
Octavio Colis
Librería La buena vida, calle Vergara, número 10, seis de febrero de 2012, Madrid, de noche. O sea, el lunes pasado y hacia la mitad de una callecita que hay entre la plaza de Ramales y la de la Ópera. Noche desapacible, de estas con la que se está prodigando febrerillo el loco. La librería se anuncia como “Café del libro”, “coffe & book shop”, y está llena de gente, a rebosar. De pronto creo que no voy a poder entrar; desde la entrada doy saltitos por ver si reconozco a alguien sobre las cabezas que se arremolinan frente a mí. Sí, veo a varios amigos, uno de ellos sale al rescate y consigue que penetremos en el local entre cuerpos prietos envueltos en pieles sintéticas, abrigos de cachemir y trencas adolfodomínguez.
La librería la dirige Jesús Trueba, el pequeño de los Baldwin, el único de todos ellos que no se dedica al cine, al menos de momento. Llegamos por fin hasta una barra circular en el centro del espacio, me pido un café y un bizcocho de chocolate. Es un poco tarde para merendar, pero quiero que la noche dure mucho y llevo todo el día engañando a las horas. Qué suerte, incluso me encuentran un asiento con velador de bistró frente a la mesa en la que se va a presentar el libro de poemas de Diego Ropero-Regidor, Los días cumplidos, bonito título, antología poética del autor, de 1977 a 2010. Lo he comprado con el café y el bizcocho, quince euros; al café y al bizcocho me han invitado, creo que un amigo del autor.
El libro tiene buen aspecto, huele bien y se deja tocar. Me recuerda a las viejas ediciones de Emilio Prados, o a las actuales del también malagueño Francisco Cumpián. El título en reserva blanca, el fondo azul incierto aunque elegante y el resto de los títulos y letras en negro, quizá todo ello en Cambria (Headings), no sé, nunca se me da bien reconocer las fuentes (luego comprobaré que no es Cambria, ni parecido). En el centro de la tapa, tapa, como dicen los argentinos, se ve un pequeño grabado, muy al estilo, como ya he dicho, de Prados y Cumpián, muy malagueño, a pesar de que la editorial: Vela de Gavia, La isla de Siltolá, es de Sevilla, 2011 (en realidad pone 20 Sevilla 11; y estas cosas ponen muy nerviosos a los periodistas, estoy pensando en alguno en concreto). Sevilla y subrayados también en blanco de la reserva del papel cartón de la cubierta. El grabadito, una punta seca, recuerda a los árboles fosilizados, coníferas asfixiadas, atrapados por las dunas de Doñana, “las cruces", que llaman ellos. Así que representa un pequeño calvario en Doñana. Ya digo que todo muy clásico, muy de los libros de poesía andaluza de toda la vida. Me entretengo pensando en cosas así mientras comienza el acto. Todo a rebosar de gente.
Frente a mí, estanterías llenas de libros apetecibles, una verdadera tentación. A mi espalda, dos enormes cuadros hiperrealistas, uno creo que representa a Jerome David Salinger (The Catcher in the Rye), basado en la famosa fotografía en la que parece que J. D. va a pegar a alguien. Me alegro de que se quede a la espalda y no tenga yo que estar viéndolo todo el rato. El hiperrealismo es obsevivo, tanto como el arte cinético al que detesta, obsesivo como Vasarely o como Paco Sobrino. Está pasado de moda desde el mismo momento en el que apareció la tendencia, pasado de moda en todos los sitios y en todos los sentidos, excepto, claro está, en los EE.UU, lo que hace que no esté pasado del todo. Prefiero mirar al frente, los libros, las estanterías repletas que me recuerdan los dibujos de Rep en Página/12. Imagino a los libros, inmóviles pero vivos, hablando entre sí, de estante a estante, como los presenta Miguel Rep en su tira diaria en el periódico argentino cuando toca estanterías.
Veo que se abre paso entre la gente Antonio del Castillo, que siempre llega tarde a todos los sitios, como el conejo blanco con sombrero y reloj de Lewis Carroll. Pero llega, así que le dejo cinco centímetro cuadrados que me sobran junto a mi cadera derecha. ¡Cómo está esto!, dice y, Macedonio Fernández, desde la estantería de Rep, le contesta: “sí, y si llega a faltar uno más no cabemos en la sala”… Oigo risas, reconozco la voz aguda y triste de Violeta Parra… ¡qué angustia me da! …Borges dice alguna frase muy ingeniosa, pero como nos perdemos, por la algarabía, un par de artículos y un adjetivo confuso de Jorge Luis no sé bien si está de acuerdo o no con la situación. María Kodama trata de explicárnoslo en un grueso volumen, pero no hay tiempo, chica, empieza la presentación. Silencio. Veo que está junto a Marina Castaño y a Pilar del Río, presidentes (que presiden “entes”) de las Fundaciones Cela y Saramago. Y Luis Escobar, con un guisqui largo entre sus manos huesudas le dice a Cernuda: “Detrás de todo gran hombre, siempre hay una arpía, o dos”…, esa frase que tanto me entretiene y cito tanto.
Va a presentar el libro José Antonio Expósito, y comienza haciéndolo muy amablemente, hablando de su amigo, el poeta por el que estamos esta noche todos aquí… Diego… Y habla de Moguer y de los autores que se enredan con el viento de los endecasílabos, y los homenajes voluntarios e involuntarios de los poetas vivos a los poetas muertos, y de Juan Ramón, era inevitable también, siendo ambos de esa tierra. Y nos desvela que el libro que ya estoy deseando leer tiene además prosa poética y verso libre y que siempre el autor pesa y sopesa los poemas, buscándoles la música, la armonía y el equilibrio… bueno y dice esas otras cosas que siempre se dicen en las presentaciones, más o menos, no es un reproche, es que haría falta otro tipo de esfuerzo para estar ahí, con el autor de cuerpo presente, deseando o no desgranar sus versos ante el auditorio ávido, o no, aglomerado en este caso entre las estanterías de Rep y el gesto airado de Salinger, y que el presentador fuera más brillante aún de lo que fuera necesario. No, así son y deben seguir las loas.
Y por fin habla el autor, y se nota que no le importa, incluso que le gusta, lo hace bien, muy bien. Y no es frecuente, recuerdo que me dejó de gustar Neruda hace mil años, oyéndole leer sus poemas en el auditórium de una universidad londinense, no recuerdo cuál, esto era en el año 69 y yo era un crío, aunque ya era hora que detestara a Neruda, y él mismo me ayudó. Pero Diego Ropero-Regidor, lee muy bien, se lee muy bien a sí mismo. Dice cosas muy carnales, me parece, así, de primeras oídas, muy sensual. Me llama la atención un poema dedicado (implícitamente) al actor River Phoenix, hermano mayor de los también actores Rain, Joaquin, Liberty y Summer Phoenix, que son muchos, como los Trueba y los Baldwin. Y así sentado entre la aglomeración de este buen lugar relaciono estas cosas mientras oigo el poema: Un bonito cadáver en Sunset Boulevard, que junto al poema New York, me recuerdan, más que al Lorca inevitable que él, Diego, cita, parece que no puede por menos, me hacen recordar al poema de Carmen Martín Gaite: Todo es un cuento roto en Nueva York (editado precisamente por Paco Cumpián en Málaga, Torre de Gálata, Árbol de Poe, 2011).
Y al final de la presentación se refiere el autor a un verso del poema que da título al libro, Los días cumplidos, y lee en latín: Dedi ei gladium ut pugnaret, le di la espada para que luchase, y seguramente el autor sabrá a quién y por qué se la ofrece, pero yo tomo también esa espada, porque la poesía es para quien la necesita.
Y nos vamos despidiendo, mil besos, abrazos… y sale un buen jamón, y un buen queso, y vino de la Sonsierra riojana, con etiqueta muy moderna, que no le va, o sí, a ese vino, y quedo en escribir algo cuando haya leído el libro, pero resulta que creo que es interesante hablar también del lugar y de estos radical chic madrileños que llenan las noches de la ciudad incluso cuando aprieta el frío polar. Dedi ei gladium pugnaret, tú la llevas…
