
Octavio Colis
Desde el valle de Jericó, en Palestina, se ve rielar al otro lado de la depresión del Mar Muerto el alto muro azul violeta de las montañas jordanas, tras las que están las poblaciones que van desde los Altos del Golán sirios, ocupados por Israel, sobre el mar de Galilea, hasta la montaña Jabal Ramm, cerca del mar Rojo, de Egipto y de Arabia Saudí.
Tras el bello e impresionante macizo montañoso de más de trescientos kilómetros de largo se ocultan de Norte a Sur, y casi en línea recta, las poblaciones jordanas de Irbid, Jarsah, Sal, Ammán, Madaba, Karak, Afilah, Petra, Ras an Naqb y finalmente Áqaba. Viajé mucho por la geografía de esos paisajes del Creciente Fértil en los que no es infrecuente ver campesinos tirando de un burrito en el que va sentada una mujer, o pesebres en los que sólo falta sobre el techado una estrella de cartón y papel de estaño plateado junto a un ángel ingrávido.
Yendo en una ocasión de Ammán a Áqaba, a medio camino pasamos por un lugar muy junto al Mar Muerto en el que constantemente el viento salpica de agua las rocas peladas. La alta salinidad de ese diminuto mar hace que las piedras mojadas estén allí siempre blancas, refulgentes, tanto que daña a la vista mirarlas fijamente, aun llevando gafas de sol adecuadas para esos lugares.
¿Dónde se supone que estaban las ciudades de Sodoma y Gomorra?, le pregunté al conductor del coche, David O´Connor, director en esos días de la Al Noor Foundation jordana, y me señaló un punto indeterminado tras esa montaña áspera y hacia su cima decrecientemente luminosa y blanca. ¿Y si dejara ahí mi chaqueta y la recogiera mañana cuando volviéramos?, le pregunté. La encontrarías blanca y dura, como quedó la mujer de Lot, me dijo como si ya hubiera respondido a eso otras veces. Algunas horas después, yendo casi siempre en línea recta, habiendo dejado a nuestra izquierda los pedregosos y empinados caminos que se remontan hasta Petra, comenzamos a ascender hacia el nivel del mar. El Mar Muerto está a unos 500 metros bajo ese nivel, y sentí una extraña sensación al pensar que tenía el Mar Rojo y el Mar Mediterráneo sobre la cabeza, como si fuera yo una hormiga en el fondo de un vaso vacío sobre el que se inclinara una jarra de agua. Habíamos llegado a una especie de zócalo ciclópeo que une Jordania con el desierto del Négev, en lo que fueron hace mucho tiempo los límites del Mar Muerto, y que separa esa enorme depresión de las tierras que conducen al Mar Rojo, a pocos kilómetros. ¿Por dónde se supone que huyeron los judíos cuando salieron de Egipto?, volví a preguntar a David, quien se alzó de hombros y me miró sonriendo, parece evidente que por aquí, ¿verdad?, me contestó. Sí, imaginé la pleamar del Mar Rojo llegando hasta este extremo, sobrepasándolo y desbordándose por las pendientes hasta las aguas del Mar Muerto, y supuse que la leyenda se sostenía muy bien si imaginábamos a los judíos míticos aprovechando la bajamar para pasar hacia el desierto del Négev por ese istmo, y después a sus incautos perseguidores egipcios arrastrados hacia el Mar Muerto por las aguas del Mar Rojo cuando volvió el agua con la pleamar a ese paso.
Ya en Áqaba, por la noche, vi parpadear las luces de las ciudades de cuatro países, las de alguna población jordana camino de Al Mudawwara, tras el Jabal Ramm; las de Sharm el-Sheij, en Egipto; Elat, en Israel; y Tabuk, en Arabia Saudí. En el aire flotaban partículas de arena salobre. En ese mismo viaje me dio tiempo a visitar una especie de museo jordano en el que, a falta de vestigios de historia propia, se exhiben como reliquias jordanas parte del atrezzo, vestuario y decorados de la película de David Lean, Lawrence de Arabia. Jordania es un joven y extraño país, que mantiene una tensa relación con Palestina a pesar de que casi todos sus habitantes o son palestinos con kufiya roja y blanca o descendientes de palestinos huidos tras la nackba de 1948, cuando Ben Gurión declaró el Estado de Israel y ocupó sus tierras y poblaciones. La causa de esa mala relación es la extraña política que ha mantenido la monarquía jordana en los constantes conflictos entre los palestinos ocupados y los israelíes ocupantes. Los palestinos nunca dicen vivir en Cisjordania, sino que dicen hacerlo en el West Bank. Las fronteras jordanas son caprichosas y absurdas, trazadas, dicen, una noche de hipos y coñac por Winston Churchill. La mayor parte de las que mantiene con Arabia Saudí, Irak, Egipto y Siria son rectas completamente, como si eso fuera posible de determinar en el impreciso y cambiante desierto. La monarquía hachemita que reina en Jordania desde 1951 procede del clan Banu Hashim de La Meca, clan muy importante dentro de la antigua tribu de Quraish (a la que pertenecía el profeta Mahoma). En Ammán había por todas partes enormes retratos del sonriente y duro Hussein, cuarto monarca hachemita.

Crucé varias veces esa depresión del Mar Muerto, de Jerusalén a Ammán, apenas distantes 100 kilómetros, por el viejo puente de Allemby, controlado por los israelíes. Había entonces, creo que ahora está reformado, un viejo puesto de control en el que separaban a los árabes, palestinos y jordanos del resto de los viajeros, y una vez obtenido el permiso correspondiente había que tomar un autobús que llevaba hasta Ammán. En una ocasión hice ese viaje con la intención de volver el mismo día a Jerusalén, por lo que antes del amanecer estaba en el viejo puesto fronterizo del Puente de Allemby siendo interrogado por una joven israelí, armada hasta los dientes, como es odiosamente habitual; me preguntaba por las razones de mi viaje en una tediosa, falsa y estúpida conversación /interrogatorio, también habitual, sobre mi vida y actividades en Palestina. Sólo llevaba yo una cartera de cuero con documentos sin importancia, aparte de algunos objetos, pocos, personales. Protesté de la cantidad de preguntas, solía hacerlo argumentando bobadas sobre la democracia y los derechos del turista, que allí suenan tan surrealistas, y por fin pasé al otro lado, en donde me esperaba un coche de la Princess Alia Found, organización con la que tenía algunos asuntos que tratar. En Ammán me invitó a comer Gustavo de Arístegui, entonces en la embajada española haciendo las veces de embajador desde una agregaduría, porque en aquellos momentos España no tenía embajador en Jordania. La casa de Gustavo era preciosa, muy elegantemente árabe, y estuve sentado a la mesa con una delegación siria, interesada en algunos asuntos comerciales con España. El anfitrión nos mostró una colección muy interesante de samovares y la conversación durante la comida fue muy agradable, instructiva y distendida, aunque quizá bebí algún vaso de vino de más, porque al acabar de comer me sentía pesado de estómago y de cabeza. Gustavo me ofreció un digestif drink, que yo entendí sería alguna infusión digestiva y resultó que era un excelente coñac francés servido en una enorme copa de bola. El coñac estaba muy bien y me lo bebí estupendamente. Cuando por la tarde volvía hacia la frontera del puente de Allemby me di cuenta de que estaba completamente borracho. Parece ser que la depresión del Mar Muerto ejerce una endiablada relación con el alcohol. Saqué un paquete de chicles y me metí en la boca todos los que quedaban hasta que se hizo una bola enorme con la que esperaba recuperarme rápidamente, no sé por qué. Al llegar al puesto fronterizo vi que aún estaba la chica que me había interrogado por la mañana. Le hice algunas bromas seguramente de muy mal gusto y ella comenzó con muy mala cara el interrogatorio habitual, preguntándome lo mismo que por la mañana sobre el objetivo de mi rápido viaje y después de mirar detenidamente el contenido de mi cartera, exactamente como había hecho a la ida, me preguntó si tenía algo que declarar, yo insistía en que había estado en la embajada española para un asunto de cooperación al desarrollo entre España y Jordania, como sabe usted perfectamente, y no tengo nada nuevo que declarar... Pero ella insistía e insistía y entonces se me ocurrió decirle que no llevaba nada que no hubiese llevado por la mañana, excepto el chicle, except the gum… En inglés gum, chicle, y gun, pistola, pueden llegar a confundirse dependiendo de la pronunciación, teniendo en cuenta, además, que a menudo y aun sobrio soy un bocazas. De pronto sonó una alarma y se cerraron tras de mí unos barrotes que caían del techo, dejándome aislado en poco más de un metro cuadrado. La ventanilla tras el mostrador en el que estaba la joven también se cerró y me quedé mirando a los asombrados pasajeros palestinos que esperaban en la destartalada sala, tras los barrotes, a mi espalda. Al poco se abrió una puerta junto a la ventanilla y apareció un individuo que me invitó a pasar a un cuartito sin ventanas en el que había dos sillas y una mesa. Le estuve explicando que no sabía el efecto que causaba la depresión del Mar Muerto en las personas que habían bebido alcohol y él me hizo algunas reconvenciones sobre la inconveniencia de la bebida, especialmente en los arrogantes que, como yo, no entendían que todo se hacía por su seguridad, volviendo a regodearse con las mismas preguntas que me había estado haciendo su compañera, una y otra vez. Finalmente me dejó salir, sin más problemas. Y entonces, ya en la sala de espera, oí una especie de aplauso sordo y tímido, los palestinos me miraban con enorme simpatía y varios se acercaron para ofrecerse a llevarme en coche cuando les dejaran salir a ellos. Volví a Jerusalén con un médico palestino al que había venido a recoger su hijo, me dijo que mi actitud les había emocionado porque esa valentía con la que me había enfrentado a los israelíes les hacía ver que no estaban completamente solos.
Viajar por el Creciente Fértil es complicado, muy complicado en Palestina y en especial para los palestinos, aun contando con su infinita paciencia. Las autoridades israelíes obligan a los vehículos de Gaza a llevar matrícula blanca, azul a los de Cisjordania, mientras que los vehículos de titularidad judía la llevan amarilla. De manera que desde lejos se puede distinguir de dónde son los conductores de los vehículos que se acercan a los innumerables puestos de control de carretera. Y si un vehículo de matrícula amarilla viajara muy despacio llevando tras de sí una fila enorme de vehículos, y esto sucede porque si no quiere dar paso a los vehículos de matrícula azul o blanca, por ley puede hacerlo, y si el conductor fuera un colono de los innumerables asentamientos que cantonalizan los territorios ocupados, podría ser aún más humillante, porque mirando por el retrovisor sacaría cuando quisiera una mano señalando con los dedos los vehículos que le pueden adelantar, uno, dos… y si alguno perdiera la paciencia y decidiera adelantarle sin permiso el conductor de matrícula amarilla podría disparar contra él. Por su seguridad, le ampara la ley. Estos colonos parecen personajes de una mala película de vaqueros, suelen hacer ostentación chulesca de sus armas, pueden asomarlas por la ventanilla y reírse a carcajadas al paso de los vehículos palestinos, siempre mucho más viejos y modestos que los suyos. Para los palestinos es obligatorio solicitar un permiso para trasladarse de un lugar a otro, un permiso diario para salir de su ciudad y otro para volver a entrar. Da igual si el vehículo es particular o es un autobús de colegiales, o una ambulancia, todos tienen que tener permiso para ese traslado en concreto, también los viajeros en autobús. He visto colas interminables de vehículos en la frontera con Gaza, gentes que no conseguían el permiso de regreso de ese día a sus hogares (trabajadores, niños, les da igual), viéndose obligados a quedarse a dormir allí, para volver a salir al día siguiente a sus lugares de trabajo, si obtenían el permiso. En una ocasión viajé en ambulancia de Al Bireh a Jerusalén, con un amigo médico del PRCS que atendía a un enfermo intubado y en camilla al que acompañaba su asustada mujer. En Bethanina nos detuvieron unos soldados, nos hicieron bajar a todos de la ambulancia, incluido al enfermo en la camilla, y después de mucho rato registrando y buscando no sé qué, nos dejaron seguir camino hacia el hospital, no sin antes abroncarnos a mí, al médico y al conductor de la ambulancia, que trataban de mantenerse pacientes. En otra ocasión, yendo a Nablus, detuvieron el autobús en el que viajaba yo solo, subieron dos soldados y se dirigieron directamente a mí, me pidieron el pasaporte y uno de ellos, hablándome en español argentino, me preguntó qué hacía yo tan lejos de mi patria, ¡pues anda que tú!, le dije, me miró fijamente a los ojos, tiró mi pasaporte por la ventanilla y me contestó: ¡gallego, dejá de joder! Salí a la carretera, recogí el pasaporte, y volví a mi asiento sin decir nada. Aprendí algo de la paciencia de los palestinos, por mi seguridad. A los judíos israelíes se les ve, sin embargo, muy inquietos, agresivos y, sobre todo, asustados, como si les aplastara el miedo de una enorme culpa, o es que yo tengo prejuicios y creo que esto les viene de lo suyo, como diría Aparicio.

En todas partes los niños salen del colegio corriendo, chillando, riendo, excepto en los barrios judíos (asentamientos de ocupación urbana) de Jerusalén. En el de Mea Sharim los niños caminan cabizbajos junto a sus padres, aplastados por una vieja culpa incorpórea que no comprenden, pero que aceptan a cambio del privilegio de ser judíos, como les enseñan en las yeshivas, escuelas talmúdicas que han ido sustituyendo a los kibutzim, campos de trabajo agrícola en los que se confraternizaba en el ideal teológico y socialista que soñó Ben Gurión para Israel, hoy en día prácticamente abandonados. En Gaza, a los niños palestinos les va muy mal, cada día peor (desde hace 63 años y varias generaciones), pero salen corriendo y chillando del colegio, como en Madrid, o en cualquier otra parte, como si no pasara nada. En Khan Younis, al sur de Gaza, junto al mar Mediterráneo, pinté un mural en el Palestine Red Crescent Society Building, y estuve casi dos meses viviendo cerca de ese edificio, en un apartamento. Todas las mañanas me despertaba muy pronto Subhi Aljhaj, un estudiante de arte de la Universidad de Gaza que me ayudó en la elaboración de la pintura, y al que le habían encomendado también mi seguridad. Por las noches veía pasar a los soldados judíos con carretillas llenas de despojos de aves, envenenados, que sembraban por todas partes para aniquilar a los perros cimarrones, decían. Un poco antes de que sonara el rezo grabado de la mañana desde la mezquita, cantaban los gallos, unos segundos antes, cada mañana. Algunos días venían a verme trabajar Abderramhán Tamimi, ingeniero agrónomo del Palestinian Hidrology Group, o Fayeq Husein, o el verdadero impulsor del proyecto multidisciplinar del Edificio del Creciente Rojo, Fathi Arafat, hermano de Yaseer, médico pediatra, quien murió como su hermano poco tiempo después que él, del mismo mal, envenenado. También comenzaron a venir jóvenes estudiantes de arte con sus carpetillas humildes y, al final de la tarde, muchas veces Subhi me preparaba una mesita con una silla tras la que se ponían en fila los jóvenes artistas para enseñarme uno a uno sus trabajos. Era enternecedor ver a aquellos jóvenes creer en su trabajo, en su futuro. En Jerusalén vi trabajar a un grupo de artistas conceptuales que previamente habían comprado a un tendero de frutas y hortalizas el producto que exponía en sus mesas. Cerca de allí, se apostaba un joven cineasta para filmar los acontecimientos. Los conceptuales hacían una gran bandera palestina con las piezas de fruta y verdura y enseguida acudían al puesto soldados israelíes para destrozar la bandera a patadas y culatazos, entre el llanto y las protestas del dueño que se hacía el inocente. Montaban luego la filmación con música y letras poéticas y la veían por la noche extasiados, entre risas, en casa de alguno de los artistas, en Ramallah, en Jenin, en Nablus.

Hace años que no he vuelto a Palestina, quedó pendiente una invitación para pintar el hall de entrada a la Muqata presidencial en Ramallah, pero los hermanos Arafat murieron y ahora no creo que fuera posible. De todas formas desde principios de siglo vivo de Méntrida a Madrid, escribiendo, fundamentalmente. No son buenos tiempos para el arte público, y aún lo van a ser peores cuando entremos en el invierno azul que nos espera. Sigo en contacto con los amigos palestinos, y me acuerdo mucho de Subhi Aljhaj, aquél joven gigantesco que fue mi guardaespaldas en Gaza mientras pinté el mural que hoy está guardado en alguna parte de Cisjordania, destrozado. Durante la Operación Plomo Fundido, un misil que reventó el edificio en el que lo habíamos instalado partió el paramento en varias partes.
El día que me marchaba de Gaza, Subhi me dijo: Imagina que cuando llegues a Madrid, a tu casa, metes la llave en la cerradura y compruebas que la han cambiado. Llamas al timbre y se abre el ventanuco por el que aparece un desconocido que te pregunta de muy malas maneras qué quieres. Y tú le dices que esa es tu casa y que por qué está él allí, y él te responde que esta casa era de sus antepasados y que los merodeadores árabes se la habían robado hace siglos, y entonces asoma un arma por el ventanuco y te dice que te vayas inmediatamente porque si no te vas se verá obligado a dispararte. Eso mismo, dijo Subhi, es lo que les sucedió a mis abuelos, por eso vinieron aquí, a Gaza, y aquí nací yo, por eso.
(próxima entrega, Informe 19 y última de Los Lunes por la noche en el Café Estar)
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El interminable solitario de la memoria
Cualquier cosa, un detalle ínfimo, es capaz a veces de devolverme a otros lugares, otros tiempos. Alguien, a mi lado, ha mencionado a Vinicius de Moraes e inmediatamente he saltado atrás y he oído, nítida, la letanía de Porque hoy es sábado y he escuchado las voces cálidas y amigas de Manolo Ferreras, José Antonio Muñoz, Fernando Poblet… las voces que son la banda sonora y muy, muy original, muy personal, de aquellos últimos ’70 y primeros ’80 cubiertos con el vuelo de las últimas faldas largas de algodón con colores de India, transformados de improviso en otra cosa muy distinta por efecto de la rigidez de unas hombreras imposible. Un salto en el vacío desde el romanticismo casi delicuescente de la fantasía real y la utopía del mundo mejor, incluso del mejor de los mundos, a la fantasía irreal del tupé y las lentejuelas de colores más circenses que otra cosa, imposibles de ubicar en la marco de la cosa cotidiana.
En aquellos años fue cuando descubrí que una cosa es que te guste el regaliz y otra muy distinta que seas “adicta al regaliz desde la infancia”, como figuraba en un informe médico que se quedó en el Hospital La Fe de Valencia donde estuve ingresada dos veces, muy seguidas, a causa de unas incompresibles subida de mi tensión arterial que se colocaba en 25/16 y me causaba unos insoportables dolores de cabeza. Tampoco era ninguna originalidad, le pasa a mucha gente y se llama hipertensión esencial, lo que significa que esencialmente no han encontrado ninguna causa que justifique el fenómeno… salvo quizá esa adición arrastrada desde la infancia. Resulta que el regaliz, tan rico, tan aparentemente inofensivo, consumido sin freno crea adición y tiene efectos malignos sobre la tensión, ergo el sistema circulatorio y vascular. Ahí estamos.

¡Quién lo hubiera pensado! Mi primer “camello” fue la “pipera” de unos años repartidos casi íntegramente entre el colegio y las plazas de las Salesas y de París (Maricarmen, Marisa, si la infancia es la patria las amigas de la infancia siguen siendo el norte, un tipo de norte en cualquier caso). Con la paga de la semana, y después de pasar por el kiosko de los tebeos, le comprábamos pipas, quicos, pastillas de leche de burra (algo inenarrable) y regaliz Zara. Unas barras gordas, largas y espesas, que empalagaban la lengua y dejaban la cara llena de churretes entre marrón y negro. Allí nació esa adición que hoy tengo controlada pero todavía me provoca “mono” de vez en cuando. El regaliz y la canela son los sabores que prefiero.
Años más tarde, el “camello” era la farmaceútica de la esquina de enfrente, la de toda la vida, como eran de toda la vida la lechera que vendía la leche calculándola en unas medidas relucientes de cobre, la señora de la mercería que reinaba en un mundo maravilloso de botones, cremalleras y cintas de colores, el zapatero remendón que colocaba tacones y punteras de goma en unos zapatos, a veces los únicos, que duraban varias temporadas una vez estabilizado el crecimiento del pie, los dependientes de la tienda de ultramarinos que pesaban legumbres secas bonitas como cuentas de collares y cortaban el bloque de mantequilla con una paleta de madera, el del bar de abajo que me regalaba aceitunas y a veces, cuando no estaba cerca nadie de la familia, me dejaba ponerme detrás del mostrador,y la extraña y mágica señora que en la penumbra de una portería alumbrada por 15 vatios “cogía puntos a las medias” y cambiaba novelas, rosas y de vaqueros, por unos céntimos adicionales. La farmacéutica que, sin necesidad de receta de nadie y con la mayor naturalidad del mundo, te vendía simpatinas y centraminas “para estudiar”.
Las anfetas, entonces, eran una herramienta casi diría que necesaria para las noches en blanco en vísperas de exámenes. Ni a la farmacéutica le dolían prendas al vendértelas ni a tus padres les parecía extraño que tuvieras el tubo encima de la mesa, junto al café y los primeros paquetes de cigarrillos ni , dada la naturalidad del proceso, a ti se te ocurría después darles un uso diferente. Lo que no sé si demuestra algo, pero en todo caso a mi me sirve de argumentario cuando me declaro partidaria de la legalización de las drogas para acabar con el narcotráfico.
“Yo probé de todo”, me decía no hace mucho Moncho Alpuente mientras compartíamos con Octavio un plato de pasta con verduras y gambas y un café. Yo no. Yo me paré cuando Carlos Garrido no pudo regresar, en aquel piso vacío de la calle Serrano -¿qué hacían allí, de quién era el lugar?, lo he olvidado-, de un viaje solo de ida con lsd: lo escribo en minúsculas porque verlo en caja alta me produce un ataque de pánico, no lo soporto. Era 1970 y Carlos era actor; al menos había trabajado en Un, dos, tres, al escondite inglés, de Iván Zulueta, y Las gatas tiene frío, de Carlos Serrano (visto desde aquí y ahora el único y auténtico amor de mi vida, que entonces quería ser Antonioni y ya en el siglo XXI me dijo un día que aquello de la incomunicación que tanto nos había marcado era un rollo de intelectuales para que no se notara que carecían de soluciones); no hacía muchos años que Carlos Garrido se había casado con una monada rubia y británica, Angie, que después sería Angie Cat en un disco de nefasta memoria y una boutique en la Plaza de Santo Domingo. Se casaron un sábado por la mañana, en el mismo juzgado londinense de Chelsea en que una semana antes lo habían hecho Roman Polasnki y Sharon Tate. Luego lo celebramos en una comida, prácticamente familiar, en el comedor privado de un hotel y en torno a una mesa donde se sentaban Angie y Carlos, unos señores muy amables y muy ingleses que eran los padres de la novia, nosotros y dos niñas preciosas como sacadas de un cuento de Lewis Carroll. Luego, Angie viuda y con una niña también rubia y preciosa, intentó varias cosas para quedarse en Madrid, sin resultado, y finalmente regresó a Londres, creo. Yo no he vuelto a saber nada de ella.
Busco información sobre aquellos días tan tristes y solo encuentro una fea página del ABC dedicada casi entera al “suceso de Serrano 39”, al ladito mismo del periódico, en pleno corazón del barrio más pijo de la capital, que habla de un posible escape de butano. Eran tiempos en que todo se disfrazaba para que no pareciera lo que era, cuando en Mogambo Grace Kelly y Clark Gable “eran hermanos” lo que supuestamente justificaba que durmieran en la misma tienda del safari. Así que la versión oficial de la voz de su amo en el exilio –porque hay que recordar que el periódico en cuestión era el más monárquico de los monárquicos y los reyes y su descendencia estaban todavía en Estoril- es que a Carlos Garrido le mató la mala combustión de un calentador cuando intentaba llenar una bañera y no la mala ingestión de unas pastillas blancas que prometían, y a veces lograban, viajes literalmente alucinantes. Y que también estuvieron a punto de impedir que regresaran su colega, Verónica, y algunos otros amigos que asistieron a la fiesta de aquella noche de domingo.
Tengo la impresión, es posible que equivocada, de que una parte de mi generación decidió aparcarse en el tabaco, la marihuana y el hash, después de alguna experiencia desagradable intentando llegar algo más lejos. Y ahí, aparcados cómodamente en la hierba, hemos coincidido con los últimos en llegar, muchos de ellos subidos en el carro del 15-M, que han cambiado el tabaco por maría porque estos chicos de ahora son más sanos de lo que éramos nosotros y no han hecho un deporte de jugar con su cuerpo, ni con su vida.
Dejo que los espectros duerman en sus hornacinas y salto en el vacío hasta ayer mismo cuando escuchaba en el canal Arte a Luca –muy en su papel de italiano que ha asumido las contradicciones propias de un país gangrenado por la corrupción y la obscenidad- explicando a Gustav: In Italia, la signalettica è una sugerenza, non un’imposizione…mientras Gustav se alarmaba padeciendo en sus carnes los adelantamientos suicidas en una autopista camino de Nápoles. Luca y Gustav son dos de mis personajes preferidos de la Europa de ahora mismo; si yo fuera maestra enseñaría educación ciudadana con sus documentales. Gustav es alemán, probablemente berlinés, no estoy segura, y periodista de Arte; Luca creo que es romano, podría ser sociólogo, quizá realizador cinematográfico. Ambos son jóvenes sin exceso, entre treinta y cuarenta, guapos, listos, con un sentido del humor encomiable y están enamorados. Salieron del armario en dos tiempos diferentes: primero lo hizo Gustav (Berlín siempre cuidó sus vanguardias, de casi todo). Luego militaron juntos defendiendo los derechos de los homosexuales asustando a señoras gordas en pueblos de toda Italia, y llegando hasta el Parlamento donde uno de ellos, no recuerdo quien, quizá Luca, recorrió sus pasillos y despachos explicando a los diputados porque debían aprobar una ley reconociendo las uniones de parejas del mismo sexo. Sin mucho éxito, hay que decirlo, pero con enorme valentía y desparpajo. Posteriormente, y ante la incomprensión generalizada, se casaron en Roma -¿o fue en Milán?- en un amago de ceremonia oficiada al aire libre por un juez solidario mientras los amigos les tiraban arroz y les deseaban felicidad eterna. Y de nuevo, señoras gordas que querrían ser como Sofia Loren espantadas contemplando el espectáculo.
Todo esto lo han grabado, comentado, vivido delante de las cámaras de vídeo y convertido en documentales de 50 minutos, subvencionados por el programa Media de la UE, que se han exhibido en el canal Arte y supongo en otras televisiones de países donde se habla de cosas como la sexualidad naturalmente, sin mezclarlas con doctrinas de iglesias y sin que nadie se atreva –como el papa hace unos días en Benín- a decir que el problema del sida es ante todo ético. ¡Hay que ser cínicos!
La última entrega de Luca y Gustav ha sido un recorrido por la Italia de Berlusconi, la de Roberto Saviano y las basuras de Nápoles, la de las mafias de la construcción trasladadas a las provincias del Norte, en un Fiat 500 alquilado y pintado de rojo, intentando lo imposible en la autopista del Sole. A su paso por la Toscana han probado a hacer una incursión en la casa donde George Clooney pasa todo su tiempo cuando no rueda fuera del país que ha elegido para vivir; como naturalmente no consiguieron verle le dejaron, apoyada en el buzón del correo, una pequeña cafetera tipo Melitta, haciendo un buen chiste con los millonarios anuncios del actor y en memoria de algún tiempo pasado. Para Luca el viaje tenía como objetivo convencer a Gustav de que se quede a vivir en Roma; la cafetera era también un poco el símbolo de su victoria porque a la respuesta del alemán: “En Berlín también se puede beber un café”, Luca había contestado que absolutamente no como en Italia: lungo, corto, espresso, ristretto, con latte, machiato, cappuccino, con un goccio di grappa… y ese debió ser el último argumento. La siguiente imagen era de un Gustav descargando cajas de cartón en un apartamento romano mientras Luca sacaba libros de las cajas y los iba colocando en una estantería blanca.
A mi me gusta que Luca y Gustav hayan elegido la risueña Roma para vivir, ellos que pueden.
Enlaces a los informes de los lunes por la noche en el Café Estar:
Informe 1: Arturo Pérez Reverte: De copias, robos, falsificaciones y plagios
Informe 2: Agustín García Calvo y el futuro
Informe 3: Chicho Sánchez Ferlosio y la Constitución
Informe 4: El 15M, que es el presente
Informe 5: La ciudad de los encuentros (1)
Informe 6: La ciudad de los encuentros (2)
Informe 7: La ciudad de los encuentros (3)
Informe 8: La ciudad de los encuentros (4)
Informe 9: La ciudad de los encuentros (5)
Informe 10: La ciudad de los encuentros (6)
Informe 11: La ciudad de los encuentros (7)
Informe 12: La ciudad de los encuentros (8)
Informe 13: La ciudad de los encuentros (9)
Informe 14: La ciudad de los encuentros (10)
Informe 15: Crónicas palestinas (1) Emiliano y Palestina: lo que existe y lo que está.
Informe 16: Crónicas palestinas (2) En Jerusalén Dios existe por todas partes pero no está en ninguna.
Informe 17: Crónicas palestinas (3) Jesús de Nazaret no nació en Belén
Informe 18: Crónicas palestinas (3) Últimas notas sobre Palestina
