Máximo García Ruiz

El libro de los Hechos en el Nuevo Testamento narra una historia singular. Los cristianos de primera generación, excitados por las homilías de algunos de los apóstoles, especialmente de Pablo, decidieron que la Segunda Venida de Cristo era inminente y estuvieron dispuestos a poner en práctica la letra y el espíritu del Sermón del Monte. En base a esa actitud, resolvieron espontáneamente, individualmente, poner todas sus pertenencias en común, es decir, formar una comuna. El paso del tiempo demostraría que ni el presupuesto básico se cumplió, ya que el hecho esperado no se produjo, ni el resultado de la experiencia fue excesivamente positivo, pero así es la vida, unas veces acertamos y otras no.

Bien, el caso es que la decisión de ofrendar a la comunidad todos sus bienes no era de obligado cumplimiento, pero muchos fueron los que la pusieron en práctica. Y aquí encaja la historia. Quienes tenían propiedades las vendían y lo ingresaban en el fondo común para atender las necesidades colectivas e individuales. Y así perseveraban unánimes: comían juntos, oraban, alababan a Dios y esperaban acontecimientos. Pero he aquí que un matrimonio llamado Ananías y Safira, cuyas heredades no debían ser pocas o bien su altruismo y capacidad de renuncia no estaba a la altura de las circunstancias, subrepticiamente se pusieron de acuerdo para sustraer del precio una parte y, el resto, en el buen entendimiento general de que era la totalidad, lo pusieron a los pies de los apóstoles. El sagaz Pedro, que se percató del engaño, amonestó a los infractores: “Ananías, ¿por qué llenó Satanás tu corazón para que mintieses [ …]. Reteniéndola [la heredad], ¿no se te quedaba a ti? Y vendida, ¿no estaba en tu poder? ¿Por qué pusiste esto en tu corazón? No has mentido a los hombres, sino a Dios” (Hechos 5: 1-4).

El problema no radica en la cantidad ni en el hecho en si. El sujeto central de la historia es la mentira. “El que habla mentira no escapará”, dice Proverbios 19:6; y Jeremías 27: 10 afirma: “Os profetizan mentiras para haceros alejar de vuestra tierra”. La mentira es un veneno que emponzoña las relaciones humanas, destruye las familias, corrompe a la sociedad. Y, en política, la mentira termina siendo la sepultura de los gobernantes.

Mariano Rajoy, el presidente del gobierno de España, ha mentido. Es cierto que antes que él lo han hecho otros gobernantes también, pero eso no viene al caso; y el tema de la herencia recibida es ya un recuso excesivamente añejo. El caso es que Rajoy ha mentido. Nadie, ni aún sus más inmediatos colaboradores, veían en él a un líder carismático, capaz de arrastrar tras de sí a las multitudes; su imagen no resultaba excesivamente convincente; su programa político mostraba muchas lagunas; su ideario, aun revelándose de centro-derecha, ofrecía muchas evidencias de albergar a sectores e ideas extremistas que causaban desconfianza en los electores; pero tal era la gravedad de la situación económica del país, hasta tal punto había llegado la hartura con respecto a los gobernantes anteriores (también mentirosos), tanta llegó a ser el ansia de cambio en busca de soluciones que sacaran de la crisis al país, restauraran la confianza y pusieran coto a la corrupción y a la destrucción de empleo imperante, que la reiterada afirmación de que él y su gobierno serían capaces de resolver el problema, de “arreglar España”, repetido hasta la saciedad, como si de un mantra se tratara, fue suficiente para que, cual Flautista de Hamelín, arrastrará tras de sí a millones de españoles que confiaron en su palabra y le dieron su voto para que enderezara la economía y pusiera coto a las destrucción de empleo y a la ruina económica del país, tal y como se había encargado de prometer y asegurar que haría.

Es evidente que la crisis actual supera las fronteras españolas; que no existe una varita ni una flauta mágica capaz de resolver la situación creada; que la política no es una ciencia exacta y unas veces se acierta y otras no; que las grandes decisiones y los grandes obstáculos de esta crisis, aun generados en suelo español, tienen la solución en decisiones que se adoptan más allá de nuestras fronteras; que a la oposición socialista le falta fuerza moral para criticar u orientar el giro de las decisiones adoptadas; que la austeridad es necesaria en una sociedad que ha perdido el equilibrio y se ha emborrachado con la quimera de sentirse rica, instalada ya, de forma definitiva, en la “Champion ligue” de los países europeos; que quienes tienen en sus manos la llave para ayudar a resolver la crisis parece que no tienen la voluntad necesaria para hacerlo, o el egoísmo les ciega; que los políticos que nos gobiernan son humanos y, como todos los humanos, dan la impresión de estar dando palos de ciego, desbordados, confundidos, a veces derrotados.

Todo eso es cierto, y son cosas que si se explican bien, la ciudadanía está dispuesta a comprender y aceptar; pero lo que nadie va a perdonar a Rajoy es que ha mentido. Ha hecho promesas que no ha cumplido; ha negado datos sobre la economía que estaba obligado a conocer y que dijo ignorar; él y sus inmediatos colaboradores se han mostrado arrogantes, apoyándose en supuestos básicos no solamente equivocados sino maliciosamente distorsionados; ha creado esperanzas fundadas en promesas para las que él y su equipo estaban incapacitados de cumplir; al igual que a sus predecesores le falta humildad y le sobra arrogancia. Pero lo más grave de todo no son las torpezas o la impotencia, sino las mentiras.

No creemos que los políticos alemanes, holandeses, suecos, filandeses, noruegos o daneses, sean mejores personas que los políticos españoles, pero mienten menos y, además, denostan socialmente la mentira y, cuando les pillan en una, son fulminados por una sociedad que aborrece tal conducta. Son protestantes en su cultura. Y eso ¿qué significa? Que la llamada ética protestante está arraigada en el ADN de la sociedad y eso quiere decir que la mentira es un pecado social imperdonable. No es extraño que los políticos de esos países condenen con toda contundencia que se presenten documentos falseados, que se hagan promesas que no se cumplen, que se derroche lo que no se tiene, que políticos y líderes sociales roben impunemente; y mucho más cuando son precisamente ellos, los ciudadanos de esos países, los que tienen que salir al paso de los desmanes ajenos con sus impuestos.

Es de suponer que saldremos de esta crisis. Tal vez confundamos el deseo con la realidad, pero esperamos o, al menos, deseamos que pronto se verá la luz al final del túnel. Y ocurrirá de la mano de nuestros vecinos a los que, además de mentirles, les insultamos y criticamos porque no se amoldan a nuestros caprichos. Pero para ello, para salir medianamente a flote, es preciso que Rajoy y su equipo, o el gobierno de turno que le sustituya, no mientan más; que afronten con humildad la situación real y si es preciso buscar ayuda externa, como no cabe otra, lo hagan con la dignidad que brinda el ir con la verdad por delante.

Agosto de 2012.

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