Juan Tomás Frutos

Los círculos de amistades son expansivos. Se multiplican hasta la enésima potencia, entre otras causas por la existencia de la Red de Redes. La conexión global nos lleva a tener conocidos, amigos, más que eso, por todo el orbe terráqueo. Además, las mismas TIC´s ayudan a superar barreras de idiomas, de culturas, geográficas e históricas, amén de las culturales, pues cada vez convergemos más en el conocimiento y en su interpretación gracias, igualmente, a Internet, lo cual es un fenómeno de doble cara, al cual hemos de procurar sacarle la máxima rentabilidad.

Las redes sociales, con facebook y twitter a la cabeza, suponen y permiten conocer a gentes afines en función de la profesión, de los gustos, de la edad, de la formación recibida, de los planes presentes y futuros, de iniciativas comunes, etc. De este modo, son muchas las personas que se van incorporando, previo consentimiento, a una estructura social y de conocimiento que no tiene parangón con otros momentos históricos.

Podemos, sí, acercarnos a mucha gente, podemos conseguir muchísima visibilidad, podemos comunicar con cientos y hasta miles y millones de personas en tiempo real, haciendo selecciones de nuestros objetivos, de los mensajes que queremos participar o recibir, etc. Los instrumentos tecnológicos e informáticos son de una extraordinaria eficacia, y de ahí que los avances se produzcan a pasos agigantados.

El lado positivo es obvio, y, para que lo sea, conviene que rentabilicemos al máximo lo que nos brindan estos avances y progresos técnico-sociales. Obviamente, como reseñamos, podemos conocer a mucha gente, pero hemos de ser lo suficientemente cautelosos para no convertirnos en más vulnerables, nosotros y nuestras familias. Cuidado con los datos que damos, cuidado con la confianza que compartimos, y no porque tengamos que actuar con reservas, sino porque hemos de ser precavidos para que no nos hagan daño. Lo que nos libera es la información, no la opacidad, pero sabiendo con quien hablamos o viajamos.

Se ha de tener una especial atención, en este sentido al que aludimos, con los menores, que hemos de preservar con un seguimiento de sus conductas, y, sobre todo, con un oportuno seguimiento de sus navegaciones por Internet. No se trata de censurar, sino de ayudar a ejercer una libertad que les mejore y que no les maltrate. Todos los días se detectan multitud de casos de acosos o de intentos de delitos en la Red. La información aquí, como en tantas cuestiones, es fundamental.

Internet es un lujo para quienes pueden, podemos, disfrutarla. Nos permite conocimientos, aprendizajes y comunicaciones impensables hace décadas. Ahora podemos sacar partido a los tiempos de una manera más eficiente, y podemos viajar con nuestras mentes por lugares que antes eran casi prohibitivos por falta de tiempo o de recursos. En paralelo, nos permite saber de personas que están a miles de kilómetros, de gentes que comparten tiempos de ocio, aficiones o aspectos formativos. En menos tiempo se concentran más aprendizaje y contactos. No obstante, hemos de ponderar lo que nos conviene y saber elegir, y para eso, precisamente, hace falta información y formación recibidas al modo tradicional, esto es, con cercanía humana. De nuevo, el tiento y el equilibrio son las bases para que funcione el sistema, para que vivamos en paz, armonía y concordia.

Sin duda, con Internet podemos dar con muchas amistades nuevas, podemos hacer travesías educativas formidables, somos capaces de entender de maneras y guisas más rápidas y eficaces, pero hemos de ser lo suficientemente selectivos para encontrarnos con las personas apropiadas, y de modo que el mundo interpretado sea auténtico, real, a pesar de su virtualidad.

Llegamos aquí, en este punto, a la defensa y al manejo de los valores universales de los que hablaba Aristóteles, en el sentido de la amistad, de la concordia, de la solidaridad, de la cooperación, del respeto, del aprendizaje, del sacrificio, de la voluntad, de la empatía, de la compasión, del perdón, de la comunicación misma… Como siempre, el uso del progreso está en nuestras manos y en sus instrumentos. Después de todo, parece obvio que quien consigue, y debe conservar, algo tan valioso como la amistad no es una máquina sino el propio ser humano. No hace falta decir más.

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