Este año Víctor Jara hubiera cumplido 80 años de edad, si no fuera porque casi cuatro décadas atrás fue brutal y alevosamente asesinado en el mítico “Estadio Chile” (que hoy lleva su nombre), en Santiago, en los prolegómenos de la sangrienta represión que finalmente impondría el putsh fascista del 11 de septiembre de 1973. Un grupo de cancerberos golpistas se ensañaron con él, desde los primeros minutos de su detención, como quedó de manifiesto de manera dramática y rotunda en el informe forense, que siguió a la exhumación de su cadáver realizada hace un par de años: lesiones múltiples y 44 impactos de bala, uno de los cuales, un calibre 9 mm, le cruzó el cráneo, y que en definitiva fue el que le causó una muerte casi instantánea.

En efecto, Víctor, a penas fue reconocido por uno de sus celadores se convierte rápidamente en un valioso rehén, una especie de “botín” humano del sangriento golpe de estado. Así alcanzó a cantar el tormento de su injusto calvario, pese a las mal vívidas y dificilísimas circunstancias:

“Un muerto, un golpeado como jamás creí
se podría golpear a un ser humano.
Los otros cuatro quisieron quitarse todos los temores,
uno saltó al vacío,
otro golpeándose la cabeza contra el muro,
pero todos con la mirada fija de la muerte.”

Y era de esperar, pues por entonces, Víctor, se había transformado en todo un símbolo de la “revolución chilena” que lideraba el presidente Allende y que desembocó en el gobierno de la Unidad Popular (UP), una de las experiencias políticas más sorprendentes del siglo XX. En un potente y multifacético artista que gozaba de una enorme popularidad y cariño incondicional de su público. Un éxito que al mismo tiempo que cosechaba lograba granjearle todo el odio de la poderosa burguesía chilena, parafraseando a Lorca, diaríamos “la peor de las burguesías del mundo”. La misma que, catastróficamente, lo terminará por convertir en un genuino símbolo de toda la injusticia, el horror y la barbarie del genocidio chileno. Al tiempo que, también, en el ejecutado político más (tristemente) célebre de la historia, un verdadero mito universal, solo comparable con Lorca, el gran poeta granadino.  

Un símbolo de la injusticia, porque además de todo el horror,  y a pesar de que Víctor fue salvajemente castigado ante más de 5 mil testigos, su sacrificio permanecía en la más absoluta y deshonrosa impunidad. Y han tenido que pasar casi cuatro décadas para que empiece, recién hoy, en estas últimas horas, a despuntar algún atisbo de justicia, con la decisión de la anquilosada (in)justicia chilena de someter a proceso a  los ex militares Roberto Souper Onfray, Raúl Jofré González, Edwin Dimter Bianchi, Nelson Hasse Mazzei y Luis Bethke Wulf, en calidad de autores y encubridores de este alevoso crimen.

No obstante, durante todo este tiempo su viuda, Joan (Turner) Jara, sus hijas, uno que otro periodismo de investigación, algunas organizaciones de izquierda y de derechos humanos, nunca claudicaron ni dejaron de clamar justicia, incluso mediante cierto inocuo exabrupto de “justicia popular”, se encargaron, hasta de ponerle nombre y rostro a esos despiadados verdugos. Unos rostros que no dejan de impactar, fundamentalmente, por todo el cinismo y la cobardía empeñada hasta la abyección por parte de estos sujetos, al ser emplazados por dichos actores.

Y, más aún, porque contrasta sobrecogedoramente con la valor y la serenidad con Víctor enfrentó su triste destino. Ello se quedaría inmortalizado en otro impactante fragmento de sus versos póstumos:

"¡Canto que mal me sales
cuando tengo que cantar espanto!
Espanto como el que vivo
como el que muero, espanto.
De verme entre tanto y tantos
momentos del infinito
en que el silencio y el grito
son las metas de este canto.
Lo que veo nunca vi,
lo que he sentido y que siento
hará brotar el momento..."

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