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Octavio Colis

Salgo del portal y me sumerjo en la noche húmeda. Algunas trazas blanquecinas se desploman lentamente sobre la calle en la que se reflejan las lucecitas de navidad de tienda china que han tirado al tuntún los empleados del ayuntamiento sobre las ramas de los plátanos de Alberto Aguilera, como ya han hecho otros años y en otras calles, sin orden aparente. Parecen cuerdas de cometas perdidas en la oscuridad, iluminando suavemente las hojas muertas, violeta de cobalto marchito, atrapadas cuerdas y luces en el bulevar por los brazos desnudos e inmóviles de los árboles.

Hoy cambio el rumbo, cruzo la Glorieta Ruiz Giménez y camino deprisa bajando por San Bernardo hasta llegar a la esquina izquierda con San Vicente Ferrer, y subo la cuesta de la calle observando los locales de los que he escrito tantas veces; veo que hay poca gente, y que la cosa está tristona. Algunos amigos charlan y fuman frente a la puerta del Café Estar, esto se ha convertido ya en una costumbre, o como diría un nacionalista sin inmutarse: “es de tradición reciente”. Distingo a Ángel, Alberto y Luis, y a Gastón atronando la calle con su voz de barítono, casi entiendo lo que dice desde la esquina de San Andrés, frente a Manuela. Ahí estamos, reanimando espectros, como dice Mercedes.

Siento que tengo el corazón encogido, quizá porque sé que estoy escribiendo la última parte de estas entregas que empezaron hace seis meses, y no arranco a hacerlo sobre lo que tenía pensado; también percibo la proximidad tenebrosa de la navidad, y ya me duele ese desengaño que me produce siempre. Es raro, porque el desengaño de la ilusión perdida debiera hacer que me sintiera libre de ella, pero sólo percibo la pérdida, no la liberación. Tendré que consultar a Ana Lía Gana sobre esta contradicción de mi sentir, que además parece un bolero.

En esta nueva experiencia de escribir con procedimiento en un blog casi todas las semanas he tenido la enorme suerte de coincidir con Rafael Jiménez Claudín, que nunca ha puesto la más mínima pega a lo que he estado escribiendo para su publicación, por caprichoso que fuera, y del que espero con muchas ganas nos escriba un prólogo a estas entregas que se convertirán en libro próximamente. Escribir en Periodistas en Español me ha dado mucho, y sobre todo me ha permitido conocer a Mercedes Arancibia, con la que conecté inmediatamente a través, primero, de algunos comentarios míos a sus artículos y después de otros suyos a los míos, o al revés, no recuerdo quién fue el primero que se dirigió al otro, quién es el huevo y quién la gallina. Como ya contaba ella en alguna parte de aquí mismo, hemos pasado por el mundo justo en el momento en el que el otro acababa de irse de allí, por eso tenemos tantos amigos comunes. Nos señala y distingue también una cierta forma radicalmente distinta de entender las cosas que da gusto verla, aunque siempre dentro del mismo orden ético, como diría el rapsoda Agustín García Calvo, y así, donde no llego yo, ella llega. Hemos recorrido las etapas de la amistad al galope y desde esos días del pasado mayo, que hoy me parecen tan lejanos, ya nos hemos amado, decepcionado, tirado los trastos a la cabeza y vuelta al amor ese que, a veces, sólo algunas veces, puede con todo. Yo, desde luego, he tratado de recuperar el tiempo perdido galopando sobre las horas y aun en contra de ellas.

Si todo tuviera explicación yo tendría que reconocer que no poseo ninguna, pero afortunadamente aún existe el limbo de las conjeturas en el que me muevo con menos torpeza que en el cielo de las certezas que resulta que en mi caso, con los años, son cada día menos certezas. Creo que era Virgilio el que aseguraba: “Dichoso el que puede saber el por qué de las cosas”, pero yo disiento de ese anhelo, prefiero la dichosa confusión del Dante, me parece más humanamente deleitosa (y dale con los espectros, pienso que piensa Mercedes al leer esto).

Todo lo que he ido escribiendo aquí empezó por casualidad, por salir al paso de las declaraciones prepotentes y descalificatorias que Arturo Pérez Reverte había hecho sobre mi amigo el cineasta Antonio González Vigil, a propósito de la demanda por plagio que AGV le había interpuesto. En ese primer artículo de la serie, concebida después como un informe, Informe Estar, nombraba a mis amigos de la tertulia de los lunes por la noche en el Café Estar a la que acude Antonio, y que son también amigos suyos, y me aventuré de paso a contar cosas sobre esas tertulias y sus tertulianos, siempre al fondo del lugar en el café donde nos agolpamos como personajes de una tabla flamenca repleta de gente pintada. En aquellas primeras entregas me sorprendía yo de que hubieran desaparecido últimamente los jóvenes que solían precedernos en hora en el local (nosotros solemos llegar después de cenar y ellos se van yendo precisamente a la hora de cenar) y Sahuquillo aventuró que quizá estaban en Sol con los indignados. Así que tomé interés por el asunto hasta verme enseguida implicado como una hormiga más en ese movimiento quincemayista tan esplendoroso e inesperado, y esperado, a un tiempo. Por eso dediqué las primeras entregas a Agustín García Calvo, Chicho Sánchez Ferlosio y de paso a Javier Krahe, autor de canciones, como le gusta a él definirse, además de Gran Timonel de nuestras reuniones en el Estar. Ellos tienen mucho que ver con esa verdadera vanguardia que aparece cíclicamente por todas partes y que no es patrimonio de las élites, sino del fin de las épocas o los sistemas, y de todo el mundo. Las vanguardias concebidas como un lujo cultural por los neutrales (querido Gabriel Celaya) aunque no lo pretendan son precisamente los ismos salvadores de los sistemas que se derrumban, y esas “vanguardias” no cambian nunca, ni cambian nada, porque son siempre las mismas mercancías.

Al poco de haber comenzado con la serie Los Lunes por la noche en el Café Estar, me surgió la necesidad de recordar más o menos ordenadamente cómo habían sido hasta el momento para mí los años transcurridos en Madrid, desde mi llegada de Logroño, dando noticia según mi memoria de la gente y las cosas que había visto de un cierto Malasaña, y más precisamente de la calle San Vicente Ferrer como centro neurálgico para mí de ese territorio que describo y de su movimiento constante1. Es decir, desde el último tercio de la década de los 60 hasta hoy.  Empecé a escribir aquí de los amigos y acabé por hacerlo también de los perdidos, los olvidados y de los amigos muertos2, además de los lugares que frecuentamos y las cosas que hicimos. Cuando lo he releído me he asombrado de haber estado en tantos sitios y haber conocido e incluso intimado con tanta gente, reconociendo a la vez que todo ello no es sino una pequeña visión relativa de ciertos momentos y personas, y personajes, con los que me crucé, casi siempre porque sí, quiero decir: porque así debía de ser estando en donde estaba o pasando por donde pasaba, mirando sólo hacia donde me interesaba o hacia donde era capaz de ver algo. A causa de esta limitación es evidente que faltan mucha gente y muchos lugares en mi relato, porque o no los conocí aunque supiera de ellos, no me interesaron o simplemente no supe de su existencia3. En ese juego de palabras que subyace a través de todo el Informe Estar, cuento que estuve en lugares que existen, en otros que también estuvieron junto a mí y yo en ellos. Y no supe de la existencia de otros lugares, personas y acontecimientos, tanto si además estuvieron en alguna parte de Madrid alguna vez, como si no. Existir no es estar. En Palestina, lo que afirmo jugando un poco con el significado de los verbos ser, estar y existir, se ve muy claramente.

Eso es lo que pregunta Agustín, ¿qué es el ser?, dice Juan Ignacio. Y nos adentramos agustinianamente por Mendeleyev y Nietzsche como si tal cosa, y siento que pasa junto a mí volando un metafórico zapato viejo que me arroja Mercedes, que es una mujer pegada a un ordenador, que escribe como habla, o quizá es al revés, y que se entera de todo a través de las emisoras de televisión francesas, por eso es una afrancesada de las palabras justas, como Mallarmé (otro zapatazo), que pronuncia las erres con la grandeur de los vascos o los escoceses y que cuando se equivoca rectifica sin inmutarse, con la sencillez de los que brillan luminosos sin darse cuenta. Pero en esta tertulia, o no tendría nada que hacer o la disolvería.

¿Desde cuándo existen las tertulias?, ha preguntado Roberto alguna vez. Y en diferentes ocasiones hemos ido dando relación de los lugares madrileños en los que históricamente se reunieron los periodistas y literatos, y los artistas e intelectuales en general, a través del tiempo y de otros lugares4. Aparte de esa información wikipédica -que en otro tiempo denominábamos “de fascículo de Salvat”, igual que decíamos cíceros a lo que ahora llaman picas y puntos cuatricrómicos a lo que dicen ahora píxeles- en la que para informar de la historia del café hablan de cabras abisinias que tras comer la planta saltaban y corrían sin descanso, y de la experiencia indagatoria de los pastores cociendo la planta y los granos de aquél estimulante, y hablan fascicularmente también del endulzamiento del brebaje con polvo de higos secos, miel y finalmente azúcar, y de la apertura de lugares para tomar lo que se llamaba kaweh, café, en este español nuestro, siguiendo primero el estilo abisinio, egipcio, persa, turco y luego, en Europa propiamente dicha, en Viena, café sin la tierrilla del poso pero con bollos o pastas, como los que hacía Ragueneau en la pastelería en la que Cyrano admiraba la belleza de su prima Roxane. Y entonces, los lugares en los que se tomaba café, bebida caliente que estimula la charla también como a las cabras el paseo alegre y despierto, esos lugares, digo, empezaron a llamarse como la bebida: cafés. Y en cada país fueron tomando el aspecto de los parroquianos4. En España, creo yo, se reinventaron los cafés a partir de los mesones, esos lugares en los que don Juan escribía cartas, antes de que llegara a ellos la luz eléctrica y la de la palabra compartida en charlas de los que creen que tienen algo que decir, aunque tan frecuentemente no sea cierto. La iglesia católica, tan atenta siempre a condenar lo que produce placer o que pudiera restar interés al anhelo de los ignotos placeres del cielo prometido, condenó la ingesta de café amenazando con la excomunión hasta que el papa Clemente VIII confesó que era su bebida favorita, que le daba marcha evangélica y le aclaraba la visión de los dogmas. San Benito también proclamó las ventajas del vino y lo propugnó en su regula monachorum, para solaz de los monjes benedictinos que, ya puestos, se lanzaron a la destilación de variantes alcohólicas, muy dulzonas para mi gusto. Si en lugar de haber bebido y brindado con vino Jesús de Nazaret en su última cena, según cuenta el mito, hubiera cerrado la reunión encendiéndose un peta, ahora fumarían maría o costo los asistentes a las celebraciones de la eucaristía y estoy seguro que se harían más amenas y atraerían a cantidad de gente para hacer unas risas, siempre que el fumeque lo pusiera la parte oficiante, que no creo porque está mucho más caro (por estar prohibido y dar réditos importantes a los capos y a los banqueros que guardan esos dividendos tan ricamente en sus arcas) que el quina san Clemente peleón o de garrafa que beben los asistentes y oficiantes de la misa cuando comulgan. Así que el café por Clemente VIII (que era de Teruel) y el quina por santa Catalina, café y quina no están proscritos por las autoridades eclesiásticas ni militares.

Las tertulias las hubiera prohibido encantado el general Franco, pero no sucedió probablemente porque a ellas asistían también gente de su cuerda, como el padre de Chicho, Rafael Sánchez Mazas, o como quien quizá fue el más famoso de todos los frecuentadores de cafés y tertulias: César González Ruano, admirador de los nazis aunque a poco se lo cargan en París por su aparente amistad con los judíos a los que, por un módico precio, ayudaba a desaparecer sin dejar rastro por el mundo controlado de las SS del III Reich. Una vez que la policía política alemana advirtió ese importante matiz en aquella querencia de González Ruano hacia lo judío, le dejó en paz. No lo cuenta así en su libro de memorias (Memorias. Mi medio siglo se confiesa a medias. Renacimiento, 2004), pero el libro es altamente recomendable, entre otras cosas porque enumera cantidad de cafés y tertulias y tertulianos de la primera mitad del siglo XX.

Yo llegué a Madrid al poco de la muerte de González Ruano y aún me dio tiempo, antes de que lo cerraran definitivamente, de conocer el Café Teide, en el que escribió sus últimos sueltos periodísticos. En aquellos cafés en los que se celebraron tertulias famosas, antes y durante la república, también se debatió de política, como ahora (durante la época franquista resultaba práctica muy peligrosa y cayó en desuso), y se trataba con frecuencia de acercar posiciones entre significados poetas e intelectuales o artistas. Contaba el propio César González Ruano -y también lo contaron otros, aunque de otra manera, que es la que voy a utilizar yo- que entre él y Lorca había una especie de antipatía visceral que los amigos comunes trataron muchas veces de limar para acercarlos, si no tanto como para intimar, al menos para que se soportaran y conocieran mejor. Seguramente tanto Federico como César tenían una imagen muy precisa del otro y nada hubiera hecho que cambiaran su actitud pero, en una ocasión, estando ambos en la misma reunión, César González Ruano dijo que se tenía que marchar sintiéndolo mucho porque tenía una cita inaplazable. Alguien de entre los presentes le advirtió que era una pena porque Federico García Lorca iba a deleitarles enseguida con sus últimas composiciones musicales. CGR insistió en que lamentándolo mucho tenía que marcharse inmediatamente. FGL lo oyó y dijo: “No insistas, Fulanito, deja que el señor González vaya a merendar con una de esas mataharis que devoran bocadillos de jamón”, a lo que CGR contestó: “Hombre, señor García, no todo van a ser marineros merendando bocadillos de nardos”. También los amigos de la tertulia de Valle Inclán trataron de que entre él y Juan Ramón Jiménez desapareciera esa antipatía que demostraban constantemente el uno por el otro. Y coincidiendo con un paseo que hacía el grupo por el Jardín Botánico, buscaron dejarlos solos, apartándose un poco por delante algunos y otro tanto por detrás el resto. Vieron que durante mucho rato andaban observando ambos los árboles y plantas del jardín pero sin intercambiar palabra alguna, hasta que por fin Juan Ramón, seguramente por romper el hielo preguntó a Valle Inclán: “Mire don Ramón qué arbusto tan interesante, ¿qué será?”, a lo que Valle contestó enseguida: “¿Eso?, eso es un rododendro, de los que habla usted tanto en sus poemas”.

Las tertulias y los cafés que las propiciaban han ido desapareciendo en Madrid, ahora son sustituidas por reuniones virtuales a través de internet o acampadas y asambleas como las del 15M, que no está nada mal, todo lo contrario, lo importante es comunicarse y hablar más o menos en directo, por lo que supongo que esta afición mía a través de la que tanto he aprendido se irá diluyendo y olvidando. Ha colaborado a esta desaparición en forma muy importante la irrupción de vocingleros aparatos de televisión por todas partes, mucho más atronadores y recalcitrantes que la potente voz de Gastón (atemperada siempre por Federico del Castillo, eso sí, qué sería de nosotros sin este otro Federico), y de esa música estridente y confusa que apenas te deja oír lo que dice la persona con la que te has sentado. En fin, aún nos queda el Café Estar para estar y charlar, jugar al ajedrez o al mus, y también para hacer planes.

¿Cuándo decís que iremos a escuchar a Krahe al Central?, pregunta Blas López Angulo, y enseguida empezamos a planearlo. Hay que ir pronto, un par de horas antes del concierto, porque a ver si no cómo pillamos sitio para tantos como somos. Advierte Gastón, como todos los años…

¡Ah!, dice uno nuevo, ¿pero conocéis a Javier Krahe?... y de ahí vamos a no sé qué sobre el vals y la canción satírica… y rueda la rueda, que dice Javier, pero eso es otra historia, y ya vale.

Nota 1/Informe 19: A esta nueva serie que sigue a Los lunes por la noche en el Café Estar, la subtitulé Madrid: La ciudad de los encuentros y se ha extendido durante diez entregas. En la entrega decimoquinta, o Informe Estar 15, me encontraba relatando lo que supuso el principio de los años 90 para mí, coincidiendo con una cierta crisis creativa a causa del agotamiento que me produjo el trabajo intenso en la monografía sobre Emiliano de Bergegio y el interés profundo que se despertó en mí -probablemente a causa del material utilizado para la realización de la monografía- por investigar sobre ciertos aspectos de la ilusión religiosa y de los mitos que han prendido en los seres humanos a través de la historia. En este Informe 15 empecé a escribir sobre mis experiencias en Palestina, y titulé ése y los posteriores como Notas sobre Palestina, aunque a Rafael le gustaba más titularlo Crónicas Palestinas y así tituladas han ido apareciendo las cuatro anteriores a ésta que estoy escribiendo ahora y que corresponde al Informe Estar 19 y que es también la quinta entrega de Los lunes por la noche en el Café Estar, y último de todos los Informe Estar.

Nota 2/Informe 19: De los amigos perdidos, se fue con ellos la amistad, de los olvidados me olvidé, de los muertos hay una lista larga e insoportable, todos ellos aparecen de vez en cuando en mi memoria y por un momento, a veces, se me olvida que ya no están. Elsa Pontviane, quien me ayudó a asustarme de lo que hay que asustarse pero que a ella no asustó, desgraciadamente; Toto Urzay, el amigo de la infancia que cuando la recupero en la memoria suele estar ahí, a mi lado, siempre en la infancia; Jesús Aparicio, con el que aprendí a escuchar y a precisar lo confuso, con fuso o sin fuso; Luis López Frasie, músico encantador de tejados con el que hubiera escrito el libreto para una ópera suya, de no haberse ido tan pronto; Armando Durante, querido y generoso amigo con el que aprendí todo lo que sé sobre estampación de obra gráfica y sobre arte visual en general; Chus Gabeiras, la reina del impulso y la rectificación ilustrada, qué divertida; Chicho Sánchez Ferlosio, maestro de todos, todavía lloro, como la primera vez, cuando escucho sus canciones; Carmen Martín Gaite, el encanto, la seducción y la retahíla de cosas por hacer para no pararse nunca; Pablo Lizcano, con el que compartí sueños y novias; Pepe Espaliú, vecino de taller y compañero de ratos tristes, un día me dijo que cuando llegara la primavera él ya no estaría aquí para verla; Pamela O´Malley, recia irlandesa con la que viajé por Palestina y me enseñó tanto de la absurda política; Paco Almazán, un gigante pequeñito que dejó tanto por hacer, como tantos amigos que le añoran; Maqui Vallejo, quien un día me enseñó a verme por dentro y no me gustó lo que vi; Nacho Criado, gracias a su inconmensurable sentido del tiempo y de la conversación se fue sin que aclaráramos algunos puntos inabordables sobre el arte y su concepto; Javier Barquín, hay días que lamento tanto no haber hecho algo más con él…

Nota 3/Informe 19: A modo de complemento o anexos a este relato en 19 capítulos, he publicado durante los meses de agosto, septiembre y octubre, también aquí, en Periodistas en Español, tres relatos que creo son muy consonantes con la historia de este Madrid que veo yo y con los cafés, personas y personajes madrileños: Madrid a finales de este agosto, Moncho Alpuente y el I Ching, Le comte de Castellane. Y tengo la intención, si Rafael me lo permite, de seguir publicando aquí relatos y series, ilustrados por mí. Estos tres relatos mencionados no aparecerán en el libro que Mercedes y yo tenemos intención de publicar en breve, reuniendo y corrigiendo todos los artículos en los que hemos ido apareciendo juntos en Periodistas en Español.

Nota 4/Informe 19: En Buenos Aires encontré, además de multitud de cafés enormes y estupendos, El Gran Café Tortoni, por ejemplo, lugares de reunión también magníficos, llamados confiterías. Así la Confitería Ideal, Las Violetas o El Molino, muy al gusto de la burguesía porteña. En Alemania los cafés tienen otro sentido, hay mucha luz y son más para reuniones familiares que para perderse en charla con los amigos, como sucede en Italia, Francia, Portugal o España. En las islas británicas son también otra cosa, en realidad el carácter de cada nacionalidad tiene acomodo en diferentes tipos de locales para estar. Cuando llegué a Madrid conocí enseguida las tertulias del Café Gijón, del Comercial, del Lyon, y las frecuenté, aunque en realidad me venían grandes y acudía más a la del Café Savol, en la plaza de Isabel II, porque yo no tenía espíritu montparnó, ni bohemio y en el Savol se reunían más artistillas, que es lo que yo era. En Madrid hubo un tiempo que por la hora y el día de la semana se podía saber donde estaba cada quién.

 

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El interminable solitario de la memoria

Octavio empezó esta serie de escritos (él los llama entregas) defendiendo a un amigo, injustamente atacado por alguien que cree en la superioridad del oropel sobre la ética. Mis motivos para engancharme fueron mucho más egoístas: llevaba un tiempo quejándome de que “me estaban contando mi historia los que no estaban”, harta de leer en la prensa y en los libros como fue ese siglo XX, esa segunda mitad del siglo XX para ser más precisos, harta de enfrentarme a artículos, tratados, ensayos y opiniones de quienes, a juzgar por el resultado, ni lo vivieron ni han escuchado otras versiones que las que hasta ayer les proporcionaban las hemerotecas y hoy facilita wikipedia, estereotipos en suma. Fue entonces, para abreviar, cuando decidí contar “mi historia”, la personal y la colectiva porque –incluso objetivamente, si es que eso existe- es también el guión y el resumen de una generación. Evidentemente de una parte de una generación que –hélas!- se va extinguiendo sin hacer demasiado ruido.

En mi caso, estas páginas forman parte de una memoria que empieza a ser histórica, donde hay mucho sentimiento, y también sentimentalismo, y más que nostalgia, melancolía; priman los recuerdos sobre el olvido. Han sido seis meses, del final de la primavera a los primeros días de invierno, desde una rosa blanca a estas hojas muertas que Octavio contempla aparcadas, cerca de las alcantarillas, desde una ventana de lo que fue el boulevard más aparente de la capital y hoy no es más que una marea de vehículos siempre atascados en algún semáforo; hojas violáceas, dice él, supongo que de puro marrón oscuro y de pura estética de su parte. Vehículos que en las fotos nocturnas van como soltando una estela luminosa, luciérnagas que en lugar de hojas de morera tragan litros de combustibles que contaminan la vida.

Luces que compiten descaradamente desde el suelo con las que la autoridad competente enciende en las farolas y en los árboles. Es navidad, voy a sacar el ridículo arbolillo sintético de todos los años, voy a enderezar la estrella que lo corona en punta y voy a plantarlo una vez más en el rincón de la nostalgia (ahora sí) donde suenan lejanos villancicos de una infancia feliz arropada con zambombas y reyesmagos, junto a músicas pegajosas de xaudade, como fados o mornas que, al contrario de lo que le ocurre a Octavio, a mí me liberan; con suerte, navidad son esos cinco minutos de felicidad que nos corresponden cada vez que da la vuelta el calendario. En una vieja máquina de escribir –probablemente Regminton- aprendí a escribir la carta a los reyes mucho antes de saber como se hacía con lápiz o pluma. Un millón de años después, otra Regminton, comprada con tanto respeto como si se tratara de una reliquia en una tienda casi religiosa de la calle Hortaleza, ocupa un lugar de honor en mis días, como la mejor escultura posible.

Comentábamos con dolor, como si algo estuviera tirando de nosotros en direcciones opuestas, como si alguien nos separara, que este escrito es como el “últimas palabras, despedida y cierre” de la televisión de nuestra adolescencia, la única y la mejor, tan opusdeista y tan meapilas ella aunque hay que reconocer que, desde ese punto de vista, ha cambiado poco: la democracia y el presunto estado laico no han sido capaces de terminar con la misa dominical ni con las interminables retransmisiones de los viajes papales (y no digamos cuando los afortunados con la visita somos nosotros, y digo nosotros con el mismo énfasis con que oigo decir “hemos ganado” como colofón de las jornadas futbolísticas); entonces no es la televisión, es la geografía patria entera la que sufre convulsiones y transmite una imagen que lleva varios siglos formando parte del imaginario colectivo. Ya me sé el argumento: es para los enfermos que no pueden salir de casa. ¿Y quien se ocupa de echar carnaza a los enfermos budistas, animistas, judíos ortodoxos o fundamentalistas testigos de Jehová? Porque haberlos, haylos, y tienen tanto derecho como cualquiera a sus fiestas de disfraces con merienda y piñata incluida. El otro aspecto abominable , el de la censura , se ha resuelto a medias: la que tenía que ver con la cosa sexual ha desaparecido evidenciando que tampoco era para tanto porque, con censura o sin ella, todos conseguimos aprender lo necesario e incluso lo superfluo; mientras que la censura política se ha transformado en “el reparto de los tiempos de acuerdo con la representación institucional” lo que es igual a información encorsetada, imposible de tragar muchas veces, intolerable otras.

O sea, lo dicho, que nos marchamos, que escribimos el punto final y que algún día quizá, quien sabe…

Después de tantos años y tantas batallas perdidas he conseguido hacerme con algunas certezas –muy pocas- y muchísimos interrogantes; sobre todo ahora que, como escribe mi amigo Plumaroja, se ha presentado de improviso el 15-M y cuando creíamos tener todas las respuestas nos han cambiado las preguntas. Entre esas pocas certezas está la seguridad de que, echando mano de uno de los clásicos, es español quien no puede ser otra cosa; vamos, que lamento indeciblemente que en el reparto de la cosa geográfica mi espermatozoide y mi óvulo se encontrarán precisamente aquí, donde he querido estar muy pocas veces; a mi me habría gustado ser en origen –y aquí va otro clásico- menos bajita, fea, católica y sentimental y en cambio un poco más lógica, cartesiana y racional. Hasta racionalista a ratos. Sin embargo, con el tiempo he llegado a consensuar conmigo misma que el espacio no tiene por qué ser una fatalidad y que hay una suerte de nomadismo que justamente te ayuda a desplazarte no solo en el espacio, también en el tiempo. Juan Forn, a quien tengo en el elenco de escritores preferidos, lo explica muy bien: “los nómadas saben muy bien que hay portales de un tiempo a otro, tal como hay pasos de frontera de un territorio a otro. La diferencia es que hay que estar cantando la canción en nuestras cabezas para poder pasar”. En ese aspecto, todo en orden: en mi cabeza suena siempre la canción de la libertad, el Bella Ciao y la Madelón que trasladan a espacios infinitamente abiertos, que abren las puertas de otros tiempos, otros espacios y otros mundos; que llevan directamente a un portal pequeño, en un callejón escondido de París –ciudad deseo, ciudad casi museo-, cerca de la Contrescarpe, donde una placa metálica y roñosa en el portal reza: Ciudadanos del Mundo. Si era necesario, allí te daban un carnet acreditando que eras de ningún lugar, tan solo una persona de buena voluntad. Más que suficiente. Y después el viaje, el viaje como forma de vida, el viaje sin destino preciso, el viaje de placer –puro placer- que no acaba nunca, solo se detiene un momento en cada etapa para mirar alrededor; el viaje circular de Hugo Prat travestido de Corto Maltés.

También hubiera preferido no crecer. “Cometemos el error de creer que los demás son adultos, pero son tan pueriles como uno”, le dice Bioy Casares a Borges, y lo cuenta Juan Forn en un artículo. Y Borges contesta: “Si uno nació chico, sigue siendo chico. Habría que nacer adulto para ser adulto”. No nací adulta y no he conseguido serlo nunca. Senza rimpianti; al contrario, no creo que me hubiera sentido cómoda en ese papel. He mantenido siempre que no me gustaban los hombres de mi edad (prácticamente en ninguna de mis edades) porque tenían muchos problemas incomprensibles: problemas de obligaciones, de cargas, de economía más allá de la puramente doméstica. Porque hablan de dinero. Hombres galimatías y jeroglíficos.

“¿Qué quieren los hombres? El silencio te adentra en su misterio. ¿Qué sucede en su interior? ¿Por qué no lo expresan? ¿Están contentos, tristes o enfadados? Debemos tener mucho cuidado con ellos. Su estado de ánimo es el clima donde vivimos y nosotras necesitamos que siempre haga sol”. Lo pone por escrito Siri Hustvedt, 56 años, guapísima, escritora de talento y en apariencia esposa y madre al menos moderadamente feliz. Como una respuesta al libro en que estoy sumergida me llega de un espacio y un tiempo muy lejanos el correo de Alis, treinta y pocos, periodista, guapa, atractiva, divorciada: “¿Qué les pasa a los hombres? ¿Por qué no lo dicen nunca? Son unos cobardes”. A intentar resolver esta especie de rompecabezas con trampa he dedicado períodos importantes de mi vida, con malísimos resultados: no sé que les pasa a los hombres, no sé lo que piensan, no sé por qué son incapaces de expresarlo, no sé por qué siempre tenemos que caminar en esas paralelas que jamás llegarán a juntarse, no sé porque vienen sin manual de instrucciones y tantas veces defectuosos. No sé nada. “No eres tu, soy yo”. ¿Realmente era él o era yo? ¿Era siempre el hombre equivocado o la única equivocada era esta mujer, reproducida en mil y un amagos de relaciones fallidas?

También puede que al final la realidad no sea más que esto, una ilusión aunque muy persistente. Como un sueño. En uno de esos momentos afortunados que no abundan, un político francés de segunda categoría ha soltado a las cámaras una frase feliz: “La Francia que se levanta pronto al menos tiene tiempo para descifrar sus sueños”. En eso andamos: levantándonos pronto, queriendo descifrar sueños y pesadillas. Pretendiendo vivir en otra parte. Como dice José Luis Sampedro, en realidad todos somos dos, pero uno es clandestino y mi yo clandestino no se ha movido nunca de París (Octavio me llama afrancesada).

Resulta que el solitario de la memoria no era interminable, como yo pretendía, y ha llegado el momento de concluir. Lo hago desde la misma ventana, del mismo hotel, sobre el mismo café, donde me he despedido tantas veces. Y con las mismas palabras. Porque, a diferencia de lo que ocurre en otras ciudades el mundo, Madrid sin ir más lejos, lo mejor de París es que no se ha movido desde hace más de un siglo, que siempre encuentras todo como lo dejaste la última vez que estuviste: la misma esquina del faubourg Montmatre, el mismo café de Buci, el mismo croissant en la misma panadería de Rennes, el mismo hotel en Seine, el mismo cous-cous en el mismo tugurio de la rue Huchette, la misma sopa de cebolla en el mismo bistrot de Les Halles, aunque ahora no sea mayorista sino un mercado moderno que se llama centro comercial, abajo, al final de las escaleras, junto al metro y el tren de cercanías; la misma tienda de telas en la subida al Sacre Coeur, la misma Droguerie en Saint Eustache , el mismo artista con la misma bata azul grisáceo manchada de colores en Campagne Première e incluso el mismo clochard en la boca del metro de Odeon...

París existe desde tiempo inmemorial. Podemos sentarnos a cambiar impresiones varias generaciones de viajeros y todos hablaremos del mismo café para desayunar en Bonaparte y la misma crêperie para cenar en Montparnase, el mismo cine en el pasaje comercial; la misma galería modernista en Jacob y en la rue des Grands Augustins el mismo negocio inverosímil, que aquí sería la tapadera de algo inconfesable pero en París tiene a la venta media docena de incunables, dos medallas roñosas, una silla vagamente decó y un abrigo de pieles y en el que dormita, y a media tarde recibe a sus amistades, una señora increíble sin edad con el pelo rojo de aleña, las mejillas sonrosadas, el carmín más rojo que hayas visto en la boca y un abrigo afgano comprado, seguro, algún domingo de los últimos '70 en Las Pulgas.

El café, la panadería, el cine, la tienda de telas, el pintor, el clochard y la señora del negocio increíble (que probablemente es amiga del artista del blusón y frecuenta el bar por la mañana y la crêperie los domingos por la noche) son propiamente París, están allí desde el principio de los tiempos, viviendo cada día y todos los días la magia de una ciudad que se ha sabido conservar sin tener que repetirse; que, a diferencia de Venecia -que también está en el mismo sitio desde hace quinientos años y si se cae una piedra la vuelven a poner en el sitio exacto- parece todo menos un decorado.

En París siempre huele a comida porque en París, a cualquier hora, alguien está comiendo. Ergo el corazón de la ciudad late a diversos ritmos, la ciudad tiene muchas vidas.

¿Siempre nos quedará París?

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