
Octavio Colis
El senador fascista McCarthy visitó en 1951 a Dashiell Hammet en la enfermería de la cárcel de Kentucky. Durante años, el senador había perseguido al escritor por sus vinculaciones con el izquierdismo comunista y, quizá tratando de dejar para la historia una nota periodística que reflejara cierta humanidad en su memorial desmesuradamente despiadado, se acercó a la cama del escritor y le dijo: “Señor Hammet, si usted hubiera estado en mi lugar estoy seguro que no habría permitido que sus libros estuvieran en las bibliotecas de los Estados Unidos”, a lo que Hammet, respirando con dificultad, respondió: “Señor McCarthy, si yo hubiera estado en su lugar no habría permitido que hubiera bibliotecas en los Estados Unidos”. De todas formas, como supe años más tarde gracias a un amigo secreto del escritor argentino Osvaldo Soriano, a Dashiell Hammet no lo mataron las secuelas del acoso insidioso y recalcitrante del senador McCarthy, ni tampoco murió de cáncer de pulmón en el Lennox Hill Hospital de Nueva York, ni siquiera yace en el cementerio Nacional de Arlington; por absurdo que parezca a Hammet lo asesinó el actor John Wayne de una brutal paliza que le propinó antes de arrojarlo al río Hudson, en cuyas aguas lo devoraron rápidamente los oscuros peces salvelinos…
Siempre que voy a Logroño tengo la oportunidad de conocer gente que hace cosas interesantes. Esta vez, invitado por Ricardo Romanos, he ido con Moncho Alpuente para participar en una mesa redonda sobre Dios Padre en la sede de la CNT logroñesa. Tenía que haber venido con nosotros Mercedes Arancibia, pero una gripe estacional (que ella dice suele durarle cada año desde el otoño hasta la primavera) la mantenía postrada en cama, aunque siempre cerca del ordenador, porque ella (mujer) sabe cómo hacer bien muchas cosas a la vez y no hay mal o convalecencia que le impida entretenerse con el ganchillo, escribir artículos y traducir tochos franceses, todo a un tiempo, muy rápidamente y con una sola mano. En fin, que tuvimos que apañarnos sin ella, y la cosa salió sólo medio bien porque además Moncho se llevó los virus madrileños de Mercedes y se fue mustiando mientras hablaba de Dios ante los presuntos anarquistas y anarcosindicalistas riojanos, un público muy simpático y partidario. Al día siguiente por la mañana, Alberto Egido nos llevó al Café Bretón para asistir a la presentación del libro Lo que sé de los nazis que Luis Abeytua escribió y publicó en los primeros años franquistas (Febo, Madrid, 1946) y que se mantuvo a la venta en las librerías españolas sólo unos días porque la censura lo retiró de la circulación rápidamente, supongo que para evitar opiniones desviadas de la verdad oficial española sobre el nazismo. Y, una vez leído el libro, me pregunto cómo pudo ser que hubiera estado a la vista de todos aunque sólo fuera unos días, y también me pregunto cómo fue que el periodista que lo escribió no acabara en el Ebro logroñés devorado por los ávidos barbos, teniendo en cuenta que eran tiempos en los que en las misas españolas se rezaba expresamente por el Emperador del Japón, por el Führer y por el Jefe de Estado Francisco, y que por mucho menos desaparecían españoles en ríos y cunetas. El propio hermano de Luis, Isaac Abeytua, reputado periodista republicano que en 1938 se exilió a México -en donde murió naturalizado mexicano en 1973-, había publicado un libro titulado El drama de Alemania y la tragicomedia de Hitler (Editorial España, Madrid, 1935).

La presentación del libro de Luis Abeytua Pérez-Íñigo la hicieron la hija del autor, María Teresa Abeytua, a la que conocía yo desde la infancia (y nos reconocimos enseguida), el consejero de Cultura riojano, Gonzalo Capellán y la secretaria de Edición de EUC, Belmar Gándara, quien asistía en representación del Consejo Editorial de Ediciones Universidad de Cantabria. Entre el público estaban Alberto Egido y Alfonso Martínez Galilea (AMG Editor), verdaderos inductores de esta reedición, y Jesús Rocandio, de la Casa de La Imagen, que ha revisado y limpiado las fotografías y documentos del Archivo Abeytua que aparecen muy bien reproducidos en el libro. Yo me senté en una mesa con el doctor Delgado Idarreta, profesor de Historia Contemporánea en la Universidad de La Rioja y amigo de los que me llaman Tabo desde hace casi cincuenta años, y al que ahora veo sólo ocasionalmente y bien que lo siento. Cada mesa del Café Bretón estaba muy bien asistida por botella de vino y bandeja de bocadillos, aunque no de esos de queso roquefort rebozados en nuez molida que pusieron de moda los Bernstein y la Radical Chic americana, sino de otros más surtidos y bien sabrosos, como suele ser en este lugar en el que José Cortés e Isabel Gago saben muy bien lo que hacen y por ello han sido galardonados recientemente por la Federación Española de Hostelería (FEHR) con el premio nacional del sector a la promoción cultural. Así de bien atendido por la Radical Chic logroñesa, entretenido y tranquilo, subjetiva y objetivamente, oí lo que tenían que decir los presentadores del libro que yo no había leído aún, entendiendo que la tranquilidad me venía de la certeza de que tanto el Reichsministerium für Volksaufklärung und Propaganda alemán, como el Ministerio de Orden Público español, o el mismo John Wayne no podrían intervenir en modo alguno en esta presentación para tomar represalias entre los presentes. No pudo asistir al acto Ricardo Martín de La Guardia, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Valladolid, autor del estudio preliminar del libro que precede al prólogo, que escribió Manuel Pombo Angulo para la edición de 1946 (y que también aparece en esta edición), prólogo temeroso y titubeante, sin duda muy calculado y sopesado en adjetivos y opinión, quizá valiente también, y generoso, pues eran tiempos difíciles para tomar partido escrito contra el nacionalsocialismo por favor a un amigo que sí lo hacía, ¡y de qué manera!, en el libro que prologaba. Aunque el propio Pombo también fue corresponsal de La Vanguardia en Alemania en esos años y por eso sabe a qué se refiere su amigo, escribe: “Todas las verdades -citando al ultra conservador irlandés Edmund Burke casi al final del prólogo- llevadas al extremo, se acercan al vicio inmediato”. Abeytua, aun dentro de inevitables extremismos, se ha limitado a decirnos lo que vio. Yo no soy tampoco quién para juzgar la exactitud de su mirada.
Otro corresponsal español en la Alemania nazi, Ramón Garriga, de EFE, publicó El ocaso de los dioses nazis (Áltera, 1945, reeditado por Planeta en 1980), libro que se convirtió en best-seller y que algo debe no tener que tiene el de Abeytua para que el franquismo permitiera su difusión y éxito. Aunque había una segunda parte de ese libro, "sobre las relaciones secretas entre Hitler y Franco", que no vio la luz sino en Buenos Aires y en 1965. Luis Abeytua dejó de escribir libros, al menos dejó de publicarlos, pero Ramón Garriga no, incluso ganó en 1976 el Premio Espejo de España por una biografía del empresario Juan March. Otros periodistas, en un momento u otro, estuvieron en el Berlín nazi, y se relacionaron con Abeytua, gente como García Díaz, del diario Pueblo; Ernesto del Campo, Aspa; José Pizarro, Informaciones; César González Ruano, quien trabajó entre otros medios para la Agencia Central Europa; Octavio Artís, Madrid; Ismael Herráiz, Arriba. Manuel Penella de Silva, quien trabajaba para El Alcázar -fue detenido por la Gestapo y luego vivió en Sudamérica hasta su muerte- escribió un libro antihitleriano: El número 7, y también Un año atroz, recopilación de las crónicas que escribió durante 1945. También un falangista, corresponsal en algún momento del ABC en Berlín, Jacinto Miquelarena, publicó en 1942 Un corresponsal de guerra, libro de sincera exaltación nacionalsocialista. En fin, es de suponer que todos tendrían diarios y escritos secretos sobre lo que veían y, según su posición y compromiso, decidieron publicarlos o no, se lo permitieron o no. Todos ellos y algunos otros se reunían casi diariamente y solían comer juntos en el Aussland Presse Club, de la Fassanen Strasse, o se veían por la noche en alguno de aquellos grandes y lujosos cabarets berlineses, como el Frasquita, cerca de la estación del Zoo, en los que también coincidirían con el embajador español, el almirante Antonio Magaz, marqués de Magaz, el cónsul David Carrero, o el jefe de Falange en Berlín, Adolfo Pardo, cabarets en los que quizá pudiera o debiera parecer que nada importante estuviese sucediendo ni en el mundo ni en Berlín.
De esto precisamente habló en la presentación del libro el consejero de Cultura riojano, Gonzalo Capellán, de la percepción de la guerra y la aceptación de la situación entre la población alemana. ¿Eran los alemanes cómplices o esclavos del III Reich? Incluso el temible ejército alemán, la Wehrmacht, cayó en el ánimo y el desánimo que les producía alternativamente la alucinante propaganda de Goebbels alentada por Hitler. El antijudaísmo cotidiano promovido por el nacionalsocialismo en toda Alemania y jaleado y perpetrado impunemente a pie de calle por las Hitlerjugend (Juventudes hitlerianas) o la S.A. (Sección de Asalto del Partido) creaban un clima de excepcionalidad por el que algunos autores exculpan la pasividad de la población alemana. Pero ni esta represión sistemática hacia la población judía, contra los comunistas y otros grupos, ni los campos de exterminio hubieran sido posibles sin la complicidad de la sociedad civil alemana, de esos millones de campesinos, funcionarios, maestros, médicos, artistas, libreros, tenderos, escritores, obreros, comerciantes, abogados, religiosos de profesión, asistentes sociales, industriales, periodistas… entre los que se encontraban gran cantidad de delatores, oficiales o espontáneos, principal instrumento de toda represión generalizada en cualquier época y en cualquier parte. Y, a ese Berlín de 1938, llegó el logroñés Luis Abeytua, directamente del consulado alemán en Lerma, Burgos, en el que había trabajado como mecanógrafo al haber sido expulsado del Cuerpo Pericial de Aduanas por “sus ideas izquierdistas”, según consta en expediente instruido por el Ministerio de Hacienda contra él. En Berlín trabajó enseguida como periodista en la Agencia Transocean (que ofrecía noticias sobre los acontecimientos en Alemania exclusivamente desde el punto de vista nacionalsocialista), agregado de prensa en la Embajada, corresponsal de algunos periódicos españoles (colaboró con el vespertino madrileño Informaciones, el más adicto entre los adictos diarios españoles al régimen hitleriano), también en la sección española de la radio oficial berlinesa y, a partir de 1941, como director de la edición en español de la revista Signal, principal órgano de propaganda de la Wehrmacht, pretendidamente un poco al margen del control de Goebbels y de la Gestapo del reichsführer Himmler. En 1944, muy cerca ya la derrota de Hitler, Luis Abeytua regresó a España, fue rehabilitado en su carrera y trabajó en la Inspección de Aduanas de Irún, Madrid, Vitoria y por fin, en 1950, volvió a Logroño, en donde murió en 1994.
El libro en sí tiene el valor de haber sido escrito valerosamente en una época en la que en España no se favorecían este tipo de publicaciones, a no ser para salvar el culo ante la avalancha de datos escalofriantes y comprometedores que sobre Hitler y su régimen de terror y propaganda vinieron tras la derrota del nacionalsocialismo. Hubo entonces españoles que dijeron que ya lo sabían, otros lo suponían, pero hubo muchos que se echaron las manos a la cabeza, ¡¿pero es posible?!... Otros no lo creyeron entonces ni lo creen ahora, piensan y dicen que los vencedores siempre denigran al vencido. En aquellos años en los que Abeytua estuvo en Berlín la propaganda política la dirigían en España Serrano Súñer y Dionisio Ridruejo, quienes supieron sacarle partido a la tan fantaseada y famosísima entrevista de Franco y Hitler en Hendaya. Según ellos fuimos neutrales los españoles por la Gracia de Franco que supo engañar a Hitler, porque donde decía digo quería decir Diego, hasta tal punto que en los diálogos inventados de aquella reunión se dice que Hitler dijo que antes prefería sacarse una muela que tener que volver a tratar con Franco. Hoy ya no nos sorprende nada de lo que se pueda contar de aquél régimen alemán ni de su totalitarismo represor y asesino, ya se ha dicho todo, o casi todo. Hoy hay otros frentes informativos, Palestina, por ejemplo, en donde las autoridades ocupantes ejercen su poder abusivamente con una cierta indiferencia de la opinión internacional. Yo mismo he visto puertas de casas palestinas marcadas hoy con la estrella de David y mañana derruidas con todo lo que había dentro, muebles, vajillas, comida, revuelto y pastoso todo entre los escombros, como en una ensaladilla… pero eso es otra historia.
En realidad, los periodistas no hacen sino perpetuar la verdad aparente de los personajes de sus historias, y de la suya propia, a través de la función periodística que dice tener la “sagrada misión” de informar con hechos, no con opiniones, por eso la verdadera vida de las personas sólo se puede encontrar en la ficción, en el arte y en el teatro. Seguramente a Abeytua no le habrían acosado ni McCarthy ni John Wayne de haberse pasado en sus escritos, pero quién sabe si Dionisio Ridruejo y el actor José Bódalo... pero también eso sería otra historia.
