Máximo García Ruiz

Como ciudadano del mundo, consciente del papel relevante que la Iglesia católica tiene en nuestra sociedad, con su cerca de un millón doscientos mil bautizados, que no seguidores, que representa un 17 por 100 aproximadamente de la población mundial, he seguido con interés los últimos acontecimientos desde la renuncia al papado de Benedicto XVI por razones que en algún momento serán explicadas, hasta el nombramiento del argentino Jorge Bergoglio, quien ha decidido ser conocido como Francisco, el primer papa que hace uso de ese nombre. Debo confesar que me he estado resistiendo a escribir sobre este acontecimiento universal, por la enorme dosis de papanatismo que acompaña la mayor parte de las crónicas que circulan cuando se produce un acontecimiento de estas dimensiones, pero finalmente sucumbo a la tentación.

Un papa argentino y, por extensión latinoamericano que, entre otros problemas latentes, muchos de ellos únicamente intuidos por el gran público, ha de enfrentarse al de la sangría de deserciones que está sufriendo el catolicismo en Latinoamérica, el mayor vivero de la Iglesia católica; un tema que ya fue motivo de honda preocupación para sus inmediatos predecesores y al que la Curia romana espera que Francisco I le preste una atención preferente, una de las claves por las que ha sido elegido.

Curiosamente la deserción de católicos en los países latinoamericanos nada tiene que ver con el creciente nivel de increencia que se registra en Europa y que explica la merma que están sufriendo las iglesias en general, sino con la enorme decepción sufrida por la falta de respuestas a las demandas espirituales de muchos de sus antiguos seguidores. Una feligresía, la latinoamericana, que ha visto defraudada la esperanza que depositó en los postulados del Concilio Vaticano II, que ha sufrido al ver humillados a sus pastores (léase teólogos de la liberación) por el aparato vaticanista, que se ha sentido ayuna de un mensaje evangélico y liberador y que, finalmente, ha encontrado en las iglesias evangélicas refugio espiritual; un refugio que está produciendo un imparable trasvase de antiguos católicos desencantados que reciben en las comunidades evangélicas la respuesta que inútilmente buscaron en el catolicismo.

Secuestrado por el aparato vaticanista, habrá que ver cuánto tiempo y hasta qué punto el papa Francisco es capaz de mantener ese halo de humildad, de proximidad al pueblo, de independencia un tanto rebelde, rasgos con los que está adornando sus primeros actos públicos; habrá que estar al tanto para ver hasta dónde llega, al margen de su posible conservadurismo o aparentemente falta de progresismo que le atribuyen los medios, en sus relaciones con otras confesiones cristianas, que no hermanos separados, y hasta qué punto alcanza su disposición al diálogo con otras religiones. Su capacidad de meter el bisturí en las finanzas vaticanas, en los problemas de pederastia, en la opacidad del aparato curial, son temas de orden interno que, salvo la enorme repercusión social de la pederastia entre el clero que ni sus propios seguidores le perdonarían que no fuera capaz de resolver con mano firme, se escapan al interés prioritario que en estos momentos pueden acaparar la atención de un observador no católico.

Los primeros apuntes biográficos que circulan en los medios de comunicación muestran a Jorge Bergoglio como un cardenal proclive al diálogo con otras confesiones cristianas; incluso se recuerdan encuentros y relaciones estrechas con líderes protestantes de su país natal. Habrá que estar atentos al giro que toman, en su nueva condición de papa Francisco, sus relaciones con las otras religiones cristianas. Mi utópica ingenuidad me hace soñar con ese momento en el que la Iglesia de Roma, bajo la batuta de un papa respetuoso con la historia de la Iglesia en sus primeros cinco siglos, y aún después, recupere su condición de Patriarcado juntamente con el resto de Patriarcados de la Iglesia, acepte asimismo la nueva configuración de la Iglesia occidental que surge en el siglo XVI con la Reforma Protestante, renuncie a su empeño de ser Cabeza de la Única Iglesia Cristiana Universal que se atribuyó a sí misma mediante procedimientos históricamente poco ortodoxos, y se avenga a convocar un genuino Concilio Ecuménico, es decir, un concilio que abarque a todo el universo cristiano, en el que todas las manifestaciones de la Iglesia Universal encuentren una plataforma de diálogo fraterno, sin etiquetas previas.

Sea como fuere, deseamos sobre el nuevo obispo de Roma y cabeza de la Iglesia católica, las mejores y más abundantes bendiciones de Dios


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