor Carlos Taibo), que pasan en un minuto de ser “expertos” en la prima de riesgo a hacer un “sesudo” comentario sobre cualquier tema de política internacional o de un tema jurídico complejo, lo gritan para autoconcederse honores que no les corresponden. Y todos juntos desprecian así, humillándolas, a esas víctimas del periodismo, buenas gentes del oficio, a quienes dicen ensalzar.

 

   De modo que se confunde la improvisación, la banalidad y la intoxicación, con una charla cualquiera que distorsiona lo que deberíamos entender por periodismo. La acumulación, casi cancerígena, de datos se confunde con las noticias de verdad. Desaparecen, quedan ocultos, los profesionales acostumbrados a sopesar lo que difunden. Y luego alguien más añade un segundo castigo: pone por ellos el titular. Muchos periodistas de base ni siquiera son conscientes del valor que tiene su capacidad –duramente adquirida- para valorar y pesar lo que elaboran. Si nos olvidamos del titular, lo que leemos entre líneas tiene peso y es emocionante.       Las fronteras no siempre están claras, pero la característica del buen periodismo –sobre todo en nuestros tiempos- no es contarlo muy rápido. Eso lo hace cualquiera. Lo principal es contarlo bien. Y eso tiende a hacerlo mejor la experiencia (no confundir con cualquier periodista porque sea un poco más viejo). No faltan los jóvenes periodistas muy mal pagados que son estupendos veteranos. Conozco a docenas. Están codo con codo con veteranos que también siguen arriesgando su vida en lugares ignotos.    En otras ocasiones, a diario quizá, los periodistas nos valemos de testigos que sintetizan bien lo sucedido con pocas palabras. Son testigos estupendos, esas gentes que comentan, hablan y ayudan a los reporteros (escritos, del habla o de la imagen). En ese sentido, los periodistas locales asesinados en Filipinas, Costa de Marfil, México o Colombia, son –con frecuencia- ambas cosas: buenos testigos y buenos periodistas. Eso les convierte en objetivo de quienes señalan con el dedo. Se convierten en víctimas por denunciar disfunciones y corrupción.
    La sociedad global les debe el riesgo que asumen,  sus denuncias de los corruptos, les debemos su trabajo. Les debemos cuanto escriben (como diría Antonio Machado). Y las grandes agencias, los diarios de las capitales principales, los equipos de televisión de las grandes cadenas, hasta las bitácoras de la red, los internautas incoscientes, los habituales del twitter (gorgojeo de pájarillos, en inglés), los piratas de la rebeldía informática, dependen entonces -con frecuencia- de ese trabajo mal pagado. De su pasión, de su riesgo y de su testimonio inapreciable.
   Creo que todo eso está en la lista de la FIP, que se publica siempre lentamente -casi como un complejo mecanismo de relojería- y que es más completa que otras. E incluye a otros reporteros y colaboradores que murieron en accidentes significativos, así como a otros trabajadores de los medios de comunicación. No únicamente a los periodistas. Al tener esas características, y otras similares, como su elaboración pausada, teniendo en cuenta a las organizaciones locales y a los sindicatos nacionales de periodistas, resulta tardía y de menor impacto mediático que la de RSF (que cumple otra función, la de llamarnos la atención a principios de cada año). Para mí, es una componente esencial para valorar el peso del periodismo de verdad, de lo que cuesta en sociedades muy diversas y en nuestros tiempos. Con más y con menos grado de democracia (que nunca es al cien por cien). Por ahora, la versión en español de la lista de la FIP está a punto, pero aún no completamente disponible. La primera versión (en inglés), sí, ya está impresa y publicada en internet desde hace meses. Puede verse en el siguiente enlace: 
    http://www.ifj.org/assets/banners/235/152/3a7bdeb-5f4ea98.pdf    Como hice el año anterior, quiero señalar varios de sus capítulos capítulos, algunos de sus apartados más significativos. El objetivo, como remarca bien la autora, es combatir el olvido y luchar contra la impunidad. Éste es el texto de la Secretaria General de la FIP, Beth Costa, que abre la citada publicación:

“Cada año, la FIP rinde tributo a los periodistas y empleados de los medios que perdieron la vida por hacer su trabajo. Todos los años buscamos modos diferentes de pedir que acaben esos asesinatos. Y al elaborar este informe anual, tenemos la esperanza de que esta publicación tenga menos páginas el año próximo. Desgraciadamente, no  ha sido así en 2011. Siguen los asesinatos selectivos de periodistas: nuestro informe muestra que -al menos- 106 murieron asesinados o en incidentes de  fuego cruzado, mientras la cifra fue de 94 en 2010. No hay apenas cambios en la lista de países del mundo donde es más peligroso trabajar como periodista. Es triste que apenas haya cambios, tanto al principio como al final de la lista. En México, el nombramiento de un Procurador Especial para los Delitos contra la Libertad de Expresión es un paso positivo, pero aún está por ver su efectividad. No hay señales de reacción contra las amenazas a los periodistas de Pakistán y persiste la violencia en Irak que siega vidas de trabajadores de los medios que intentan acercarnos la turbulenta actualidad de su país. Y pese a los intentos de procesar a algunos responsables de la horrible matanza de Maguindanao, donde murieron 32 periodistas en 2009, nuestros colegas siguen perdiendo sus vidas en Filipinas. La noticia más impactante en 2011, la llamada Primavera Árabe, queda registrada en este informe anual. Todas las miradas del mundo y de los periodistas fueron cruciales para que se supiera lo que sucedía en El Cairo, Túnez y en otras capitales. Pero el papel del periodista es arriesgado cuando nos ofrece noticias de conflictos y revueltas, y muchos trabajadores de los medios -en aquella región del mundo- murieron, resultaron heridos o desaparecieron sin más. Mientras los medios internacionales informan de esa violencia selectiva contra los periodistas extranjeros, queda claro en este informe que la mayoría de los periodistas víctimas de estos ataques son locales y raramente sus casos despiertan el mismo interés.    Naturalmente, las listas de este tipo se centran en los casos de periodistas asesinados, ya sea por las historias que han elaborado, por los artículos que escribieron o por los programas que emitieron.Sin embargo, la FIP se precia de incluir también aquí los nombres de los que fallecieron en accidentes o desastres, mientras hacían su trabajo periodístico. Se trata de hombres y mujeres que perdieron sus vidas porque el periodismo los encaminó hacia esas catástrofes o los puso en peligro.    Al menos, 20 personas murieron en esas circunstancias en 2011, incluyendo una catástrofe concreta que acabó con la vida de siete trabajadores de los medios. Estaban entre las 115 personas que murieron al derrumbarse el edificio de la Televisión Canterbury, en la ciudad de Christchurch, Nueva Zelanda. Al contrario que muchos casos de este informe, dichas muertes accidentales no forman parte de una campaña política de intimidación, ni de intento alguno de silenciar determinada información pública no deseada. Pero dichos accidentes dejan un vacío en la vida de sus familias, de sus seres queridos y de los colegas de los fallecidos.    Mientras algunas de estas tragedias pueden haber sucedido por estar en el lugar y el momento equivocados, investigar las circunstancias de esas muertes es tan importante para la seguridad de los periodistas como los casos que tienen claros motivos políticos. 
   El periodismo nunca será una profesión sin riesgos.  Pero como sindicatos, debemos asegurarnos de que los empresarios asumen todas sus responsabilidades sobre la seguridad de quienes trabajan para ellos. Debemos aprender de todos y cada uno de estos casos para que se actúe y se reduzcan los riesgos, mientras los periodistas hacen su trabajo. Y debemos recordar a los patronos que su responsabilidad no se limita a los periodistas de plantilla, sino que alcanza también a los pagados a la pieza y a todos los colaboradores que ayudan a esos periodistas a contar sus historias.    No solo la patronal es responsable de la seguridad de los periodistas. Es tema recurrente en este documento que los gobiernos no dan los pasos necesarios para proteger a los trabajadores de los medios. Una y otra vez, incumplen su obligación de proteger a los periodistas amenazados o, si llega a suceder lo peor, tampoco envían una clara señal de que la violencia contra nuestra profesión no será tolerada.    En la inmensa mayoría de los casos aquí incluidos, así como en los de informes precedentes, los responsables de crímenes de periodistas no han sido juzgados. Con un vistazo a nuestros informes regionales veremos el problema con claridad. Sabremos que el 98 por ciento de los asesinatos de México siguen sin ser resueltos. En Irak, más de 300 periodistas y empleados de los medios han muerto desde 2003, pero no ha habido juicio, ni procesamiento alguno. Ante esta situación, los periodistas y sus sindicatos han tomado iniciativas de lucha contra la impunidad para obligar a los gobiernos y a la comunidad internacional a tomarse en serio la protección de los periodistas.    El primer día internacional contra la impunidad tuvo lugar el 23 de noviembre de 2011, para comprometer más a los gobiernos con la seguridad de los periodistas y para concienciarlos de su inacción a la hora de llevar a los asesinos ante la justicia. Asimismo, los miembros de la FIP hacen campaña contra la impunidad en sus respectivos países y en todas las regiones del planeta. En África, la Federación Africana de Periodistas (FAJ, según sus siglas en inglés) convenció a la Comisión Africana de Derechos Humanos y de los Pueblos (ACHPR, en inglés) de que adoptara una resolución, en mayo de 2011, sobre la seguridad de los periodistas. Ahora sirve para presionar a los gobiernos y para proteger a los amenazados.
   La FIP encabeza también una acción muy precisa. Se ha unido a la familia del periodista gambiano Deyda Hydara en su demanda ante el Tribunal de Derechos Humanos de la Comunidad de Estados de África Occidental para exigirle al gobierno de Gambia que investigue ese asesinato. Es la primera vez que la FIP se convierte así en demandante y –si tuviera éxito- haríamos lo mismo en casos parecidos en otras partes del globo, como elemento de nuestra campaña contra la impunidad.    Hay evoluciones positivas en otros lugares, como en Rusia donde el monitoreo de la violencia contra periodistas es, probablemente, el mejor del mundo; tras la creación de una base de datos (http://journalists-in-russia.org/) que registra todas las formas de violencia contra periodistas. Con la FIP y  la Fundación de Defensa de la Gladnost como asociados, el proyecto de nuestros afiliados rusos implica que, cuando nuestros colegas son atacados, lo sabemos y podemos alertar y dar los pasos necesarios para que las autoridades no puedan alegar ignorancia como disculpa para su inacción.      Al señalar un nuevo año sombrío para la seguridad de los periodistas, esperamos que -al mirar retrospectivamente en años venideros- parezca que 2011 fue el principio del fin de la impunidad de los asesinos de periodistas. De modo que -más que esperar un documento menos grueso el próximo año- deberíamos planear un apartado distinto de esta publicación. Un capítulo lleno de las acciones que nos faltan por ahora: un catálogo de investigaciones, de procesos y de juicios. Desde luego, lo que esperamos y lo que acontece no siempre coincide. Sería ingenuo creer que los días de acción y las campañas de alto nivel –o incluso la acción de la ONU o de los gobiernos mejor intencionados- terminarán con estos crímenes de repente.  
   Pero tenemos que reconocer la parte que nos corresponde. Un día y otro, los sindicatos de periodistas se levantan para defender a sus colegas amenazados. Y no lo hacen solos, sino apoyados por una red de solidaridad internacional movilizada para exponer los nombres de los responsables y para que las víctimas no sean olvidadas tampoco”.

 

 

Comentarios (0)Add Comment

Escribir comentario

busy