
Octavio Colis
En las diferentes entregas del Informe Estar voy dejando muchas cosas sin relatar, bien porque creo que habría que dar demasiadas explicaciones o porque veo rompen la musicalidad, la escala o el ritmo que todos los relatos deben tener. Por eso le envié a Rafael el texto de las camisetas amarillas a finales de este agosto, porque no me calzaba en el Madrid: La ciudad de los encuentros que le correspondía. Pero una nueva vía abre otras perspectivas a la imaginación, y me parece ahora que estaría bien hacer algunas separatas del Informe Estar para poder bifurcarme en relatos a propósito de lo que voy contando en él, como si fueran anexos o condimentos del banquete de mi memoria. No sé si entrarían finalmente en el libro que estamos componiendo Mercedes Arancibia y yo, pero pudiera ser que textos como el que ella ha escrito y publicado hace poco, Ricardo, mon amour, pide un deseo, cumpliesen también con esas características complementarias a las que me refiero.
Al igual que los perros yo soy muy de las personas, por eso tengo siempre presentes a algunas que me acompañan o me han acompañado muy a mi lado, o yo muy al suyo, más exactamente. Tengo de los gatos, que son más de los lugares que de las personas, mi apego por Madrid aunque yo no sea de Nueva York Nueva York mismo, como ya he explicado en alguna parte. Como hacen los nacidos en otros lugares, los de Madrid no se huelgan de ello generalmente, por eso cuando uno no sabe de dónde es alguien que conoce bien es porque nació en Madrid y sólo hay que preguntárselo directamente para certificarlo. Los madrileños de nacimiento suelen referirse a los parientes de Alicante, o de Bilbao, o de Castillejo en La Manchuela, dando así a entender que, de alguna manera, son de allí. Por eso creo que de entre los españoles que se consideran españoles, el madrileño es el español por antonomasia. Por cierto que la sentencia: “De Madrid al cielo” es una equivocación de los que así la citan, porque en realidad la frase dice: “De Madrid, el cielo”.
Moncho Alpuente es madrileño por demás. Y como ya se habrán dado cuenta a través de mis entregas en PES, le admiro y le quiero. Él, como Agustín García Calvo, es un enterteiner nato, quizá a Agustín haya que aprender a pillarle el punto, y no es fácil, lo reconozco, pero con Moncho conectas muy sencillamente porque él lo facilita mucho. Además, es multidisciplinar -entidad ésta que tanto admira a Manuel López-, o sea, que hace lo que haga falta hacer en el ámbito de lo artístico, porque como todos los multidisciplinares, brujos o no, creen que el lenguaje del arte es uno sólo, aunque esté compuesto por muchos dialectos entre los que a veces sólo encuentras las mismas diferencias que hay entre la lengua catalana y la valenciana, o sea, que Moncho, también como artista, es de convicción internacionalista. Además de internacionalista madrileño multidisciplinar y un poco brujo, o quizá por estar directamente influido por ello, Moncho Alpuente tiene un gran apego al I Ching:
Habíamos quedado en ir juntos a El País a la mañana siguiente de aquel tórrido día de agosto porque Alberto Anaut, redactor jefe del suplemento, quería hablar con nosotros acerca de nuestra sección. A mí me daba muy mala espina, pero Moncho me aseguró la noche anterior que había consultado el I Ching y que no iba a pasar nada, no sé qué de fuerzas que se aliaban contra el dragón y las montañas se movían y los ríos se abrían... en fin, no me acuerdo bien, porque bien compuesto aquello que dedujo Moncho de la consulta lo mismo servía para un roto que para un descosido. Vale, dije por no discutir. Dora estaba viajando por Andalucía, por ahí, y Jaime se había ido a Laredo con sus abuelos, como todos los años. Me había quedado solo (con nuestro perro, Gris, un grifón muy simpático) porque tenía mucho que hacer, porque me gusta mucho estar solo, y porque Andalucía en agosto me disuelve y no consigo solidificarme hasta entrado el otoño, ya había vivido esa experiencia y no estaba para repetirla. Y Laredo, sin Dora, no tiene sentido. No dormí nada bien aquella noche, me desperté varias veces muy sofocado y la última vez que lo hice me di cuenta de que eran ya las ocho y que habíamos quedado a las nueve en El Comercial. Salté de la cama y fui corriendo a la ducha, Gris corría detrás de mí con la correa en la boca, a la calle, a la calle, ladraba entre dientes, muy contento por aquello del afán de los perros por el mear. Me duché a toda prisa y en una de éstas se me cayó el jabón y, como en los cómics, lo pisé, resbalé e instintivamente me agarré con fuerza a la cortina de la ducha, saliendo despedido fuera de la bañera y pegándome un tozolón inmenso envuelto en el plástico transparente. Ser ridículo, recuerdo que fue exactamente lo primero que pensé. Gris dejó de ladrar y asomando la cabeza por debajo del plástico me acercó jadeando la correa hasta la cara. Me dolía mucho un tobillo. Me vestí y fui al ambulatorio de urgencias que había en Vallehermoso con Alberto Aguilera (todo este tipo de servicios ambulatorios los cerró el PP nada más llegar al ayuntamiento, el pasado siglo), y me llevé a Gris, que fue meando todos los troncos de árbol que hay en el recorrido hasta el dispensario y allí lo até a una acacia para que me esperara mientras me atendían. Me diagnosticaron un esguince de grado pequeño y me recomendaron reposo absoluto al menos durante 24 horas, hielo, y pie en alto. No puedo, le dije al médico, me juego el trabajo. Después de dejar a Gris en casa, cojeando ostensiblemente a pesar de apoyarme en un bastón que encontré en el paragüero (por fin servía para algo aquel regalo, si algunos objetos inanimados esperan toda la vida la oportunidad de moverse de lugar, este bastón acababa de encontrar la suya… qué cosas piensan en agosto los seres ridículos), fui al encuentro de Moncho quien, por una vez, había llegado antes que yo. La cojera me la produce más la incapacidad para coordinarme bien con el bastón que el propio esguince, le dije por quitarle hierro a la cosa. Pues vaya, dijo él. Aquél día yo sólo pensaba y decía chorradas, la cosa empezaba mal… ¿Qué?, dijo Moncho. No nada, pensaba en voz alta… No pasa nada, aseguró…
Fuimos a hablar con Anaut, sucedió lo que sucedió, y me quedé sin trabajo. Vale. No pasa nada, insistía Moncho, el I Ching dice…
Me volví a casa muy mosqueado, hacía un calor insoportable y sólo se me ocurría meterme en la cama con una bolsa de hielo en el tobillo a verlas venir mientras planeaba algo. Gris me ladró que llevaba sin beber agua toda la mañana porque el cuenco estaba vacío desde que me había ido. Y se me ocurrió algo que nunca había hecho, puse el tapón en el bidet y dejé al perro bebiendo como un poseído. Me metí en la cama y me dormí profundamente. De pronto me despertó el portero de mi casa, zarandeándome, ¡Octavio, Octavio, que está usted inundando a la vecina de abajo!, yo no sabía por qué Onofre estaba en mi habitación, ¿cómo había entrado?, ni por qué decía que estaba inundando a María… ¡el bidet!, salté de la cama, estaba en pelotas y cuando me dispuse a correr hacia el baño sentí un dolor agudo en el tobillo izquierdo, el esguince… Onofre, quite usted por favor el tapón del bidet del baño, y cierre el grifo que me lo he dejado abierto, ¿qué hora es?, ¡las cuatro y media!, pues me lo he dejado a eso de las tres… ¡qué horror! Estuve horas escurriendo la fregona y luego disculpándome con María… pásame la factura de lo que sea… yo me hago cargo… Gris, siempre a lo suyo, insistía en algo dando saltos a mi alrededor… ¡Ah!, comer, no te he puesto pienso, pues como premio te abro una latita de paté de perro… ¡qué rica, que rica, para el perrito!, que estos lujos se van a acabar, estamos sin trabajo… muchacho… Gris me saltaba hasta la cara. Y en una de estas, ¡zás!, me corto en la palma de la mano con el borde de la lata… ¡qué manera de sangrar!... increíble, era un corte superficial pero no dejaba de salpicar sangre por todas partes. Me enrollé una toalla alrededor de la mano, cogí el bastón y me fui de nuevo al ambulatorio de Vallehermoso. El médico no era el mismo, pero la enfermera sí. ¡Pero hombre, ¿qué le pasa a usted hoy?! Y, además, le dije, he perdido el trabajo. No me diga. Lo que le digo. Vaya, vaya… Eran más de las siete de la tarde pero el sol seguía cayendo a plomo. Volví a casa vendado y con bastón, me palpitaban el pie izquierdo, la mano izquierda y también la cabeza en ese mismo lado izquierdo, tenía un chichón considerable. Una vez en casa comprobé si no me había dejado nada abierto o encendido. Me sentía resignado, sin fuerzas para cabrearme. De vez en cuando, las cosas van repentinamente mal y me surge de no sé dónde una cierta paz… ¡qué sé yo! Me metí en la cama. Gris insistía en salir y por esto que digo de la mansedumbre insólita, casi mística, lo saqué a dar un paseo por la glorieta del Valle de Suchil. Luego, cené algo ligero, vi un rato la televisión y me volví a la cama como el reo al que como le van a ajusticiar al día siguiente le han suministrado algo fuerte para que esté tranquilo. El calor seguía siendo insoportable, era uno de esos días en los que la temperatura ambiente es superior a la temperatura corporal y sudas como si estuvieras debajo de la ducha. Ni que decir tiene que me costó mucho dormirme. Me pareció oír en sueños el timbre del teléfono. ¿Será Anaut que me llama para disculparse y readmitirme en el periódico?… Pensé que Anaut era un dragón escupiendo fuego, quemándome todo el lado izquierdo de mi cuerpo… No puede ser, pensé, es una pesadilla, miré el reloj y eran las tres y veinte de la madrugada. Pero era real, el teléfono que sonaba era el mío. Dejó de sonar y al poco volvió a hacerlo. Me levanté, me dolían la mano, la cabeza y el tobillo, todo a la izquierda.
¿Quién es?, silencio… ¿¿Diga, Alberto, Anaut??... Y entonces, al otro lado del auricular habló una voz con el acento de moda entonces entre los madrileños jóvenes, el mismo silabeante y zarzuelero de siempre que alarga mucho la última sílaba, pero dejando caer la mandíbula inferior al final de cada frase de palabras siempre encadenadas…
¿Es el Colí-s?... ¿Qué?... Que si es el Colí-s, el dibujante del Paí-s Imaginari-o… No me lo podía creer, ¡Alberto Anaut había encargado a alguien que hablara conmigo!… Bueno, le contesté con ironía: lo he sido hasta esta mañana y no son horas… Es que… es que… ¿Llamas de parte de Alberto?... ¿De qué Albert-o?... oye tú, que me estás confundiendo, yo te llamo porque he encontrado una carter-a… ¿Una cartera?, eché rápidamente mano al bolsillo, pero estaba desnudo y además yo no he usado nunca cartera. ¿Pero qué cartera? No, si es que a mí me da igual, ¿eres el Colí-s, o no?... Bueno, Colis, sin acento, pero sí, ¿nos conocemos? No creo, majete, no me importaría, yo también dibujo, ¿sabe-s?, y me mola lo que hacéis en eso, aunque yo soy más clásico… Pero no me llamarás a estas horas para hablarme de dibujos, ¿no? No, oye, que a mí me da igual, que tú puedes ser un dibujante cojonudo, pero igual eres un pinta y cojo y tiro la cartera a tomar por culo me quedo con las pelas y la tarjeta y es-o… Pero yo no he perdido la cartera, tío... ¿y cómo has conseguido mi número de teléfono? Pues porque venía dentro de la cartera si es que no me deja-s explicart-e. Yo salía de un concierto de Leño en el Cana-l y me he encontrado tirada una cartera que tiene pelas y tarjeta de crédito pero no tiene carnet con dirección y es-o... y viene un papelito en el que está escrito tu nombre y tu teléfono que seguramente se conoce llevaba el dueño de la cartera para llamarte... o es-o… ¿no me entiendes?... ¡Ah!, ya te entiendo, que te has encontrado una cartera que tiene mi nombre y teléfono pero que es de otro. Eso mismo, majete. Y era por si tú sabías el teléfono del poyo éste para llamarle y dársela como Dio-s-mand-a… Ya, ¿pero y cómo averiguamos de quién es, ma-je-t-e, si no lleva carnet de identidad? Pues porque una tarjeta sí tiene de Caja Madrid la dorada na menos… y pone su nombre: José… Cuenca… Barreira… ¡Pepe! ¡Ah! ¿ves como lo conoce-s? Sí, claro, es un serígrafo amigo mío, precisamente el otro día me lo encontré… ¿Y te pidió el teléfono? ¡Eso es! Pues nada que quedamos un momentito si no vives muy lejos, aunque yo tengo bug-a, y te acerco la cartera y tal no vaya a ser que necesite la tarjeta el chaval… ¿Pero tú sabes la hora que es? Oyes que a mí me da igual, que cojo la cartera vacía… Ya, ya, vale, pero es que he tenido un accidente y estoy fatal, ¿no podría ser mañana?... ¿Mañan-a?...Sí, mañana por la mañana, si quieres… Pero no muy pronto, ¿eh?, que mira la hora que es, ¿vale que nos tomemos unas birritas? Venga… ¿Dónde? ¿Conoces el Café Central, uno nuevo cerca de la Plaza de Santa An-a? Sí. ¿Te va a la una o un-a y media?, es que vivo cerca… Bueno, ¿y cómo te reconozco? Pues… me llamo Kino, con k, y llevo una camiseta negra del rally Parí-s Daka-r… Bueno, pues vale, mañana a la una o por ahí en el Café Central de la Plaza del Ángel… Venga… ¡Ah!, y gracias, Kino… Con k ¿eh? se merecen las gracias digo majete mañana te conozco ¿vale?... Guay… ¿Te llevo alguno de mis dibus?... Haz lo que quieras Quino con k…
La llamada era francamente rara, toda la noche estuve dándole vueltas al día extraño, me dormía y soñaba con un paisaje verde del I Ching en el que estaban Onofre; María, la vecina; Pepe Cuenca; Anaut con cabeza de dragón; Moncho; Gris; ya no me acuerdo qué soñaba pero era francamente agobiante y hacía calor y me dolía todo el lado izquierdo del cuerpo…
No tenía el teléfono de Pepe, por la mañana llamé a su hermano Alfonso, y saltó el contestador automático, llamé también a una amiga común, Carmen Esteban, y tampoco contestaba… en agosto no queda nadie en Madrid. A las doce y cuarto cogí el metro en San Bernardo hasta Sol, caminé, con bastón, hasta la Plaza del Ángel y según llegaba me di cuenta de que el Café Central era un lugar de tardes y noches y que no abría a medio día… Y, efectivamente, estaba cerrado. Me senté en la acera, a la sombra, cerca del café y me quedé esperando hasta las dos de la tarde, y nada. Ya me quedaba muy poca resignación mística cuando a eso de las dos y cuarto vi que había un tipo rondando por la plaza, mirando a todo el mundo… Podía ser Kino, tenía el aspecto con el que me lo había imaginado, pero llevaba una camiseta blanca, una gorra del Atleti y bermudas, también una carpeta mediana… Y miraba mucho, así que me levanté y me dirigí hacia él…¿Kino?... ¿Colí-s?, joder majete, te imaginaba de otra forma, no sé… Ya, y tú ibas a llevar una camiseta negra del Parí-s Daka-r…no te jode… ¡Ah!, vaya, y la llevaba, pero es que me he cambiad-o. ¿Qué pas-a, que tú no te cambias o qué? Mira, ésta es la cartera, está todo lo que estaba, ¿ves?, el papelillo con tu nombr-e. ¿Qué pasa? ¿Qué tu amigo no está en los madrile-s? Pues creo que no; he tratado de localizarlo a través de su hermano, le he dejado un recado en el contestador, y también otro en el de una amiga común… supongo que me llamarán… ¡Oye, pues son unas buenas pelas y tú muy honrado! Y podría ser que tú no… ¿eh, majet-e? ¿Me compras un dibujo? Mira, te he traído dónde elegir…
Nos sentamos de nuevo en la acera y Kino empezó a desplegar frente a mis ojos un montón de dibujos siniestros que iba sacando de la carpeta: tejados y soles redondos con ojos y labios sonrientes, perfiles de gatos, una mujer horrorosa pegándole a un chiquillo con una escoba (…es mi mam-a, una fiera…, lo que yo te diga…), algunos turistas se paraban para mirar, Kino, muy suelto, los ofrecía a la venta. ¿Nos tomamos unas birrita-s en la Cervecería Alemana? Vale, dije por salir de allí. Hablamos de mis accidentes, de la honradez, ¡qué disparates!, me preguntó si en el Chafardero le admitirían dibujos, si le podía presentar al Moncho, si me podía llamar otro día… Me dio su teléfono para que le contara qué había dicho Pepe Cuenca y me dio el encargo de que le dijera que le comprara un dibujo. Cuando fui a pagar me preguntó si lo hacía con las pelas mías o con las del serígrafo. Es una brom-a…chava-l...
Todo esto había sucedido en poco más de veinticuatro horas. Por la noche me llamó Dora desde Jorox, en la Serranía de Ronda, le conté todo y se quedó de piedra, ¿a que no sabes quién ha venido con la moto y me va a hacer el favor de llevarme mañana a Málaga a coger el tren? ¿Quién? Pepe Cuenca.
Nunca hizo falta que llamara a Kino, él se encargaba de hacerlo constantemente. Por supuesto que Pepe le compró un dibujo (el de la mujer pegando a un niño con la escoba) y alguna vez tomé birritas con él por ahí e incluso me llevó varias veces a su casa para enseñarme más dibujos. Conoció conmigo el Café Estar, pero no le gustó, no era su ambiente, dijo, demasiados comeyogures intelectuales. Y poco tiempo después dejó de llamar. Un día estaba yo pensando que podría posarme para un retrato para la serie Madridedía Madridenoche y le llamé. Descolgó su madre, Joaquina, doña Quina, con Q. Nada, que hace mucho tiempo que no sé nada de Kino y me gustaría hablar un rato con él… ¡Y a mí! ¡Ya me gustaría echarle el guante al jodío por culo ese!, gritó. Se marchó hace tres meses con la cuñada y con mi dinero, con todo, y sólo tengo una pensión de mierda que me queda del cabrón de su padre… ¡Si lo pilla su hermano lo escalabra y yo lo remato! Debe andar por Marruecos, por lo del fumeque, ya me entiende… con la puta esa guarra… ¿Tiene usted hijos Utavio?, porque hay que darles ahora, que aluego se van y todo lo que no les das ahora se lo ahorran pa siempre… que unas veces se hacen los buenos porque les interesa y son malos como la tiña, ¿a usted no le ha robado nada?… pues ya es raro…
Esa noche hice un dibujo muy oriental y surrealista en el que se mezclaban el tiempo y las personas en diferentes momentos, con él di por terminado el luto por El País Imaginario. Lo vendí en Canarias a una turista alemana, no sé si más interesada en el autor que en el dibujo, y no tengo fotografías, si las tuviera podrían servir de ilustración a este relato. Trataré de repetirlo: Un paisaje muy zen, en el que están Kino y Anaut bailando, acosados por Joaquina con una escoba, Moncho duerme debajo de un árbol y Gris mea el tronco. En el borde inferior del dibujo fluye un río y sobre él, en una barca tirada por Pepe Cuenca y su moto, vamos montados contra corriente: la enfermera del ambulatorio de Vallehermoso; Anaut; Onofre; María, la vecina; Kino, Quina y la cuñada marroquí… Yo estoy dibujando junto a Moncho, que consulta el I Ching, y también se me ve en la orilla, más viejo, encaramado al árbol, apuntando al horizonte con un bastón… y, en el cielo azul Velázquez, de Madrid, luce el tórrido sol de agosto.
Enlaces:
Informe 1: Arturo Pérez Reverte: De copias, robos, falsificaciones y plagios
Informe 2: Agustín García Calvo y el futuro
Informe 3: Chicho Sánchez Ferlosio y la Constitución
Informe 4: El 15M, que es el presente
Informe 5: La ciudad de los encuentros (1)
Informe 6: La ciudad de los encuentros (2)
Informe 7: La ciudad de los encuentros (3)
Informe 8: La ciudad de los encuentros (4)
Informe 9: La ciudad de los encuentros (5)
Informe 10: La ciudad de los encuentros (6)
Informe 11: La ciudad de los encuentros (7)
Informe 12: La ciudad de los encuentros (8)
Informe 13: La ciudad de los encuentros (9)
Informe 14: La ciudad de los encuentros (10)
