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Octavio Colis

En su excelente artículo Holocausto judío: la vergüenza del Siglo XX, Francisco Rodríguez Pastoriza se pregunta cómo pudo ser posible que sucediera lo que sucedió con los judíos durante el III Reich.

Aparte la fascinación internacional que produjo al principio el nazismo de Hitler, el antijudaísmo cotidiano promovido por el nacionalsocialismo en toda Alemania y jaleado y perpetrado impunemente a pie de calle por las Hitlerjugend (Juventudes hitlerianas) o la S.A. (Sección de Asalto del Partido) creaban un clima de excepcionalidad por el que en algunas ocasiones se ha tratado de exculpar la pasividad de la población alemana, atemorizada hasta la cobardía. Pero, ¿fueron los alemanes, incluido el disciplinado ejército alemán, la Wehrmacht, cómplices o víctimas de los planes de Hitler y sus secuaces?

Yo creo que nos cuesta mucho admitir que ni aquella represión sistemática hacia la población judía, además de contra comunistas y otros grupos, ni los campos de exterminio hubieran sido posibles sin la complicidad de la sociedad civil alemana, de esos millones de campesinos, funcionarios, maestros, médicos, artistas, libreros, tenderos, escritores, obreros, comerciantes, abogados, religiosos de profesión, asistentes sociales, industriales, periodistas… entre los que se encontraban gran cantidad de delatores, oficiales o espontáneos, a sueldo o vocacionales, principal instrumento de toda represión generalizada en cualquier época y en cualquier parte. La verdadera represión nacionalsocialista comenzaba en los pupitres de los colegios, y continuaba en el trabajo, en las calles, en los patios de vecindad, en la vida cotidiana, todo alemán sabía que su experiencia personal, evidente o secreta, era y debía ser ejemplo nacionalsocialista para todos o atenerse a las consecuencias.

Los Lager (campos de concentración) fueron en realidad instalaciones piloto en las que se ensayaba el futuro para Europa y para los europeos según los planes nazis. Las siniestras frases a la entrada de Auschwitz y Buchenwald: “El trabajo hace libre” y “A cada cual lo suyo”, eran preceptos de las nuevas tablas de la ley dictadas por los nuevos jefes, en las que el esclavo -el detenido, por las razones que fuera, era un esclavo privado de todo derecho- se convertirá en un ser vencido y abyecto (que se sentirá vencido y abyecto) porque no sólo habrá perdido la libertad, sino que pronto dejará de desearla y después de llegar a odiarla con todas sus fuerzas, finalmente la olvidará.

Los seres humanos no hemos cambiado mucho desde las épocas remotas de la violencia épica y seguimos perpetrando o justificando crímenes horribles tras la máscara del héroe, del honor y el orgullo patrio, de la fidelidad a una idea o del amor a Dios.

Seguramente, F. R. Pastoriza, como yo mismo, a juzgar por lo que hemos hecho en el tiempo que nos ha tocado vivir (quiero decir por lo que he hecho yo y deduzco ha debido de hacer él), de haber vivido en Alemania en aquellos tiempos de vileza y exterminio generalizado, nos hubiéramos significado luchando como hubiéramos podido o nos hubieran indicado los resistentes contra el fascismo nazi y hasta es posible que hubiésemos pagado por ello con la propia vida, y es un suponer nada descabellado, desde luego es un suponer más honroso que el silencio y la cobardía cómplices.

Estando yo a mediados de los años 90 en Cisjordania, más concretamente comiendo en casa de Riad Malki cerca de Al-Bireh, me avisó un contacto de la organización israelí Against Demolition, de la demolición que se había producido en ese momento de una casa palestina, una más, que el día anterior habíamos fotografiado porque tenía pintada en la puerta con spray azul la Estrella de David, marca que generalmente indicaba a los propietarios árabes que corrían serio peligro de perder la casa muy próximamente. Cuando llegamos pudimos ver el estado de las ruinas y asistir al llanto inconsolable de la familia palestina que trataba de rescatar algo de entre aquella pasta de tierra, ladrillos y objetos que había en el lugar en el que poco antes había estado su hogar.

La misma estupefacción e indignación que me hubiera provocado el conocimiento y experiencia in situ de las tropelías nazis en aquella Alemania me produce ahora el abuso sistemático de las autoridades israelíes en tierras palestinas, que se prolonga ya desde hace 63 años. Y aún antes ya había comenzado.

Cuando, en pleno Mandato Británico en Palestina y a propósito de la búsqueda de una cierta salida poblacional digna para el pueblo judío errante, el acomplejado gobierno inglés publicó el 17 de mayo de 1939 The Mac Donald White paper, las organizaciones militares y paramilitares sionistas (la Haganah de Ben Gurión; la Irgun de Begin; y el grupo Stern de Shamir) montaron en cólera y propugnaron otra solución, que llamaron también “solución final: expulsar o masacrar a los palestinos”. El 9 de junio de 1942, lord Moyne, secretario de Estado inglés en El Cairo, declaró ante la Cámara de los Lores que los judíos no eran los descendientes de los antiguos hebreos y que no había motivo para que reivindicaran legítimamente Tierra Santa, por lo que aconsejaba moderar la inmigración a Palestina preservando a la población no judía del área, como recomendaba la Declaración Balfour. Fue acusado de ser un enemigo implacable de la causa hebrea (Isaac Zaar: Rescue and liberation: America´s part in the birth of Israël) y el 6 de noviembre de 1944 abatido en El Cairo por dos miembros del grupo Stern de Yitzhak Shamir. Pocos días después, Winston Churchill, primer ministro del Reino Unido, declaraba ante la Cámara de los Comunes: Si nuestros sueños por el sionismo tienen que evaporarse en el humo de las pistolas de asesinos, y si nuestros esfuerzos por su porvenir han producido una nueva banda de gansters, dignos de la Alemania nazi, serán muchos los que, al igual que yo, reconsiderarán la actitud que siempre tuvimos. Si existe esperanza en un futuro pacífico para el sionismo, tienen que cesar estas malditas actividades, y aquellos que son los responsables de las mismas tienen que ser juzgados.

El antiguo director del departamento de colonización de la Agencia Judía, Joseph Weitz, escribía años más tarde (tras la guerra palestina de 1967): Para nosotros está claro que en este país no hay lugar para dos pueblos. La única solución es el Eretz-Israël y no hay más remedio que transferir a los árabes a los países vecinos (citado por Chomsky: Israël-jews and Palestinian arabs).

En cierto modo, el sionismo radical internacional y el comportamiento de los sucesivos gobiernos israelíes hacen muy difícil sentir simpatía alguna por los descendientes de aquellos judíos que tanto sufrieron. Aunque también, como entonces, la comunidad internacional no sabe, no contesta… y la población israelí, la mayor parte de esos campesinos, funcionarios, maestros, médicos, artistas, libreros, tenderos, escritores, obreros, comerciantes, abogados, religiosos de profesión, asistentes sociales, industriales, periodistas… que viven en los territorios ocupados, tampoco dicen nada.

¿Cómo es posible?

Comentarios (2)Add Comment
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víctimas y verdugos
escrito por O. Colis, enero 31, 2012
Sí, bueno, Javier, pero como decía mi amigo Jesús Aparicio: "que yo sea un paranoico no quiere decir que no me estén persiguiendo". Por otra parte, los seres humanos somos víctimas y verdugos de nosotros mismos.
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escrito por Javier, enero 31, 2012
A mí lo de los israelíes me suena al complejo de "víctima", que por otro me da la sensación de que es bastante común. Como si en contrapartida por sus sufrimientos se creyeran que están legitimados para hacer cualquier cosa que se les cruce por la cabeza. Lo mismo que los nazis, en realidad, "víctimas" en la Gran Guerra de la paz de Versalles. Desde ese posicionamiento victimista hasta las acciones más viles se las pueden presentar a sí mismos como derecho de autodefensa, por más que éstas no dejen de responder a simples intereses.

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