OColis13-La-Movida-EPILos años felices 

Octavio Colis

Todos los años, al llegar estas fechas, como creo le sucede a tantos otros, me parece que comienza un nuevo año y me asaltan a un tiempo la quimera de empezar nuevas cosas y la voluntad de dejar atrás otras. Mediatizado probablemente por esta lógica dualista del metabolismo estacional me ha costado mucho retomar estas entregas sobre la memoria de Madrid y yo y los otros, y no sé si es porque se están alargando demasiado y me pesan, o es que mi otoñal 5-metoxi-N-acetiltriptamina considera que ya vale. Hay veces que la glándula pineal decide que ya vale y es que no hay nada que hacer. Pero hemos reflexionado un buen rato la melatonina y yo (quiero decir que he reflexionado yo y que la melatonina no se ha rebelado significativamente o, al menos, no he percibido rebeldía interior alguna) y hemos llegado a la conclusión de que queda por contar tanto bueno, si es que hubiera habido alguna cosa buena contada en todo lo anterior, como lo relatado hasta ahora, así es que me zambullo de nuevo en los felices años 80 para recordarlos con la ilusión de que sirva para algo, al menos a mí mismo.

Hay que tener también en cuenta que para poder disfrutar de una corta estancia en mi dacha de Méntrida, acompañado de algunos queridos amigos (además de Dora, que nos ha comprado una piscina de plástico enorme en la que hemos disfrutado como chiquillos: dos Mercedes; una Rut; dos Ricardos; una Nuria; Mossi la gatita modistilla; Gris, el gato príncipe; una gatita sin nombre definitivo; Fix, el gato de mi hijo Jaime; y Bruno, un perrillo cachondo y divertido que no se quería volver a Bilbao porque le gustaba la dacha de Méntrida a rabiar), tuve que adelantar a Rafael dos entregas completas de Madrid: la ciudad de los encuentros, y que hace al menos veinte días que no entro en el asunto de lo madrileño mío según la memoria. Sí, ya sé, hay algo en mi actitud de niño rebelde y mal criado que hace las cosas comme il faut, caprichosa y cabezonamente. Es verdad, aunque diré en mi descargo que este comportamiento mío tiene que ver con los tiempos del colegio que me han vuelto en estas fechas al pensamiento sin duda por la murga de los kikos y sus milagros e imposturas, y todo eso tan escandaloso que hemos sufrido tan enervadamente los (algunos) madrileños este agosto…

¡A ver, Tavito!, levántate. ¿Es que no crees en los milagros? No, padre… ¡Más alto, no te oigo! No… padre. Pero eso es soberbia porque… ¿Y si tu compañero de pupitre te dice que ha visto un milagro le creerías? (Gallastegui afirma con la cabeza, muy emocionado, es un pelota). No, padre… ¡Más alto, no te oigo! No… padre. ¡Ah!, ¿crees que tu compañero es un mentiroso? (Gallastegui me mira con odio, parece un guiñol del cura). No, padre… ¡Más alto, que no te oigo! No… padre. ¿Y si toda la clase te dice que han visto ese mismo milagro te convencerías entonces? No… padre. ¡Ah, ahí tienes la soberbia: el señorito Colis no cree lo que le dice toda la clase porque él es más listo que todos! No… padre. ¿Y si vas a casa y tus padres y tus hermanitos y el servicio y los vecinos, todos, te dicen que han visto ese mismo milagro lo creerías entonces? No… padre. ¡Es el colmo!, ¿pero no ves que no puede ser que todo el mundo esté equivocado menos tú? Supongo que si todo Logroño, España entera, el Universo de Dios en toda su infinitud verdadera te dijera que ha visto el mismo milagro que Gallastegui tampoco lo creerías… (veo que Gallastegui empieza a dudar, en el fondo es buen chico) ¿Eh? ¿Pensarías que todo el mundo se ha vuelto loco? Sí, padre. Sí padre… ¿qué?, ¿lo creerías o no? No… padre. ¡¡¡Colis, fuera de clase y preséntate en el despacho del director a la hora del recreo!!!

Huele a la sopa de los internos, ajos, cebollas, ñoras; la inmensa galería llena de azulejos repletos de sanjoseses de Calasanz está vacía, hace frío y tengo ganas de llorar. Y estoy pensando, muy asustado, que si alguna vez veo un milagro es que me habré vuelto loco. Pero creo que esto no se lo diré al padre Recuenco, porque me mataría a hostias…

OColis13-Paco-CumpianBueno, una vez exorcizado el recuerdo para la rentrée en la vida cotidiana, me dispongo a recordar los felices y productivos 80 en el lugar en el que los había dejado: Fundamentalmente quería hablar de Francisco Cumpián y del País Imaginario. De Paco Cumpián me gustan muchas cosas, pero lo que me sedujo de él al principio fue su forma de recitar poesía. Paco, Chicho y Agustín GC resultaban irresistibles recitando. Cada uno lo hacía de manera completamente diferente. En el Café Manuela montaban unos recitales fantásticos a los que solían invitar a poetas amigos. Cumpián recitaba desde las manos, Chicho desde los ojos, García Calvo, como buen rapsoda, muy a la antigua usanza, recitaba desde los coturnos, su voz le salía desde Eurípides, y de vez en cuando se ponía entertainer y entonces te reías, siempre un poco después de que lo hicieran Carmiña Martín Gaite o Isabel Escudero. Paco Almazán pasaba junto a ellas y las requebraba muy bajito. Él la quería palpar, pero ella era audiovisual, le contestaba Isabel. O también: ¡Esto sí que tiene ciencia, que yo dependa de ti y tú de tu independencia!… ¡Qué dos mujeres!

Un día, Paco Cumpián me propuso aunar los oficios y editar una colección de poesía con los poetas y los artistas plásticos amigos; él se encargaría de la edición impresa, se acababa de comprar una pequeña imprenta, y yo de la estampación serigráfica de la cubierta y de alguna cosilla que meteríamos siempre en el interior del cuadernillo. Y así editamos Sueltos de Poesía, hasta doce números. El Nº1 se llamó Del Mar, y el Nº11 Del Mear, ambos escritos por Paco e ilustrados por mí. Hicimos un número singular, el último, con formato ligeramente diferente, Álbum del Cabo de Gata, con textos de Jesús Aparicio y dibujos míos serigrafiados. El resto: Nº2- Todo es un cuento roto en Nueva York, poemas de Carmen Martín Gaite e ilustraciones de Carlos García Estades; Nº3- De Luz, Antonio Bueno y Paloma Morales; Nº4- Tres Canciones, Chicho Sánchez Ferlosio y Julio Martín Casas; Nº5- José Afonso, poemas de José Zeca Afonso, traducción de José Antonio Llardent, introducción de Paco Almazán e ilustraciones mías; Nº6- Casa en Sueños, José Luis del Castillo y Miguel Zapata; Nº7- Historias de Amor y Saxo, Mª Antonia Ortego, Marta Coll; Nº8- Quinteto, Ana Rossetti, Manuel del Palacio; Nº9- 3 poemas sobreros, Manuel Janeiro, Javier de Juan; Nº10- Cinco pesadillas para una noche sin ojos, Eduardo Bernabéu, Máximo. Todos ellos agotados hace años. Fue una experiencia estupenda y rara, porque había muchos poetas y artistas que querían publicar con nosotros, pero no dábamos abasto, era un trabajo prácticamente artesanal, miles de ejemplares con cuidado exclusivo, uno a uno. Recuerdo que estuvimos a punto de publicar poemas de Leopoldo Panero, pero no nos atrevimos porque era una bronca de hombre y no sabíamos cómo resultaría trabajar con él, bueno, sí lo sabíamos, por eso no le publicamos, aunque estábamos seguros de que habría sido un éxito. Un día anduvo aporreando la entrada al taller de Monteleón y como no le abrí, me pasó por debajo de la puerta unas hojas sueltas. Tarantelas, las había titulado. Venía una foto suya desastrosa, de fotomatón, unida a las hojas por un clip, quiero que la ilustración sea exclusivamente ésta, había escrito a mano, y recuerdo la dedicatoria: Mi padre era un borracho, mi madre es una puta, y yo voy por el mundo cantando tarantelas.

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Paco y yo nos quedábamos cada uno con la mitad de la edición de Sueltos de Poesía, regalábamos a los autores algunos números y el resto los vendíamos, y se vendían muy bien. De hecho enseguida nos quedamos sin ninguno, la distribución la hacían Francisco Hernández Rivero y Maribel Ruiz Torres. La presentación de la colección la hicimos en Elígeme, en noviembre de 1985, para ese día hice también un cartel serigrafiado (el que se ve en la foto al lado de Paco, montado en un caballete) del que ni siquiera yo conservo ningún ejemplar. Y muchas de las presentaciones de los nuevos números se hicieron en Manuela. El último número y la despedida de la colección la hicimos en el Salón de Columnas del Círculo de Bellas Artes, en junio de 1989. En ambas ocasiones contamos con la presencia y recitación de Chicho, Carmen, Agustín, Isabel y varios de los poetas publicados. Con Paco he colaborado en otras ocasiones, en la publicación del maravilloso y largo poema de Blaise Çendrars, Prose du Transsibérien et de le petit Jeanne de France y Paco imprimió en su imprenta mi libro Naturaleza muerta, la ascensión al Teide tal y como recuerdo me lo contó Antonio Lafuente; quedaba muy bien la huella de los tipos en el papel de alto gramaje en el que se hizo la edición. Ahora vive en su Málaga natal y le echo de menos muchas veces.

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En aquellos años empecé también a colaborar con Moncho Alpuente en El País Imaginario, sección inserta en el suplemento dominical del diario El País, que en paz descanse. Ocasionalmente durante algunos años también hice dibujos para el diario y para el suplemento, fuera de la sección de Moncho. La experiencia fue muy divertida, Moncho, entre otras muchas cosas, tiene algo de brujo y en ocasiones me proponía temas en broma que luego resultaba se cumplían en serio. Por ejemplo, firmando como J. L. Encofrado, corresponsal de SIAP LE en Washington, publicó (22/12/85) una noticia que ilustré yo, en la que se afirmaba: “El presidente Ronald Reagan anuncia que Mijail Gorvachov y él han llegado a un acuerdo de defensa mutua ante un hipotético ataque dirigido desde el espacio exterior”; poco tiempo después se confirmaba esta noticia, pero en serio, ambos países firmaron un acuerdo de defensa mutua en caso de ataque desde el exterior del sistema solar. Firmando esta vez como J. L. Gatuperio, en otra información que también ilustré yo (Barrionuevo y Santiago Corella abrazados amorosamente a la luz de la luna), Moncho titulaba (8/5/88): “Amedo revela la conexión de “el Nani” con los GAL”, como verán no íbamos tan descaminados. “Barrionuevo responde al Defensor del Pueblo: En las comisarías no se tortura, se autolesiona” (A. Mordazado, Madrid, 29/5/88). El 23 de noviembre de 1986 dimos noticia del nacimiento del PPP, Partido Popular Progresista: “Verstrynge afirma que el PPP nace con vocación de futuro” (Pepe Pelanas, desde Alicante), dimos esta noticia tres años antes de la formación del PP, que tardaron todo ese tiempo, desde que nosotros habíamos adelantado el acontecimiento, en discutir sobre la tercera P, que finalmente suprimieron. El domingo 18 de octubre de 1988, EL País Imaginario, diario irreverente de la mañana, sale por última vez: “Incapaz de competir con una realidad cada día más aberrante, el consejo editorial de El País Imaginario ha decidido dejar de publicar El País Imaginario”. Siap Le fue sustituido por El Chafardero Indomable, Semanario Irresponsable, Responsable: Moncho Alpuente. Pero con tan reducido presupuesto y espacio que sólo nos quedamos Moncho, José Luis Cabañas, Junco y yo.

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Hasta ese momento, en Siap Le habían colaborado también: Javier Barquín, Kalikatres, Merche Yoyoba, LPO, Félix Lorrio, Fernando Martín, Rego, Menchu Redondo, Sol Alonso, Pablo, Maite Contreras, Dodot, Cristian Boyer, Díaz de Mendoza, Junco, Yupi, Konrad, José Luis Cabañas, Sagu, Jaime Compairé, Enrius, Miguel Ángel Mendo, Victoria Martos, Pedro Viana, Serré, Escalope de Vega, Mármol, Elena Piñango, T. P., Martín, espero no haberme olvidado de nadie.

Los domingos, el periódico no dejaba de aumentar separatas, ¡hala separatas!, y por fin llegó Alberto Anaut con el triste cometido de acabar con nosotros, ya que éramos un lastre más propio del Ajo Blanco (según sus propias palabras) que de un diario que pretendía llegar al millón de ejemplares los domingos, y que con nosotros a bordo no había manera de despegar. Y aún dijo otras lindezas que recuerdo perfectamente porque aquél día de agosto fue muy especial para mí, como contaré en la siguiente entrega, porque en ésta se está acabando el espacio.

Acababa de cumplir 40 años y estaba barruntando si dejar todo esto de la prensa y acometer un trabajo profundo en mi taller de Monteleón, algo que me obligara a estudiar y planear a medio plazo, pensé que quería hacer algo grande, pero reposadamente, sin prisas, dibujar, pintar, escribir, estampar, todo sobre un mismo tema, quizá una monografía, pero hecha despacio. En la prensa es todo para ayer, me voy me voy se me ha hecho tarde hoy… Empleas todo tu talento cada día en exprimir una idea hasta dejarla publicable, a veces una obra de teatro que llevabas barruntando años se queda en unas líneas, y ya nunca más te acuerdas de ello; un dibujo que llevas intentando definir mil veces sin darlo nunca por bueno, acaba en un rincón de la página, tres centímetros por tres centímetros. Es agotador, pero la verdad es que también es apasionante, porque se aprende a corregirse constantemente y a tachar, a tacharse a uno mismo. Y esto es verdaderamente fundamental. Algo así quería haberle dicho en algún comentario en sus apariciones aquí en PES a un joven escritor, Álvaro Sarró, que tiene ideas, pero que las defiende como gato panza arriba y no se tacha nada o se tacha poco y donde quizá no debiera hacerlo, aunque ya aprenderá, a escribir se aprende escribiendo… y tachando.

Estando en aquellas dudas, el maestro Máximo me animó a que hiciera otra cosa, si te quedas en esto, me dijo con su elegancia y modestia habituales, todo lo más que llegarás a ser es… Máximo.

(continuará en Madrid: la ciudad de los encuentros, 10)


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El interminable solitario de la memoria

Mercedes Arancibia

Lo que más me impresiona ahora de esta ciudad que a Octavio le gusta tanto y a mi cada día menos, es su desgana. Sale una “a andar” como terapia, a andar por las mañanas como parte del tratamiento impuesto por un especialista de la cosa cardiovascular, sale incluso a coger un autobús para ir lejos (lejos es un término relativo, claro, depende del estado de las articulaciones de una, que ya me está pasando de todo), y a poco que se fije va viendo en los balcones residuos de acontecimientos pasados: algunos tan recientes como las banderolas rojas que han saludado a los miles de jóvenes reprimidos de hace unos días, pero otros muy añejos.

Puede que algunos de los desteñidos trapos rojos y gualda que contemplo mayoritariamente -no sé por qué- en los segundos pisos (antes algunos eran entresuelos o incluso primeros después del bajo y el entresuelo; es lo que tiene ser capital, que se pueden contar los pisos como a uno le dé la gana) sean todavía un recordatorio de aquellos desfiles de la victoria que, siempre el 1 de abril, recorrían la Castellana de la posguerra por tierra y aire; en el aire, por cierto, andaba mi tío Luis, teniente coronel superviviente del cuerpo (su hermano José Javier, y padrino mío, se había estampado con un alumno en la escuela de San Javier, ocho días antes de casarse), piloto de autoridades franquistas y luego monárquicas, piloto también del propio Juanito, quien por cierto estos días anda con una pierna en tan malas condiciones como la mía.

También puede que otros trapos a los que el tiempo ha ido robando la risa y el color en los balcones madrileños pertenezcan a las procesiones del Jueves Santo o el Corpus, cuando mi abuela se ponía la peineta y la mantilla, blanca o negra según las circunstancias, y me llevaba a “visitar monumentos” en las iglesias del barrio; un periplo del que yo –vestida con pamela y abrigo de piqué blanco- regresaba cargada de estampitas de todo el santoral, lo mismo que volvíamos cargados de prospectos de la Feria del Libro de Recoletos y de la Feria de Muestras de la Casa de Campo. Eran tiempos muy simples, los niños nos conformábamos con cualquier cosa y el papel impreso en colores tenía un encanto que ha perdido en la modernidad.

Y siguiendo con los trapos de los balcones los hay que recuerdan mundiales de fútbol –el último y el del naranjito-, la enésima kedada genovesa para protestar por la ley del aborto (insisto, ¿quieren que sus hijas tengan que seguir huyendo a Londres?), la última manifestación contra el terrorismo… y yo creo que hasta el entierro de Lola Flores. Incluso, en la calle Hortaleza ondea algún vestigio del orgullo gay, pero vaya usted a saber de qué año a juzgar por el estado en que se encuentra el trapo multicolor.

Lo dicho, Madrid es una ciudad desganada. Cuando encuentra algo que le seduce, lo cuelga en el balcón y se olvida de ello.

Mientras mi cabeza da vueltas en torno a este asunto tan tonto de los balcones y las banderas –qué voy a decir, los balcones han nacido para que les coloquen macetas- en la televisión aparece una hermosa mujer rubia, de nombre Sylvia, que en la orilla izquierda del Sena es ahora la dueña de Shakespeare & Co., la librería parisina que atraviesa los siglos y se instala en el nuevo milenio con el mismo desparpajo con que presidía el milieu literario de los años pasados años ’50 –Heminway, Corso… escritores estadounidenses llegados a bordo de la solidaridad internacional para echar una mano en la Segunda Guerra contra Hitler, y los otros cientos de escritores en ciernes que allí encontraron consejo, un plato de sopa caliente, un rincón para instalar el saco de dormir y una ducha una vez por semana-, siempre en la rue de la Bûcherie, justo detrás de Saint Michel, siempre pegada al Sena y enfrente de Notre-Dame, que sigue siendo lugar de paso y cita obligada de escritores desembarcados en París procedentes de las cuatro esquinas del globo. En el piso de arriba, para que nada cambie atestado de libros hasta el punto de que hay que tirarlos al suelo para comer o dormir, George Whitman, padre de esta Sylvia y heredero sentimental de Sylvia Beach, estadounidense también y primera propietaria de la tienda con nombre de icono literario inglés, espera tendido en una cama de verdad a cumplir los cien años dentro de un par de telediarios. Me he quedado clavada ante la pantalla enfrentada una vez más a todos mis fantasmas y muchos de mis demonios.

Estos días Octavio me llama afrancesada –lianta afrancesada, estrafalaria afrancesada, triste afrancesada, incluso bañista afrancesada en recuerdo de una puesta de sol memorable en una piscina de plástico hinchable- y yo me regodeo en un apelativo que por aquí acostumbra a levantar tantas ampollas. Los habitantes de esta ciudad desganada se transforman en alcalde de Móstoles cada vez que se les menciona a los vecinos galos; yo sé que los parisinos pueden ser cuando se lo proponen unos seres detestables, odiosos incluso, que se miran el ombligo las veinticuatro horas seguidas, también mientras duermen; pero también sé que los franceses, igual que los catalanes, los vascos, los malgaches o los madrileños, son como todos los demás seres humanos, buenos, malos, altos, bajos, rubios, morenos, simpáticos y mezquinos… Hay de todo. A los castizos desganados tampoco les gustan ni los catalanes ni los vascos. Si nos fijamos bien, a los madrileños desganados solo les gustan ellos mismos. Y no digamos a los genoveses.

Después de esta digresión sobre libros y afrancesados doy una vuelta de tuerca más a una infancia que en líneas generales fue bastante feliz, con todos sus lugares comunes –colegio, monjas, primera comunión, cartas a los reyes, veraneo en El Escorial, abuelas, muchos tíos, amigos hijos de amigos de los padres- para saltar hasta una primera adolescencia en imágenes de patinadores en la Plaza de París (guapísimos, muy altos y distintos los chicos del Liceo Francés), el estreno de abrigo al empezar el curso (porque, inevitablemente, en verano crecíamos y yo era la mayor; otra cosa eran mis hermanas, ellas heredaban abrigo), las romerías veraniegas, la sesión continua en el Cine Colón (y en el María Cristina y el Príncipe Alfonso) y finalmente la revalida elemental, los paseos por la Castellana y Goya, ya “solas” probablemente habíamos cumplido 14 ó 15, la pandilla, esa cosa misteriosa y mágica que -esto no es el norte, aquí no funcionan las cuadrillas desde que naces- empareja por primera vez a los dos sexos y les hace reír por cualquier cosa, cogerse de la mano, bailar agarrao, besarse a escondidas… la pandilla que va renovándose al ritmo de los cumpleaños y nuevos intereses … los primeros tacones, la primera barra de labios rosa muy clarito, que no se note, la primera vez que elijes tu ropa en la tienda o la modista, la primera vez que lees a Proust o a Pavese (también a Malaparte), que ves una película 3 ó 3R (mayores con reparos; reparos de quién, por qué) , la primera vez de casi todo…

Tras el paseo por los años más tontos -y felices, la infancia ya se sabe es la patria- de nuestra vida, Octavio salta a los años que vivimos peligrosamente, él fue feliz, dice, yo recuerdo el ambiente con horror (ya he dicho que “los ochenta hicieron mucho daño”). Fue cuando mucha gente guapa amanecía tirada en los portales, en un viaje sin retorno emprendido la noche anterior. Fue cuando el Sida irrumpió en nuestras vidas y se llevó a otros muchos, también guapos, inteligentes, creativos y lúcidos. Fue cuando nos pusimos unas hombreras de aproximadamente el doble del ancho de nuestros hombros, nos disparamos los flequillos hacia el infinito, volvieron las faldas ni largas ni cortas que dan espanto y aspecto de teresianas, cantaba Abba y Almodóvar ya hacía películas. Acabo de escucharle decir -y sabrá él mejor que nadie- que “la movida” no tenía nada que ver con la contestación estética a la que suele asimilarse, que hacer una movida era el gesto, burgués dice, de “moverse” para ir a buscar un dealer que te vendiera una papelina; que él, y los demás, acabaron aceptando que les incluyeran en aquello a fuerza de oírlo repetir en los medios. Pues vaya, otra impostura más. Como siempre, nada es lo que parece, espejismos…

Enlaces:

Series: Madrid: la ciudad de los encuentros.

Informe 1: Arturo Pérez Reverte: De copias, robos, falsificaciones y plagios
Informe 2: Agustín García Calvo y el futuro
Informe 3: Chicho Sánchez Ferlosio y la Constitución
Informe 4: El 15M, que es el presente

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