Ileana Alamilla

Estos días en que estamos de luto por la tragedia ocurrida en San Marcos, Guatemala, con lo que se ha constatado una vez más que la pobreza, de una u otra manera, termina por llevarse las vidas de la gente, que la tierra con la que se construyen las viviendas regresa a su origen y de nuevo se recoge y se vuelve a transformar en lo que eufemísticamente se le dicen paredes, es oportuno recibir algunas luces y esperanzas para reflexionar sobre nuestra vida y cómo debería ser.

Ver las casas derrumbadas, los féretros de familias enteras, la tristeza de las personas, la fortaleza del joven que a pesar de haber perdido una pierna quiere presenciar el entierro de su madre y se propone conseguir una prótesis para poder trabajar. Maravillarse con la solidaridad de niños y jóvenes que se apresuraron a contribuir con sus manitas a organizar la ayuda a sus semejantes.

Vivimos en una zona de alto riesgo por razones de la naturaleza y peligrosa por razones de presencia criminal, pero también en un país rico en paisaje, en cultura, en historia y en heroísmo. Tenemos de todo, pero no para todos, la desigualdad y la exclusión nos tienen sitiados. Esta solidaridad que se está expresando ahora no alcanza para resolver la pobreza, que es como un hongo que se va carcomiendo a esos grandes sectores que reciben solo migajas de lo que debería corresponderles.

A más del 70% de la población le es negado el derecho a una vida digna, a la alimentación, a la vivienda segura, al trabajo decente, a la salud, en fin, carecen de las posibilidades de tener lo que se llama el buen vivir. El occidente casi siempre es el destino de los males, de los mapas de la pobreza, pobreza extrema y exclusión.

Entre las carencias, por supuesto, está la falta de acceso a oportunidades y a la educación. Y aunque en todas las épocas el conocimiento secularmente se ha reservado para las élites, en todos los tiempos y en todas las culturas la gente tiene siempre inquietudes sobre su mundo, cada quién se lo explica como va pudiendo, da respuestas a sus preguntas existenciales y encuentra justificaciones a sus creencias y visiones.

En Guatemala tenemos inagotables fuentes de sabiduría popular que han permitido sobrevivir a los grupos sociales desposeídos, que se van transmitiendo generacionalmente.

Nuestro país fue declarado por la Unesco Capital Mundial de la Filosofía 2012, en este año del Oxlajuj Baktún. Se recurrió a la filosofía con el propósito de abordar temas como el futuro sostenible, la compleja realidad social y las necesidades intelectuales de esta sociedad. Se llevaron a cabo talleres, conferencias, diálogos de saberes, foros temáticos, jornadas de cine, exposiciones de teatro, programas radiales, conversatorios para pensar en colectivo un destino posible y durable para Guatemala y el mundo. Este es el propósito.

La Unesco, la Facultad de Humanidades y el Departamento de Filosofía de la Universidad de San Carlos, las asociaciones Centroamericana y Guatemalteca de Filosofía organizaron, en ese marco, el III Congreso, que se celebrará esta semana en el Antiguo Paraninfo. Intelectuales destacados de América Latina y Europa, filósofos, sociólogos, investigadores, escritores y docentes se han dado cita en Guatemala para dar sus aportes a esta ciencia, madre del conocimiento universal. Cientos de participantes han confirmado su asistencia.

Las nuevas vías del pensamiento latinoamericano y las respuestas a los desafíos universales serán debatidas en el Centro Cultural Miguel Ángel Asturias.


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