Máximo García Ruiz

Vivimos de eufemismos. Hay palabras que son tabú y es preciso buscar términos parejos con los que disfrazar el sentido de las ideas, de los conceptos. En los tiempos que corren primero lo fue la palabra crisis que hubo de reconvertirse en desaceleración y, actualmente, la palabra maldita es rescate que mutan los políticos por equivalentes con frecuencia poco afortunados, como si por cambiar las palabras pudiera modificarse la realidad. La sentencia, contundentemente defendida, es: ni estábamos en crisis en el año 2008 ni nos van a rescatar en el 2012. Por otra parte, tal y como veíamos en nuestra entrega anterior (“España no será rescatada”), el sentido de la palabra rescate, esa que Rajoy y su equipo, como anteriormente Zapatero y el suyo, estigmatizan como si fuera enviada directamente desde el Averno, tampoco es el mismo (¡ay la falta de cultura cristiana, tan necesaria!) como el reflejado en el texto bíblico al que hacíamos referencia, es decir, un acto mediante el cual, limpiamente, generosamente, desprendidamente, sacrificialmente, se libra a alguien o a algunos de un peligro cierto del que no pueden salir por ellos mismos, con sus propios recursos sin pedir nada a cambio, sin hipotecas a corto o largo plazo, sin exigencias que arruinen a las generaciones sucesivas, sin condiciones que esclavicen.

 

Es innegable que la corrupción y el nepotismo, la falta de liderazgo político unido a la pérdida de valores y a una ambición desmedida han llevado la economía a un estado de ruina imposible de levantarse por sí misma. El Estado subsiste en plena dependencia del crédito ajeno. Lo ha dicho con su voz impostada el ministro Montoro: “¡No hay dinero!” Para saldar su deuda, el Estado español tendría que estar cuatro años seguidos sin destinar ni un solo euro a los presupuestos generales (sanidad, educación, infraestructuras, servicios sociales, etc., etc.) y dedicar todos sus ingresos a devolver la deuda contraída con los acreedores, que dado el estado de cosas, a lo único que aspiran es a cobrar los intereses devengados ¿Y las familias? Algunas están endeudadas con cargo a sus hijos y a sus nietos; otras, cada vez más, dependen de la caridad ajena. Y no parece que sean tiempos de redentores; los llamados a serlo se muestran más como buitres que como palomas mensajeras de buenas noticias. Por lo tanto, es preciso definir muy cuidadosamente la palabra rescate.

Si nos asomamos a Grecia, no la clásica sino la actual, país “rescatado”, cuya senda parece que estamos condenados a seguir, observamos que el panorama no es nada atractivo. Las condiciones impuestas por “los hombres de negro” son tan onerosas (¿excesivas?, ¿gravosas?, ¿exorbitantes?, ¿abusivas?) que produce escalofrío pensar que hemos de recorrer también nosotros ese camino. Y todo apunta a que se trata de un destino cierto.

La Biblia que, entre otras cosas, es un fabuloso tratado de Sociología, prevé situaciones de desastre como la que nos toca vivir en la actualidad. Situaciones en las que una persona, una familia, un pueblo, cae en un estado de extrema dificultad del que no puede salir por sí mismo. El reto en tales circunstancias es el rescate y el medio la redención, es decir, el precio que hay que pagar por el rescate. Un vocablo que termina aplicándose en el plano espiritual pero que tiene su origen en situaciones derivadas de la vida cotidiana. En conformidad con la legislación del Pentateuco, si un hombre perdía su herencia a causa de una deuda o se vendía como esclavo, él y su propiedad podían ser redimidos y rescatar de esta forma su hacienda y/o su libertad si un pariente o amigo se presentaba a pagar el precio de redención (cfr. Levítico 25: 25-27, 47-54; Rut 4:1-12). La liberación del pueblo de Dios en Egipto se describe como una redención (cfr. Éxodo 6:6, 15:13) y a Dios se le presenta como Redentor de Israel (Salmo 78:35). Generalmente esa pérdida de patrimonio o de libertad era debida a derroches, negligencias o falta de probidad. Más o menos como ocurre en nuestros días. Detrás de nuestra ruina patria, no se esconde ni la austeridad, ni la honestidad, ni la buena administración; un país que ha ganado fama entre sus socios de la Europa próspera, de negligente, deshonesto y poco productivo, al margen de que estemos o no de acuerdo con esos calificativos.

La pregunta es la siguiente. Si nos encontramos en una situación tan grave que necesitamos ser rescatados ¿quién lo hará?, ¿cómo se llevará a cabo?, ¿en qué va a consistir el rescate? Muchos creímos a finales de la década de los cincuenta y luego en los sesenta, que el espíritu de los padres de la actual Unión Europea (Adenauer, Schuman, de Gaspari), todos ellos cristianos ejemplares, soñaban con una Europa que, una vez superadas las guerras intestinas, estaban poniendo todo el empeño en formar una confederación de estados solidarios que no solamente produciría unos beneficios económicos para los más avanzados (como ha ocurrido con Alemania, Francia, Austria, Holanda y otros), sino que sería el trampolín para que los estados menos desarrollados y menos avezados en sistemas democráticos, ubicados por lo general en el sur del continente, fueran capaces de “hacerse europeos” en el sentido moderno del término, no solamente para convertirse en masas consumidoras de los productos manufacturados por los países más industrializados, para lo cual era preciso garantizar la “ley de hierro del salario”[1]. La realidad es que sufrimos un espejismo que hizo que nos sintiéramos miembros del club de los ricos; soñamos, además, que a semejanza de lo que ocurre en Alemania con respecto a sus Länder o en los Estados Unidos de Norteamérica en relación con sus estados, se impondría el espíritu de solidaridad equitativa, una recuperación capitalista del principio socialista de que todos contribuyen conforme a sus posibilidades y reciben de la bolsa común en razón de sus necesidades. En otras palabras, creímos que prevalecería el espíritu francés de los Mosqueteros: uno para todos y todos para uno. Y al parecer no es así.

Es cierto que nuestros pecados son nuestros. Somos responsables de nuestros desmanes, de habernos endeudado hasta las cejas, de haber derrochado sin tino, de haber defraudado al fisco, de haberse corrompido impunemente muchos de nuestras instituciones y dirigentes, de pensar que vivíamos en el país de Jauja, y que la situación era irreversible. Hemos fabricado una burbuja no solamente del ladrillo y nos sentíamos satisfactoria y confortablemente instalados en ella. “Hemos”, por mutualizar la responsabilidad, ya que en realidad han sido sólo unos cuantos, muchos es cierto, los que lo han protagonizado, mientras la mayoría de la población se ha convertido en víctima propiciatoria. Pero ahí estamos, sin capacidad ni recursos para salir a flote por nosotros mismos. Y ahora cabe la pregunta ¿quién, cómo y cuándo va a rescatarnos? ¿Prevalecerá el espíritu de Adenauer, Schuman, de Gaspari y otros padres de la Unión, “todos para uno y uno para todos”? ¿Cuál será el precio a pagar? ¿Habrá redención o condena?, ¿liberación o esclavitud? ¿Prevalecerá el espíritu del Levítico o la voracidad de los Mercados? Y aún más: ¿sacaremos alguna enseñanza de todo este proceso? ¿Seremos capaces de descubrir o recuperar los valores éticos que hagan de España un país homologado con los principios cristianos de la austeridad, el amor al trabajo, la honestidad y, en términos menos bíblicos, el equilibrio presupuestario?

Julio de 2012.

Máximo García Ruiz: España no será rescatada

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[1] La ley de hierro del salario, también conocida como ley de bronce del salario, fue una teoría económica expuesta por algunos economistas clásicos a finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX, según la cual los salarios reales tienden "de forma natural" hacia un nivel mínimo, que corresponde a las necesidades mínimas de subsistencia de los trabajadores. Hay que garantizar que los trabajadores, convertidos en productores, tengan el salario mínimo necesario para seguir produciendo pero que no sea tan elevado como para que sucumban a la tentación de dejar de producir.

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