Un gol de Narciso Mina acompañó la desaparición del último resquicio de la muerte de Cristian Calvache en la memoria de los ecuatorianos. El encuentro entre Barcelona y Liga de Quito, uno de los partidos que más euforia despierta, bastó para dar vuelta a la página de este hecho acaecido en el estadio del equipo blanco a inicios del mes de marzo. Así es el fútbol.

Los conflictos que rodean a este deporte no le restan seguidores, al contrario, parece que avivan el juego al revestir a los jugadores con causas simbólicas originadas en regionalismos, chauvinismos, guerras (provocadas o eternizadas en las canchas), diferencias religiosas o ideológicas, y hasta prejuicios de clase o raciales. también incluye ser indiferente ante casos de violencia dentro y fuera de los estadios, escándalos de corrupción que van de la extorsión al narcotráfico o –lo que más facilita la impunidad sobre estos acontecimientos– al tráfico de influencias.

La historia del deja un oscuro panorama, pero en Ecuador aún no conocemos de cerca todas esas experiencias. A pesar de que existe el riesgo de caer en estas perversiones –dado el dinamismo con que los medios se hacen eco de una “pasión” que aún no trasciende los tres días luego de cada cotejo o las ínfulas con que la Federación Ecuatoriana de Fútbol promueve el campeonato en la – todavía es posible ver a familias que acuden a los partidos, y a otros tantos grupos de personas para quienes hasta los pasan desapercibidos. Por eso, sirve poco analizar al fenómeno social del fútbol desde las mismas perspectivas que se aplican en Argentina, Inglaterra o Italia, lugares en que las condiciones son diferentes.

* * * * *

En un capítulo de la serie norteamericana The Simpsons, un agresivo spot televisivo orilla a la familia de Homero a un partido de fútbol. Antes de que empiece el encuentro todo el pueblo de Springfield está emocionado en los graderíos de un estadio que seguramente no se construyó para ese espectáculo tanto como para el béisbol o el fútbol americano. Luego del pitazo inicial el balón recorre la cancha sin producir emociones al punto que los asistentes comienzan a aburrirse. Moe, uno de los espectadores, se harta de la situación y decide marcharse cuando, de la nada, agrede a quien le dijo que espere, que “hay salidas para todos”. La violencia se expande y Willie, en compañía de sus amigos escoceses, interviene en una pelea ya imparable. Provocan disturbios en la ciudad; Homero Simpson se esconde con los suyos en casa pero teme que alguien entre. Ante una hipotética agresión ¡el jefe de familia termina comprando una arma para esquivar la violencia!

El personaje central de la serie no interviene en la gresca, se acobarda al ver la dimensión del fervor de una muchedumbre que se olvidó del cotejo. Sin apuntalar el prejuicio que los autores de este relato ficticio tienen contra quienes disputan el balón (al menos en la edición doblada al español los muestran con notable acento brasileño) el que el protagonismo se desplace a los asistentes es revelador. Como cuando desde la vorágine de tensiones previa a un partido a muchos deja de interesarles la alineación titular, la tabla de posiciones, la hora en que empezará el encuentro, el resto de hinchas, sus propias familias y aquello del fútbol que era un rito de noventa minutos se disuelve en la búsqueda de cualquier enfrentamiento ajeno al fair play.

Por otro lado, el fútbol europeo, con todas las restricciones que encierra en la actualidad, roza una perfección que a los latinoamericanos nos resulta tediosa. Los faults son técnicos y no admiten las habilidades histriónicas de los jugadores, que rara vez transgreden el orden establecido por el entrenador del equipo; los hinchas ven el partido sentados en butacas frías y no se trepan a las mallas porque no existen, son invisibles: las conforman los circuitos cerrados de televisión, la seguridad privada, la policía montada y la presión de quienes solo quieren ver el espectáculo sin ser parte del mismo. Buenas costumbres que hoy nos resultan inadmisibles a la hora de presenciar las hazañas de un equipo. En definitiva, no se puede llegar a una solución por el mismo camino que ellos.

Nos hemos habituado a madrugar al fútbol para ganar un espacio en los escasos parqueaderos adyacentes al campo de juego; a guardarle el puesto a los conocidos que, por alguna razón siempre extraña en domingo, llegan a pocos minutos del inicio del encuentro; a comer y beber lo que encontremos durante el partido, sin que nos importe que los deshechos terminen en el torso de otros asistentes cuando un árbitro “nos perjudica” con sus malas decisiones. Hemos aprendido a lidiar con aquellas jugadas que del infarto pasan al ridículo; con los dramas de los jugadores: sus desavenencias con los colores, con sus parejas, con sus hijos, con el Estado... pero a lo que no debemos acostumbrarnos es a las agresiones, al hedor de la mariguana mezclada con el alcohol en un sitio que no es el apropiado para su expendio ni consumo; a ver bandas que labran sus diferencias en las calles e involucran a cada hinchada en sus enfrentamientos de ; a importar lo peor de Buenos Aires, ciudad cuna de los más famosos grupos violentos que, hermanados con sus equipos-asociaciones, jamás consideran el saldo de muertes al año que dejan sus encuentros y en donde sus líderes sirven a varios políticos en mítines, amenazas, retaliaciones y cánticos para dar fuerza a la empresa que forma parte de un engranaje comercial en que lo humano se esfuma y se disfraza de pasión para delinquir.

* * * * *

Muchas cosas han cambiado desde el otrora relato radiofónico que nos encantaba con su transmisión sonora del color y olor de las comidas típicas que se vendían en las explanadas del Estadio Atahualpa. Eso que antes era felizmente extraordinario ha sido remplazado por comentarios inocuos de muchos “periodistas” del fútbol a quienes deberían prohibirles el opinar sobre acontecimientos que no tengan que ver con el grito de gol. La ausencia de argumentos acerca de un fenómeno que atraviesa a la sociedad, desde lo gubernamental hasta lo marginal, hace que veamos como normal la propagación de asesinatos y heridos en cada cotejo por más ‘amistoso’ que sea.

Y aunque uno reflexiona sobre lo bueno y lo malo del balompié a tiempo completo –en eso ayudan mucho los medios y esa costumbre de amenizar las horas de trabajo o estudio recordando los partidos de fin de semana– todo se diluye en el olvido cuando empieza un nuevo partido y se vuelven a cometer los mismos errores impulsados por el mismo resentimiento de cotejos pasados que alguna vez prometimos evadir. Es como el consumo de alcohol para quienes es un vicio: solo la resaca hace que se arrepientan de lo cometido pero eso pasa y la sed se renueva insensibilizándolos periódicamente. Haciendo posible que una persona que fue al estadio de Liga Deportiva Universitaria, a ver el fútbol, no regrese a su casa. Una muerte tan absurda que provocó los más variados rumores en las redes sociales que usan los fanáticos tanto como los dirigentes y sus detractores. (Solo por poner un ejemplo, el Ministro del Interior anunció la captura del supuesto autor del crimen, de forma no oficial, a través del twitter)

Lo que más sorprende es que se siga endilgando a la sociedad entera el problema de la violencia cuando las particularidades del fútbol dan para que los estadios sean espacios de confrontación simbólica que, a su vez, determinan otro tipo de enfrentamientos como es el caso de la persona fallecida por una agresión física de un seguidor de su propio equipo. Tampoco es novedad la negligencia de los rescatistas que tardaron una hora en trasladarlo al Hospital Pablo Arturo Suarez, muy cercano a la . Lo peor es que por más apertura que muestre la dirigencia al ser investigada por la Policía Judicial y la Fiscalía, el acceso a la información disminuye si se toma en cuenta que el hecho involucra a la parte que podría ser responsable: Un joven aficionado es asesinado por otro hincha en el estadio de Liga, lo transportan a la ambulancia en camilla y es registrado por las cámaras del mismo club además de las de Teleamazonas (canal que posee los derechos de transmisión), lo atienden en un hospital que dirige el médico oficial de LDU ante la atención del Ministro de deportes, ex jugador de la 'U'

El que el agresor no haya pertenecido a la barra no es excusa para inculpar a un posible “infiltrado”, ni para descartar que una sección de la seguiría la lógica del pandillaje. Eso refuerza la idea de que esa ala estaría conformada por quienes se han asegurado un sentido de pertenencia originado en alguna carencia afectiva que solo el grupo subsanó a través de la identificación colectiva. Esta especie de aún no asume las posturas radicales que aquejan a otros países no obstante sus discursos de lealtad incondicional, una muestra de esto es el lema “ni la cárcel ni la muerte pararan esta pasión” que usan novatos e integrantes más antiguos en camisetas, pintadas, grafitis y discos sin haber estado privados de su libertad y sin glorificar a los “mártires” de su trajinar en las tribunas. Más problemática resulta la intención de toda barra de alcanzar las prácticas de sus similares foráneos, o la reiterada voluntad de igualarlos desde los medios (en la televisión ilustraron el acontecimiento del cuatro de marzo con imágenes de enfrentamientos en México y otros países que, aunque llaman mucho la atención, descontextualizan lo que está pasando a escala local).

La ética de la violencia que muestran algunos de los involucrados en estos eventos también es cuestionable. Las incitaciones mediáticas del tipo “se batirán en un clásico sin precedentes” o los insultos callejeros no tienen el efecto normalizador de la violencia que tiene la disposición a la pelea de algunos hinchas. El conformarse frente a posibles ataques o venganzas entre barras es dar cabida a escenarios en que podrían aparecer heridos de gravedad, muertos y la consecuente –y siempre desmedida– represión policial. Tampoco quiero decir que no debe haber control puesto que un grupo organizado requiere de una vigilancia coordinada si se contemplan probables daños a terceros, un problema que, en el mundo, ha tenido su origen en la década de los sesenta con un recrudecimiento progresivo y un declive que cada vez parece más incierto al revisar recientes casos aislados.

* * * * *

Las soluciones planteadas no pasan de la burda sensiblería que exige, solo en el discurso, “sanciones drásticas” para los infractores. Pero si esos castigos van en contra del equipo (suspensiones temporales de fechas en sus sedes, multas u otras amonestaciones) los primeros en quejarse de la ‘reprimenda injustificada’ son los dirigentes para quienes estas penas son una razón de peso para victimizarse. No toman en cuenta que el privarles del uso de los escenarios en donde actúan de locales sirve para alejar a un sector del público de los lugares en que pierden eventualmente cualquier consideración hacia sus rivales en pos de una guerra simbólica que puede exceder los límites de la competencia deportiva, más allá de que su estado de ánimo dependa de los resultados.

Una actitud contra la violencia que parece surgida de una experiencia radical y que podría ser eficiente es la sugerida por Edgardo Bauza, director técnico de Liga. Propuso enfrentar a quienes constituyen un peligro prohibiéndoles el ingreso, impidiendo el uso de bebidas alcohólicas, mejorando la vigilancia y endureciendo las penas si delinquen en los escenarios deportivos. Medidas que se han tomado con relativo éxito en Argentina y que podrían acabar con los riesgos. Además, deberían rediseñarse varios escenarios deportivos sin esa meta ilusa planteada por la Federación de eliminar las mallas como en el fútbol inglés porque, admitámoslo, el refuerzo de la guardia puede suplir a las barreras pero cualquier desorden se les puede ir de las manos si una turba decide actuar por fanatismo. La cosa empeora si no hay quien garantice que el ineficiente sistema judicial que tenemos condene a cualquier implicado de forma oportuna, y si la pena es contundente y bien aplicada tampoco asegura una rehabilitación y menos la posterior reintegración del infractor a la sociedad.

En fin, se trata de evitar que el vandalismo aislado se convierta en crimen organizado y que la agresividad fiestera de las gradas se torne violencia incontrolable, sin mostrar simpatía por quienes le encuentran un sentido a la vida en el combate físico a través de una puñalada, atentado o disparo.

* * * * *

Cinco semanas después de la muerte de un hincha en Quito, Liga empató el marcador en Guayaquil frente al Barcelona en el minuto ochenta y nueve. La desazón del inicio –cuando en el minuto dos los amarillos anotaron un penal– se eclipsó y dejó conforme a la mayoría visitante. Durante varios días se repasarán los mejores momentos del partido, se discutirá sobre las y se repetirán los goles, ejes de un distracción basada en un odio fugaz que reaparece entre quienes, sin haber soñado con ser futbolistas y ganar grandes sumas de dinero, quisieron acercarse a la cúpula del equipo de sus amores de forma no convencional, a través de las barras, sin más retribución que el gesto que los jugadores muestran al salir victoriosos a reconocer el apoyo de la hinchada.

Comentarios (0)Add Comment

Escribir comentario

busy