Manuel López 

Cierto que el número de HNWI (High Net Worth Individuals), esto es, individuos que tienen un activo para invertir de más de un millón de dólares, o sea, pasta gansa contante y sonante, sin incluir bienes muebles o inmuebles, aumentó en Alemania en 2011 en alrededor del tres por ciento, pasando de 923.900 a 951.200 personas. El dato lo certifica el World Wealth Report, el "Informe Mundial de la Riqueza 2012", un estudio realizado por la consultora Capgemini y RBC Wealth Management, filial del Royal Bank of Canada, de lo que dejaba documentada constancia el informe sobre los ricos en Alemania que publicaba Der Spiegel el pasado 19 de junio.

Del mismo modo que ciertísimo es el dato que aporta en su blog en la WDR (Westdeutsche Rundfunk, la Radiodifusora del Oeste alemán) Asli Sevindim, la moderadora de Cosmo TV, el magacín intercultural de esta cadena televisiva: "Mientras los activos netos del Estado alemán entre 1992 y principios de 2012 se redujeron en más de 800 billones de euros, la riqueza neta en manos privadas se ha más que duplicado, pasando de 4,6 a alrededor de 10 trillones de euros. Corríjanme los economistas si he traducido bien 800 Milliarden y 10 Billionen. (Mis disculpas; con esto de la crisis uno ha dejado de manejar cantidades de tales volúmenes).

Así las cosas, la “pregunta del millón” -nunca mejor dicho; en alemán: die Millionenfrage- no es otra que la de interesarnos por averiguar qué ocurre con esos 81 millones largos de alemanes que no tienen así a mano un millón de euros en efectivo para invertir o especular, o al menos para fardar en público. “Algo habrán hecho”, dirán los pseudocalvinistas y extraluteranos empecinados en criminalizar al pobre. Pero la cruda realidad dice que frente al 10 por 100 de la población alemana que posee más de la mitad del capital privado del país, el 50 por 100 de la población ha de repartirse el UNO por ciento del capital privado. O sea, que ni es oro todo lo que reluce ni allí atan a los perros con salchichas. También hay alemanes pobres. No todos son escandalosa, insultantemente supermillonarios.

No puedo evitar acordarme de mis años de estudiante obrero en Alemania en los años sesenta. Me encantaba escuchar el ruido de las pisadas de la gente en la Ludwigstrasse de Colonia. Hacía como que leía un periódico y simplemente me limitaba a escuchar los pasos de los viandantes. Al cabo de un rato, podía percibir sutilísimos murmullos de conversaciones. El ejercicio consistía en averiguar de quiénes podían ser las pisadas y las conversaciones.

Años más tarde, en la Universidad puse el mismo ejercicio a mis alumnos. Primero en la Puerta del Sol, uno de los lugares con más tráfico peatonal de España después del Paseo de Gracia de Barcelona y la Gran Vía madrileña, pero con la particularidad de que la gente anda más relajada, con menos prisas y se para a conversar. Luego elegí el lugar ideal para este crucial menester investigador de escenarios de Comunicación en el mundo mundial: el hervidero de etnias, culturas y lenguas que es el Jardín Tropical cubierto de la Estación de Atocha. Ahí la recomendación he de extremarla para que antes de cerrar los ojos los alumnos pongan a buen recaudo sus móviles, carteras y demás pertenencias.

El resultado bien podría ser exportable a la ahora intratable, pero no tan sobrada Alemania merkeliana: cuán buena cosa sería que ese 10 por 100 prepotente de alemanes volvieran a redescubrir el impagable placer de escucharse los propios pasos.

Ya digo, ¡qué tiempos, cuando los alemanes hablaban bajito!

De cuando los alemanes hablaban bajito (2)

De cuando los alemanes hablaban bajito (1)

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Publicado también en el periódico comarcal semanal Canfali Marina Alta, Dénia, 12 de octubre de 2012.

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