Mercedes Arancibia

Mohamed Morsi, presidente de Egipto porque así lo han querido los ciudadanos egipcios, quien hasta ahora ya acumulaba los poderes ejecutivo y legislativo, acaba de dar una vuelta de tuerca más a sus aspiraciones reforzando por decreto su autoridad frente al aparato judicial. Los egipcios que en 2011 protagonizaron una hermosa y esperanzadora primavera revolucionaria empiezan a reconocer haber hecho una mala elección, y a llamar a Morsi dictador.

Siempre con la excusa de “proteger” los logros de la Revolución del Nilo, el último decreto del nuevo faraón (que de seguir por ese camino acabará legislando con la sharía a modo de Constitución en la mano) le ha permitido no solo destituir al fiscal general Abdel Meguid Mahmoud (algo que ya intentó hace un mes, en octubre de 2012, sin conseguirlo) sino además impedir que, ocurra lo que ocurra, la justicia pueda disolver ni la Asamblea Constituyente ni el Consejo de la Choura (especie de senado), dos instituciones dominadas por los Hermanos Musulmanes.

Presidiendo a golpe de decreto -mientras los trabajos de la Constituyente avanzan a paso de tortuga y, en cualquier caso, una vez que tengan redactada la carta magna aún tendrá que pasar los cedazos de ambas cámaras-, “el presidente tiene las manos libres para hacer lo que quiera, puede adoptar decisiones que nunca podrá contestar el poder judicial”, en la práctica casi inexistente, como muy acertadamente explicaba en antena Sonia Dridi, corresponsal en El Cairo del canal internacional France 24.

Como si alguien hubiera dado marcha atrás a la película del tiempo, en estos últimos días de noviembre la Plaza Tahrir se está llenado de nuevo con ciudadanos que se manifiestan contra Mohamed Morsi lo mismo que hace casi dos años se manifestaban contra Hosni Mubarak, incluso con los mismos eslóganes (“Dimite”, “El pueblo quiere tu caída”). También en Alejandría, Ismailia y Port Said, donde vuelve a escucharse la sirena de las ambulancias, los enfrentamientos entre pro y contra Morsi han dejado ya contusionados y heridos, y una pésima imagen de una policía que reproduce comportamientos represivos enquistados durante la anterior dictadura, que duró 30 años.

Tras apuntarse, el miércoles 21 de noviembre de 2012, el tanto de “conseguir” un alto el fuego entre Israel y los palestinos de Hamas, al día siguiente y mientas todavía le llegaba el eco de los aplausos que Occidente le dedicaba, Mohamed Morsi se calzaba el guante donde esconde la mano de hierro con que gobierna a su pueblo y decretaba que “no están sujetas a ningún tipo de apelación las declaraciones constitucionales, decisiones y leyes emitidas por el presidente”. "Un golpe contra la legitimidad”, según Sameh Achour, presidente del Sindicato de Abogados, en una rueda de prensa junto a los opositores Mohamed ElBaradei y Amr Moussa.

Primer civil que ejerce la función de Jefe del Estado, desde su elección en junio de 2012, Morsi –procedente de las filas de los Hermanos Musulmanes-, ingeniero y exprofesor en universidades de Estados Unidos, dirige un país sin Constitución con una economía exangüe, un paro y una inflación galopantes, un ejército que no le soporta y una parte importante de la población que ahora teme que, en cualquier momento, se manifieste sin tapujos “su vena islamista” más fundamentalista.

Con los faraones bien guardados en sus pirámides desde hace siglos, el nuevo Egipto está a solo un paso de que le obliguen a vitorear al nuevo faraón.


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