Juan Tomás Frutos

La lucha del hombre con el mar, en sentido real y figurado, ha sido una constante en la Literatura y en el arte en general. Desde la famosa narración de Ernest Hemingway con su “El viejo y el mar”, pasando antes por la obra de Herman Melville Moby Dick, hasta historias tan contemporáneas como “La tormenta perfecta”, hemos asistido a la pugna eterna entre las fuerzas de la Naturaleza y el Ser Humano, a menudo en una lucha desigual, agónica y llena de símbolos.

La pesca es un arte ancestral que ha tenido significaciones de toda índole, hasta religiosas. Recordemos como a los Apóstoles Jesús los llamó “pescadores de hombres”. La apuesta en este recorrido interpretativo, en este quehacer, es máxima. Lo fue, y lo es.

La mar, su contenido y su continente, ha sido siempre una despensa de la cual aprovisionarnos. No sé si ahora se entenderá el ejemplo, pues estamos acabando con las provisiones naturales de este planeta, pero no es de eso, aunque deberíamos, de lo que estamos hablando ahora.

Aludo al honor que hay en la superación, al equilibrio que existe en la búsqueda de quién es uno, con sus debilidades y fortalezas. Hablo de entrega, de lucha entre iguales con el afán de conocernos superando el conflicto, que nunca ha de ser la norma, como parece que lo es hoy en día. El fin nunca justificó los medios. No olvidemos que, por otro lado, no siempre podremos calcular lo que hallemos por el camino.

Somos pescadores de ideas, de buenas acciones, y en todo ese proceso hemos de convocarnos para que la mesura y la buena intención presidan las tareas humanas. Desde el sentido religioso, social, cultural, intelectual, personal, colectivo, etc., ninguno de ellos excluyentes entre sí, todos intentamos formar parte de la faena de la pesca, porque emprendemos iniciativas compartidas, porque queremos vernos involucrados en proyectos comunes, propios o de otros, porque ansiamos la felicidad, para la cual hemos venido a esta dimensión, una dicha que no ha de ser entendida desde una óptica meramente hedonista.

No olvidemos tampoco que en el arte de la pesca desarrollamos las más nobles pretensiones, si ponemos voluntad en ello. Hablamos de trabajo en equipo, de compañerismo, de ayuda a los demás, de respeto al cuerpo y a la mente, de concentración, de conocimiento de los ámbitos interiores y exteriores de nuestros entornos… El medio ambiente se convierte, cuando tenemos almas de pescadores, en nuestro propio ser, y por eso lo admiramos y lo respetamos más. Un pescador no abusa del ecosistema: entiende que tiene que optimizarlo y conservarlo a la vez. Su futuro, el de sus hijos y nietos, depende de ello, y lo sabe, y demuestra que lo sabe con hechos.

De vez en cuando ocurre que los pescadores caen en la lid, y perecen, pero no del todo. Quedan sus huellas en el camino que es la estela en la mar. Quedan otros miles, millones (de cara al futuro), de pescadores prestos a seguir el testigo en esa carrera de obstáculos que es la vida. En el recuerdo, en la lucha sempiterna, siguen los viejos pescadores de Hemingway y de tantos otros que supieron conformar las más hermosas gestas, siendo héroes sin saberlo, por ser, y eso sí lo intuían, ejemplos para sí mismos y para los demás.

Muchos pescadores nos protegen y enseñan todos los días, nos alimentan en el sentido literal y figurado, y constituyen auténticos modelos de vida. Si usted, amigo lector, tiene uno cerca, deje todo lo que tenga que realizar, al menos durante un tiempo, y siga a esos pescadores. Le enseñarán más de lo que valorará en lo inmediato. Después de todo, este planeta de prisas nos habitúa a ver a gentes como los pescadores como si fueran ciudadanos y ciudadanas transparentes. Lo creamos o no, sobre todo ahora en esta loca crisis, no podemos permitirnos el lujo de no interpretar dónde están los auténticos pescadores. Miremos más y mejor.

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