María Rosa Medel

Todo pasa y todo queda... Y todo vuelve; esta vida está compuesta de repeticiones. Acabamos de celebrar el Día Internacional de la Mujer y ya estamos en Fallas.

En este momento de cambios, en que los grandes cerebros del mundo parece que están pensando y repensando todo lo que hemos dado por bueno hasta ahora -el capitalismo, el Estado del bienestar, la sanidad, la educación, etc., etc., yo propongo que nos pensemos también las fiestas.

Me explico: me gustaría que alguien con capacidad de pensar y mover opiniones se fuera ocupando de este tema: ¿para cuándo en España unas fiestas populares laicas?

Ya sé que esto es casi imposible, pues la práctica totalidad de nuestras fiestas en España tienen una tradición religiosa, católica, “naturalmente”. Lo de “naturalmente” es un decir, pues a las demás opciones religiosas las quitó de en medio el omnímodo poder católico: musulmanes y judíos, expulsados del país; protestantes, quemados en las hogueras de la Inquisición.

No hace mucho la que hoy es alcaldesa de Madrid se extrañaba de que en la capital hubiera protestantes con nacionalidad española. Increíble, pero dolorosamente cierto.

Asumiendo el pasado, propongo que hagamos una pequeña reflexión:

Estamos en puertas de las Fallas, que en realidad es una fiesta popular de fuego y pólvora, lo que da pie a poder asegurar que la mayoría de los que participan no tienen un gran sentido religioso. Se organizan comidas, desfiles… se bebe, se baila… en fin, lo que se dice una fiesta popular.

Hasta aquí vale, pero luego todo acaba en presentar la ofrenda a lo que muchos conciudadanos nuestros no están dispuestos. ¿Sería posible restituir el carácter laico a las fiestas, separando de la fiesta popular las ofrendas a la Virgen, las misas, los actos religiosos, para que los que realmente tengan ese sentimiento religioso puedan hacerlo privadamente, al margen de los programas oficiales de fiestas?

Conozco mucha gente a la que le gusta la pólvora, los ninots, el fuego, y que le encantaría ponerse el traje de fallera o fallero y disfrutar a tope de la fiesta, pero no está dispuesta a llevar la ofrenda a la Virgen, por ejemplo. Ya sé que no es obligatorio pero forma parte de los actos. No hacerlo significa automáticamente declararse “raro”. Lo normal se convierte así en marginal por obra y gracia de una práctica propia de un Estado confesional.

¿Sería mucho pedir que en este país, oficialmente (en teoría, vaya) aconfesional -que no laico-, el que alguna fiesta importante no tenga el colofón religioso católico que impide a una parte creciente de la población participar?

Sé que somos un país antiguo, con muchas tradiciones, con mucha historia, y es complicado, pero nada hay imposible. Seguro que podríamos llegar a un entendimiento y todos, seamos de la religión que sea, o sin ninguna, participar en unas fiestas que en teoría nos pertenecen a todos como miembros de la comunidad.

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