Máximo García Ruiz

Hoy en día nadie pide consejo, ni siquiera los jóvenes. Más aún, especialmente los jóvenes. En otros tiempos los jóvenes sí se preocupaban por conocer la opinión de los mayores. El joven poeta que deseaba emular a un Rilke o a García Lorca; el pintor que deseaba triunfar en el arte siguiendo las huellas de un Velázquez, un Van Gogh, un Dalí o un Picasso; el entusiasta del teatro que aspiraba a lograr el éxito de una Margarita Xirgu, un Juan Diego o una Idina Menzel; el aspirante a escritor consagrado que buscaba las huellas de Unamuno, Stefan Zweig o Arturo Barea; incluso el aprendiz de carpintero, de fontanero o de electricista, que se ponía bajo el amparo de un maestro experimentado para aprender concienzudamente el oficio del que pretendía vivir el resto de su vida; o el joven agricultor que, desde niño, aprendía de sus mayores a gestionar las diferentes estaciones del año y los fenómenos atmosféricos para conseguir sacarle a la tierra el mejor fruto. Todos ellos tenían su mente abierta y sus sentidos expectantes ante las respuestas de los versados maestros; y cuando no fluía libremente la enseñanza, surgía la pregunta.

De esta forma se han ido transmitiendo saberes y experiencias a lo largo de la historia y el mundo ha evolucionado sumando a la genialidad y empuje de las nuevas generaciones la experiencia de quienes les han precedido. Los sabios griegos que seguían la escuela aristotélica se sirvieron del método de preguntas y respuestas para transmitir su enseñanza; Jesús de Nazaret utilizó este mismo sistema para impartir su doctrina. Ciertamente la transmisión de conocimientos se queda escasa si no va unida a la experiencia. No hay avances científicos sin pasar por el laboratorio.

Pero no, los jóvenes de ahora no sienten la necesidad de formular preguntas. No hay escuela de aprendices ni se toma en consideración la experiencia del profesor universitario, ni se aplica el ojo clínico de los médicos, ni se busca el consejo de los abuelos; todo está en los libros, o en los servicios técnicos o informáticos. Incluso en política, un ámbito en el que se pretende aprovechar las enseñanzas de las antiguas democracias, el Senado (latín Senatus, “consejo de los ancianos o viejos”) está integrado en buena medida por jóvenes senadores (también el Congreso de Diputados) que apenas si han hecho otra cosa en la vida que cursar una carrera universitaria (los que lo han hecho) y afiliarse con éxito a un partido; llegan a lo más alto de la responsabilidad ahítos de respuestas, sin necesidad de superar el necesario tamiz de las preguntas, sin haber pasado por la fragua de la experiencia y sin haber aprovechado la experiencia de sus predecesores..

A los viejos (y hoy en día ser viejo en el sentido productivo comienza excesivamente pronto) se les reduce, en el mejor de los casos, a que jueguen el papel de pensionistas. Un compromiso oneroso para las nuevas generaciones que, en época de crisis, hay que intentar domeñar para que no se convierta en una carga imposible de sobrellevar. Existe un tremendo potencial de sabiduría, de conocimiento, de experiencia, de sensibilidad, de mesura, conseguido todo ello después de muchos años de ir sorteando obstáculos, resolviendo problemas y abriendo caminos, que a nadie interesan, porque los jóvenes dan el salto de la escuela al escenario de la vida con una mochila repleta de respuestas y son incapaces de formular ningún tipo de preguntas.

Y así nos va. Cuando faltan las peguntas, desaparece el diálogo; cuando no hay diálogo, se embrutece el entendimiento; cuando se embrutece el entendimiento se agotan las ideas; cuando faltan las ideas, se estrecha el camino; cuando se estrecha el camino nos quedamos sin futuro; y cuando no hay perspectiva de futuro, nos espera el fracaso. La sociedad no puede avanzar sin el concurso de los jóvenes, pero los jóvenes necesitan la experiencia de quienes han recorrido antes el camino. No tanto para hacer un seguimiento irreflexivo, sino para que sirva de catalizador. Jóvenes que se paren en el camino y pegunten por las sendas antiguas, tal y como recomendaba el profeta Jeremías.

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