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Ocatvio Colis

Viniendo de Orduña, aún entretenido el pensamiento con la imagen de ese valle hermoso salpicado de pequeñas casitas de tejados rojos que se ven desde la ventanilla del tren, allí, muy abajo, tan pequeñas que parecen delicadas maquetas, entramos en el Gran Bilbao por Basauri. Todo lo que he ido viendo desde hace un buen rato tiene la belleza modesta y recia de los paisajes vascos. El tren está traqueteando, parece que rodara a saltos entre piedras y obstáculos. Hace muchos años, además de traqueteos secos y chirridos de todo tipo, graves o agudos, temblorosos o bruscos, los trenes jadeaban como si realmente les costara un esfuerzo enorme pasar por aquí. Siempre me ha gustado imaginar cómo sería el paisaje de los lugares en los que ahora hay carreteras, puentes, vías férreas, e imagino aquí un lugar boscoso en un valle bajo y húmedo, atravesado por dos ríos, el Nervión y el Ibaizabal, que fue poblando sus alrededores de industrias florecientes, pero de aspecto racionalista hosco y grasiento, tan lejano al colorido de la huerta y la industria agropecuaria y que cuando, a causa de las sucesivas crisis industriales, se fueron vaciando de actividad y de gente dejaron este aspecto desolado que veo ahora: edificios abandonados, siempre con los cristales rotos, con ese aspecto terrible que tienen las poblaciones recientemente bombardeadas. Seguramente hay otro Basauri, quedarán cerca de aquí restos de aquél lugar que fue rural hasta la industrialización de finales del XIX, cuando empezó a llenarse de edificios de actividad ruidosa e incesante y también de miles de emigrantes venidos de toda España. Hay un Basauri ciudadano que he visto sólo en fotos, porque el tren pasa por donde pasa y esto que veo ahora es todo lo que podemos ver (ver en todos los sentidos) los viajeros camino de Bilbao, viajando de sur a norte. Aquí empieza también la división del Gran Bilbao. El río Ibaizabal ha venido hasta aquí atravesando el Duranguesado para encontrarse con el Nervión que al poco de su nacimiento salta, literalmente, huyendo de la Cordillera Cantábrica, atravesando el valle de Délica en dirección noreste hasta Basauri. Y juntas aquí sus aguas, se dirigen ahora en un solo curso y cauce hacia la industrial Santurce y la residencial Getxo, a ambos lados de la bahía, dejando dividido Bilbao en dos partes.

Entramos chiflando por ese tajo profundo que conduce a la estación de altos muros de granito inclinados hacia la ciudad, que queda arriba. Veo sobre el muro, en escorzo a mi izquierda, la calle Hurtado de Amézaga, con sus edificios de siempre, rehabilitados en colores suaves, elegantes, y enseguida entramos en la estación de Abando. En Bilbao dicen mucho: elegante, al menos lo dicen más que en otros lugares. En Logroño, por ejemplo, que es de donde venimos ahora, dicen con mucha frecuencia: confort, confortable. Podría ser que en Logroño las cosas están bien cuando son confortables y en Bilbao cuando son elegantes. Podría ser. Recuerdo que cuando vivíamos en Escocia entendí que los escoceses calificaban de “para toda la vida” todo aquello que creían estaba bien. La estación está en obras y ahora se llama Abando-Indalecio Prieto, pero alzo la vista sobre el aluminio y los plásticos de los andamios y veo el magnífico mural vidriera costumbrista en todo su esplendor colorista. Hace tiempo que desapareció el restaurante Colavidas que estaba junto a los andenes, ahora hay otro con el mismo nombre a la entrada de la estación por abajo, pero no tiene nada que ver, aquél otro era elegante. Siempre he pensado que en esta estación hay algo de los trazados geométricos imposibles de Escher, porque resulta que cuando entras ves la ciudad arriba, claramente arriba, y luego resulta que caminas por el andén hacia la salida y bajo la vidriera empiezan una serie de escaleras mecánicas que te llevan abajo, a la calle, y apareces junto a la parada de taxis que hay al principio de la calle Hurtado de Amézaga que has visto antes arriba. Nunca he querido resolver esta paradoja de mi apreciación espacial porque cuando llego a Bilbao en tren me gusta sentirme un personaje dibujado subiendo y bajando por planos inclinados imposibles. Casi en la esquina con la plaza Circular empieza la cola de los taxis. Hoy no hay mucha demanda, así que nos quedamos un rato fumando, viendo a la gente yendo de un lado a otro. Observo el edificio enorme de cristales rosa que hay enfrente, al otro lado de la calle, creo que pertenece a un banco, y pienso que se ha acostumbrado a estar allí y ya no destaca tanto, parece de Bilbao de toda la vida.

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Pasa la gente junto a nosotros, ya no visten con la uniformidad con la que los veía hacerlo hace muchos años, cuando los hombres elegantes siempre llevaban algo de la camisería sastrería Echegaray, en La Gran Vía, algo azul sobrio, y chubasquero inglés, paraguas, siempre negro, zapatos con suela de tocino, para la lluvia; o los obreros con el aspecto inconfundible que les prestaba trabajar en alguna fundición o industria portuaria; o los recién llegados de algún caserío, siempre bajo txapela. Ellas solían llevar permanente teñida y cardada y vestidos con lazo en la pechera, muy serias y correctas pero con muchos abalorios, y se diría que recién salidas de misa; o con las mangas de la blusa arremangadas como los leñadores, acompañando a los de txapela y pelliza. Seguramente muchos de los que vemos pasar ahora no son de aquí, no son ni bilbainos ni vascos, ni siquiera españoles. Pero como sucede con el gran edificio de cristales rosa, dentro de poco será difícil clasificarles como no vascos. Cuando el lehendakari dice en sus discursos: vascos y vascas, no sé en quién estará pensando. El internacionalismo es la ruina del nacionalismo. Por fin tomamos un taxi y le decimos que nos lleve a Guecho, a la Avenida del Ángel, y el hombre tiene que salir del taxi y preguntarle a un compañero porque, nos dice, le han robado el GPS. Pero lo dice bien, en Bilbao la gente es muy amable y simpática, siempre lo ha sido. En general, me refiero. En euskera Guecho se dice aproximadamente Guecho, pero se escribe Getxo. El taxista nos lleva por una ruta de túneles que no conocía y el lugar al que nos dirigimos queda lejos, a unos 20 euros. Nos hospedamos en el Hotel Maitena, pequeño y encantador, se anuncia, y lleva razón, muy cerca de la casa de Mercedes y Nuria, que estuvieron este agosto pasando unos días en nuestra dacha de Méntrida, con el perro Bruno y la gatita sin nombre. El hotel y la casa de nuestras amigas están en el barrio de Santa María de Getxo, en la parte que fue origen del municipio que se amplió más tarde con los barrios de Algorta, Neguri y Las Arenas que junto con Romo forman el conjunto de la localidad vizcaína. Cerca tienen las playas de Azcorri-Gorrondatxe, Ereaga, Las Arenas, La Bola, Tunelboca, la playa del Puerto Viejo y La Salvaje-Barinatxe, y desde las campas que hay sobre la playa de Arrigunaga vemos por la noche El Abra, una incisión en la costa denominada bahía porque es más grande que una cala, pero más pequeña que un golfo, en la que se extiende el Gran Puerto de Bilbao, enorme, lleno de luces que repican en el agua. Al norte de El Abra vemos volar constantemente aviones que vienen hacia los aeropuertos de Sondika y Loiu. Hace calor, seguimos en la extraña prolongación ésta del veranillo del santo.

Bilbao y los bilbotarras tienen una tristeza esencial relativamente antigua que me recuerda a la savoiana que he percibido en Torino y los torineses; es una tristeza de derrotado que está en la madre de sus recuerdos más que en la genética de sus aspiraciones frustradas, pues no llega a tanto ni la tristeza, ni la pretendida genética nacionalista. Bilbao, como Torino, vio frustradas sus aspiraciones imperiales en el siglo XIX, quedando ambas como ciudades importantes pero subsidiarias de otras, Madrid y Roma respectivamente. El caso de Barcelona es algo más antiguo y su frustración corre peligro de aferrarse al recuerdo de los barceloneses en datos difusos y turbios como quedan el pánico a las arañas o a las serpientes en el ADN de los humanos desde los tiempos de las cavernas en los que las rocas protegían la entrada de los grandes depredadores a las cuevas donde pernoctaban los cavernícolas, pero que no lograban hacerlo con los arácnidos ni con los ofidios que se podían colar por las ranuras sin que roca alguna supusiera obstáculo insalvable. Así, por esto, el miedo de algunos humanos y la repugnancia por los seres pequeños y en muchas ocasiones realmente indefensos e inofensivos. Dice Mercedes Arancibia que la subjetividad es más humana que la objetividad, y que ésta será inhumana hasta que el ser humano sea objeto y no sujeto, y será esto, digo yo, porque la objetividad está en la cultura del sujeto y no en su ser natural, ni en su sentimiento, que es la cultura del corazón. Los últimos burgundios también odiaban a los godos en general y a los visigodos en particular, sin que pudieran precisar el origen de ese odio cerval obsesivo con el que acabaron desapareciendo como grupo definido y quizá por ello. Giacomo Casanova escribió en su libro Histoire de ma vie sobre esa tendencia de los barceloneses a desconfiar e incluso a odiar a los madrileños por causas remotas que ni siquiera eran capaces de enumerar ordenadamente y de las que los madrileños, hasta la llegada de las rivalidades futbolísticas, siempre se desentendieron olímpicamente, bien porque su nacionalismo no era madrileñista o porque no se sentían ni ganadores ni perdedores por ser madrileños, ni tampoco como grupo nacional. En el caso de Bilbao, la tristeza, devenida en nacionalismo restringido, viene fundamentalmente de la cabezonería y estupidez del pretendiente don Carlos en tomar Bilbao cuando sus pretensiones hubieran estado más cerca de cumplirse si hubiese marchado sobre Madrid derrotando a las tropas imperiales, nunca había estado tan cerca de poder lograrlo, como recomendaba fervientemente su más eficaz general, Tomás de Zumalacárregui, quien además murió accidentalmente en ese intento de toma de Bilbao dejando al pretendiente solo y desamparado, pues Zumalacárregui había zurrado hasta entonces a todos los estrategas militares que se le oponían en nombre de la heredera al trono que pretendía por ley y fuerza este don Carlos María Isidro de Borbón. A partir de la muerte del Tío Tomás los palos y derrotas empezaron a abundar entre los carlistas hasta su derrota final. A las aspiraciones del infante se habían unido las pretensiones forales de navarros y vascos y la de todos los devenidos en nacionalistas que rebuscaban en la memoria febril de sus míticas nacionalidades derechos consuetudinarios irrenunciables, y también, cómo no iban a estar ellos, los oscuros tejemanejes del clero que veía el liberalismo de la corte madrileña como una antesala del infierno y, sobre todo, del fin de sus privilegios sectarios y abusivos. El reconocimiento de sus errores y la literatura oral popular que comenzó desde su derrota facilitaron ese resquemor bilbaíno por lo que pudo haber sido, pero no fue. Y tras la guerra civil de 1936, un siglo después de la carlista, el general generalísimo Franco hizo el resto, hostigando, maltratando, encarcelando, torturando, asesinando a la población vasca que consideraba sospechosa de sedición, prohibiendo y persiguiendo el euskera de tal forma que, en justicia, los abertzales vascos más irracionales, subjetivos y delirantes debieran elevarle un monumento frente al mismo edificio del Euskadi Buru Batzar, junto a Sabino Arana, porque nadie hizo tanto por la vuelta del radicalismo vasco irracional, subjetivo, delirante y antiespañol desde los tristes tiempos de las imbecilidades carlistas y de los cruzados de la causa del carlismo, como ese gallego infame.

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Y después de escribir: “gallego” reconozco que en ningún sitio me resulto yo a mí mismo tan extraño, en lo que llamamos España, como en Galicia. Debe de ser porque los gallegos son muy suyos, es decir: nada míos, y digo yo que será por lo poco que ha pasado la gente por allí históricamente, y las pocas influencias reconocibles que han dejado “los otros”, los no gallegos, porque, la verdad, nadie pasó nunca por Galicia, porque o vas a Galicia o no vas a Galicia, pero pasar se pasa poco como no sea para coger un barco y huir de España. Lo de los peregrinos que van a visitar a Santiago a la tumba de Prisciliano es otra cosa, van obnubilados, soñando con ovejas mecánicas, como los replicantes Nexus-6 en Blade Runner y dejan más bien poco. En cambio, Logroño fue siempre, desde su creación como burgo con fortaleza y puente sobre el Ebro, un punto confluyente en un pasillo geográfico por el que cruzaba todo el mundo. Los que pasaban por allí se quedaban un tiempo, saqueaban todo lo que podían y reemprendían camino dejando a los logroñeses abandonados y desprotegidos tras sus inútiles empalizadas hasta la siguiente visita cortés que volvía a hacerse cargo de la defensa de los logroñeses frente a otros bagaudas, mientras saqueaba la ciudad a manos llenas. Vamos, lo normal. En realidad los visitantes dejaban también poco en Logroño, más bien se lo llevaban, pero en otro sentido que en Galicia. Bilbao y, en general Euskadi, o Euskal Herria, que a mí me da igual, me resulta más familiar y conocido que otros lugares, más español, quiero decir, lo que tampoco quiere decir mucho. Bilbao fue la primera ciudad que conocí viajando yo solo. Llegué desde Santander en un tren de FEVE, la red de ferrocarriles españoles de vía estrecha que recorre el Cantábrico y que también se adentra en el interior, que era, y es todavía, de una estrechez y lentitud tal que te podías bajar en marcha y volver a montar en varios tramos del recorrido. Las ventanillas y puertas iban todas abiertas y el aire me revolvía la ropa y el pelo al atravesar el vagón en el que entraban ramas de los arbustos y hojas de los árboles que había junto a las vías; por todas partes se respiraba el olor de la máquina y del mar, y yo iba feliz. Tenía entonces dieciséis años. Tardamos varias horas en hacer un recorrido de no mucho más de cien kilómetros. Y llegué a la estación de La Concordia, que se asoma a la ría, entonces oscura y pestilente, frente al Teatro Arriaga, muy cerca de la estación de Abando. Me hospedé en casa de un amigo logroñés que tenía allí a sus abuelos, cerca de la plaza de Indautxu, en el corazón de lo que era entonces la zona residencial de la burguesía bilbaína en las calles Rodríguez Arias, Máximo Aguirre, Ercilla, Iparraguirre, Licenciado Poza. Hoy, desde estas campas getxotarras, como las llama Nuria, casi cincuenta años después, veo y pienso todo lo que ha cambiado Bilbao y el área metropolitana del Gran Bilbao desde entonces, entre otras causas, sin duda, por la aparición de ese edificio tan singular que es el Museo Guggenheim que le ha dado otra vista y nueva vida cultural a Bilbao, a pesar de las protestas provincianas que suscitó durante su construcción, y también porque tras la desindustrialización del área, toda la ría se ha visto favorecida (en algún sentido y para nada en otros) por construcciones nuevas que hace a los bilbaínos mirar hacia allí con otros ojos.

Después de aquél primer viaje he llegado a Bilbao de todas las maneras posibles: además de en coche particular lo he hecho en autobuses, trenes, aviones y barcos, he llegado desde el sur, el norte, el este y el oeste y todas las veces me ha dado mucha alegría hacerlo. Quizá lo de los planos imposibles de Escher me suceda por mi forma de tratar de ver Bilbao un poco machadianamente, como cuando he escrito nada más empezar este relato: “…la belleza modesta y recia de los paisajes vascos”, que además de una cursilería me parece ahora un poco la explicación del por qué de mi situación paradójica espacial cuando entro en esta ciudad hecho un dibujo bidimensional. En aquél primer viaje conocí a un muchacho nervioso y amable, un poco mayor que yo, que me enseñó la ciudad que él quería que viera y que quizá yo nunca he querido ver. Me prestó libros de poetas vascos y un día estuvimos leyéndolos en voz alta cerca de la Alhóndiga, que apestaba a etanol ácido, en una placita que él llamaba la plaza de la loca por una historia muy lorquiana acerca de una mujer despechada y abandonada que se sentaba allí a esperar al amor de su vida, que había desaparecido muchos años atrás. El día que me iba de vuelta a Logroño, me fui a despedir de él a su casa en la Alameda de San Mamés. Subí las escaleras corriendo, y al llegar al cuarto piso salió la madre de Xabi, que así se llamaba mi reciente amigo, que me estaba esperando junto a la puerta del piso con cara de preocupación. Me tomó por los hombros. ¿Dónde está Xabi?, me preguntó muy alarmada. No sé, dije, creí que estaba aquí. ¿Qué ha pasado? Nada, que yo sepa. ¿Y por qué corres? Entonces yo no sabía nada de abertzalismo, ni de clandestinidad, y era evidente que la madre de Xabi me confundía con otro. ¿Pero tú no eres… cómo te llamas? Volví a ver alguna vez más a Xabi, hasta que le perdí la pista, un poco antes de que se la perdiera también la policía. Después, poco tiempo después, comencé a venir a Bilbao siguiendo a la chica con la que viajo hoy, que vivía en la calle Estraunza, cerca del precioso parque romántico de Doña Casilda en el que está el Museo de Bellas Artes, que siempre me ha gustado mucho. Xabi me hablaba de justicia y de derecho natural de la misma manera que lo hubiera hecho un jacobino iusnaturalista: el método es lícito si son justos los objetivos, la violencia es justa como resultado histórico cuando la legalidad de los medios la establece y sanciona únicamente la violencia de la justicia del Estado. En el reino de los fines, donde unos ven terroristas otros ven patriotas. En este sentido escribió Walter Benjamin, en 1920, un interesante opúsculo Crítica de la violencia (Zur Kritik der Gewalt), para la revista Archiv für Sozialwissenchaft, y que yo he leído en la traducción de Héctor Murena para EBN. El autor reflexiona en este escrito sobre ley y violencia, y me hubiera encantado haberlo leído a mediados de los años 60 para haber podido discutir con Xabi con más firmes argumentos que los que me dictaba entonces mi pura e ignorante intuición. En él habla Benjamin de la violencia mítica que se apoya en la justicia pura que proviene de Dios: “De nuevo están a disposición de la violencia divina todas las formas eternas que el mito ha bastardeado con el derecho”.

Durante algún tiempo me hospedé en mis visitas a Bilbao en todas o casi todas las pensiones y hostales de la calle de La Amistad y en algunas de las Siete Calles. Compartí habitación por una noche, pero muchas veces, con borrachos y vagabundos, con estudiantes de paso y con viajantes que me mostraban su extraña mercancía en habitaciones pobres y destartaladas. Una vez cené el día de Nochebuena en uno de aquellos hostales en los que sólo había gente triste, solitaria y de paso, me dieron de postre un polvorón y yo me reía porque a mí no me afectaba nada, era tan joven que no entendía el valor de las cosas, aún ni siquiera era un dibujo caminando por planos paradójicos. Conocí a Luis María Iturri y su grupo de teatro, Akelarre; a Juan Carlos Eguillor, que ha muerto esta primavera y que entonces publicaba en El Correo su famosa tira de Mari Aguirre; a Javier Galíndez, quien acaba de tener una nieta, porque ahora los amigos no tienen hijos, tienen nietos. Javier es un fantástico decorador amigo de Dora con la que conocí el Drugstore de Banderas de Vizcaya y en la misma calle el Bluesville y Galerías Grises, que exhibía arte cinético. Allí expuso Armando Durante cuando vivía en París y era artista de la Galería Denise René y yo todavía no lo conocía, ni a él ni al arte cinético. En uno de los bares de moda en las Siete Calles tuve colgados hace mucho tiempo dibujos que me compró Leonor Ibíñaga… Con el tiempo he conocido otros hoteles, el Ercilla, el Carlton, en donde me dijo Jordi Costa que Els Joglars montaba allí unas fiestorras tremendas pero que, desde que lo han reconvertido, nada de nada. En fin, me dispongo a dibujar ahora en mi cuaderno de dibujos perdidos, sentado en la terraza de La Alhóndiga, edificio que han rehabilitado recientemente para el comercio y el ocio. Todos estos lugares recuperados tienen algo de decorado de película de ciencia ficción, muros de ladrillo viejo, acero y cristal, maderas resistentes, luces estratégicas. Ya no huele a vino podrido, claro está, y las casas que veo desde la terraza están repintadas, la loca habrá muerto hace muchos años y no sé qué habrá sido de Xabi, siempre me fijo en las fotografías de los más buscados, pero han pasado tantos años… me gustaría comentarle ahora algunos poemas de Blas de Otero, de aquellos tan tristes que leímos en la plaza de la loca en voz alta…

-Mañana me voy a Laredo, un poco extramuros de Bilbao, por mucho que se enfaden mis amigos cántabros.

-Dora se va mañana a París con Mercedes y Nuria, y nos encontraremos en Laredo la semana que viene.

-No me gustan los dibujos que he hecho de la Alhóndiga o desde la Alhóndiga, me voy a dibujar al parque de Doña Casilda y a pasear por la ría.

-Me fascina la enorme pinza roja del puente de La Salve que parece que prende el titanio del Guggenheim para que no se escape. El pasado y el futuro amarrados a la orilla de la ría, juntos para siempre. Todo pasa y todo queda.

-Empecé este viaje con Machado en la cabeza y me voy con Machado, pero con menos equipaje, desarmado y triste, ¿será por empatía con los bilbaínos o por mi natural apetencia sensorial, tan corriente? Creo que he recuperado el plano natural, ahora ya no soy un dibujo bidimensional, espero que sea sólo transitorio, porque sería una pena.

Octavio Colis Aguirre, septiembre de 2011.

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