OColis-Alexandre-1

Octacio Colis

Conocí a Alexandre de Castellane una noche de invierno en La Mandrágora, en 1983. Estaba sentado en una mesa de la parte de arriba del local, rodeado de jóvenes que lo exhibían como un trofeo. Parecía tener una edad indeterminada entre cincuenta y sesenta años, calculé entonces, luego supe que tenía más, entre sesenta y setenta. Me pareció un frágil actor disfrazado de hombre honorable pero de mundo, un poco pasado de maquillaje, aunque podría decirse que correcto en líneas generales, bien caracterizado.

Llevaba traje oscuro y corbata levemente plateada, zapatos negros, muy limpios; había algún detalle frívolo en su atuendo, pero no recuerdo si era el pañuelo que asomaba por el bolsillo de la chaqueta, o una cierta rareza en la forma del cuello de la camisa, aunque no sé si esto lo observé en otras ocasiones y me confunde ahora. En general siempre llevaba algo claramente discordante con el resto de la vestimenta. La elegancia, solía decirme cuando le conocí mejor, consiste en saber llevar algo diferente, hortera incluso, pero hay que saber llevarlo en el momento adecuado y, además, ha de ser sólo una cosa, los calcetines, el sombrero, el bastón, el pañuelo, algo complementario o algo importante, también puede ser algo importante; si llevas pantalones a cuadros y, ¡ojo!, hay que saber llevarlos, el resto ha de ser neutro, elegante, pero neutro.

Esa noche no hablaba, sólo observaba. Me pareció que no estaba cómodo, los muchachos con los que se había sentado -supuse que había llegado con ellos- tampoco eran de ese ambiente, miraban para que les miraran, y reían a destiempo. Yo estaba apoyado en la barra y me crucé con sus ojos alguna vez, pero aparté la mirada enseguida. Una de estas veces que le miré estaba hablando en francés con Annick Bloyard. Se había levantado y gesticulaba con una afectación encantadora, era difícil en aquellos años encontrar homosexuales españoles de esa edad que se movieran con tal desinhibición y gracia, quizá Luis Escobar, marqués de Las Marismas del Guadalquivir, lo hiciera aún con mayor naturalidad y, según lo estoy escribiendo, se me ocurren algunos otros, pero no viene al caso. Estaba observando a Annick y Alexandre cuando ellos me miraron directamente y vinieron hacia mí. Me tendió una mano firme pero rendida. Alexandre de Castellane, dijo, agitando las pestañas como si le ruborizara conocerme. Después de un rato de conversación sobre el local y las actuaciones Annick se despidió de nosotros y se fue a la cueva.

Nos quedamos mirándola mientras bajaba las escaleras. Air Du Temps, dijo Alexandre, sin dejar de mirarla. ¿Perdón? Air Du Temps, de Nina Ricci. Perfume de mujeres elegantes y discretas… Hablaba acentuando las últimas sílabas de cada palabra, como hacen los franceses, así que me llamaba Octavió, y lo hacía constantemente, decía gustarle mucho mi nombre, y también la rareza de mi apellido (Colis, en francés, significa paquete). Estaba dudando si marcharme a casa o bajar a la cueva, cuando Alexandre apoyó suavemente su mano en mi brazo, acercándose para hablarme al oído: Sácame de aquí, o me devorarán esos chiquillos. Pagó la cuenta, la suya y la mía, y nos dirigimos hacia la salida. Al pasar junto a su mesa se detuvo para recoger el abrigo, hizo un gesto ambiguo de despedida y nos fuimos. Los muchachos trataron de fulminarme con la mirada, sentí los rayos impactando en mi espalda pero lo resistí bastante bien.

Salimos a la Cava Baja, hacía frío, pero la noche estaba clara y agradable. Me propuso pasear y callejeamos por el Madrid de los Austrias hablando un poco de todo. Le dije que me parecía raro presentarse como conde. Verás, es que esto se es o no se es, puedes ocultarlo, por supuesto, pero hay mayor locura en esconderlo que en exponerlo claramente. Además, de una forma u otra la gente se entera y acaba preguntándote: “¿es usted verdaderamente conde?”, y ¿lo tienes que negar?, pues no, querido, toda mi vida he sido Alexandre de Castellane, compte de Castellane, y sería absurdo negarlo, ¿no es verdad? Su castellano era fantástico, y la conversión de cualquier palabra en aguda tenía su gracia. Le dije eso que aseguraba Lacan: “Es de locos creerse rey, sobre todo si se es rey”. Se rió mucho pero me reprochó que leyera autores marxistas, ¿qué necesidad tiene un chico tan guapo? Durante el largo paseo fui descubriendo a un hombre complejo y divertido, muy acostumbrado a representar su papel de excéntrico, sabiendo que los demás le juzgaban constantemente, aunque ése, precisamente, era el objetivo de su exhibición. Me habló de su infancia jugando con sus hermanas a envenenar a los invitados. Tenían anillos con compartimentos secretos en los que metían azúcar que vertían a escondidas en los vasos de las visitas. En su árbol genealógico había envenenadores célebres y jóvenes princesas que habían muerto de males desconocidos. En Italia, su familia tenía un enorme panteón con baldaquinos renacentistas y criptas lúgubres por las que se había paseado de niño de la mano de su madre, que le explicaba muy pormenorizadamente quién había sido quién. Hablaba con desprecio de Francia, su país de nacimiento, como si acabara de estallar la Revolución francesa y hubiera tenido que huir precipitadamente de París. La aristocracia francesa no está en decadencia como en España, Octavió, está muerta. Asesinada. Creía en el arte por el arte, como los parnasianos anti románticos, y se interesó mucho por mi pintura que aseguró quería ver inmediatamente. ¿Pero madame Krahe me dijo que escribías, no es cierto? Bueno, me muevo con igual descaro en ambas prácticas artísticas, sin saber muy bien si he de decir que soy pintor o escritor, aunque los pintores aseguran que en realidad soy escritor, y lo afirman con la misma rotundidad con la que los escritores dicen que soy, sin duda, pintor. Muy rabiosamente vanidoso, ¿eh?, me gusta, me gusta. Tenía yo entonces una vanidad que apuntalaba como podía y además me gustaba representar el papel de intruso en las artes. La verdad es que siempre me he sentido más un furtivo artístico que otra cosa, pero con Alexandre era más fácil hacerse el fantasma exquisito. Intercambiamos teléfonos y nos despedimos ya como buenos amigos cuando la aurora de noviembre clareaba por Alicante, dije. Me miró con sus ojos redondos y claros no sabiendo muy bien a qué me refería. Quizá podría habérmelo ahorrado, siempre tengo, y entonces mucho más, una cierta tendencia a dar una vuelta de más a la tuerca, y aún no era capaz de tachar, que es la verdadera esencia del escritor o del artista en general.

Pasó algún tiempo antes de vernos de nuevo y fue también por casualidad. Le invité a acompañarme al taller, porque estábamos muy cerca, nos habíamos encontrado en el Café Comercial, para enseñarle mis dibujos y pinturas que él celebró como si le gustaran realmente. De hecho me compró un pequeño dibujo, una copia de la condesa de Vilches, de Federico Madrazo, que había hecho para un marco neoclásico comprado en un chamarilero, porque en aquella época, más que enmarcar dibujos, que era muy caro, hacía dibujos para marcos, se quedaban muy bien ambos, como hechos a propósito. Le propuse ir a comer a mi casa, apenas a dos minutos del taller de la calle Monteleón, y allí conoció a Dora y a mi hijo Jaime, que acababa de cumplir cinco años. Estuvo francamente amable y revisó con mucha atención mi biblioteca, en la que observó un exceso de libros marxistas, algo que le pareció horroroso y muy poco edificante para mi hijo, que ya había empezado a leer y le parecía inapropiado que descubriera el mundo a través de tanto “fracasadó resentidó”. Antes de irse me invitó a una cena que daba próximamente en su casa para un grupo de amigos entre los que figuraba una tía de la princesa heredera del trono de Rumanía, entonces país comunista, por lo que me advirtió debería respetar ciertas normas muy sencillas que me enseñaría si acudía a su casa un par de horas antes de la cena. Por supuesto no debía mencionar a Ceaucescu, ni mucho menos a su esposa, ni demostrar la más mínima simpatía por los regímenes comunistas. ¿Cómo te manejas en francés? Muy regular, el inglés me lo ha ido borrando poco a poco. Es una pena, porque la cena será en francés. ¿Y podría ir con una amiga que lo habla muy bien? Bueno. Es apropiado. ¿Y tengo que guardar alguna especie de etiqueta? ¡Oh, no, querido!, los artistas estáis exentos de esas convenciones, y la verdad es que me gustaría que acudieras con ese enorme jersey de lana azul lleno de manchas de óleo reseco con el que te conocí. Y no te olvides de llevar una carpeta con dibujos, avisaré antes a mis invitados de tu presencia y de la de tus dibujos, hasta podría ser que vendieras algo. ¿Pero te parece bien que lleve dibujos, no es un poco raro? ¡Oh, no, querido!, es apropiado. Ahora, eso sí, la damita que te acompañe deberá ir vestida elegantemente, si vienes con ella antes os pondré al día en eso que es el protocolo debido a este caso.

Llamé a Pilar Caballero, habla francés perfectamente, tan perfectamente que acabó viviendo en Montpellier con un francés, después de rodar por Francia unos cuantos años. Siempre ha sido una señorita de las que gustan a las madres de los chicos y estaba seguro de que también le iba a encantar a nuestro anfitrión. Alexandre tenía un delicioso apartamento en la calle Factor y la terraza daba al Palacio de Oriente. Había preparado una mesa para la cena de forma exquisita. Mientras le ayudaba en la cocina a pasar el vino a unos frascos de cristal tallado con tapones de plata, nos fue explicando ciertas normas que deberíamos cumplir muy escrupulosamente: no probaríamos bocado de los platos que él iría sacando a la mesa hasta que lo hiciese la princesa rumana; ni interrumpiríamos la conversación en ningún caso; no daríamos grandes explicaciones como respuesta a lo que nos preguntaran y estaba prohibido moverse de la mesa hasta que lo sugiriera el anfitrión. Había algunas otras recomendaciones de ese tipo. Me rogó que no hiciera mención alguna a la calidad del vino, que era francamente desastrosa, y que por eso la disimulaba en aquellos recipientes, y que no debía hacerme el riojano. Entonces descubrí que Alexandre tenía una economía modesta y que las apariencias, la vajilla y los manteles, suplían con elegancia la ausencia de lujos gastronómicos. Durante la cena Pilar estuvo encantadora, traducía lo que decía yo y siempre lo hacía adaptándolo a la forma más conveniente. Cuando me saltaba alguna de las normas que había explicado Alexandre, Pilar me daba una patada por debajo de la mesa, sonriéndome. Me pareció que la princesa, que presidía la mesa, aparte del bigote y de la cursilería de su vestido, se comportaba como una campesina autista a la que no interesaba tanto la conversación como la comida. Contando a Alexandre éramos nueve a la mesa: la princesa, a su derecha Alicia Sáinz de la Maza, y a su izquierda el acompañante de la actriz, un actor del que ahora no recuerdo su nombre pero que tenía un vago parecido con Franco Nero; junto a Alicia un galerista francés, decadente, tanto como su idea del arte en general y muy particularmente del arte plástico, y frente a él su acompañante, una francesa cargante que no dejaba de observar las manchas de mi jersey; junto a ella me sentaron a mí, y a mi izquierda a Pilar, frente a nosotros estaba sentado el cantante Ismael, Ismael Peña (padrino de Ismael Serrano), un ser encantador, y junto a él se había sentado Alexandre, dejando libre la otra presidencia de la mesa. No vendí ninguno de los dibujos, aunque con el tiempo algunos de los presentes visitaron mi taller y compraron algo.

A través del tiempo, Alexandre y yo nos vimos con alguna regularidad, me invitaba a su casa y me contaba cosas extrañas del mundo al que pertenecía y que, en realidad, le estaba devorando por dentro. Era como un pequeño dinosaurio que supiera que el fin de los dinosaurios estaba marcado y que empezara a notar un cierto embotamiento en la glándula pineal de la especie, por lo que se sentía obligado a contar urgentemente las experiencias de su saga, de la que ya quedaban pocos ejemplares vivos, quizá para que no les olvidaran y quedara memoria de ellos, como si supiera que el olvido de los vivos es el infierno de los muertos.

OColis-Alexandre-2Una tarde de domingo de agosto, de esas en las que el aire se solidifica como azúcar quemada y rielan las aceras y esquinas de Madrid bajo un sol sahariano, estando solo en casa y tumbado en la cama, consideraba de dónde sacar fuerzas para vestirme e ir a buscar cigarrillos. Pero imaginarme en la calle Alberto Aguilera, aplastado por la luz y el calor de las cuatro de la tarde me hacía desistir una y otra vez. Por fin me decidí por si aquello me ayudaba a cambiar de estado, me duché y bajé a la calle. La Flor estaba cerrada, como la mitad de los establecimientos de Madrid en agosto, por lo que supuse que el lugar más próximo en el que podría encontrar una máquina de tabaco sería el Bar Iberia, en la Glorieta de San Bernardo, que entonces estaba siempre abierto, de día y de noche. Para protegerme me había puesto gafas de sol, de esas grandes y muy oscuras que parecen un muro de contención de miradas, y un panamá muy liviano que me había regalado Alberto Egido, pero las punzadas de luz en ebullición atravesaron el sombrero nada más salir del portal y empecé a sentir enseguida el cosquilleo de las gotas de sudor despeñándose bajo el pelo hasta mi cuello. No había casi nadie por la calle, ni siquiera turistas japoneses, ni coches. Llegué al Iberia y primero me azotó el calorazo pastoso de la máquina de aire acondicionado que goteaba junto a la puerta un agua sucia y viscosa. Me pareció increíble que pudiera haber algo más caliente que el fuego ambiental de la tarde, y nada más entrar me hirió en la espalda un viento gélido, que precisamente soplaba hacia la máquina del tabaco. El bar estaba lleno de taxistas y municipales de paisano, como siempre, comiendo o jugando a las cartas, y al fondo, sentado en una mesa, vestido de chaqué, de espaldas a mí, estaba… ¡Alexandre! Frente a él había un tipo con aspecto de taxista o de guardia municipal de paisano. Estaban comiendo… ¡codillo con patatas grasientas! Me acerqué disimuladamente por comprobar que aquella visión era cierta y no una alucinación producida por el cambio brusco de temperatura. Era Alexandre de Castellane, vestido de gala, con banda y condecoraciones. Junto a su servilleta había una especie de urna, una chistera lustrosa y unos guantes blancos. Estaba hablando con el taxista o municipal que le acompañaba a la mesa y la gente les señalaba sin disimulo alguno y se reían abiertamente. No podía imaginar que hacía ahí, con ese individuo tan vulgar al que parecía a su vez no hacerle la más mínima gracia estar allí sentado con Alexandre, aunque le comte movía las manos con la soltura y afectación habituales en él, sin hacer caso alguno del entorno. Pensé que seguramente estaba disfrutando con ese número tan especial. No me atreví a decirle nada y me fui a casa aturdido. Por la noche le llamé varias veces por teléfono, pero no contestó.

A la mañana siguiente le llamé pronto y descolgó con voz somnolienta. ¿Allò, Octavió, a qué debo el placer de tu llamada… tan pronto? Nada… me pareció verte ayer mientras pasaba con un taxi por la Glorieta de San Bernardo, aunque quizá no fueras tú, ibas vestido de una manera muy… extraña… no sé… ¿eras tú? ¿La Glorieta San Bernardo?, a ver, estuve tan ocupado ayer… ¿a qué hora fue esto? Alrededor de las cuatro de la tarde. ¡Ah, sí!, salía o entraba a comer en un bar muy concurrido en el que lo hace habitualmente Manolo los domingos. ¿Manolo, lo conozco? No creo, querido, es de ese tipo… ¿facha? que tú detestas, no, no creo que hayáis coincidido nunca. ¿Y dónde ibas tan elegante? ¡Huy, querido, es larguísimo de explicar! Si me invitas a un té en el Gijón te lo cuento al detalle, como a ti te gusta. ¿A las diez? No, no me da tiempo a arreglarme, ¿qué tal a las once y media, más o menos?

Tomé el veintiuno, me bajé en Colón y caminé despacio hasta el Café Gijón, ya hacía un calor insoportable y Madrid estaba empezando a entrar en el espejismo de las aceras y el rielar de las esquinas. Estuve charlando con Alfonso, el cerillero, y con Bárcena, el camarero poeta, y a eso de las doce apareció Alexandre, resplandeciente, como si el calor no le afectara en absoluto. Le brillaba la cara, pero no por el sudor, sino por las cremas rejuvenecedoras que se aplicaba por las mañanas, que no tenían nada que ver con las de la noche; yo me reía de él, con respeto y cariño, y él me decía: ¡Quiera Dios que tengas que usarlas alguna vez, querido mío, eso querrá decir que has llegado a ser tan viejo como yo! Me corroía la impaciencia, así que nada más pedir dos tés y dos tostadas con aceite, Alexandre pasó a contarme lo siguiente:

Resulta que el viernes pasado falleció el conde de Villejuif en su casa de La Moraleja. Jean François era un viejecito encantador y diminuto que has estado a punto de conocer, pero que obviamente no conocerás nunca, al menos en esta vida. En estos veranos locos de Madrid nunca hay gente decente a la que recurrir, y menos en agosto, así que el pobre murió solito y su asistenta de toda la vida, una especie de ama de llaves externa, le encontró muerto en su cama, como un pajarito en su nido. La Embajada Francesa, esa cosa inútil y socialdemócrata, ante la ausencia de franceses notables en Madrid en estas fechas, incluido el embajador -así me lo dijo el tontito con el que hablé en primera instancia-, me llamó a mí por si se me ocurría qué hacer con el conde, ya que habían recibido instrucciones de París de que fuera yo quien decidiera; el calor aconsejaba celeridad, y parece ser que Jean François no dejó órdenes de qué hacer con sus restos. Y no me extraña, yo tampoco. Eso es cosa de los vivos, a los muertos qué más les da, siempre que se entienda de la dignidad merecida por el difunto. Así que después de algunas llamadas y otras consultas en mis libros de protocolo, se me ocurrió que los restos de Jean François Violà, conde de Villejuif, bien merecían descanso eterno en un panteón ilustre. Discutiéndolo con la Embajada, aparte de reencontrarme con la estupidez absoluta y la ineficacia exasperante de los socialistas, descubrí que hay para estos casos un nicho dispuesto siempre -por si ocurriera algo como lo que desgraciadamente había ocurrido- en un panteón llamado de San Julio, en el que cierta Hermandad de Escritores tiene un espacio reservado para estos casos, claro que no gratuitamente. Tuve que desplazarme a la Embajada, qué horror, y tratar allí de los pormenores del asunto. Quedamos en que un pobre desgraciado, agregado cultural o algo así, haría cortejo en el enterramiento, conmigo y con un argelino al que Jean François tenía en especial estima, y como vi que la cosa iba para largo, alquilé un taxi para todo el día, a mi costa, no quiero que luego digan nada a este respecto, y así fue como encontré a Manolo, un asturiano un poco abúlico, pero leal, que estuvo conmigo en todos los lugares a los que tuve que ir, como verás enseguida.

Había cortado la tostada en tiras, dejándola como si fueran churros, y los mojaba en el té y mordisqueaba con delectación, luego se chupaba los dedos, casi sin tocarlos con los labios y se los limpiaba cuidadosamente con la servilleta, uno a uno, como si fuera una operación que requiriera especial atención y destreza. Yo traté de imitarle los gestos, pero me quedaba mucho peor, era evidente que no lo hacía de verdad, y ahora era él quien ser reía de mí.

En fin, metieron al pobre Jean François en un ataúd horrendo, se notaba que la Embajada hacía todo esto sólo por salir del paso, y luego en un coche fúnebre de lo menos apropiado, al que Manolo y yo seguimos hasta el cementerio. A nosotros nos seguía el coche de la Embajada con el agregado cursi, el argelino -que creo fue quien se hizo cargo de algunos gastos que la Embajada de La República Francesa en el Reino de España no consideraba debían abonar ellos-, y también el ama de llaves externa, Henriette, que siempre que Jean François se quedaba en Madrid estuvo a su servicio. El coche, el chófer, el jardinero, las doncellas, todo el mundo estaba de vacaciones… es increíble. ¿Y los parientes? ¿Qué parientes?

¿Y era necesario que fueras de chaqué negro y con chistera forrada de seda negra con este calor? ¡Ah, desde luego, querido!, ¡seguro!, el chaquet es el atuendo de máximo respeto civil, y en este caso tenía que ser negro. El chaquet de día, claro está, porque por la noche lo correcto es el frac. También tenía que lucir algunos distintivos que me enorgullece ostentar, y por supuesto, los complementos, los complementos son esenciales, guantes, gemelos, corbatón, botines. En fin, entiendo que no te entusiasme… ¡ah!, por fin llegamos al cementerio este que he nombrado antes, muy birria, por cierto. Llevaron el ataúd en un carrito, como correspondía a tan esperpéntico cortejo nuestro, compuesto sólo por cuatro hombres -porque le pedí a Manolo hiciera el favor de acompañarnos a dejar los restos del conde en su morada eterna-, y la pobre Henriette, que lloraba de verdad, como si el muerto hubiera olvidado dejarle algo en el testamento, cosa que desconozco, por supuesto. Fuimos a paso lento, porque yo abría camino, si lo hubiese hecho el empleaducho socialista seguro que hubiéramos depositado el ataúd mucho antes, a toda prisa, y entonces yo no hubiera reparado en un detalle fundamental. ¿Qué detalle? Pues quiso el destino que yo me pusiese a fisgar alrededor del nicho destinado a Jean François encontrando una inscripción de uno de los que allí están enterrados y resulta que era nada menos que de Luis Escobar. ¿Es que acaso podía yo permitir que un este señor fuera vecino de restos para la eternidad de Jean François Violà, comte de Villejuif? No, evidentemente. Luis Escobar, un desastre de hombre que nos ridiculizó todo lo que su áspera vulgaridad y escaso talento le permitió. Me parece que exageras. No, evidentemente no lo hago. Dios mío, Octavió. ¿Y qué hicisteis? Pues ya estaban los obreros con las paletas y el cemento para sellar el nicho y exigí al delegado de la embajada que sacaran de allí el ataúd del pobre conde y lo volvieran a llevar al coche fúnebre. Era aún muy temprano y aún podíamos encontrar soluciones dentro de la ley. Volvimos a la Embajada, el empleaducho hizo sus llamadas y nos comunicó que podríamos llegar a incinerar el cadáver si nos dábamos prisa, y que quizá mañana encontraran un lugar en el que depositar la urna con las cenizas. ¿Y lo incinerasteis? Sí, no era cosa de andar con los restos del conde de aquí para allá en medio de este agosto madrileño. Me entregaron las cenizas en una urna y como era ya tarde, hora de comer, Manolo me sugirió ese lugar del que me viste salir o entrar, al que el taxista acude todos los domingos porque dan codillo con patatas panadera, una cosa pesada y grasienta que comí como si fuera un manjar de dioses por no ofender a Manolo, que había aceptado ir con la urna en el taxi y no era cosa de tener que cambiar de coche. Así que comimos y nos fuimos al Retiro a esperar nos comunicaran el lugar destinado por la Embajada para depositar la urna con las cenizas. En el Retiro nos rodearon varias veces los chiquillos, porque pensaron que éramos de alguna compañía de teatro de calle. Nos hicimos algunas fotos con el lago al fondo, por no defraudar a los que nos lo pedían y al caer la tarde nos pasamos por la Embajada y allí nadie sabía nada, por lo que decidí que Manolo me llevara a La Moraleja, dejar a Jean François sobre una mesa rococó, al cuidado de Henriette, y nos volvimos a Madrid, a mi casa, en donde me despedí de Manolo que tan a disgusto no debió quedar porque me dio su tarjeta.

Seguí viendo a Alexandre durante algunos años hasta que un día se fue a Francia para no volver. Dio una fiesta de despedida en su casa de la calle Factor y lloró toda la noche escuchando un disco de un cantante francés del que no recuerdo su nombre, pero sí su voz. Dijo que habían sido en otro tiempo muy amigos, aunque yo sabía que no lloraba por eso. Me escribió algunas cartas que llevaban el membrete del condado, y yo le contesté a todas. Hasta que dejó de hacerlo. En una de las últimas me decía: Me siento como una piedra hueca flotando en un océano inmenso, y no sé si ir o venir, si voy o vengo. Le escribí contándole que Jaime había decidido estudiar Geología, pero no me contestó. No sé si habría alguien a su lado en los últimos momentos, aunque quizá ya no quedara nadie y él fuera el último dinosaurio de su estirpe.

(Para Pilar Caballero, que sigue en Montpellier)

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Fantástico
escrito por Ignacio Fontes de Garnica, septiembre 28, 2011
También llamado 'fanflástiko'.Te explicaré lo de la serendipia por extenso y con un ejemplo en mis propias carnes.

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