feten-2013

Nunci de León

Algunos han tachado los cuentos tradicionales de excesivamente duros, exagerados, crueles. Y mirados con los ojos de hoy, escandalizarían hasta a un adulto, pues estaban (pienso en la época en que accedí a ellos por primera vez) llenos de personajes terribles: ogros, madrastras, y lo que es peor aún, padres que maltrataban a sus hijos... Pensemos en los múltiples y variados "malos" que acechan a Pinocchio queriendo acabar con él en el cuento de carlo Collodi, uno de los más largamente reeditados, ilustrados y representados en las artes plásticas a lo largo de los siglos. Sin embargo, todos nos hemos educado con ellos y no hemos salido psicópatas ni asesinos en serie, afirma Marina Mayoral. Al contrario, gracias a los mitos creados por Perrault, los hermanos Grimm, Andersen... conocimos de una forma fantástica y en cabeza ajena (lo que nos permitía sentirnos a salvo en el regazo de nuestros padres o de nuestros abuelos), que el mal existe: Que el incesto, el asesinato, el robo, la astucia, el engaño y tantas otras lacras, existían en el mundo y que, como los héroes de los cuentos, teníamos que sobrevivir a ellos.

Y eso era iniciático, educativo, bueno, nos preparaba para la vida sin destruir nuestro medio, nos hacía sentirnos más seguros y protegidos que antes gracias a ellos, al mismo tiempo que oyéndolos se desataba nuestra imaginación y el gusto por la narración. ¿Que nadie aprende en cabeza ajena? Es posible. Pero nos los creíamos completamente, la imaginación de un niño es portentosa, éramos verdaderas esponjas e incluso llorábamos con las desgracias de nuestros héroes a la vez que nos sentíamos tranquilos y seguros.

Todos los que somos de pueblo hemos oído de niños relatos sobre aparecidos, muertos que volvían del más allá para pedir cuentas. Y es cierto que nos estremecíamos de miedo, teníamos pesadillas pero esperábamos ansiosamente la noche para que en torno al fuego y entre las rodillas de los adultos, se reanudara el relato. Cuanto más escalofriante, mejor. Se puede ver en esto algo parecido a una desviación, creo que no. Nos imponía respeto la oscuridad, que podía estar muy poblada, más quizás que la luz del pleno día. De esta manera que acabo de exponer piensan, además de Marina Mayoral, a quien oí en una conferencia, muchos otros autores y escritores que han escrito e investigado sobre el tema: Ana María Matute, la propia Carmen Martín Gaite y todos los que he visto hacer de ellos su base de trabajo al dedicarse al teatro infantil y a la ilustración de libros.

En efecto, Marina Mayoral, Ana María Matute, la propia Carmen Martín Gaite, quien murió abrazada a sus cuadernos de infancia, llenos de duendes y de lobos feroces, sabían lo educativos que son los cuentos tradicionales y los grandes gourmets que son sus destinatarios, los niños, para detectar una buena narración: ¡No hay quien los engañe! -Eso no me gusta, eso no es -dicen si se les cambia algo soltando la mano del que les cuenta y que cree que los puede engañar-. Eso no pega.

No se dejan engañar como los adultos. Sin embargo, en vez de aprender de ellos, los atontamos con maquinitas y botoncitos, dice el propio José Sacristán, con palabras tal vez de Miguel Delibes, que acusa lo enclenques que nos estamos volviendo con tanto botoncito y tanto prevenirnos de todo. ¿Qué niño cabalga hoy en día sobre un palo pintado creyéndose un jinete?

Ni siquiera los filósofos hablan hoy en día del dolor, de la enfermedad, y mucho menos de la muerte. Aunque convivimos con ella a diario, se la nombra siempre de una forma distanciada, a través de pantallas que la convierten en un espectáculo mediático. Ya no se vela a los muertos (el último que vi en unos vecinos gitanos aún me hiela la sangre) y los modernos tanatorios pretenden convertirla en un jardín de mármol totalmente aséptico. Es impúdica la manifestación del dolor, hay que contenerse y llorar de noche o a solas. Y la literatura destinada a los niños refleja esa asepsia con que se los quiere proteger.

Walter Benjamin, a quien preocupó mucho el tema del miedo como iniciación, decía que Kafka era como el niño de un cuento que había ido a buscar el miedo. Veía en sus narraciones el antídoto del genio contra el miedo, la vacuna con que el escritor había querido prevenirlo metiéndose de lleno en él. Por si alguna vez llegaba de veras, supongo. Sus narraciones, con el denominación común de claustrofóbicas (El Castillo, El Escarabajo...) serían, según Benjamin, experimentos para combatirlo desde dentro antes de que el miedo lo sorprendiera. (Esta aportación se la debo a Juan Mayorga, mi profesor en tiempos.)

No hay duda de que el sentirse querido durante la infancia fortalece, crea como una especie de costra de seguridad que, al mismo tiempo que dota de una gran curiosidad investigadora y participativa, protege también para el futuro. A este propósito el actor Joan Font, cabeza de Els Comediants y autor del libro para niños "El libro del día y de la noche", cuenta cómo él de niño era de una gran curiosidad, que luego le ha servido mucho en su oficio, y que, al ser de pueblo, se metía por todas partes para bailar, representar, aprender en una palabra.

Es la tesis de la película "La vida es bella" de Roberto Begnini, donde a toda costa se protege al niño del dolor, de la visión misma del dolor y de las realidades dolorosas. Así es como se fortalece al niño engañándolo y se fortalece también el adulto, que saca fuerzas de flaqueza para proteger al niño. Pero lo malo de esta extraordinaria película es que, como ocurre en el cine de hoy, la crudeza se le oculta también al espectador, para quien simplemente se representa una historia de amor paterno-filial, que no es poco por otra parte. La sociedad nuestra en general está de acuerdo con estas tesis: Se oculta el dolor, hay hospitales para cubrir el dolor de eufemismos, tanatorios donde se encubre e higieniza a la muerte para que a los vivos no llegue ni su sombra. Sin embargo, ahí está, comulgamos de hecho con ella a diario, pero de una manera tan aséptica que no nos quita el sueño ni el hambre. Sin embargo, ahí está, y si no estamos prevenidos, el shock será mucho mayor. Por eso abundan también títulos que la desmitifican, como "Morir es nada", o que la reducen a un trámite, "Vida más allá de la vida".

Yo también creo que los cuentos tradicionales son iniciáticos: Te advierten del horror al mismo tiempo que te dan las claves -claves fantásticas, porque otras no hay- para superarlo, te dan el miedo al mismo tiempo que lo derrotan de una manera imaginativa, fantástica. Ayudan a sumergirse en las complejidades y equívocos de la realidad, que eso también es necesario. Como en todos los aprendizajes, proteger: Ésa era sin duda la intención de los que nos escamotearon durante años los finales demoledores de algunos de los cuentos como El patito feo, Y entonces se sintió terriblemente solo, sustituyéndolo por uno mucho más edulcorado, más digerible para los niños . Pero los niños no son memos! Y si son iniciáticos, es posiblemente por enseñarnos lo desagradable, lo terrible de la vida... en cabeza ajena. Frente al otro extremo, los que piensan que nunca se aprende del todo en cabeza ajena, puestos a elegir yo prefiero que la amenaza de incesto la padeciera Piel de asno y no yo, que las hambres medievales y la brutalidad del ogro (el señor medieval) las padecieran Pulgarcito y sus hermanos y no yo, que la devorada por el lobo fuese Caperucita Encarnada y no yo, que el despreciado y picoteado por su mamá y sus hermanos fuese El Patito feo y no yo, y que el menospreciado por su amada fuese El soldadito de plomo y no yo.

¿Que si nos van a doler menos los tortazos cuando por fin nos lleguen? No creo que sirvan para eso, la advertencia no exime del dolor, pero siempre tendremos detrás a todos esos amigos con los que hemos sufrido, con los que hemos imaginado argucias y trucos para derrotarlo.

Sin embargo, la muerte, el dolor, el miedo en una palabra, están ahí y es inútil ocultarlos porque van a llegar alguna vez. Y los niños no son memos, repito, aunque los tengamos atontados de maquinitas. Pueden asimilar finales demoledores, como el del patito feo, y seguir viviendo, amparados, ellos saben cómo funciona este tipo de apoyos, por la fortaleza de aquel amiguito suyo que también es desgraciado. Pobre del niño superdotado que no sepa por El patito feo que no se perdona fácilmente la excelencia, que el que destaque en medio de la mediocridad está condenado al aislamiento y al mobbing. Pobre del niño que no tenga apoyos imaginativos para seguir adelante. Mejor que después de comprobar cómo se puede matar a un regimiento con sólo apretar un botón y seguir tan fresco, sin que pase absolutamente nada. Ese nihilismo sí que puede ser demoledor para un niño, que todo está permitido, nada más demoledor ni más aburrido para una mente que es como una esponja.

Finalmente es posible que haya niños que se sientan más amparados por la literatura que por la sociedad, sin siquiera maquinitas que se ocupen de ellos. Para esos niños los cuentos, tan necesarios como el jugar. Más que el comer.

Vi hace años en el MNCARS la exposición titulada "Con quién dejamos a nuestros hijos", casi como este artículo. En ella las hermanas suizas Claudia & Julia Müller recrean la atmósfera de los cuentos tradicionales, con todos los personajes, aunque enmascarados, que tradicionalmente se han ocupado de los niños: la bruja, el ogro, la madrastra, el aya de doña Inés... Y el bosque como lugar de misterio y de peligro, de aventura. Un bosque que puede ser la ciudad si los árboles se sustituyen por los rascacielos.

Acabo de volver de Fetén, la Feria de Teatro para niños y niñas que desde hace 22 años se celebra cada febrero en Gijón, donde una exposición sobre los cuentos infantiles mostraba cómo en su mayor parte el Teatro infantil está basado en ellos. La exposición estaba organizada por los valencianos Novembre y Escalante Teatro y no sólo mostraba cronológicamente cómo fueron apareciendo las colecciones de cuentos en Alemania, Francia, Inglaterra... sino que, a manera de rompecabezas, ayudaba a descubrir y encajar los diferentes personajes dentro de sus cuentos. Al avanzar, se abrián cajas con las respuestas, se hacían acertijos y adivinanzas, se desplegaban libros lujosamente editados y troquelados... Todo ello para inducir a la lectura porque el hecho triste es que hasta algo tan gozoso ha de ser inducido. Hay que provocar la curiosidad de mil maneras para que, al final, haya alguien, algún niño, que se lea un cuento entero sin dejarlo a medias y sin saltarse nada porque algo de repente atrae más su atención.

Eso es aquí y ahora, pero para los que venimos de épocas de escasez, qué gozada de exposición y de Feria de Teatro.

 


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