
Los lunes por la noche en el Café Estar
Octavio Colis
Mis amigos saben lo que me cuesta escribir de o sobre Palestina; puedo hablar de ello y, de hecho, en el Café Estar creo haberles entretenido alguna vez contado momentos de aquellos difíciles y extraños viajes, pero casi nunca he escrito sobre mis experiencias en el Creciente Fértil(1). Y pudiera ser que haya llegado la hora de que lo haga, o al menos de que lo intente, porque estamos en el momento de este “informe” en el que la memoria, tal y como la vamos presentado aquí Mercedes Arancibia y yo, se me aparece con el recuerdo y sensaciones muy concretas del abismo que se abrió en mi actividad artística desde que, a finales de los años 80, emprendí la aventura de aquella monografía sobre un hipotético san Millán de la Cogolla(2). Después de aquél trabajo no he vuelto a estampar ninguna serigrafía. La mesa, insoladora, secadora, pantallas y complementos del taller serigráfico que tuve durante diez años gracias a la ayuda de Julio Boromei(3) fueron a parar a un trastero en la casa de La Pesquera de Rosa Quintana y el acuarelista Alfonso Rodríguez Nates, y cuando los recuperé en 2003, en el traslado de mis aparejos de Hyde al nuevo taller de Méntrida, sólo monté la mesa de estampación, que utilizo desde entonces como mesa de dibujo. No creo que vuelva a estampar obra gráfica nunca más. Ni siquiera mi doctor Jeckill me imagina haciéndolo.
Aquél gigantesco trabajo monográfico me dejó vacío. Recuerdo que al finalizarlo tuve la necesidad de levantar la cabeza y mirar alrededor mío para percibir de nuevo el mundo cotidiano. Y vi que la vida estaba en otra parte, muy lejos. Ese momento debió ser en ciertos aspectos mi momento D, que nombraba Mercedes cuando indagaba en la entrega anterior sobre el día D en el que algunas cosas cambiaron radicalmente para ella. En 1988 había editado lo que considero ahora un ensayo para lo que fue la monografía de Emiliano: Naturaleza Muerta, la ascensión al Teide tal y como recuerdo me lo contó Antonio Lafuente. En aquél libro ensayé ese primer esbozo para un método de trabajo artísticamente diverso, en él comenzó lo que presenté casi seis años más tarde como monografía sobre la vida de un tal Emiliano de Bergegio. En principio traté de construir un relato utilizando tres dialectos de los muchos en los que se bifurca el mismo lenguaje (el arte): el literario, el plástico y el gráfico, para extenderme en una historia contada ya anteriormente por Braulio de Cesaracosta:Vita Beati Aemiliani; porque ésta era una de las condiciones del trabajo, contar de nuevo algo ya contado anteriormente, así había sido en Naturaleza Muerta. Pero “mi” Emiliano no sería como el Jesús davídico que siempre ES el que SERÁ y FUE según la teología cristiana católica, Huiòs tou Teou (Mc, 1.1), el Emiliano que yo quería componer no era san Millán, o no lo era todavía, y el tiempo y la historia que habitaba no eran consonantes (omoiusios) con su futura santidad, tiempo e historia divinos con la que sin embargo Braulio (un escritor de vidas de santos por encargo, que vivió en el siglo VII, y que era amigo del intrigante Isidoro de Sevilla) le hizo vivir en su relato para que “llegara a ser san Millán” (omoiousios). Tuve que refrescar y reforzar mi latín de bachiller y estudiar tanto y de manera tan esforzada la época y el cristianismo del siglo VI en la Tarraconensis, que se me quedaron aferradas a la cabeza ciertas fascinaciones sobre la mitología del Dios único y algunos razonamientos de lo que fue conveniente para su desarrollo teológico durante la expansión del mundo romano y de su imperio. Es asombroso cómo se dieron por ciertos aquellos devaneos y mutaciones sobre la existencia humana y la eternidad divina, añadiendo, mezclando y confundiendo los mitos del cristianismo con otros más antiguos. Nunca, ni antes ni después, tuve duda o interés alguno sobre el tema religioso, ni siquiera soy ateo, no pertenezco a ese contubernio mental ni padezco horror vacui, y me niego a la impostura de definirme por lo que no soy o por lo que no creo.
Cuando era niño iba con mi familia durante el mes de agosto a un parador, rodeado de robles y hayas, al pie de un vallejo cerca de Berceo y del pequeño y ruinoso, entonces, Monasterio de San Millán de Suso. Me impresionaba el guía que lo mostraba a los turistas, Tarsicio -quien luego fue una celebridad entre los riojanos-, por el fluido descaro, que yo entendía entonces como sabiduría, con el que aquel hombre hablaba del santo y de su tiempo, por cierto que lo hacía en euskera y castellano indistintamente. Íbamos mucho al monasterio, y yo jugaba con los fémures y tibias de monjes abades que asomaban al borde de las tumbas, o me metía en una oquedad que decía Tarsicio tenía propiedades sanadoras: nunca más dolería la cabeza a quien rezara con fe un padrenuestro con ella metida hasta los hombros en aquel agujero. Muchas tardes me perdía cuesta arriba entre fuentes, manantiales, helechos y recodos formados por árboles de cuento tan grandes que tapaban el cielo completamente y en algunas partes del camino parecía que había llegado la noche. Siempre iba con mi hermana Isabel, tres años menor que yo, y con otros niños veraneantes, hasta que nos encontraban los padres y volvíamos al parador donde unos hermanos de Bilbao cantaban en el comedor zortzicos y fragmentos de zarzuela y otros contaban historias sobre El Cid, los Siete Infantes de Lara, Ab der-Rahmán, los reyes de Navarra, o sobre un san Millán tan confuso como aparentemente cercano. Algunas mañanas nos bañábamos en las heladas aguas del río Cárdenas y cogíamos cangrejos. Siempre bajo los espectaculares Montes Idubedos, con el San Lorenzo como cima más alta, en cuya cumbre, los días despejados podía divisarse el golfo de Vizcaya. Recuerdo tormentas con mucho aparato eléctrico y sonoro, mientras el agua golpeaba con fuerza en los cristales de mi habitación ante mis ojos soñadores. Todos aquellos momentos de mi niñez en Berceo fueron haciéndose más claros a medida que me adentraba en el bosque de la vida de Emiliano y llegó a parecerme tan cercano como aquellos niños del pueblo que miraban de lejos a los veraneantes, sin acercarse nunca.

Como decía, al terminar la monografía me había quedado a modo residual una cierta necesidad por seguir investigando y estudiando el tema del mito religioso cristiano bimilenario que surgió en Palestina. Palestina me atraía y empecé a interesarme por aquél lugar tan remoto y desconocido para mí entonces. A principios de los 90 ya se habían desarrollado mucho las ONGd (ver siglas en la nota 4) y la AECI libraba un buen dinero del IRPF para subvencionar proyectos de este tipo de organizaciones españolas con las contrapartes de los países beneficiarios solicitantes. La APDH tenía un Comité para la Cuestión Palestina y comencé a asistir a algunas reuniones y me hice socio de la ACPP por ver si entretenía mi desorientación y hacía algo de provecho dada mi absoluta inmovilidad como presunto artista. Conocí a Pamela O´Malley, presidenta de la ACPP, muy reconocida en el mundo antifranquista. A su alrededor siempre había personas afines a los partidos de izquierda descontentos con el zorrocotronquismo crónico del PCE y su aversión patológica a la propia reconversión y adaptación a los tiempos, considerada cuando menos por los “comunistas auténticos” como inadmisible revisionismo burgués de los izquierdismos progresistas o acratismos muy propios de los frívolos bien intencionados aunque evidentemente equivocados. En la calle Espoz y Mina el partido Izquierda Socialista compartía oficina con la ACPP, aunque poco tiempo después Pamela y los suyos se pasaron a la calle Santa Isabel, a un piso enorme y bien instalado. Todavía en Espoz y Mina, al muy poco de haber llegado yo, me propusieron viajar a Al-Bireh, una localidad cercana a Ramallah, en Cisjordania, o West Bank, como la denominan los propios palestinos, para asistir como traductor a uno de los miembros del comité directivo de la organización que me proponía el viaje. La contraparte con la que se iba a negociar era el PRCS, que en aquellos momentos hacía un poco las funciones de ministerio de la salud palestino en aquel incipiente consejo de la ANP. No voy a dar nombres de personas, excepto los de los que han terminado por ser amigos, porque no sé a si a algunos les interesaría verse aquí, lo que quiere decir también que a mí tampoco me gustaría recordarlos más de lo necesario. Hay otro tipo de prudencias que aconsejan este tipo de discreciones.

De modo que mi primer viaje a Palestina lo hice como traductor simultáneo en las negociaciones que mi acompañante tendría que desarrollar en Al-Bireh con los miembros directivos del PRCS, a propósito de ciertos proyectos referentes a salud primaria. Trabajo para el que yo no estaba preparado en absoluto porque, en primer lugar, mi inglés estaba enmohecido tras los casi veinte años que habían pasado desde que viví en UK; porque las negociaciones se llevaban con palestinos que aunque hablaban un inglés perfecto me costó acostumbrarme a sus peculiaridades y al de los términos sanitarios y médicos, y porque el manejo de siglas, cantidades en moneda israelí -el shekel, que había que convertir al dólar y a la peseta constantemente-, cronogramas de actuación muy precisos, y tantos por ciento, aritmética ésta muy variante y titubeante para las ONG; todo ello junto y a la vez me obligaba a hacer un esfuerzo gigantesco y agotador. En Jerusalén encontramos a un colaborador de Iepala, Hans Devos, un joven belga encantador que se hospedaba en el Hotel Palestina, muy próximo al nuestro, el Meridian, mucho más convencional, pero muy cerca de la Orient House Building, lugar en el que la ANP pretendía fijar entonces su residencia en Al Quds o Jerusalén Este. Hans entendió perfectamente las enormes dificultades con las que yo tropezaba constantemente y me ayudó mucho a llevarlo mejor. Estábamos a mediados de otoño de 1993 y sobre Jerusalén se extendía un velo ingrávido a través del que veíamos las estrellas titilando dubitativas en el cielo oscuro, como si no estuvieran seguras de tener permiso de las autoridades israelíes para hacerlo. Ésta fue mi primera impresión en Palestina, nada debía suceder en los TTOO sin el permiso expreso de los israelíes. Pero, para ellos, para los israelíes, así como para los que defienden su política, el asunto no había comenzado en mayo de 1948 (justamente entonces nacía yo), cuando Ben Gurión declaró el Estado de Israel forzando la nakba palestina que llevó a decenas de miles de habitantes de aquellas tierras a huir abandonando sus casas, pueblos enteros en algunos casos, acogidos provisionalmente, hasta hoy mismo, en campamentos de refugiados inhumanos y masivos (en algunos campamentos de Gaza hay hasta 50.000 habitantes por kilómetro cuadrado) implementados por la UNRWA con esa condición inherente de provisionalidad que tienen este tipo de instalaciones y que las hace tan terribles e insalubres, más en este caso, 63 años y varias generaciones después. No, para esta gente, el asunto empezó por la tozudez y ambición de algunos merodeadores árabes, autodenominados palestinos, por aprovecharse del milagro israelí que prometía convertir esa tierra seca e inhóspita en sucesivos vergeles de paz y amor… para ellos, para los judíos, porque era y es condición indispensable para que el gobierno israelí te asigne un lugar en el que vivir en aquellas tierras (en los famosos e ilegales settlements repartidos por toda la geografía palestina) que demuestres tu condición judía, y ésta sólo la da la madre, la madre que te parió.

Es decir que para ser y estar en la Palestina ocupada por Israel tienes que tener algún Tarsicio, judío, por supuesto, que te proclame. Existir existen los palestinos (aunque hasta se les discute que se llamen palestinos), pero para ser y estar allí, además, hay que tener algunos otros atributos selectivos que demuestren, uno a uno y en fila ordenada, que no se es parte de una leyenda o mito, aparición extemporánea extrajera o agente islámico de los Hermanos Musulmanes. Porque existir existir, solamente, también existen los dragones, los atlantes, las meigas, Diana cazadora o la Triada Capitolina, porque han existido alguna vez como si hubieran estado, pero estar estar, lo que se dice estar, o sea: ser, ser palestino material e indiscutiblemente, hay que demostrárselo a los que dan esa autenticidad de habitante palestino, que son siempre judíos de madre judía. Y para éstos nada sucedió en el pasado en este lugar fuera de lo que figura en los textos veterotestamentarios, sus textos de referencia. Y todo lo acontecido durante los siglos XIX, XX y XXI, no son sino anexos a la historia hebrea en Palestina, como trata de demostrar, año tras año a través de la ciencia moderna, el Palestine exploration Fund, y mantienen por la razón de la fuerza los Judas Macabeos sucesivos, desarrollando una política de Estado Judío con ciudadanos judíos que han de aceptar sin fisuras que Palestina no ha sido durante cinco milenios sino el lugar de los mensajes divinos de Abraham. Pero lo que subyace en el presunto compromiso entre los israelíes y "su" Palestina no es ya la instalación masiva de judíos en este lugar tan fantasmagóricamente heteróclito, ni siquiera el desarrollo de un Estado de David fuerte y próspero, sino la preservación de una tierra, Reino de Dios al fin y al cabo, que acogerá antes o después la llegada del Ser Supremo, superobjetivo con el que, desde los tiempos de Theodor Herlz, el sionismo internacional ha tratado de acabar con lo que no es sino su particular nacionalismo criptogenético errante, apelando al deber religioso (Mitzva) de conquistar la tierra contra el enemigo. Y el enemigo existe y está, y son, según ellos y los que comprenden ese nacionalismo errante, los árabes que pretenden Palestina sin derecho alguno, ya que, como dijo Golda Mier: Este país existe como realización de una promesa hecha por el propio Dios. Sería ridículo pedirle cuentas sobre su legitimidad (Le Monde, 15 de octubre de 1971).
Seguiré con todo esto que existe o está en Palestina, en la próxima entrega: Dios existe, pero no está en Palestina.
Notas del autor:
(1) En la introducción a mi libro Cuaderno de Logroño (editado por COAATR, Logroño, 2008) escribí lo siguiente: “El procedimiento con el que he diseñado, escrito y dibujado este Cuaderno de Logroño (y antes, en 2001, CMAARV, Cuaderno de Rivas Vaciamadrid en el Parque del Sureste), lo utilicé por primera vez a principios de los años 90 para poder ordenar todos los apuntes, notas, dibujos de cuaderno e ideas que iba recogiendo a través del Creciente Fértil durante mis viajes a la región. A pesar de que han pasado ya tantos años, y después de varias reescrituras, correcciones e intentos de dar lo hecho por definitivo, no me siento preparado para publicar de una vez Cuaderno de Palestina; los graves acontecimientos que se suceden allí sin cesar me hacen sentir un inmenso pudor que, por no poder reencauzarlo como debiera saber hacer un artista, ha dado con el libro en un cajón. Últimamente, Hany Faydi me ha propuesto traducirlo al árabe y no sé si, aún así, acabará el libro publicándose”.
(2) Todo lo concerniente a aquél intenso trabajo está recogido fundamentalmente, gracias a mi amigo Rafael Lassaletta, en el libro Apéndice para la monografía sobre la Vida de Emiliano de Bergegio (IME-Isla Muga Ediciones, Colección heterodoxos, Madrid 1994; prólogo de Javier Sádaba y epílogo musical de Luis Fatás); también en el catálogo editado ese mismo año por la Dirección General de Bellas Artes y Archivos: Monografía sobre la Vida de Emiliano de Bergegio. Octavio Colis: Obra literaria, gráfica y plástica (introducciones de Rosario de Casso, comisaria de las sucesivas exposiciones de aquella obra -inauguradas en 1994 en la sala Julio González del antiguo Museo de Arte Contemporáneo de Madrid, luego Antropológico-, y de Marcos Ricardo Barnatán, Gonzalo Torrente Ballester y Miguel Valle Inclán); y muy especialmente en el que llamé códice de Emiliano, voluminoso libro de arte, serigrafiado, 71 ejemplares, cuya elaboración me entretuvo día a día un año entero, ayudado por tres alumnos, María José Gándara, Roberto Cendoya y Alberto Gómez (Taller Tasser de Laredo), con los que realicé, tanto en su taller como en el mío de la calle Monteleón de Madrid, las treinta serigrafías encartadas, más la portada, dibujos y portadillas interiores, trabajando finalmente con Armando Durante y su hijo Mariano Durante, en su taller del barrio del Pilar de Madrid, estampando todas las capitulares y el texto que contiene el libro.
(3) Ver Madrid: La ciudad de los encuentros (8).
(4) ONGd (Organización No Gubernamental para el desarrollo); AECI (Agencia Española de Cooperación Internacional); APDH (Asociación Pro Derechos Humanos); ACPP (Asamblea de Cooperación Por la Paz); PRCS (Palestine Red Crescent Society); ANP (Autoridad Nacional Palestina); IEPALA (Instituto de Estudios Políticos para América Latina y África); TTOO (Territorios Ocupados); UNRWA (United Nations Relief and Works Agency, en este caso: PRNE, for Palestine Refugees in the Near East).
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El interminable solitario de la memoria
Mercedes Arancibia
Lo mismo que Octavio dice que va a hablar de Palestina y luego se larga por los cerros riojanos y nos cuenta una inextricable historia totum revolotum de bucólicas hazañas infantiles, en las que con su hermana Isabel se me asemejan a los niños de la casa de la pradera o Hansel y Gretel, y artista maduro atrapado en su propias circunstancias –que en este caso no son la empresa, que decía Anciones- yo había pensado escribir acerca de la última década y mis variadas militancias, Le Monde diplomatique, Reporteros sin Fronteras… Sí, LMD también era una militancia, o lo fue en mi caso; creí estar trabajando en ese periódico de izquierdas que tanto había idealizado y resultó que no era exactamente así: de nuevo un empresario me dejó en la calle, con el agravante de que éste también era amigo; o lo parecía. Y conviene tener en cuenta que cada vez que me despedían yo tenía más años, ergo muchas menos probabilidades de encontrar otro trabajo. De hecho aquel fue mi último contrato como periodista…y, ni eso. Al llegar a Magistratura para el apaño de rigor resultó que me habían contratado como auxiliar administrativo y por un salario muy inferior al que realmente cobraba.
Lo que sí saqué de aquella historia fue un trabajo como traductora de Reporters sans frontières (en francés, porque era con el equipo de París), del que he vivido algo más de la última década y que –como no podía ser de otra manera- también terminó de malas maneras: esta vez no me echaron, me engañaron, me dijeron que iba a compartir las traducciones con otra persona, me lo escribieron en una carta incluso, y de golpe y porrazo -¡y cómo de porrazo!- dejaron de enviarme textos para traducir y pasé de tener un salario decente a no disponer de un solo euro para subsistir; pasé de hablar a diario con una persona que parecía amable y con la que intercambiaba comentarios e incluso chistes, al más negro de los silencios, el de un teléfono que no sonaba, un correo electrónico vacío. Y a convertirme en pobre, casi un excluido. Naturalmente solo existía un contrato verbal porque éramos todos una ONG, todos muy progresistas, todos muy solidarios. La forma en que me maltrataron “los franceses” no tiene nada que ver con la actitud de los compañeros españoles de RSF, junto a los cuales sigo militando en defensa de la libertad de expresión e información. Aquello era un trabajo, esto es un gesto voluntario del que me siento muy satisfecha.
Y, ahora que la cosa va de despidos, si no lo cuento reviento. En estos días he coincidido con Marisa Ciriza en la presentación de un libro y me ha recordado que la primera vez que me/nos echaron a las dos, junto con Tina Blanco, de TVE, fue por recoger dinero para las familias de los detenidos de Comisiones Obreras del “proceso 1001”. Lo había olvidado completamente. Siempre que he hablado de ello achacaba el infortunio a la misoginia de unos cuantos colegas y jefes, nada amigos. Ella recuerda incluso las palabras casi exactas con que amenacé a un tal Pons con tener que hacer la calle por su culpa. Se reía contándolo.
Como aquí ya vamos echando el cierre, porque lo hemos contado casi todo, yo también voy a recuperar algunos olvidos nada intencionados, para evitar que se conviertan en tiempo perdido; por eso no quiero demorar más el modesto homenaje que todo el tiempo he estado pensando en rendir a mi desconocido abuelo Francisco –Paco- Martín Caballero, periodista andaluz con enormes bigotes en mitad de una cara simpática que se casó con la sobrina del dueño (mi abuela), tuvo un hijo (mi padre) y enseguida se murió, al parecer del secreto mejor guardado de la familia, una sífilis de la que nunca ha hablado nadie; lo que sabemos, que no es más que lo que acabo de escribir, es el cotilleo de un primo al que vemos muy poco. Mi abuelo no escribía especialmente bien aunque era correcto, ni se distinguió en la elección de los personajes, pero da la impresión de haber sido un trabajador decente que hizo lo que pudo entrevistando a una serie de personajes de principios del siglo XX –del tipo de los hermanos Alvarez Quintero, por poner un ejemplo, todo muy folclore, patria chica y olé- y con ellos compuso y editó un libro –Vidas Ajenas- que resulta ser el primero de entrevistas publicado en el país (1903). Así que va por él, de quien nadie habló casi nunca, a quien nadie recuerda, y del que solo quedan un par de retratos de esos horribles, de estudio, muy posados y muy falsos, y un friso de mármol, cuya fotografía es la portada del libro, colgado en la pared del salón de casa de mi madre.

Y mira por donde encontró no solo un título brillante y muy explicativo para su obra sino que dio con un título afortunado, en el sentido de que ha hecho fortuna… y camino: yo he encontrado al menos otras tres “creaciones” que lo han retomado entre el siglo pasado y el actual: una novela de Emmanuel Carrère, otra de Angel Rupérez y una película de 2004 dirigida por un tal D.J.Caruso e interpretada por Angelina Jolie y Etham Hawke, que la publicidad dice que va de una agente del FBI muy sexy…
Así que aquí queda el homenaje al abuelo no solo desconocido, también ignorado. Y a otra cosa.
Como contar, por ejemplo, la terrible sensación mezcla de rabia, impotencia, miedo y desolación que nos inunda literalmente cuando un día regresamos a casa y descubrimos que “han entrado”. No es ninguna situación especial, le ha ocurrido a la mayor parte de las personas que conozco; pero sí es una situación inesperada que implica una enorme violencia, y que probablemente se parece mucho a la de ser violado (sin el horror propiamente físico, naturalmente). Porque cuando alguien entra en tu casa sin permiso y sin llamar a la puerta, cuando revuelve tus cajones, esparce tu ropa y tus libros por todo el larguísimo pasillo, mete las manos en la caja de colorines donde guardas algunas baratijas, nostalgias de la infancia y recuerdos de países y gentes, y se lleva unos gemelos solo chapados en oro que fueron de tu padre y una sortija infantil, infinitamente pequeña regalo de comunión que un antiguo novio te dejó en prenda al esfumarse, es como si unas garras hubieran hurgado en tus entrañas y se hubieran apoderado de una parte de tu pasado, imposible de recuperar. Cuando alguien entra sin preguntar, coge lo que ve y se lo lleva sin dejar rastro, esas cosas pierden el valor material que tenían para pasar a ser el vacío de unos sentimientos inaprensibles, durmientes tanto tiempo, a los que la violencia ha devuelto todo su sentido. Y entonces es cuando yo siento miedo, pánico incluso. Porque si algo consigue desestabilizarme es la violencia, mucho más gratuita.
Tampoco querría poner punto final a todo este batiburrillo de recuerdos y melancolías varias que han sido mis coloquios/monólogos, según el día y si llueve o no, con Octavio, -y en los que he intentado contar lo vivido y presenciado sin asomarme al “terrible abismo de la memoria” por el que Carlos Tena confesaba sentir horror vacui- sin dejar constancia de una verdad de perogrullo que escuché en alguna conversación perdida y conviene no olvidar en estos tiempos de mestizaje: que cuando estamos en el extranjero –que es algo en lo que yo siempre encuentro un placer enorme- los extranjeros somos nosotros. Intentamos fundirnos, incluso confundirnos, con las calles y las gentes, movernos con la mayor soltura del mundo por las esquinas y los sentimientos, hasta que de pronto caemos en la cuenta de que acabamos de chirriar. Y es entonces cuando sabemos que, por extraño que nos parezca, somos “el otro”. O sea, que una vez más todo es relativo y depende no solo del cristal sino también del ángulo de visión; que casi siempre las cosas no son lo que parecen y que por qué narices seguimos empeñándonos en que la vida y las personas sean como querríamos que fueran.
Enlaces:
- Informe 1: Arturo Pérez Reverte: De copias, robos, falsificaciones y plagios
- Informe 2: Agustín García Calvo y el futuro
- Informe 3: Chicho Sánchez Ferlosio y la Constitución
- Informe 4: El 15M, que es el presente
- Informe 5: La ciudad de los encuentros (1)
- Informe 6: La ciudad de los encuentros (2)
- Informe 7: La ciudad de los encuentros (3)
- Informe 8: La ciudad de los encuentros (4)
- Informe 9: La ciudad de los encuentros (5)
- Informe 10: La ciudad de los encuentros (6)
- Informe 11: La ciudad de los encuentros (7)
- Informe 12: La ciudad de los encuentros (8)
- Informe 13: La ciudad de los encuentros (9)
- Informe 14: La ciudad de los encuentros (10)
- Informe 15: Crónicas palestinas (1) Emiliano y Palestina: lo que existe y lo que está.
- Informe 16: Crónicas palestinas (2) En Jerusalén Dios existe por todas partes pero no está en ninguna.
