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Manuel López

Todo empezó con un trallazo en la espina dorsal. Fue un golpe seco traicionero al empujar la pala con la planta del pie cavando un hoyo en la plantación ciudadana de árboles en la M-30 de Madrid a la altura del Parque de las Avenidas el Día del Árbol, 8 de diciembre de 1979. El zapatazo me produjo un pinzamiento de vértebras que me tumbó y me tuvo postrado hasta que seis meses después el doctor Cubells, neurocirujano del Piramidón, me operó el pico de loro en una intervención de riesgo.

Yo trabajaba entonces en la delegación de Madrid de El Periódico de Catalunya, escribía sobre fotografía en Viajar, La Calle y Nuestra Escuela y daba clases de fotografía en San Sebastián de los Reyes, donde había montado el primer curso de fotografía en una Universidad Popular en España. En la convalecencia del postoperatorio del golpe que reavivó, y cómo, la “enfermedad de los fotógrafos” -la columna vertebral-, no se me ocurrió cosa mejor que impulsar la creación de la Fundación Española de la Fotografía. Había llegado la hora de articular la normalización del hecho fotográfico entre los propios fotógrafos, ante la sociedad y frente a los poderes públicos.

Dicho y hecho, voy captando colegas para formar parte del Patronato, fundamentalmente fotoperiodistas comprometidos con el oficio y la libertad de expresión: Juan Santiso (Staff), César Lucas (Interviú), Raúl Cancio (El País), Víctor Steinberg (Cambio 16), Roberto Cerecedo (freelance)…, todos ellos de la capital. De Almería “ficho” a Manuel Falces. De Barcelona intento atraer a Joan Costa, autor de referencia en aquellos momentos a raíz de su libro El lenguaje fotográfico (Ibérico Europea de Ediciones, Madrid, 1977). Pero Joan declina. Capta la idea al vuelo: se trata de crear una plataforma respaldada por profesionales de la comunicación por imágenes involucrados con la defensa de la libertad de expresión para la promoción de la fotografía a todos los niveles por la vía de tender puentes a la sociedad, la Administración, la Universidad…

Joan Costa me agradeció mi ofrecimiento, pero no me dejó de vacío. Me propuso en su lugar como patrono a su alumno más brillante, un fotógrafo joven e inquieto al que había contratado como profesor de la Universidad Autónoma de Barcelona nada más obtener la licenciatura. Era el candidato ideal, pues encarnaba como ningún otro la renovación del hecho fotográfico en el país. El año anterior, 1979, había organizado con 24 años las primera Jornadas Catalanas de Fotografía, de las que nacería la Primavera Fotográfica, uno de los acontecimientos clave que marcan el antes y el después de la historia de la Fotografía en España.

Todas las gestiones para la puesta en marcha de la Fundación las estaba haciendo este columnista desde la cama o una hamaca rígida en el salón de casa, por prescripción facultativa. Así fue como no pude ir a Barcelona a charlar con el joven “recomendado” de Joan Costa. Aprovechamos un viaje suyo a Madrid y quedamos en que acudiera a mi casa en el barrio de Manoteras la soleada y calurosa tarde el domingo 7 de septiembre de 1980.

Conversamos sobre lo divino y humano, no solo de fotografía, aunque la fotografía era el inevitable punto de partida y de llegada de cada excurso. Hube de poner a prueba mi formación en fotografía en Alemania, porque Joan Fontcuberta ya apuntaba a estar pronto de vuelta en temas en los que, creidillo de mí, pensaba estar con ventaja por haberme formado fuera y leído ensayos sobre fotografía en alemán y seguir revistas en varios idiomas.

Nacía una amistad ciertamente especial hasta el día de hoy -y lo que he de venir todavía, sobre todo por parte fontcubertiana-. Jamás le agradeceré lo bastante a Fontcu el relato de las pautas del programa de choque que se proponía llevar a cabo en la fotografía que me fue desgranando una a una aquella cálida tarde del 7 de septiembre de 1980.

La Fundación Española de la Fotografía tuvo una vida efímera. Cumplió su cometido de contribuir al arranque del bum de la fotografía en España. Organizamos una exposición, Fotografía y libertad de expresión, que itineró en un tiempo récord por una serie de ciudades españolas, con mesas redondas en torno al papel de la fotografía en la sociedad en el Estado de Derecho. Algo estaba cambiando en España. En mi caso, cedía el testigo al frente de la secretaría general de la asociación de los informadores gráficos madrileños, de la que fui cofundador en 1975 con el número 12, para pasar a formar parte hasta hoy de la Asociación de la Prensa de Madrid como asociado número 947.

Salíamos de los guetos. Once meses después de aquel encuentro, Joan Fontcuberta y también Joan Costa eran ilustres ponentes en el primer Curso de Verano que una Universidad -la UIMP- que organizaba en torno a la fotografía, logro al que nuestra efímera Fundación no había sido nada ajena y en el que un servidor disertó sobre La fotografía ante el Estado: la hora de la normalización.

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Normalización que se oficializaría en el almuerzo que Javer Solana, ministro de Cultura, ofreció el 17 de junio de 1983 a una delegación de fotógrafos que me cupo el honor de presentarle como director de la revista FOTO. Uno de los ocho fotógrafos presentes, cómo no, fue Joan Fontcuberta, al lado de Francesc Català-Roca, Nicolás Müller, Carlos Pérez Siquier, Víctor Steinberg, Manuel Falces y quien firma este artículo.

A partir de ahí, la carrera de Joan Fontcuberta no ha dejado de ser tan meteórica como súper sólidamente respaldada por un trabajo creativo sin parangón en la historia de la fotografía. Es, con largueza y no desde ayer, el fotógrafo español con la mayor proyección internacional, a quien han venido a buscar los museos y universidades de referencia del mundo.

Tantos años después de aquel 7 de septiembre de 1980, me siento muy honrado de seguir gozando de su amistad. El hecho de que la maldita crisis se llevara por delante la revista FOTO, y con ella todo mi patrimonio, no desdora en absoluto el hecho de que no pueda dedicarle un cumplido monográfico a Joan Fontcuberta. Las vivencias no hay crisis que pueda llevárselas. Aquel día en Manoteras teníamos el escape de las publicaciones en las que él y yo colaborábamos y pare usted de contar. Hoy, los medios internacionales se rinden a la figura de Joan Fontcuberta, flamante Premio Hasselblad 2013, el “Nobel” de la fotografía.

Que aquel lejano domingo 7 de septiembre de 1980 fue un día especial lo han de confirmar las biografías de Joan Fontcuberta. Va, con mucho gusto les regalo el dato de cuando, saltándome la prescripción médica del reposo absoluto, me hice con las llaves de un vejo Seat 600 de la familia y llevé a Fontcu a la Plaza de Castilla a casa del amigo Fernando Herráez, nos enteramos por la radio de que había muerto José Ortiz-Echagüe, legendario presidente de Seat y más conocido por nosotros como el fotógrafo más relevante de la historia del medio… hasta Fontcuberta.

Que Joan era un hombre de principios, pero con quien tendría tema a discutir, lo supe cuando preparamos la cena: patatas fritas con huevos. Mientras a mí me gustan poco hechos, él me los pidió muy hechos, con puntillas.

Mal que me pese, he de comprender, hechas las salvedades, el mensaje: reconocer que estás “a medio hacer”, todavía “poco hecho”, ante el que espera a que el trabajo esté “rematado”.

Joan Fontcuberta, ganador del Premio Hasselblad 2013, el “Nobel” de Fotografía

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