Crónicas palestinas
Octavio Colis
Teniendo en cuenta que en Jerusalén, de los siete días de la semana, tres son de celebración religiosa obligada: los viernes del Islam, el sábado judío y el domingo cristiano, y que las tres religiones monoteístas celebran multitud de fechas en las que se detiene el tiempo laboral en extravagantes ritos paródicos, uno camina siempre sorprendido entre autos de fe a cuál más espectacular.
La parte vieja, amurallada en todo su perímetro, es un poco la ciudad de Los Ángeles en la película Blade Runner, y si no perteneces a ninguna de las tres religiones, ni eres un verdadero turista vocacional, por fuerza te sientes un replicante perdido vagando por calles a veces abigarradas de gente y cosas, a veces vacías por un momento, que giran caprichosamente hacia derecha o izquierda, arriba o abajo, sumergidas en nubes de olores, no siempre de especias, y recorridas por grupos muy prietos de androides, cristianos generalmente –muy juntos, sobrecogidos y aplastados por el ojo del Supremo Hacedor suyo, que todo lo ve y en todas partes, aunque allí creo les parece tenerlo más cerca y de ahí su pusilánime asombro temeroso-, cruzándose con los jerusalamitanos árabes, casi siempre quietos y aparentemente ociosos, de pie frente a un portal, absortos en pensamientos indescifrables si no son comerciantes políglotas a la caza de compradores; o por religiosos vestidos de forma extraña, con tocados aparatosos, túnicas, batas acolchadas abotonadas con cristales semipreciosos, solideos, sombrerillos negros del que salen trenzas o patillas rizadas, o sombrerazos como ruedas de coche envueltas en piel. A veces he imaginado que el Hollywood intramuros debe de ser un remedo laico de este circo de representaciones y ensayos en el que los personajes se han olvidado de que lo son y van y vienen como sujetos normales extrañándose, o incluso enfadándose, del liviano y vulgar vestido de los que les visitan en camiseta, bermudas y playeras. Estas calles de trazado caprichoso y muchas veces absurdo se agrupan en cuatro barrios: armenio, el más pequeño y desgastado; musulmán, el más grande y sucio; cristiano el más visitado; y judío, el más limpio y feo; ocupando todos ellos juntos menos de un kilómetro cuadrado, recinto un poco más pequeño que el del parque de El Retiro madrileño, teniendo en cuenta que toda Palestina, con los territorios ocupados y por ocupar, no es más grande que Aragón.
Entre el barrio musulmán y el judío, ocupando una buena parte de ambos, está enclavado el Monte del Templo, un espacio de especial tensión político religiosa entre judíos e islámicos porque allí están varios e importantes lugares sagrados para ambos, míticos o inventados recientemente, fundamentalmente: el Muro de las Lamentaciones, atribuido al templo de Herodes (בית המקדש, Beit Hamikdash) por la mítica infame de los historiadores de la Palestine exploration Fund -y por los fanáticos sionistas que buscan sin descanso mamelucos y tumbas de profetas por todas partes, incluso por las que saben perfectamente que no los hallarán nunca-, cuando es evidente que los restos del muro son muy posteriores a la época de Herodes; la mezquita de Al Aqsa (المسجد الاقصى, Al-Masyid Al-Aqsa), tercera en importancia en el orbe musulmán y la Mezquita de La Roca ( قبة الصخرة Qubbat as-Sajra), con su cúpula de oro, regalado a los palestinos por Hussein de Jordania para tratar de reconciliarse con ellos por su flagrante traición tras la naqba (el desastroso éxodo palestino de 1948, después de la ocupación de sus tierras por Israel con la inestimable ayuda del monarca hachemita, entre otros). Esta cúpula resplandece día y noche a la luz del sol, la luna o las estrellas, y ha servido de imagen turística de Jerusalén en cientos de carteles a través del tiempo. Según la mitología islámica en esta mezquita se halla la piedra sobre la que Ibrahim (Abrahán para judíos y cristianos) estuvo a punto de sacrificar a Ismail (Ismael para judíos y cristianos) en el famoso pasaje sadomasoquista entre el iracundo dios de los tres (islámicos, cristianos y judíos) y el mítico Ibrahim, que no acabó en parricidio por los pelos, o porque “Dios no quiso”. Los islámicos creen que sobre esa roca inició el profeta Mahoma (sâllallahu ‘alâihi wa sâllam) su ascensión a los cielos hasta Alá (mi’râÿ o viaje nocturno), montado en un rocín blanco y alado, mitad burro y mitad asno, llamado Buraq, volviendo luego a la tierra después de haber orado con Ibrahim, Musa (Musisis, Muza, Moisés) y otros profetas. En algunas lecturas del Corán se advierte que este viaje de ida y vuelta de La Meca a Jerusalén y de Jerusalén al cielo y vuelta a La Meca, pudo ser un viaje místico, o soñado. La vieja ciudad, enclavada en Jerusalén Este, llamada por los judíos Yerushalayim, y por los árabes palestinos Al Quds, pertenece ahora a los israelíes porque la anexionaron a sus territorios tras la guerra de los Seis Días, el día 28 de Iyar de 5727, es decir el 7 de junio de 1967. Las murallas que circundan la ciudad fueron construidas en el siglo XVI durante el mandato de Suleimán el Magnífico sobre las construidas anteriormente por el imperio romano oriental en el siglo XI, que a su vez se construyeron sobre las trazadas y cimientos de murallas anteriores.
He descrito el barrio árabe de la vieja Jerusalén/Al Quds como el más sucio de los cuatro y no es una apreciación personal, sino una evidencia que cualquiera advierte al pasar por allí. Contra los muros de la parte interior de la muralla del barrio árabe se apilan casi siempre cientos de bolsas de basura, husmeados por ratas y cucarachas, porque la municipalidad jerusalamitana, por supuesto israelí, se olvida un día sí y otro también de recoger la basura de esa parte de la ciudad vieja que administra muy en contra de los vecinos no judíos, fundamentalmente en contra de los árabes, quienes, por cierto, cada vez son menos en Jerusalén ya que todos los natalicios que se producen desde hace años entre la población jerusalamitana árabe han de alumbrarse por ley en hospitales fuera del municipio de Jerusalén, de manera que los nuevos palestinos no son inscritos por las autoridades israelíes como ciudadanos de Jerusalén, aunque lo sean padre y madre y lo hayan sido todos sus antepasados, sino de las ciudades que la rodean, Al Bireh, Rammallah, Bethlehem, etc. De manera que dentro de algún tiempo cuando alguien pregunte por los derechos de los árabes en Jerusalén los israelíes podrán decir con razón: ¿árabes?... ¿qué árabes?, once upon a time…

Una noche fui a cenar a casa de la entonces embajadora de Costa Rica en Israel, Elena Flores de Qleibo, que por una de esas razones inescrutables de la diplomacia en general y de la costarricense en particular, tenía la sede de la embajada de Costa Rica en Jerusalén Oeste, y no en Tel Aviv, como todas las demás naciones del mundo, excepto El Salvador. Aunque su residencia particular estaba en Jerusalén Este, en la ciudad vieja. Yo estaba más interesado en su marido, Alí Qleibo, catedrático de antropología en una de las universidades árabes, creo que en la de Birzeit, porque había escrito en árabe y traducido al inglés un libro titulado Before the mountains desapear, del que me había hablado muy bien mi amigo Fayeq Husein, que fue quien consiguió la cita y la invitación a cenar. La casa de los Qleibo estaba cerca de la Puerta de Damasco, una de las siete puertas de la muralla, en una calle que cruza la cristiana Vía Dolorosa y la plaza del Austrian Hospice. Ocupaba dos plantas y terraza, y en ella habían instalado una gran mesa para cenar. Desde allí se veía muy cerca el espectáculo de la cúpula de oro de la mezquita, junto al Muro de las Lamentaciones, brillando a la luz espectral de Jerusalén y a la de la luna y las estrellas. Como todos los árabes, y muy especialmente los palestinos, Alí Qleibo era un anfitrión delicado y de una exquisitez difícil de encontrar en el mundo occidental. Había conseguido vino rioja para cenar, algo verdaderamente difícil en Palestina, ya que los israelíes elaboran y embotellan un cabernet sauvignon francamente desastroso (incluso Alexandre de Castellane estaría de acuerdo conmigo en esta apreciación) que ofrecen en restaurantes, tiendas y hoteles como quintaesencia de la habilidad vitivinícola hebrea. Como digo, la noche estaba estrellada (con el permiso correspondiente de las autoridades israelíes para que los astros brillaran también sobre Al Quds) y hasta la terraza llegaba un suave perfume de especias tostadas. Sésamo, dijo Alí. El aroma llegaba hasta allí desde una panadería cercana, lugar que enseguida me invitó Alí a conocer porque dijo era una tradicional panadería palestina que me iba a gustar. A pesar de que sólo había transcurrido una hora desde que llegamos a la casa, cuando bajamos de nuevo las calles me parecieron casi desiertas. Esta antigua panadería era francamente bonita y olía a cereales horneados o tostados, a dulces de pistacho, a miel, a leche de cabra y a especias. La presencia de Alí y Fayeq les impresionaba mucho a los panaderos y el maestro y dueño de la panadería pastelería me mostró y ofreció de todo con tanta ceremonia respetuosa que me hizo recordar a Ragueneau, el obsequioso pastelero poeta de Cyrano de Bergerac. Al salir me volvió a sorprender una escena que ya había observado antes. Algunos hombres árabes de mediana edad, apostados en las esquinas, casi como ladrones al acecho, recibían de vez en cuando y con grandes abrazos muy cariñosos a jóvenes cabizbajos. Me hizo pensar en los chaperos de Madrid y sus amantes ocasionales, le pregunté a Fayeq y él se rió, pero luego se puso muy serio. No, me dijo, son padres e hijos, o abuelos y nietos. Los mayores celebran la vuelta a casa de sus hijos o nietos, porque no se han unido, al menos esta noche, a la intifada clandestina, porque no se han comprometido aún más con la causa y las reivindicaciones palestinas y no han cometido la locura de ofrecerse incondicionalmente como comandos suicidas. Por eso los abrazan, porque podrán tenerlos en casa una noche más, y quizá la causa de la seriedad de los jóvenes dejándose abrazar es porque se consideran cobardes, porque no han encontrado la fuerza necesaria para entregarse a la muerte. Cuando entrábamos en el portal observé a un par de aquellos hombres mayores, solos tras una esquina, con la mirada tensa y desesperada puesta más allá, temblando porque parecía que los suyos no vendrían esa noche a casa. Fayeq me pasó el brazo por la espalda empujándome suavemente hacia el portal, vamos, dijo, y me apretó contra su hombro.
Durante la cena, Alí Qleibo nos leyó en árabe algunos pasajes de su libro, que Fayeq me traducía al inglés muy respetuosamente, en voz baja. Algunas veces se les humedecían los ojos a todos. Pero yo no podía dejar de pensar en los jóvenes palestinos víctimas del patriotismo terrorista, o del terrorismo patriota que le habían inculcado los locos de rabia de sus jefes. ¡Qué locura! Había conocido en campamentos de refugiados a algunos de estos pobres aprendices de asesino de ojos febriles y alegría falsa (parecida la mirada de Kiko Argüello, o a la de Marcial Maciel, ese sinvergüenza pervertidor de espíritus jóvenes, igual que la alegría falsa de los monjes rigoristas o a la falsa paz de los heroinómanos). Recuerdo que aquellos jóvenes obnubilados lucían orgullosos, colgada al cuello, una pequeña y barata llave de plástico blanco que los feroces vengadores, maestros inductores de estos ingenuos perversos, les habían regalado como símbolo de las llaves que les abrirían el Paraíso Eterno de Alá tras su suicidio asesino. “You… come here”, con un inglés que avergonzaba al mío me traducía Fayeq la lectura en árabe emocionado que Alí hacía de su libro. “If you really are a man, zalameh, show me your face! The street reverberated with the burst of enthusiastic applause downed the embarrassed laugther”. Después de un buen rato en silencio, Fayeq propuso el fin de la velada y la vuelta a casa. Su mujer, Elena, dijo que aprovechaba nuestra marcha para sacar a pasear al perrillo. Fayeq protestó con la mirada y luego, ya en el coche, me dijo que no soportaba a esta mujer que se comportaba en la ciudad vieja como si viviera en Manhattan porque, por si no era suficiente provocación mantener la embajada en Jerusalén, reconociendo con ello su país que era la capital de Israel, además se paseaba cada noche por la ciudad vieja con aquél perro ridículo meando en esas calles, espantando gatos y ratas como si fueran palomas. Probablemente aquél perro pequeño con el pelo recortado, lazos de colores y mirada asustada y nerviosa, era el único perro de la ciudad vieja. Algún día le van a dar un susto a esta mujer, no me explico cómo no se da cuenta de dónde está, dijo Fayeq muy enfadado mientras me llevaba al Hotel Meridian, que era en donde me hospedé en ese viaje. Volví a ver a Alí Qleibo algunas otras veces. Muy cerca de este hotel, en la Jerusalén árabe fuera ya de la ciudad vieja, al final de la calle Salahuddin -o Salaheddin, Salahaddin, etc., porque en el idioma árabe es muy difícil precisar las vocales- está el fabuloso American Colony Hotel, cerca también del oprobioso, agresivo y feo muro de hormigón que separa a los árabes de Jerusalén Oeste y que se prolonga de forma abusiva y denigrante durante varios kilómetros a través del territorio palestino. En ese histórico hotel, lujoso, precioso y enorme, se mantienen reuniones de todo tipo en los varios salones, restaurantes, y diferentes snack bar que hay abiertos al público no residente en el hotel. Allí nos gustaba ir a Pamela O´Malley y a mí a pasar los pocos ratos libres que teníamos y jugábamos a adivinar quién era quién. Espías, estafadores, banqueros, negociadores, diplomáticos, se sentaban a charlar durante horas en todos los idiomas del mundo, muy reservadamente a veces, y a grandes voces en español, creyendo que nadie les entendía en aquella babel de negocios e intrigas. Creo que en aquél hotel pasé los momentos más frívolos y divertidos, los únicos, durante los diferentes viajes que hice a Jerusalén en la década de los años noventa.
En el barrio judío de la ciudad vieja, el más limpio y feo de los cuatro, probablemente es en el único lugar del mundo en el que la municipalidad, israelí por supuesto, premia, celebra y subvenciona el derribo de edificios antiguos para la construcción de nuevos y horrorosos asentamientos urbanos. Y lo celebra, premia y subvenciona con mucha más alegría cuando el edificio a derribar es, además de antiguo, hermoso, o vestigio histórico que certifica la presencia árabe en ese lugar, y si reúne todas esas condiciones, la alegría y saña son entonces indescriptibles. Desde 1948 la Jerusalén judía ha ido creciendo ilegalmente, a costa del Al Quds palestino, hasta llegar a ocupar hoy veinte o treinta veces más territorio del que ocupaba entonces. Sin cumplir nunca con la multitud de resoluciones internacionales que condenan y prohíben este tipo de anexiones, especialmente la Resolución 252 de Naciones Unidas de 21 de mayo de 1968 y la 267 de 3 de julio de 1969, Israel ha continuado su política de judaización de la ciudad. Es cruelmente famosa la casa que se construyó allí Ariel Sharon en uno de esos edificios que perteneció a una familia árabe. Ni siquiera se preocupó de que revocaran la fachada del nuevo engendro arquitectónico, la última vez que vi el lugar seguía con los bloques de cemento gris, con ventanas sin marco, y sobre la terraza una alambrada de trinchera por la que asomaba la bandera de Israel. Por supuesto que Sharon nunca ha vivido allí, aunque se dejaba ver entrando y saliendo del edificio provocadoramente. Alrededor de ese asentamiento siempre hay soldados armados, vigilando con muy malos ojos a quienes posan la mirada en semejante sitio sitiado. Desde el 28 de junio de 1967, fecha en la que el gobierno de Israel confiscó los 116 dunums de la ciudad vieja, no han cesado estas prácticas cuyo único objetivo es la expulsión por las malas de los árabes de Jerusalén. En el barrio judío de la ciudad vieja, y en especial cuando te acercas a los lugares sagrados hebreos, no percibes espiritualidad alguna, sino ocupación militar, miedo y agresividad, miradas torvas que te hacen suponer pensamientos espeluznantes. No sé cómo imaginarán los judíos jerusalamitanos a Yavhé, pero no me extrañaría que lo imaginaran armado hasta los dientes. En cambio, en el barrio armenio, pequeño y desgastado, la existencia de Dios se percibe más apaciblemente, como si, de echarse el Supremo la siesta, lo hiciera aquí, tan ricamente. El barrio cristiano es más un parque temático cruzado por la Via Dolorosa, calle por la que he visto ese espectáculo que me ofende en nombre de los pocos cristianos que no se merecen esta farsa, o sí (es que estaba pensando en alguno de ellos concretamente) y que espero no la sufran nunca, o sí. Resulta que se alquilan unas cruces y coronas de espinas de diferentes tamaños y pesos con las que los turistas pasean muy recogidamente, generalmente, la experiencia de sentir lo que Cristo suponen sintió camino de su crucifixión, cosa que sucedió según algunos cristianos en un lugar y otros en otro lugar, por lo que durante la Semana Santa unos van a rezar a una parte y otros a otra, según creen murió aquí o allá. La Iglesia del Santo Sepulcro, o del Gólgota (del arameo: calavera), es un lugar visitado por todos los cristianos del orbe, que son muchos, y para ser como dicen ser, de una sola fide, “ya les vale”, como dice una sobrina mía. Éstos que digo, todos con capilla aparte y diferenciadas claramente las unas de las otras en la planta de arriba de la Iglesia del SS, es decir: católicos, ortodoxos, protestantes anglicanistas, o calvinistas, presbiterianos, baptistas y anabaptistas, envangélicos y evangelistas, congregacionistas, pentecostalistas, adventistas de un día u otro, pietistas, metodistas, puritanistas y separatistas, y, vaya, muchos otros movimientos de esta rama abrahámica y torrebabilónica del Único, son los más bullangueros e ignorantes de los fundamentos de su propia fe y textos bíblicos, como muy bien se puede observar cuando se habla con ellos, o in sanctus situ cuando sólo por un momento abandonan su actitud de turistas accidentales por la de personas accidentadas gravemente, pues los ves abrumados por su ignorancia y deslumbrados por la liturgia, que es lo único que les mantiene en pie. A veces, suele suceder con alguna frecuencia, la locura les hace confesar sus pecados en voz alta, a gritos o sollozando, clavados de rodillas frente a su capilla correspondiente y en los casos más graves se creen profetas repentinamente, y se los llevan en ambulancias.
En la ciudad vieja de Jerusalén, todos son mitos revueltos y confusos, se siente la existencia de Dios en las mentes agresivas o temerosas de los que están allí de paso, algo menos en los residentes, como creen los niños ver a Mickey en Disneyland, porque lo que resulta evidente es que existir existe, pero que no está.
Continuará en el Informe 17: Los lunes por la noche en el Café Estar: Jesús de Nazaret no nació en Belén.
Mercedes Arancibia
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El interminable solitario de la memoria
Estoy yo muy metida en mi papel de ama de casa –al que dedico no más de 37 minutos al día, porque a la vista de los resultados tampoco vale la pena más tiempo-, en este caso lavando algunas cosas muy personales que en la lavadora se quedan hechas un trapo y al mismo tiempo dialogando conmigo y diciéndome que esas reflexiones merecerían un salto hasta el ordenador, así que con guantes de latex y todo me pongo a escribir cuando caigo en la cuenta de que tengo unos tomates esperando a que los ase (porque si no tienen que ir de cabeza a la basura); dejo la escritura a medias y salgo disparada hacia la cocina donde pongo los tomates en disposición de pasar a mejor vida -literalmente ganan mucho una vez asados- y termino de una vez la sesión de colada interrumpida. Resultado, en menos de diez minutos he hecho cuatro cosas sin dejar el monólogo interior. ¿Alguien da más? Digo todo esto con retintín porque el otro día presumía delante de Octavio de hacer más de una cosa al mismo tiempo –que, como todo el mundo sabe y admite, es prerrogativa femenina- y como siempre tiene que ser “yo más” me dijo que él también. Así que, para chafarle, le conté que yo había hecho dos cosas al mismo tiempo y con la misma mano. Y, menos mal, qué respiro, dijo que a eso no llegaba.
Mi intención remota y confesada al meterme en esta aventura que compartimos de hablar de nuestras cosas, no es tanto hacer historia como algo de historia, dejar por si le sirve a alguien un retrato de las vivencias y contradicciones de una mujer que, como todas las de su generación, ha hecho el recorrido de la segunda mitad del siglo veinte y lo que va del veintiuno como ha podido, a trompicones, aprendiendo de cada hostia porque no había muchos maestros y estaba todo por hacer. Enamorada de Elena Fortún y Borita Casas, de Camus, Cortázar, Daniel Pennac y Sebald, Brassens-Brel-Ferré, Chillida y el Equipo Crónica, Cambalache, Nacha Guevara y Sur. Teororakis, Ute Lemper, Bob Dylan y Marianne Faithfull… porque cada descubrimiento es un amor. Enamorada también de un puñado de tipos, siempre equivocados y casi siempre sucesivos, aunque excepcionalmente paralelos. Y enamorada de París. París como ideal, como desideratum, como crisol de realidades y fantasías, de intuiciones y sueños, de un París que existe solo en mi imaginación y que, hace ya mucho tiempo, era la meta de todos los proyectos. Octavio me llama afrancesada y yo me siento bien en el adjetivo, me reconozco.
Releo estos días La izquierda exquisita de Tom Wolfe y aunque el escenario era el más snob de los Manhattan de la mitad de los años ’60, la reflexión sobre los dos niveles sentimentales de la progresía me parece tanto o más válido que entonces y aplicable a esta izquierda mía, esta izquierda nuestra blanda y fluctuante en las olas de la socialdemocracia, “preparada solo para tiempos felices”. Y no digamos nada a esa izquierda justamente francesa, gauche caviar, que estas últimas semanas se ha enfrentado a sus propios demonios obligada a renunciar a la fidelidad a un personaje como de novela mala, rico, famoso y con poder, que asalta periodistas en los despachos y camareras en las habitaciones de los hoteles y burla la justicia con la prepotencia que le confieren una carrera profesional y política siempre en las alturas y los millones de su mujer. En toda esa película que ha supuesto darse de narices con la realidad de que la gran esperanza blanca del socialismo francés no es otra cosa que un tipo cuyo comportamiento en el terreno de las pulsiones sexuales va desde el más que dudoso hasta el claramente agresivo, la izquierda más divina de todas las izquierdas europeas –la que se reconoce y es endógama en el reducto de la Escuela Normal Superior de París- ha vuelto a escenificar toda la tesis de Wolfe de los dos niveles: la defensa pública de los derechos de los más desfavorecidos, las minorías (que aquí y ahora no son los Panteras negras y los recolectores mexicanos de la uva californiana, sino los parados, los sin techo, los gitanos procedentes de Rumania y el fontanero polaco) y la obscena exhibición de la riqueza y el poder de uno de los suyos. Lo que pasa es que como la cosa ahora no está para despilfarros, porque la crisis se ha colado también en los espacios del privilegio, la gauche caviar lleva este año la misma americana Mao de hace una década; y como la mujer del César no solo tiene que serlo, sino también parecerlo, han vuelto a salir del fondo de los armarios las corbatas y las chaquetas rojas que habían cedido paso al minimalismo gris de los últimos tiempos.
También quiero, ahora que vamos bajando el cierre entre otras cosas porque las cosas que se empiezan conviene acabarlas para no arrastrar después más frustraciones que las inevitables, repescar algunas vivencias olvidadas, imágenes en blanco y negro, incluso sepia, de ese pasado que a mí me parece tan reciente, tan de ayer mismo, y que a las generaciones emergentes les suena a prehistoria. Un amigo de los que he perdido por el camino –y bien que lo siento- decía cuando alguien le recordaba que había tenido muchas novias (que era una cosa que pasaba antes de que el Sida y las crisis de todo tipo, también de valores, cambiaran los comportamientos). “Lo que pasa es que tengo muchos años”. Entonces algunos éramos así, simples y al grano: cuantos más años más novias, más tiempo para tener novias, ergo para disfrutar al máximo. De todo.
Pero, volviendo a las imágenes, a los momentos que quedan como una foto-fija en la memoria, me veo en vísperas de una navidad de los primeros ’70 como una espía escapada de El tercer hombre cruzando a pie la Puerta de Brandenburgo, en Berlín, para acudir a una cita con Mike Kennedy –no era Harry Lime, peccato-, berlinés del este, expatriado y solista de Los Bravos, que debía llevarme a casa de su madre para que hiciéramos un reportaje de esos tan agradecidos sobre las raíces de la estrella del pop. La famosísima puerta, protagonista de tantas historias de hombres llegados de un frío tan real como simbólico, separaba de verdad dos mundos: en occidente había luces navideñas en las calles, escaparates muy rojos y verdes rebosantes de lazos, dulces y juguetes, salones acogedores y muy iluminados detrás de unos almidonados visillos impolutos, había gente corriendo por la calle desafiando al frió envuelta en ropa de moda; al otro lado las farolas parpadeaban dejando sombras chinescas en la acera, cortinas gruesas y feas escondían el interior de las viviendas y los escaparates eran apenas ventanillas a la altura del hombro, con pocos y desordenados artículos a la venta: compré algunos juguetes, muy pobres y muy baratos, fabricados a base de madera, papel y algodón hidrófilo.
Estuve unas horas “en el otro lado”, andando arriba y abajo en un pedazo de calle para espantar el frío y para que nadie se acercara a preguntarme nada. El cantante rubio de La motocicleta no se dignó aparecer, ni muchos menos presentarme a su madre. Pasada de nuevo la puerta y de regreso al hotel, Alain Milhaud, francés y manager del grupo, me contó no sé qué milonga y me llevó al estudio donde la estrella del pop nacional grababa tampoco recuerdo qué. Fue un viaje absurdo en el que estuve a merced del capricho de un tipo alemán, cantante y seguramente embustero. Siempre he barajado la incertidumbre de que su historia fuera una impostura, una invención del incipiente marketing de aquellos años, que ni siquiera hubiera una madre, o al menos no allí donde fui a buscarla. A pesar del cabreo, comprensible ¿no?, el viaje fue educativo en el sentido de que aprendí que, por inesperado que te resulte, alguien puede creerse con suficientes atributos como atreverse a jugar con tu tiempo, tu dinero (no exactamente, creo recordar que aquel viaje lo pagaron a medias la revista Mundo Joven y la productora discográfica, pero en cualquier caso un dinero) y tus expectativas. Caprichos de estrella mimada, creo que dijo Milhaud, un señor muy listo y que entonces sabía de música más que nadie, en cuya casa yo había jugado de pequeña cuando el inquilino no era él sino una familia con muchos hijos –Rodríguez de Rivera- algunos de los cuales eran compañeros de patines en la Plaza de París.
Enlaces:
- Informe 1: Arturo Pérez Reverte: De copias, robos, falsificaciones y plagios
- Informe 2: Agustín García Calvo y el futuro
- Informe 3: Chicho Sánchez Ferlosio y la Constitución
- Informe 4: El 15M, que es el presente
- Informe 5: La ciudad de los encuentros (1)
- Informe 6: La ciudad de los encuentros (2)
- Informe 7: La ciudad de los encuentros (3)
- Informe 8: La ciudad de los encuentros (4)
- Informe 9: La ciudad de los encuentros (5)
- Informe 10: La ciudad de los encuentros (6)
- Informe 11: La ciudad de los encuentros (7)
- Informe 12: La ciudad de los encuentros (8)
- Informe 13: La ciudad de los encuentros (9)
- Informe 14: La ciudad de los encuentros (10)
- Informe 15: Crónicas palestinas (1) Emiliano y Palestina: lo que existe y lo que está.
- Informe 16: Crónicas palestinas (2) En Jerusalén Dios existe por todas partes pero no está en ninguna.

escrito por O. Colis, octubre 31, 2011
escrito por giacomo, octubre 29, 2011
saludos
escrito por O. Colis, octubre 26, 2011
escrito por norberto spagnuolo di nunzio, octubre 26, 2011