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El fin del esplendor en Malasaña 

Octavio Colis

Del mismo modo que Manuela supuso un salto de calidad en los cafés progresistas del posfranquismo madrileño, Elígeme, también en la calle San Vicente Ferrer, fue el lugar de reunión ineludible para la nueva modernidad global madrileña desde que se abrió a principios de los años 80. La Mandrágora había sido más universitaria, más particular; en aquel sótano o cueva aluvial de La Cava Baja hubo, pudiera ser, más cultura sectorial izquierdista y todo sucedía modestamente, quizá por eso algunos cantautores de la época nunca se decidieron a actuar allí. 

Luis Eduardo Aute, por ejemplo, era entonces una estrella refulgente entre los cantautores  madrileños y españoles en español, su canción Al Alba aún nos pone los pelos de punta a muchos, y recuerdo haberle visto como espectador algunas veces en aquel querido local dirigido por Enrique Cavestany, y siendo invitado frecuentemente a participar por él o por los que estaban en el escenario, Alberto, Joaquín o Javier, y rechazando siempre hacerlo. Una noche, alguno de éstos hizo una versión de su No te desnudes todavía cambiando la letra, entre risas de complicidad con Aute, amigo de todos ellos. Otra cosa y otra actitud fue la que mantuvo Amancio Prada, quien no teniendo en absoluto la capacidad convocatoria de Aute, quizá por preservar su prestigio, así entendidos los lugares y su persona por él mismo y por los que le aconsejan, no aceptó actuar nunca ni en La Mandrágora ni tampoco en Elígeme. Luis Eduardo advirtió a Pedro Sauquillo y a Víctor Claudín, regidores de la sala Elígeme que, aun estando encantado de participar en homenajes y rags que pudieran surgir espontáneamente, el simple anuncio de su presencia en el local para actuar desbordaría la capacidad de la sala, pero que actuaría encantado sin previo aviso. Cuando José Zeca Afonso enfermó gravemente y sin solución, Luis Pastor organizó en Elígeme los que fueron conocidos como Los Lunes de Zeca Afonso, en los que actuaron gratis la mayor parte de los cantautores e intérpretes españoles y un buen número de extranjeros de paso por Madrid. Todo esto en apenas ocho lunes, desde el 12 de enero de 1987 hasta el lunes siguiente a su fallecimiento, a finales de febrero de ese mismo año, triste primer lunes de marzo de 1987. El local se llenaba siempre hasta los topes, a pesar de que había que comprar una entrada. La recaudación íntegra se la llevaban personalmente a Setúbal, a la mujer de ZecaCelia, porque andaban francamente mal de dinero y lo necesitaban urgentemente, y lo hacían unas veces Pedro, otras Víctor, acompañados por Antonio Gómez o por Paco Almazán. Muchos nos ofrecimos a trabajar todos los lunes en lo que hiciera falta, Carlos Tena y yo presentamos las actuaciones algunos lunes, otros lo hicieron Juan DiegoPedro Reyes, etc., a quien se le ofreció actuar o ayudar lo hizo encantado y otros se ofrecían ellos, sin más. El lunes siguiente a la muerte de Zeca, y último de aquellos actos, sí actuó por fin Amancio, pero fue silbado y abucheado por un sector del público, quizá por los que estaban enterados de por qué no había actuado nunca allí. Cuando al final de cada uno de aquellos lunes cantábamos todos el Grândola, Vila Morena, también se nos ponían los pelos de punta.

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Elígeme ofrecía a los modernos espectadores madrileños una gran variedad de eventos. Editaban una revista sobre las actuaciones en la sala, tenían una librería en el amplio pasillo de entrada al local; y allí se celebraron todo tipo de acontecimientos: seguimiento de partidos políticos (Los Verdes), presentación de libros, de Enrique Tierno Galván, por ejemplo, del que éramos muy devotos, socialistas o no; de discos, de todos los que editó Elígeme Discos, y de muchos otros, por ejemplo allí quiso presentar  Manolo García Seres y Estares, de El Último de la Fila, tratando de preservar el local, con el acto, de los ataques del ayuntamiento del PP que ya planeaba cerrarlo; se hicieron cine fórums y proyección de películas como ¿Qué he hecho yo para merecer esto?, moderando el propio Pedro Almodóvar; debates: inolvidables los que se produjeron entre Fernando SabaterJavier Sádaba, moderados por Jesús Aparicio, y con la presencia de Carlos Paris (eran una costumbre en el barrio los debates y asambleas con presencia de filósofos. En Manuela, y antes en La Aurora, Agustín García Calvo ofreció imprescindibles lecciones magistrales contra esto y aquello, pro e contro il pensiero semplice); ciclos de conferencias, subastas, exposiciones; actuaciones teatrales, de magia, de cabaret… En fin, la oferta era muy amplia y la asistencia muy concurrida. Elígeme tenía 22 empleados fijos porque había mucho trabajo, siempre he considerado a Pedro Sahuquillo como ese tipo de empresarios honestos y brillantes de los que tenemos gran carestía y nos vendrían tan bien en Madrid. Hay demasiados creadores para tan pocos empresarios, marchantes, representantes, que merezcan la pena.

OColis14-Eligeme-10Obviamente, las actuaciones musicales fueron allí lo más común, constante y exitoso. Incluso pusieron en marcha un sello musical, Elígeme Discos, que editó a Javier Krahe, Manolo TenaMoncho AlpuenteJavier BataneroXimo TébarLa Musgaña, Las VirtudesVentolera, y un maxisingle coral, Todos por el humo, en defensa de los derechos de los fumadores (aquel contubernio tenía una asociación cuyo presidente fue Jesús Aparicio) y en el que cantaban: Aute, Batanero, Sabina, Iglesias, Krahe y otros. Sería excesivamente prolijo dar cuenta de los que actuaron en Elígeme, pero por hacer una relación significativa diré que el músico de Mali Toumani Diabaté, instrumentista dekora, hizo allí su primera actuación en Europa, y también actuaron Franco Battiato, Kevin AyersTomás de AntequeraCharles Aznavour, Totamito, Morente, Ricardo Solfa, Paco de LucíaJean Pierre TorloisGato Pérez, una jovencísima y guapísima Pata Villacañas, acompañada al piano por César, el mítico pianista del mítico El Avión, y un largo y prestigioso etcétera en el que quiero incluir a mi hermano Nacho Colis, el mejor percusionista de la historia española, dicho esto sin ninguna exageración (no es sólo porque sea mi querido hermano pequeño), con su banda Obras Públicas, y a mi otro hermano, vanguardista por antonomasia, Javier Colis (fantástico su último disco: Otra Nube, en el que también interviene Nacho, además de Perla Batalla, vocalista norteamericana que acompaña a Leonard Cohen), entonces creo que con su grupo Vamos a morir.

Es verdad que había otros locales en el barrio y fuera de él, y seguramente son y fueron estupendos, pero yo no los frecuenté entonces con regularidad ni lo hago tampoco ahora que soy de salir poco y de ir siempre a los mismos lugares, actitud ésta de comprar siempre el periódico en el mismo kiosko y sentarse siempre en el mismo taburete, y similares tozudeces, que creo es una de las obsesiones típicas de los hombres, y seguramente existe una lista de este tipo de manías tan recurrentes en el género, que si bien no nos explican, nos señalan con cierta precisión. Así como a ellas les encanta cambiarlo todo constantemente, como muy bien relata Gastón Segura en las divertidas anotaciones para su cuaderno de un cierto amante ocioso, en el que nos explica el disfrute de los amores con una de estas replicantes arquetípica, y que le trae a mal traer con sus constantes apelaciones, objeciones, retoques, revueltas, y negaciones, que siempre son a la mayor. Las mujeres se empeñan generalmente en cambiar a los hombres de los que se enamoran, mientras que los hombres en general no quieren que sus mujeres cambien nunca porque, dicen, así eran cuando se enamoraron de ellas. Si estuvieran Jesús Aparicio, quien murió hace ya mucho, demasiado, o si Pilar Caballero no viviera en Montpellier, quizá estaría yo más ordenado en lo del frecuentar lugares nuevos y salir por otras partes. Claro que vamos con regularidad al Café Central (con la regularidad con la que actúa allí Javier Krahe) y que fuimos mucho a Clamores (fantásticas actuaciones de jazz y modern jazz, recuerdo especialmente las de mi amigo cátabro-suizo Pelayo Fernández Arrizabalaga). Ahora, hace ya tiempo, la sala Galileo cumple alguna de aquellas funciones político artísticas que se desarrollaron en Elígeme en su tiempo, y la programación es muy cumplida, el que no cumple soy yo.

En aquellos mismos años de aperturas de salas de conciertos y bares de “la movida” (con perdón) se abrieron prestigiosos locales como La Vía Láctea de Marcos López Artiga, que tenía una barra decorada con dibujos de Montxo Algora, muy del pop neoyorquino de Manhattan, y se organizaron muestras del trabajo de Las Costus. Allí actuaron pinchadiscos como Kike TurmixDiego ManriqueJuan de PablosManolo CalderónSamuelJosé Castillo, famosos entonces por poseer colecciones de discos difíciles de encontrar. La Vía Láctea Records editó a DesperadosExcocodrilesLos NegativosMockers, un grupo americano de power pop que hace años llevó al inglés el tan bien promocionado (como mejor atributo) Déjame, de Los Secretos, quienes, por cierto, con una cara que se la pisan y un desconocimiento esencial de lo que significó el movimiento de La Movida, se atribuyeron, motu propio, el liderazgo y representación de dicho fenómeno. También se abrieron entonces salas de conciertos como El Sol, en la calle Jardines, o El Penta, en la calle Palma.  Éstos y algunos otros se disputan haber sido los más indies, más pop o lo que sea, y florecieron sin grandes preocupaciones para entes ectoplasmáticos como los que invadieron democráticamente el Ayuntamiento de Madrid, representados por Álvarez del Matanzo, ser simbiótico y feroz servidor de sus amos, a los que preocupaban más lugares del barrio como el Teatro AlfilManuelaLa Aurora y, sobre todo, Elígeme, que los roqueros, cuyo defecto y virtud principales son el mismo para sus ojos censores: el ruido. Porque molesta (defecto) y porque impide hablar (virtud). En otro tiempo les preocupó entre otros La Carcelera, en la calle Monteleón, porque allí se juntaba y hablaba la gente que ellos consideraban les disputaban su derecho a gobernar o seguir gobernando como fuera, incluso, como mal menor, aunque hubiera de ser por vía de las urnas. Recuerdo apariciones tremebundas del concejal fascista al que le tocaba la lotería constantemente (como a Fabra) que se dejaba caer en Elígeme, exhibiendo la pistola, advirtiendo y amenazando con el cierre por vía judicial… En fin, después de un maravilloso y largo viaje por África, Pedro Sahuquillo decidió transformar, en 1993, Elígeme en La Habana, y luego en Swing. Pero eso es ya otra historia.

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En La Carcelera, todavía en vida del Patas Cortas y en el sin vivir nuestro, había empezado yo a verle al flamenco otro disfrute, allí conocí y oí cantar a Rafael Romero, El Gallina, quien fue el primero de los flamenquitos que me llamó la atención y más tarde me encandiló. Luego vinieron Camarón, los HabichuelaMorente, a todos los conocí antes en el estudio de los Yeti; allí había siempre chicas, vino fino, partidas de lo que fuera, buen hachís, y por eso íbamos tanta gente a verlos. Con Paco Almazán empecé a distinguir los palos y la profundidad del cante por bulerías, la gracia y el arte de los Pata Negra, la poesía armónica de Kiko Veneno, la maestría versátil de Raimundo Amador, un guitarrista de los que hay pocos. Luego, con AGV, hice ese extraño viaje en la noche del Madrid oculto, recorriendo locales de puertas siempre cerradas tras las que atendía un rostro en penumbra asomando al ventanuco media cara, al poco de llamar. Y como yendo con Antonio entraba uno en todas partes, conocí ese mundo casi secreto de los locales llenos de humo y buen cante que había en el Madrid de los encuentros entre sombras, del bullicio soterrado, heredado un poco de los tiempos de la represión franquista. Con él conocí a Chorrojumo un cantaor de fuerza arrolladora y encanto sutil, a la manera gitana. Si, además, venía Paco Almazán, los gitanos se levantaban para saludar. Paco fue un payo con gran autoridad entre los gitanos y el cante, el único que se atrevía a ponerles los puntos sobre las íes, de reprocharles su indiferencia política y su machismo. Alguien debiera hacer alguna vez una recopilación de los escritos de Paco Almazán sobre flamenco y sobre música folclórica en general. Pocas semanas antes de que muriera tuvimos el impulso de hacer un trabajo juntos relacionando el cante y los colores, lo planeamos en mi dacha de Méntrida, que tanto le gustaba, y lo desarrollamos en un par de cenas en el Bocaíto, en la calle Libertad.

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Así que con el fin de Elígeme y del esplendor en Malasaña, con mis dudas con respecto a la prensa, y mi vocación repentina por hacer algo grande que me obligara a estudiar, me encerré a trabajar en mi taller de la calle Monteleón en lo que resultó luego la monografía sobre la vida de Emiliano de Bergegio. Yo había planeado a finales de los 80 estar en ello un par de años, pero llevaba ya cuatro y sólo tenía apuntes e ideas muy claras, pero sin desarrollar. En realidad se trabaja todo el rato con la cabeza y, a veces, tiene uno la tentación hedonista de quedarse ahí. Cuando por fin me decidí a pasar a la acción surgió una obra inmensa que empecé exponiendo en lo que había sido el Museo de Arte Contemporáneo, pero que al trasladar todos aquellos fondos al Reina Sofía, se transformó en Museo Antropológico. En la Sala Julio González del antiguo Museo de Arte Contemporáneo, con la ayuda de la comisaria Rosario de Casso, expuse lo que probablemente ha sido mi obra más completa y voluminosa a través del tiempo.

El estudio y la inmersión teórica y artística en la mística de los monacatos y eremitorios de la tierra del santo de Berceo, localidad hoy riojana, me despertó un enorme interés por el tema del arte y la religión, y con la ayuda de mucha gente que me orientó en ese mundo tan particular y diverso, entré de lleno en el estudio y debate interior sobre lo que existe y sobre lo que está, que tiene que ver con la percepción de lo ideal y lo material, y comencé la práctica artística de aquellas percepciones que hice fueran las de Emiliano, al que la lengua romance de Gonzalo de Berceo convirtió en Millán siglos después de su muerte. Coincidía todo ello entonces con mis primeros viajes a Palestina, en donde había conocido a Fathi Arafat, hombre muy interesado en el arte, y hermano pequeño de Yaseer Arafat, quien me propuso pintar un mural en Khan Younis, Gaza, y colaborar con los artistas palestinos que desconocían el funcionamiento del mercado artístico tal y como es en occidente, ya que planteaban siempre su trabajo dentro del programa de reivindicaciones del pueblo palestino, y a cargo de la ANP, organización que quería librarse de esa carga, ahora que parecía, tras las conferencias de Madrid y Oslo, pudiera ser más viable el establecimiento de un futuro Estado Palestino...

En cierto modo será otra vez volver a eso que tanto discutimos en el Café Estar, sobre el ser agustiniano GC y el sanchezferlosiano, y este asunto y discusiones será lo siguiente de lo que me ocupe aquí, en estos Lunes por la noche en el Café Estar, intercalados como han sido por estos 10 Madrid: La ciudad de los encuentros que, aunque pudiera ser que hubieran dado para mucho más, acaban con éste.

 

Mercedes Arancibia
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El interminable solitario de la memoria

Mientras leo en Octavio acerca de las noches interminables de lo que llamaban, y siguen llamando impropiamente (según dice Almodóvar) la movida, aunque luego demostró que lo era y tenía voluntad de quedarse (pero no podía funcionar eternamente, entre otras cosas porque el personal va cumpliendo años y perdiendo aliento), vuelvo a echar una ojeada a la parte maldita de esos ’80 y me interrogo acerca de cuándo y dónde se perdió mi aliento, o acaso es que yo siempre me canso pronto, enseguida empiezo a aburrirme y, como no soporto el aburrimiento, me voy.

Resumiendo, en algún momento pasé por La Mandrágora, por Manuela, el Café Libertad y El Avión (me fascinaba el pianista, y me embrujaba aquel ambiente de cafetín berlinés de entreguerras), me demoré algo más en el Estar cuando se hablaba, y mucho, sobre la puesta en marcha del diario Liberación, y dediqué algunas noches de fines de semana al Elígeme (esto una vez cerrado ya el periódico y cuando la noche del viernes volvía a ser un peregrinar interminable que acababa siempre al alba con los ojos despintados y muchas veces pegada a sábanas y sofás ajenos). También estuve alguna vez en La Habana y Swing.

Pero es innegable que hubo un día, o una noche D; un momento en que empezaron a pesar los años, cambió el metabolismo, me hizo una jugada la hipertensión, se me fue la pinza, me harté de los sitios… ¡qué se yo! (Aberasturi dixit), y dejé de ser noctámbula. De pronto, la noche perdió todo su encanto, las conversaciones interminables me daban somnolencia, la gente empezaba a difuminarse, como la cenicienta, a partir de medianoche, y cada vez me costaba más encontrar por las esquinas la carroza para volver al palacio. Creo que lo que me pasó se llama también pereza; me daba pereza ponerme en marcha cuando lo que brillaba en el cielo era la luna. Sin ser consciente, sin saber ni como ni por qué, me transformé de golpe en un ser absurdo y extraño que madruga y se pone en marcha a la hora en que la gente normal empieza a pensar en acostarse. De lo que sí tengo certeza es de que no fue un proceso lento de ir dejando poco a poco de frecuentar lugares y personas; fue un pronto, un corte, el inicio de otra (una más) vida, diurna.

Porque lo mío es así, cosa de marcharse, desaparecer, poner en marcha otro proyecto de vida, el proyecto de otra vida, jurarme que nunca me volveré a equivocar con la misma convicción que juraba Vivian Leigh apoyada en el árbol solitario del desolado paisaje decorado con restos de la guerra (Lo que el viento se llevó). Y así fue como me convertí en gente normal.

Después de la radio nocturna (Aberasturi y también Paco Lobatón, Buruaga, creo que Piqueras -memoria muy, muy selectiva- y alguno más, editores todos y presentadores del último informativo de la emisora pública) y la radio diurna, e incluso de la radio mediopensionista en los escasos meses que estuve haciendo guiones para un ser extraño –de nombre Esmeralda, salida de las muchas recomendaciones de Castilla y León que se trajo Aznar en la cartera de presidente- que, le escribieras lo que le escribieras, siempre acababa preguntando al entrevistado qué calzoncillos llevaba, dando por hecho que toda la especie oculta esa prenda debajo de los pantalones (incluso, ya se sabe, los escoceses, que los exhiben cuando suben a los taxis londinenses, como las minifaldas exhiben las bragas). Después, decía, de este deambular de un programa a otro, porque nadie sabía bien como desembarazarse del todo de mi persona que, aunque contratada, llevaba trece años seguidos renovando contratos lo que en cualquier trabajo decente es más que suficiente para conseguir ser un trabajador fijo, al final dieron poderes a un tirillas, de nombre Félix y militante popular (si vive hoy será genovés), para ponerme en la calle con alevosía (no sé si nocturnidad también), porque la carta de despido me esperaba en el cajón a la vuelta de unas vacaciones invernales, justas y merecidas.

Como las situaciones de injusticia, como es un despido laboral, ponen a cada uno en su sitio, resultó también que mi mejor compañera en el programa, la cómplice de tantas horas, se portó como la cerda que en el fondo debía ser, recogió la carta cuando la llevaron, la guardó en mi cajón y no fue capaz de coger el teléfono y llamarme. Luego dijo que lo había hecho para no amargarme las vacaciones. ¡Y un cuerno! Ella consiguió meses después “la fijeza”, que en Radio Nacional, como en todo el Ente, era una cosa muy preciada porque significaba un puesto al sol para toda la vida y una jubilación segura y jugosa, como han demostrado los sucesivos ERES que han ido dejando en la calle –pero seguros- a todos mis compañeros de entonces. Prácticamente no queda nadie de quienes en los 80/90 sacamos adelante, día a día y noche a noche, la programación de una emisora que –lo siento, tengo que decirlo, con todo el respeto por quienes la hacen ahora- infinitamente mejor que la actual.

Total, que un señor llamado Félix me arruinó la vida; me faltó valor para buscarle y darle un par de hostias en una esquina. Me faltó valor y me faltó tiempo porque, inmediatamente después de que planteara la denuncia por despido improcedente en la Magistratura de Trabajo, me salió la posibilidad de hacer un trabajo en TVE, para Documentos TV, naturalmente a condición de que retirara la demanda. Como yo lo que quiero siempre es trabajar, eso tan simple que se llama tener trabajo, a pesar de los consejos (que fueron muchos y muy bienintencionados todos), la retiré y me metí de lleno en la preparación de un documental – E pur si muove- sobre el 50 aniversario del Tratado de Roma, primer antecedente de la Unión Europea. Horriblemente mal pagado, como es costumbre de la casa, fue sin embargo un trabajo enormemente gratificante que rodamos en Bruselas, Estrasburgo, Pamplona, Granada, Sevilla, Alicante, Valencia… no sé si olvido alguna localización, y Madrid, durante varios meses; tantos que la víspera del aniversario todavía montábamos por la noche en Prado del Rey los planos con los nombres de los participantes en el documental. Durante todo ese tiempo estuvo a mi lado Juana Romero, amiga, compañera, confidente, casi hermana, estupenda profesional e inseparable después con el paso del tiempo. Fue un rodaje cargado, como todos, de anécdotas que aquí no vienen a cuento, la mayoría protagonizadas por el realizador –Manolo, me han dicho que se murió poco después-, un soltero empedernido que se escondía en los aeropuertos y las estaciones detrás de una columna para llamar a su madre (aún no tenía móvil todo el mundo, pero él sí), en Estrasburgo se cambió de hotel porque quería ver un partido de fútbol y me abandonó en el viaje de vuelta para ir a ver a unos amigos a Charleroi.

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Naturalmente había pecado de ingenua. Después de aquel documental no hubo nada. Otra vez en la calle, ésta definitiva, y ya sin ninguna posibilidad de reclamar nada. Aprovecho lo del Pisuerga para decir que el comité de empresa ni se dignó tener en cuenta mi existencia. Cruzando un semáforo me encontré un día a Carlos Tena que había pasado por una situación parecida –o sea el paro- y al que acababan de contratar en el Hilo Musical para hacer un arreglo en los contenidos de los canales –Romántico, rock, moderno, popular, clásico…- que ofrecían a sus clientes, tiendas pequeñas y almacenes grandes y consultas de médicos, no sé por qué mayoritariamente dentistas. Me citó al día siguiente en su despacho, que en realidad era solo una mesa en absoluto aislada en una sala inmensa donde en otras meses se llevaban asuntos de publicidad, comerciales, marketing y más, y me contrató para ayudar a rehacer la programación de esos canales, pese a que hacía un montón de años que yo no seguía la actualidad musical. Lo que hizo realmente fue echarme una mano y, para evitar que nos equivocáramos, me confió el “canal romántico” que no tiene pérdida: valses, boleros, tangos, baladas… Contrató también a Patricia Godes, que con él había colaborado en Liberación, a Alicia González –enamorada de Ismael Serrano, luego su novia, su manager, su mujer y finalmente su ex– y a Gernot Dudda, la persona que sabe más de música electrónica. Junto a Sara y el peruano Carlitos (dos becarios), formamos un grupo compacto dentro de la empresa del Hilo (Telefónica, en suma) que no se ha roto aunque hace ya muchos años que cada cual anda en sus cosas; hemos seguido viéndonos, celebrando comidas, bodas, nacimientos (han sido tres, todos chicos, dos de ellos gemelos), nos cogimos cariño porque aquello era un trabajo absurdo y ese tipo de situaciones unen mucho.

El grupo empezó a disgregarse el día que Tena renunció mandando a la mierda al ejecutivo pero cumpliendo su costumbre de, cuando dimitía, invitar al jefe para decírselo; después me fui yo, a otro trabajo aun más absurdo (en algo llamado empresa de comunicación) que dejé el día en que el jefe, que hasta entonces me había comprado tabaco barato en sus viajes a Canarias, me dijo que para fumar tenía que bajar a la calle (cuatro pisos y era invierno). Y cuando yo digo que me voy, me voy: al día siguiente cobré, entré en su despacho con el abrigo puesto y el bolso al hombro, le puse encima de la mesa los trabajos que tenía a medias –se trataba entonces de organizar unas mesas redondas sobre temas varios a cuenta de la Junta de Extremadura- y le dije que adiós. Sin explicaciones. La última imagen que tengo es su cara con la boca literalmente abierta mientras yo cerraba la puerta del despacho y empezaba a bajar las escaleras.

Enlaces:

Series: Madrid: la ciudad de los encuentros.

Informe 1: Arturo Pérez Reverte: De copias, robos, falsificaciones y plagios
Informe 2: Agustín García Calvo y el futuro
Informe 3: Chicho Sánchez Ferlosio y la Constitución
Informe 4: El 15M, que es el presente

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El libro... ¿qué será, será?...
escrito por O. Colis, septiembre 18, 2011
En ello estamos, querido Enrius. Dora ha empezado a trabajar en la maquetación de lo que será ese libro, y Mercedes y yo ya estamos pensando en la edición que tendría que hacerse para este nuevo formato. Esperamos también un prólogo de Rafael G. Claudín que sirva de explicación, además de introducción, de algunas cosas importantes que no se han nombrado de este Madrid en ese tiempo. Otra cosa será encontrar publicadores, tú sabes lo difícil que es esto de sacar un libro, pero ya tenemos algunas ideas y contactos, aunque aprovecho esta ventanita para atender propuestas y considerar ofertas.
Bien me gustaría llegar a ser tan riguroso como Alonso Ublile, pero para eso haría falta tener su talento, conocimientos e imaginación que yo, modestamente, trato de suplir sólo con tozudez y esfuerzo.
Alguna vez me asomo a tu Habitación del Hipnal en la que tan a gusto me he encontrado tantas veces. En los últimos dibujos que nos enseñas coincido con tu ilustre comentarista, Oídos y Orejas, son reposados y sabios, como si ya no te costara ningún esfuerzo dibujar y nos enseñaras, además, otras maneras de percibirlos; hay temperatura y sonido en ellos, como sucedía en los Okusai visionarios.
Un abrazo, maestro.
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Octavio I El Historiador
escrito por Enrique Cavestany, septiembre 18, 2011
Esta enciclopédica serie de Octavio acerca de los encuentros en aquel Madrid de nuestro pasado común, asegura la persistencia de la memoria en la que tampoco faltan los relojes blandos que marcan la hora del tiempo perdido.
Ni las hormigas diurnas en las que algunos nos hemos convertido, figuras de piedra en el desértico paisaje de ayer por la noche.
No es un ejercicio nostálgico, como pudiera parecer, sino una ordenada compilación de los lugares y los seres más o menos humanos que hemos poblado esos espacios noche tras noche. A la inconfundible manera de Alonso Ublile, compilador de la Era Burelandesa, Colis rescata de un posible e imperdonable olvido gentes y situaciones que algunos querrían olvidar y otros guardar amorosamente bajo la almohada.
Amerita un libro ilustrado. Y se lo he dicho varias veces a tan meritorio autor.
Laus Deo.
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que lindo escribes
escrito por Carlitos, septiembre 18, 2011
Mercedes te queremos, yo en especial, siempre te recordare, besos

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