Javier Barrio

El día 23 de febrero tiene un significado especial para los que recordamos lo mucho que costó recobrar las libertades después de cuarenta años de dictadura. En 1981, un tal Tejero, teniente coronel para más señas, entró en el congreso de los diputados al grito de: ¡Quieto todo el mundo! y "¡Al suelo todo el mundo!, ¡Todos al suelo!".

El objetivo era que los españoles volviésemos a vivir bajo la tiranía política, la obediencia sin fisuras, la represión para aquellos que osasen oponerse al régimen.

Fracasaron y comenzamos a caminar a trompicones, a empujones muchas veces, a levantar la cabeza y también la voz.

Han pasado 32 años de aquel día y nos preparamos para vivir otro 23F bajo unas circunstancias donde otra dictadura nos atenaza de nuevo. Esta vez no es la militar, sino la política, y sobre ella la económica que marca el paso a los gobernantes del PP, títeres bien instruidos y aplicados que mantienen en su mano el arma.

No es una pistola, como la de Tejero, es el miedo con lo que amenazan pretendiendo obediencia absoluta. Miedo a no tener empleo, ni médico, ni formación, ni subsidio de desempleo. Miedo a protestar para no ser encarcelado o golpeado y humillado sin miramientos, aunque tengas 83 años como Angustias.

Pero al contrario de aquel 23F de 1981, el 23 de febrero de 2013 cientos de miles de ciudadanos, llegados de toda España, se preparan para formar una gran marea humana y tomar Madrid. Para llevarse por delante, como saben, de forma pacífica, la corrupción política y la tiranía económica que les está ahogando y obligando a saltar desde un cuarto piso para denunciar que lo único que les queda por perder es la vida.

La marea quiere limpiar la suciedad de las calles. Llegará con sus velas de colores desplegadas, con un más de un millón de firmas en la proa de cada marcha, reclamando el fin de una crisis que está arrasando el sistema del bienestar, los servicios públicos, la enseñanza, y lo más importante, el futuro de nuestros hijos, que no entienden como sus padres se quedan en el paro, mientras un señor, responsable de finanzas del partido que gobierna amasa más de 20 millones de euros y se los lleva a Suiza para no pagar impuestos, ni como una ministra se gasta más de 6.000 euros en “confeti” para la fiesta de su pequeña.

No entienden como se puede despedir sin rechistar a cientos de trabajadores cuando los directivos que han provocado el desastre de esa empresa se quedan cobrando un sueldo de 136.000 euros.

Este 23F es diferente. En este 23 de febrero el grito no es de amenaza, es de esperanza. No es de miedo, es de ánimo. No es de resignación, es de unión y solidaridad.

En este 23F ¡A la calle todo el mundo!, ¡A la calle que ya es hora!. Se prepara una revolución y tenemos que estar ahí para vivirla y contarla.

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