En 1997, Aylwin concedió una polémica entrevista al diario El Excelsior de México, de donde vale la pena recordar algunas de sus antológicas afirmaciones:

"Todos tuvimos la culpa, todos tenemos responsabilidades de lo ocurrido a partir de 1973. ¡Es que tuvimos una visión errónea de lo que eran los militares chilenos! (…) En esa época actué honradamente y de acuerdo a mi conciencia, pero... hoy lo reconozco... me equivoqué de medio a medio. Siento mía la tragedia ocurrida en Chile, pero combatí con fiereza a la dictadura. Y así como me equivoqué yo, nos equivocamos muchos".

 

En esta oportunidad, aunque diametralmente opuestas, sus declaraciones al diario El País, tampoco han dejado indiferente a nadie, a lo menos en Chile. Sus destempladas declaraciones sobre “El Innombrable”, el Golpe de Estado y la figura del presidente Allende, cumplieron con creces el (in)deseado efecto: pegar fuerte sobre la conciencia democrática de los chilenos y sembrar el más absoluto desconcierto.

Como en los viejos tiempos, cuando con el más artero bombardeo propagandístico (vía UPI y SIP de la mano del Tío Sam) se ensañaron con la conciencia limpia y sana de los chilenos, so pretexto de defender la libertad y la democracia. Las mismas que, más tarde, no trepidaron maquiavélicamente en traicionar y destruir a sangre y fuego.

Ahora, es evidente que si Chile existe fuera, es principalmente a partir de la figura del presidente Allende. Primero lo puso en el mapa con la “vía chilena al socialismo”, su revolución popular, democrática y nacional. El más sorprendente experimento político que llenó de asombro al mundo por su inventiva, originalidad, alegría…

Y luego por su toda su dignidad, consecuencia y valor, por  su postrero y contundente gesto de rebeldía y soberanía personal, de libertad absoluta y categórica cuando interpretando su propio papel para la historia y para su pueblo, como señala, García Márquez, defendió “a bala el mamarracho anacrónico del derecho burgués defendiendo una Corte Suprema de justicia que lo había repudiado y había  de legitimar a sus asesinos, defendiendo un Congreso miserable que lo había declarado ilegítimo pero había de sucumbir complacido ante la voluntad de los usurpadores, defendiendo la libertad de los partidos de oposición que habían vendido su alma al fascismo, defendiendo toda la parafernalia apolillada de un sistema de mierda que él se había propuesto aniquilar sin disparar un tiro.”

Allende, sin lugar a dudas, es una de las figuras globales que cuenta con la más amplia respetabilidad internacional, muestra de ello es que es difícil encontrar en Europa y en el mundo entero un país que no tenga una plaza, una avenida, un busto, un centro cultural, etc… que lleve su nombre.

Es tanta la respetabilidad y la valoración de que Allende goza en el extranjero, que no falta, por ejemplo, en las manifestaciones de los Indignados y del 15M, un grito o un cartel que lo aluda: “el pueblo unido jamás será vencido”, uno de sus más universales y desafiantes consignas. Sin ir más lejos, en la última manifestación en Tarragona, una pequeña y armónica ciudad de corte europeo catalana, se pudo leer: “Ser jove i no ser revolucionari és un fet antibiològic”, Salvador Allende.

Una ciudad, que dicho sea de paso, acaba de celebrar en su universidad pública (URV) las “Jornadas Salvador Allende”, con un éxito inusitado de público estudiantil y que congregó por dos días a los más potentes catedráticos y analistas, entre los que cabe destacar a Joan E. Garcés, entre otros. Una ciudad que tiene dos bustos del presidente y una plaza en su honor, por si fuera poco.

De tal modo que evidente que las destempladas declaraciones del ex presidente DC, generan, estricto sensu, un efecto en clave local. Simplemente porque él no existe para nadie fuera de las fronteras de Chile. Y en el mejor de los casos para los que conocen algo de la política chilena, representa que fue un político democristiano de derechas, golpista, que hizo todo lo que pudo y más -al costado de su líder Frei Montalva- para derrocar al gobierno del presidente Allende y de la UP. Que luego de cumplido el objetivo, corrió donde los militares a pedir que les devolvieran el poder y que ante la negativa de éstos se volvió un enconado opositor del sátrapa chileno.

Ese es, más o menos, el juicio unánime que la opinión pública internacional tiene sobre él. Un juicio que por lo demás, no dista mucho, como está a la vista, del que sostienen las nuevas generaciones de chilenos. Los mismos que han elevado al presidente Allende a la categoría del personaje más importante de la historia de Chile.

Por ello, también, estas últimas declaraciones del señor Aylwin resultan más descalabradas y graves que otras anteriores, y representan algo más que una simple muestra de cinismo e hipocresía senil. Especialmente, si se tiene en cuenta el crítico momento que vive la clase política criolla, nepotismos, oligarquías y traiciones mediante, con un altísimo índice de desprestigio y desaprobación ciudadana, seguramente como nunca antes en la historia de la política chilena.

Y, también, porque es evidente, siguiendo a Gilles Deleuze, que gran parte de esa crisis que se vive, se debe a la ostensible incapacidad de asimilación de la “revolución chilena” y del gobierno de Salvador Allende, manifestada por nuestra sociedad y, principalmente, por su clase política tradicional. Como asimismo, una particular impotencia a la hora de acometer la tarea de una reconversión subjetiva a nivel colectivo como la que exigía esta revolución. No han sabido proponer nada a la gente ni a nivel de estudiantes ni de trabajadores, etc… y, por el contrario, se han encargado de marginalizar o caricaturizar todo lo huele a tan potente acontecimiento.

Resulta evidente, sigo con Deleuze, que la revolución chilena y Salvador Allende, responden a la clase de “fenómenos históricos” o “acontecimientos” que no solo escapan a los determinismos y causalidades, contrariamente a la opinión de los historiadores, sino que poseen siempre una parte irreductible a los determinismos sociales “son apertura de lo posible, ocurren en el interior de los individuos tanto como en el espesor de una sociedad toda, pues se trata de fenómenos eminentemente colectivos”. Aunque contrariados, reprimidos, recuperados y traicionados no deja de implicar algo insuperable aunque hayan pasado muchos años...

Una suerte de fenómenos “creativos” y de “videncia” social, en virtud de lo cual las sociedades hacen un alto en su devenir histórico, observan y advierten lo que tienen de intolerable, visualizando al mismo tiempo las posibilidades de otorgarse algo distinto, una nueva existencia, una nueva subjetividad… dotada de una fuerte dosis de iniciativa y creación promueven y constituyen un nuevo estado social capaz de dar respuesta a una nueva realidad: eso fue la revolución chilena y Salvador Allende.

Es por ello, termino con Deleuze, que nos encontramos hoy por hoy a los fantasmas y a los hijos de la UP por todos lados, sin que ni ellos mismos lo sepan. Pueden ser extrañamente indiferentes, pueden no ser gente de brillante ni de éxito, pueden haber dejado de ser exigentes o narcisistas, pero están bien informados y saben perfectamente bien que nada responde a su subjetividad y sensibilidad, saben exactamente que todo va más bien contra ellos que a su favor. Por ello han decido actuar solo para mantener así una apertura y posibilidad. 

Pero una asimilación semejante pasa, necesariamente, por el  establecimiento de la verdad, de una verdad oficial (no oficiosa), una verdad construida y compartida por un “nosotros”, y ello implica contar con una dosis importante de honestidad y de valentía para derrumbar, primeramente, los mitos, las distorsiones y las falsificaciones históricas como las que anidan, por ejemplo, en la cabeza del exmandatario decé.

De tal modo que debemos empezar, de una vez por todas, reconociendo, con la misma honestidad y valentía requerida, que si el señor Aylwin no hubiera sido el… mal político que fue, no estaría situado en la historia, junto a la despreciable troupé -por todos conocida- como uno de los principales instigadores y artífices del sangriento pustch facistoide, ni tampoco como uno de los eventuales/ supuestos cómplices del cruento genocidio chileno impuesto por la más brutal (contra)revolución capitalista que jamás haya conocido país alguno, como señala Naomi Klein. Delitos, que cabe recordar, por cuya naturaleza y ha juzgar por la jurisprudencia y los tribunales internacionales de DD.HH., no prescriben ni son amnistíables.

Si bien es cierto, él y otros tantos, han tenido la suerte de gozar del indulto que brindó el manto de impunidad tendido en un país esquizo por los entresijos del poder y los cambullones de la (in)modélica “traisición” a la democracia chilena.

Pero, moral e históricamente ha sido juzgado, como los demás, por un amplio sector de la sociedad chilena (especialmente por parte de las nuevas generaciones) que no olvida ni perdona, pues no comulgan con el cinismo, la claudicación y la traición. Y que lo sepan bien, él y los otros, todo parece indicar que a partir de ahora, de los nuevos tiempos que se viven en Chile y en el mundo, “no le dejarán pasar ni una”. ¿Recuerdan esta frase?

 

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