Ileana Alamilla

Lo nuevo tiene un doble sentido. Por una parte es siempre fascinante, tentador, todos y todas queremos ser portadores de él. Significa la posibilidad de pensar que se pueden hacer las cosas de manera diferente, siempre mejorando, por supuesto. Pero también provoca temor, incertidumbre por perder el acomodamiento que proporciona lo viejo conocido. La verdad es que siempre prevalece el cambio, en el corto, mediano o largo plazo. Por mucho que queramos detenerlo, este inexorablemente llega.

Usualmente predomina una percepción de permanencia, de que la realidad es inmutable, pero no es así.

Podemos, por lo tanto, petrificarnos y resistirnos a la evolución o promoverla de manera consciente y decidida.

Los primeros días de enero son típicos de esta permanente contradicción entre querer el cambio y, al mismo tiempo, tender a acomodarnos a lo existente.

Las fiestas de fin de año han terminado; el espíritu navideño hizo brotar nuestra cuota de amor al prójimo y la fiesta de año nuevo rebasó la reserva de abrazos no dados que acumulamos a lo largo del año.

Toca ahora pensar en los útiles escolares, en cómo terminar el mes al que llegamos bien gastados, en qué hacer para pagar la tarjeta de crédito que nos sedujo en el fácil trámite de comprar y tan sólo firmar. Estamos viviendo la resaca de diciembre, que sin duda empeorará conforme transcurra este impertinente enero.

Pero con todo y las angustias que podamos estar pasando para recobrar la solvencia que perdimos enfiestados, no cabe duda que el fin del ciclo anual ayuda a cargar las pilas y reiniciar, con nuevas energías, la cotidianidad que opaca nuestro entusiasmo.

Estamos listos para tomar la camioneta, estando siempre alertas para bajarnos cuando veamos mareros sospechosos que puedan asaltar el bus, vislumbrando de tal modo a aquellos que encajen en nuestro cruel estereotipo que descalifica a quienes puedan parecernos “raros”. Volvemos a las largas jornadas de trabajo, que incluyen los interminables viajes de ida y vuelta, para algunos compensadas con un salario mínimo, ahora incrementado en un flamante 5 por ciento. Las mujeres continúan con su triple jornada, desvalorizada por quienes se aprovechan de su trabajo doméstico en casa y de su fuerza laboral en el empleo que desempeñan en beneficio de los mismos de siempre.

Estamos ya preparados para transitar otros 365 días esperando el incremento de la conflictividad social expresada con cualquier razón que saque a flor de piel la inconformidad acumulada por tantos años de demandas sociales secularmente insatisfechas. Nos encontramos atentos para volver a escuchar en las noticias los diarios asesinatos en las calles, los espectáculos circenses que producen los desprestigiados diputados, con sus excepciones, por supuesto, las tomas de calles y carreteras conducidas por liderazgos campesinos que son reiteradamente engañados y calificados de intransigentes por no conformarse con la trampa que siempre les tienden para neutralizar o reprimir sus luchas y para angustiarnos con tanto saqueo de nuestros recursos naturales.

Las esperanzas renovadas en diciembre nos colocan en condiciones de soportar un nuevo año, que seguramente en poco se diferenciará del que acaba de fenecer.

El reto que tenemos es aprovechar la fascinación que empuja a impulsar el cambio para convertir la incertidumbre que lo acompaña en oportunidad de innovar.

Hay que tomar la decisión de convertir la fuerza que nos sirve para soportar lo malo, en ímpetu transformador. ¡Comencemos de nuevo!

 


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