
Crónicas palestinas
Octavio Colis
Ni en ninguna otra parte. Existió, y existe todavía y para siempre como existió Guillermo Tell, inventado fundador de la confederación Suiza, aunque por razones de diferente matiz sectario y nacionalista e incomparables repercusiones. Dos mil once años después del inventado nacimiento de Jesús y a tantos de la consolidación del cristianismo contamos los años según esa fecha que decidió Dionisio el Exiguo por encargo del papa Juan I, quien seguía esa tendencia de la Iglesia Cristiana de suplantar las festividades “paganas” para fijar las suyas propias como nuevo referente para todo el mundo. Procedimiento en el que abundaron mucho y por el que, pasado el tiempo, nadie recuerda nada pero cree saber lo que no sabe.
No es que los lunes por la noche en el Café Estar hablemos tanto de cosas así, pero las veces que se suscitan estos temas son los nuevos, o los tertulianos de paso, los que se interesan más y tiran del hilo, seguramente sorprendidos de que se hable de estos asuntos en un lugar tan aparentemente informal y además se resuciten espectros, como dice una buena amiga que hacemos con los clásicos. Si están Gastón, Javier, Moncho o Juan Ignacio, los datos fluyen como en un torrente y si están los cuatro a la vez es como para tomar apuntes. En esta antepenúltima entrega de la serie, y penúltima sobre Palestina, numerada como Informe Estar 17, quería seguir escribiendo sobre lo que alguna vez hemos charlado en ese rincón de tabla flamenca que hay al final del café, junto a la barra, a propósito de mis viajes a Palestina y terminar en la siguiente con lo que Rafael Jiménez Claudín titula por su cuenta Crónicas Palestinas, y que no son sino notas dispersas para un libro sobre Palestina que seguramente nunca escribiré.
Por lo que, siguiendo con las dataciones, decía que Dionisio el Exiguo elaboró una cronología que fijaba el día 1 del año 1 de la Era Cristiana el 1 de enero de 754 ad urbe condita, es decir, desde la fundación de Roma. El “paganismo mitraico” celebraba el 25 de diciembre como el Natalis Invicti, pues después del solsticio el sol se engrandecía en fuerza y claridad -y el símbolo del astro natural era Mitra, que renacía invicto cada año en esa fecha desde el 274 a. C.-, y decidieron, los que elaboraron esa parte del mito, que Jesús nació ese mismo día, solapando las celebraciones de Mitra con las del nacimiento de Jesús, Sol Novus. De la misma manera se suplantó la noche del 5 al 6 de enero, en la que celebraban los griegos el nacimiento del Tiempo, Aion, con una procesión de antorchas hasta el templo de Korion, en la que se cantaba: La Virgen ha dado la Luz, la Luz aumenta, la Virgen ha dado la Luz, el Aion. Aión, era el Dios del pasado y del futuro, de la vejez y de la eterna juventud. Un futuro y un pasado liberados de la tiranía del presente, de Kronos. Como estos del nacimiento y la Adoración de Los Magos de Oriente hay muchos otros solapamientos de fechas y conmemoraciones cristianas con otras religiones. De todas formas, el sistema “antes y después de Cristo” que se inventó Dionisio en ese siglo VI, no fue aceptado con regularidad en Europa hasta el XI.

Una de las pretensiones vanas que nunca satisfice en mi etapa colegial fue que alguno de aquellos enseñantes cristianos me explicara los puntos de confluencia entre la historia sagrada cristiana, de la que nos impregnaban en fábulas, y la historia real antigua, de la que sabíamos muy poco, por lo que yo no lograba hilar nunca unas cosas con otras. Años más tarde me di cuenta de que no es que no quisieran explicármelo, es que no tenían ni idea y que ellos mismos se habían conformado con la simpleza con la que creían y razonaban los acontecimientos sagrados de su fe. Para ellos, y en general para todos los cristianos (los hay hoy de todas las gamas y matices, como los que enumeraba en la entrega anterior a ésta), Dios Padre decidió librarnos del quirógrafo impreso en el alma por él mismo tras el pecado original y para ello enviarnos a una emanación suya llamada Hijo, y más tarde otra, conocida como Espíritu Santo, que se ocuparían de ello muy eficaz y definitivamente. Hoy en día podemos entender mejor lo de las hipóstasis del Uno y Trino gracias a los conocimientos que hemos adquirido de lo cuántico, por el que se establece que una partícula puede ser onda, y moverse sin dejar de ser partícula ni onda a la vez, y que además interactúa con algo que hemos dado en llamar energía oscura, que en la comparativa sería el Espíritu Santo. Así que para ello, creen los cristianos, rama herética del judaísmo, Dios envió un ángel emisario (entendámoslo como materia oscura) a comunicarle a una joven judía llamada María que sería la madre del Dios hecho Hombre. En los libros proféticos hebreos, el Tanaj, aparece la profecía de Miqueas, del siglo VIII a. d. J.C., que anunciaba la llegada a Belén de Judá del Salvador del Reino para esas fechas. Miqueas es considerado un profeta menor por los cristianos, pero Jeremías e Isaías (los tres nacidos en Judá) son considerados profetas mayores, y también ellos profetizaban la llegada del Hijo del Dios al Reino en ese momento aproximado, aunque los encajes de datación y lugar no sean exactos, nunca lo son en cuestiones mitológicas, porque no pueden serlo. En realidad la idea mística de un Hijo enviado por el Dios Único hacía mucho tiempo que se desarrollaba entre las comunidades religiosas del Mediterráneo y el Próximo Oriente. Por ésto el herético Gnosticismo cristiano precedió a los ortodoxos cristianos sirios y egipcios. La multiplicidad competitiva de los cristianos en el primer siglo hubiera sido imposible de haber surgido de un único movimiento proselitista con tan reducido número de misioneros. Pero los cristianos de hoy insisten en que todo surgió tal y como dijeron las profecías y los evangelios, y que Jesús nació en Belén en la noche del 24 al 25 de diciembre del año 1.
Jesús, Yeshua, es un nombre hebreo que significa Salvador, y Cristo es la traducción griega del Mesías hebreo de las profecías. Así que el esperado redentor venía ya predeterminado por el nombre que, como dicen algunos psicoanalistas, es un significante. Así que en ese mundo de entonces en el que se defendía místicamente que sólo había un Dios y que éste era por fuerza bondadoso y sabio, siendo las fuerzas del mal las responsables de todos los males del género humano, los judíos esperaban por su cuenta, siempre aparte del resto de la humanidad, la llegada del Reino y de su Rey venido del cielo para cumplir con la Alianza. Pero, hartos de esperar en un mundo tan lleno de penalidades, hubo entre ellos quienes quisieron forzar esa llegada tan deseada, reformando algunos de los principios saduceos que amenazaban con postergarla eternamente. Para ello, y por seguir el hilo por esa parte que nos conduce a los cristianos, los esenios judíos decidieron hacer exotérico a Juan, que predicó la inminente llegada del Salvador, y con tanto poder de convicción lo hacía que asustó a Herodes, quien llevaba ya un tiempo temiéndose su derrocamiento por ese Yeshua, al que había tratado de eliminar matando a todos los nacidos por las fechas que anunciaban las profecías lo haría. Juan, rigorista y renunciante donde los hubiera, se reía de Herodes y le acusaba de ser un pecador disoluto indigno de ostentar cargo alguno. Tanto se manifestó Juan que se descartó a sí mismo como Mesías. Su voz clamaba en el desierto de incomprensión judía, en tiempos del sumo sacerdote Anás y de su yerno, el saduceo Caifás quienes, rigoristas de la fe judía esencial, no podían admitir la llegada del Salvador en tiempos de tanta confusión nacionalista. Así que Juan, hijo de Isabel, prima de María, sólo pudo ser el bautista del esotérico desconocido -todo quedaba entre esenios y familia-, y siguió retador y vociferante hasta su degollamiento. El que tenía que nacer dijeron que ya lo había hecho y que era el Mesías Salvador. No para los judíos, ellos siguen esperándole.

Pero, ¿cómo podía hombre alguno reunir las características del enviado por Dios? Sus seguidores decían que ya había nacido pero que no lo conocían. Existía, pero no estaba. Esto es lo que ha quedado de la totalidad de su vida inventada, existía oculto a los ojos de los que le esperaban. Los dirigentes cristianos de los siglos posteriores, alarmados por la falta de evidencias referenciales a la vida real de Jesús, decidieron falsificar los escritos de Flavio Josefo, prolífico escritor que anotó y publicó al detalle sobre los acontecimientos de la época, e interpolaron dos referencias en su obra Antigüedades judías. La primera, conocida por los cristianos como “Testimonio Flaviano”, en el capítulo XVIII, que es una simple mención a su nacimiento; y la segunda en el capítulo XX, sobre Santiago, del que dice es hermano de Jesús. No se atrevieron a más. La verdad es que era impensable que Flavio Josefo no hubiera hecho mención alguna de Yeshua, habiendo escrito tanto y tan pormenorizadamente sobre los judíos de aquel momento. Escribió, por ejemplo, de la muerte de Juan el Bautista por orden de Herodes Antipas, y describe las características de las sectas históricas del judaísmo: saduceos, fariseos, zelotes y esenios, entre ellos los del Qumram, extravagantes y extremadamente rigoristas. Es cuando menos sospechoso que si los neotestamentarios afirman que Jesús fue un fenómeno de masas con repercusiones inmediatas en los acontecimientos del Oriente Medio, nadie, descartado Josefo por los mismos teólogos cristianos progresistas de todos los tiempos y fundamentalmente de hoy mismo, nadie excepto sus exégetas hablara de él nunca. Los escritos de Josefo llegaron hasta nosotros solamente a través de fuentes cristianas, y nunca antes del siglo IV y los comentadores que escribieron sobre Josefo antes de Eusebio (siglo IV d. J.C.) no citan esos pasajes.
Cristo y los cristianos existieron, pero sólo los cristianos estuvieron en donde existieron. La hermandad cristiana de Jerusalén fue una de las corrientes de ese cristianismo reformista del judaísmo -ampliamente diseminado desde antes de la fecha inventada de su nacimiento-, fue importante y finalmente muy influyente, hasta el punto de que durante la elaboración de las referencias del mito se estableció esa hermandad como punto de origen de la totalidad del movimiento cristiano. Pero el verdadero impulsor del movimiento cristiano fue Pablo de Tarso, sus escritos son los más antiguos del cristianismo. Sus cartas aceptadas como “cartas paulinas” (Gálatas, 1 de Tesalonicenses, 1 y 2 de Corintios, Romanos, Filemón, y Filipenses) fueron escritas antes que los evangelios de Marcos, Mateo, Lucas y Juan, escritos éstos entre el 70 y el 120 d. J. C., es decir después de la destrucción del Templo de Jerusalén y el fin de la rebelión judía contra los romanos (por lo que es también falso que Jesús profetizara la destrucción del Templo, porque ya había sido destruido cuando se da noticia profética de ello). El primer evangelio escrito (de los aceptados por las autoridades religiosas cristianas a posteriori) fue el de Marcos, un personaje supersticioso que acompañó a Pablo en su primer viaje y que regresó a Jerusalén para escribir u ordenar que se escribiera esta vida de Jesús seguramente en apoyo de los cristianos perseguidos por Nerón. Parece un primer encargo de Pablo para fijar por escrito la vida de alguien a quien ni él ni Marcos habían conocido. Algunos escritores ortodoxos citan a Marcos como hijo de Pedro quien, por cierto, al negar a Cristo tres veces podría ser que estuviera diciendo la verdad, que no lo conocía, que era cristiano pero que no conocía a Cristo. En cualquier caso fue mártir por sus ideas cristianas. Cuando el mismo Pablo escribe que se haría anatema de Cristo por sus hermanos, creo yo que quiere decir que sería cristiano aun sin contar con el propio Cristo, que aceptaría el mensaje aun cuando no hubiera mensajero. Los cristianos revolucionaron el judaísmo al extender a toda humanidad el privilegio de ser hijos del Dios y por lo tanto herederos de su Reino. En alguna parte de estas entregas, hablando del 15 M y de los quincemayistas, he escrito que los cristianos fueron en algún momento de la historia vanguardistas contra el poder establecido, que exigieron igualdad de trato para todos los seres humanos, cumpliendo con ese ciclo en la historia de la humanidad en la que surgen movimientos que exigen igualdad y justicia y que buscan una misma verdad para todos. Después de las personas cristianas, alentadas e impulsadas con tanta inteligencia por Pablo de Tarso, vinieron los personajes cristianos que destruyeron la idea motriz de aquellos primeros.
En el evangelio de Marcos no se citan detalles del nacimiento de Jesús, ni se menciona a José, porque aún no se habían elaborado estos detalles mitológicos. Yo visité Belén en varias ocasiones y por diferentes motivos que no vienen al caso. En una de ellas entré en la Basílica de La Natividad en la que se adora el lugar exacto en donde los cristianos dicen nació Jesús. Una habitación muy pequeña en la que hay un agujero en el suelo rodeado por una estrella de plata de catorce puntas junto a una pared altar, ante cuya visión los cristianos se sobrecogen tanto o más que en los lugares sagrados de Jerusalén. Con mucho respeto asistí a una misa en aquél cubículo cavernario y sin ningún respeto rechacé los frasquitos de aceite del Monte de los Olivos o la bolsita con astillas de árboles del mismo bosque del que se extraía la madera con la que se construyó la cruz en la que crucificaron al Salvador, que me ofrecían los monjes ortodoxos armenios que junto con otros católicos son los encargados de la custodia y mantenimiento del lugar. Pensé entonces que cómo fue que José no se procuró un mejor lugar para cuidar a su esposa e hijo que un pesebre helado, cuando tuvo en sus manos, al poco del nacimiento de su hijo putativo, el oro que le regalaron los reyes Magos, que por pequeña que fuera la cantidad era oro, según dice el evangelio de Mateo. Evangelio éste muy empeñado en demostrar a los hebreos que Jesús era el Mesías prometido y que para ello sabemos utilizó la conocida como “Septuaginta” (traducción griega del Antiguo Testamento hebreo), en la que venía mal traducido un texto de Isaías que dice que “en respuesta a una señal, una joven (almah, en hebreo) concebiría un niño que se llamaría Emmanuel”. La joven, dice la Septuaginta, sería virgen (betulah, en hebreo), parthenos, en griego, pero en el original hebreo no dice virgen, dice joven, no dice betulah, dice almah. Y simplemente por un error de traducción del griego, el judío Mateo afirma que Isaías decía que la madre de Dios sería virgen cuando concibiera a Jesús, Emmanuel. No hay por qué echarse las manos a la cabeza, esto de la historia de los mitos ha funcionado siempre así de caprichosamente. Joseph Smith, norteamericano restaurador de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, dijo haber tenido una experiencia espiritual según la cual recibió de las manos de un ángel llamado Moroni unas planchas de oro que contenían la escritura de los antiguos profetas de “las américas”, instruidos los nativos por el propio Jesús resucitado. Smith tradujo esas escrituras que aparecían en una especie de egipcio reformado y publicó la traducción como Libro de Mormón. Desde 1830 los mormones han ido creciendo hasta constituir una comunidad de seis millones de fieles esa traducción de Smith que a otros cristianos les produce espanto.
Lucas, el evangelista, también era colaborador de Pablo, viajaba con él y parece que recibió el encargo de su maestro de escribir la que parece más culta y bien redactada de las exégesis elegidas por las autoridades eclesiásticas siglos más tarde entre las cuatro por las que se debe regir un cristiano, porque había muchas, tan pseudoepigráficas como aquellas, pero que fueron rechazadas. También redactó los Hechos de los Apóstoles, entrevistas directas a los que decían haber conocido a Jesús. Lucas era de Antioquía, por lo tanto no era judío y no reformaba con su trabajo ninguna creencia personal. Juan, autor del cuarto evangelio cristiano (anónimo en principio), sí era judío y en sus escritos se nota que escribe para los no judíos, a los que han aceptado ya plenamente el carácter universal del mensaje divino de Jesús y la hermandad de la raza humana, hija toda ella, sin excepciones ni privilegios, de Dios. Juan, hijo del Zebedeo y hermano de Santiago el Mayor -en esa confusión de parentescos siempre presentes en torno a Jesús, parece que de propósito para no centrar o focalizar el asunto-, se consideraba a sí mismo como el predilecto de Jesús. En su evangelio se perciben muchas reescrituras e intervenciones posteriores a su redacción que le exculparían de ese atrevimiento tan poco fraternal. También es uno de los santos protectores de la francmasonería, cuyo festival se celebra el 24 de junio (san Juan Bautista) y el 27 de diciembre (san Juan Evangelista). Todos los textos míticos, cristianos o no, acaban siendo palimpsestos en los que han ido reescribiendo y borrándose los autores sucesivos. La diferencia de los evangelios de Marcos, Mateo y Lucas, llamados sinópticos, con el de Juan es tan grande que si Jesús hubiera enseñado lo que dicen los tres primeros no podía haber enseñado lo que dice el cuarto. Son dos Cristos diferentes.
Pero da igual todo esto, es inútil todo conocimiento y reflexión (después de Jesús toda ciencia es inútil, decía san Pablo), los cristianos parecen decididos a ignorar la verdad sobre el Jesús histórico que existió pero que nunca estuvo, de la misma manera que a los judíos parece no importarles el retraso de la venida de su Salvador, les va bien así a ambos, esperando unos y reinterpretando otros. Un judío israelí me decía en Tel Aviv que los cristianos no habían entendido nada de nada de los textos veterotestamentarios judíos en su Nuevo Testamento y me ponía varios ejemplos. En uno de ellos me contaba cómo los buenos judíos habían llegado a la conclusión de que no podían seguir engañando a sus semejantes en el comercio y que para evitarlo habían decidido que quizá fuera bueno acudir a la entrada de la sinagoga para, junto al templo, realizar sus ventas. Mira Yavhé, decía elevando las manos al cielo, cómo y por cuánto le vendo a este hombre un palomo, Tú sabes que a mí me costó dos shekels y que se lo ofrezco a Slomo en dos y dos décimos… y de repente apareció un enloquecido con una correa y empezó a azotarnos gritando, y tuvimos que salir huyendo…
(sigue en Últimas notas sobre Palestina)
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El interminable solitario de la memoria
“Pienso que las instituciones bancarias son más peligrosas para nuestras libertades que ejércitos enteros listos para el combate. Si el pueblo permite un día que los bancos privados controlen su moneda, los bancos y todas las instituciones que florecerán alrededor de los bancos privarán a las gentes de toda posesión, primero por medio de la inflación, enseguida por la recesión, hasta el día que sus hijos se levantarán sin casa y sin techo sobre la tierra que sus padres conquistaron”. Esto es muy viejo, todo un clásico. Lo dijo Thomas Jefferson en 1802 cuando era presidente de los EE.UU. Qué razón tenía el hombre, todo un profeta. Sí, ya sé que la caverna de este país me puede arrojar a la cara, por citarlo, que el autor de la Declaración de Independencia de los USA fue un ácrata desnortado que bebió sus fuentes, qué horror, en la Ilustración.
Un amigo “de provincias” ha desempolvado y me ha enviado este texto de uno de los Padres Fundadores, esa institución aparentemente tan respetada en Estados Unidos, junto con el comentario que le sugiere; aunque una cosa es traer a colación a esos padres y otra muy distinta reflexionar sobre sus enseñanzas y sacar conclusiones, válidas doscientos años después. O sea, ahora mismo.
Y yo, ácrata desnortada también, me robo el texto de mi amigo y lo uso como encabezamiento de esta larga letanía de lamentos, más propia de otras estaciones. Pero es que llueve y la lluvia en la ciudad es tristeza.
Estos son tiempos muy tristes compuestos a base de estupor, incomprensión e impotencia. Definitivamente los bancos y los mercados (las instituciones que según Jefferson estaban llamadas “a florecer” en torno a ellos) se han hecho con nuestra moneda y ya son demasiados los hijos que se están levantando “sin casa y sin techo” en la tierra de sus padres. Y es que, además, al mismo tiempo se ha ido inflando el globo de una suerte de fatalidad, un sentimiento resignado que hace que todos hablemos de la crisis y la forma en que nos afecta con un tono cada vez menos rebelde. Estamos viendo caer gobiernos y gobernantes (nos importen o no, nos merezcan respeto o desprecio) como caen los peones en el tablero cuando algún jugador hace un movimiento brusco; estamos viendo como los Estados abdican de su soberanía sin que a nadie se le mueva una pestaña. Estamos asistiendo al perverso proceso de que los pueblos asuman que ya no tienen nada qué decir sobre su destino porque les han robado el argumentario, que ha ido a parar a manos de los nuevos tecnócratas criados a los pechos de Goldman Sachs: se define como “uno de los mayores grupos de inversión del mundo” pero que también es un banco comercial gracias a la crisis, y ya ha cumplido más de 140 años quedándose con la moneda, y también el papel, de medio mundo.
Tristeza y melancolía, los tiempos son propicios, y una cierta nostalgia –el abismo en que se niegan a caer otros amigos– de algún pasado que, cada cual tendrá su opinión, lo siento, fue mejor sin esta presión incesante de ahora que nos machaca con definiciones y vaticinios apocalípticos, tan lejanos de la realidad cotidiana del común de los mortales –“monsieur, ou madame, tout le monde” le llaman los franceses- hecha de impotencia y falta de perspectiva a partes iguales. Nostalgia de tiempos si no felices, porque la felicidad son instantes, al menos de una cierta serenidad que, es sabido, te coloca una sonrisa en la cara y te ayuda a enfrentarte a mañana con la adrenalina en su sitio.
Nostalgia también de otros ácratas desnortados: más de treinta años sin Jacques Brel (Ne me quitte pas), treinta años sin Georges Brassens (Les copains d’abord), veinte años sin Yves Montand (Le temp des cerises), doce años sin Fabrizio de André (La canzone di Marinella), siete años sin Serge Reggiani (Ma liberté), siete años sin Giorgio Gaber (Destra-sinistra) … La banda sonora de mi vida. No es lo mismo oírles en la distancia tamizada de la ausencia.
Pero también Mina (E se domani), siempreviva, irreductible ácrata, y allá al fondo las sentencias de Borges (25 años sin él):
“Con el tiempo aprendemos que los besos no son contratos
y los regalos no son promesas
y así uno empieza a aceptar sus derrotas con la cabeza alta…”
el más realista de todos los escritores fantásticos que siempre tira hacia abajo, obliga a poner el pie en el suelo, a tocar tierra y recuperar los puntos cardinales que el desnorte te ha barajado y revuelto hasta hacerte ignorar quizá no de donde vienes pero en todo caso a donde vas…
Porque yo iba, al empezar estos folios –y digo folio sabiendo que yerro pero es que necesito sentir el vértigo de la hoja en blanco como un estímulo-, iba, digo, a hablarles de mi agenda, llena de agujeros negros de ausencia pero repleta de melancolías y nostalgias. Iba a hablar de Bandrés, el último, Juan Mari, tan vasco, azote de los tribunales franquistas tan tierno a veces, con el que compartí muchas charlas de aprendizaje y una pasión por las chocolatinas. Y de Labordeta, otro agujero negro, tan didáctico siempre y tan patriota de los de patria chica, al que reencontré en un pueblo casi perdido de Asturias cuando andaba por ahí con el país en la mochila; con el que me crucé tantas veces en Fuencarral, a la altura del Mercado, cuando vivía en casa de su hija y marchaba caminando hacia el Senado, a entretener con poemas y canciones a unas señorías muy aburridas. Y de Pilar Miró, el primero de los agujeros negros de mi agenda, compañera y tan amiga, Pilar como punto cardinal, referente manteniendo impertérrita el tipo y la mirada frente a la máquina del fango que, dice Roberto Saviano, es “el mecanismo con el que es posible difamar a cualquiera”.
Y, volviendo al principio, al principio de casi todo porque yo aún no tenía veinte años, quería hablar de una canción que necesitaba explicación. Llevaba el título “Un clair de lune à Maubege” y, es curioso, estos días he vuelto a oírla en una emisora que, sin duda, estaba resucitando espectros como hago yo ahora. A los que no conocían Maubege, que éramos el 99,99% de la ciudadanía, había que explicarles que es una ciudad situada al norte del norte de Francia, lindando con Bélgica, en la que es prácticamente imposible poder contemplar nunca un claro de luna porque llueve más de 300 días al año. Lo que, por esas latitudes, no es nada infrecuente. Sin saber bien por qué –o sin querer saberlo- asocio el “Claro de Luna en Maubege” con la irrupción de Oriana Fallaci en mi vida. Otro referente. Cuando toda la profesión periodística del país hubiera estado dispuesta a ir de rodillas a conocer al icono del periodismo mundial del momento, a mi me la trajo quien entonces era su fotógrafo preferido, más tarde mi marido y después ni una cosa ni otra. Una mujer realmente singular, inolvidable. Compartimos varios viajes en busca de entrevistados –me llevaban como traductora, muy mediocre entonces-, muchas horas de coche, conversaciones interminables y una noche imborrable en el hotel Alfonso XIII de Sevilla.
Como ambos protagonistas ya están muertos ahora puedo contar que en un pasillo Antonio Ordoñez, en pantalón de pijama azul cielo, dio una sonora bofetada a Oriana Fallaci, embutida en un camisón con encajes. No tengo ni idea de lo que había ocurrido antes en la habitación del famoso matador (y en este caso el sustantivo le va que ni hecho a posta) pero si sé que la periodista europea más seria y más famosa de aquellos años, y de muchos más años después, consiguió que saliera el macho que el torero llevaba dentro, y no tan dentro también, y su reacción fue más que instintiva, de una agresividad que no he olvidado. En ese momento yo estaba en el pasillo pero también estaba con ellos: habíamos pasado todo el día y parte de la noche juntos, haciendo una entrevista y un reportaje fotográfico. Todo había sido amable hasta entonces, bastante tópico también hay que decirlo: finca de amigos, plaza de toros, vaquillas, manzanilla, olivitas, gazpachito, flamenquito, palmitas... mucho diminutivo, como dejando constancia del círculo cerrado en que, por unas horas, se nos había admitido.
No recuerdo si Oriana volvió alguna otra vez. Sí recuerdo perfectamente que después compró una casa a sus padres en algún maravilloso rincón de la Toscana que no ubico en el mapa –el mismo campo toscano que recorría en bicicleta, en la guerra de su adolescencia, llevando a otros pueblos la propaganda comunista que le daba su padre, escondida entre la ropa y el cuerpo-, y les “regaló” también una niña pequeña: buscó una niña rubia y guapísima para que la adoptaran y no sintieran la ausencia de las tres hijas que entonces ya vivían en Milán. También recuerdo que pasé unos días de vacaciones viviendo en el molino que había acondicionado para invitados y que después Oriana -que venía de todas las guerras de Vietnam a México, donde le alcanzó un disparo en la Plaza de las Tres Culturas, que había entrevistado al poder en todas sus formas, del ayatolá Jomeini a Robert Kennedy, y a muchos otros personajes representativos de su tiempo - se fue a Grecia en busca de la resistencia a los coroneles y se enamoró de Alekos Panagulis, un héroe que murió en un oscuro accidente de automóvil. La muerte de Alekos cambió la visión del mundo de Oriana, viuda in pectore desde entonces, que lo inmortalizó en “Un uomo”, más que un libro un grito de amor y desesperación. A partir de entonces, y ya irremediablemente, Oriana pasó de periodista a personaje, se dedicó a escribir libros y luchar contra un cáncer de pulmón en Nueva York; cuando aparecía en los periódicos lo hacía en calidad de protagonista de la noticia.
No volví a verla nunca, como nunca fui a Brasil (donde me proponía que nos fugáramos un amor de juventud). Como nunca he ido a una fiesta de disfraces de adultos ni he patinado en una pista de hielo.
Enlaces:
- Informe 1: Arturo Pérez Reverte: De copias, robos, falsificaciones y plagios
- Informe 2: Agustín García Calvo y el futuro
- Informe 3: Chicho Sánchez Ferlosio y la Constitución
- Informe 4: El 15M, que es el presente
- Informe 5: La ciudad de los encuentros (1)
- Informe 6: La ciudad de los encuentros (2)
- Informe 7: La ciudad de los encuentros (3)
- Informe 8: La ciudad de los encuentros (4)
- Informe 9: La ciudad de los encuentros (5)
- Informe 10: La ciudad de los encuentros (6)
- Informe 11: La ciudad de los encuentros (7)
- Informe 12: La ciudad de los encuentros (8)
- Informe 13: La ciudad de los encuentros (9)
- Informe 14: La ciudad de los encuentros (10)
- Informe 15: Crónicas palestinas (1) Emiliano y Palestina: lo que existe y lo que está.
- Informe 16: Crónicas palestinas (2) En Jerusalén Dios existe por todas partes pero no está en ninguna.
