Félix Muriel Rodríguez

Con independencia de las salmodias sesgadas, partidarias, que la noche electoral nos brindó, quisiera hacer una lectura más sosegada, aunque de urgencia, de los resultados de las elecciones catalanas del pasado 25 de noviembre. Finalmente la cosa quedó mal pero no rota del todo.... Es un consuelo....

Alguna que otra alegría

Yo creo que hay dos aspectos positivos, o quizás tres del proceso electoral: El primero es una cierta sensación de alivio. La sensación de vértigo que hemos venido viviendo en las últimas nueve o diez semanas, parece que se ha pasado.... nos hemos tomado un par de "torecán" y la cosa se ve más aliviada.... Pero que no tengamos sensación de vértigo no quiere decir que no estemos en el precipicio, quiere decir simplemente que o bien nos hemos acostumbrado al vértigo o bien no lo tenemos en estos momentos, pero al borde del abismo estamos con o sin sensación de vértigo.

Otro aspecto positivo es que ha habido una participación importante, mayor que en otras elecciones catalanas autonómicas, que siempre había sido más tibia, aunque no mayor que en otros comicios generales en Cataluña, y muy por debajo de la implicación ciudadana en las consultas plebiscitarias (no debemos olvidar que ésta se había presentado bajo ese marchamo indudable por parte del gobierno de la Generalitat). Y esto es importante en un momento en que estamos asistiendo a una de las mayores desafecciones de los ciudadanos hacia la política y a la cosa pública, lo que demuestra que, cuando la gente se juega algo, va a votar porque todavía sigue creyendo que la democracia es el menos malo de los sistemas encontrados para hacer valer su dignidad ciudadana.

Y una tercera nota positiva es que, “a simili”, cuando se trate de poner en marcha el referéndum –si es que, finalmente, se pone-, todos tendremos que tener en cuenta que los catalanes no están masivamente por la independencia ni masivamente por la permanencia; que no es sociedad para aventuras a ninguna parte; que el aventurerismo no casa bien con el tradicional ‘seny’; que hay un grave problema de cesura social, que cualquier decisión equivocada o cualquier órdago puede romper en dos el país por el espinazo...; es decir, que antes de partir, de dividir la sociedad, hay que hacer cosas para que la balanza se incline hacia un lado o hacia otro en función de los intereses en liza. Pero la gran enseñanza de la noche electoral es que la participación frena el independentismo y la abstención le da alas. Hoy por hoy; lo que no quiere decir que sea siempre así en el futuro.

Hasta aquí lo positivo del resultado del 25-N. Lo negativo, hay que verlo desde una doble perspectiva: la del gobierno de Barcelona y la del gobierno de Madrid.

Difícil gobernanza en Cataluña

Desde Barcelona, la cosa pinta mal. Artur Mas tenía varias posibilidades: dimitir, dar marcha atrás en su apuesta independentista o reafirmarse en sus posiciones anteriores a la consulta.

No ha dimitido, porque a pesar de sus deseos de diferenciación con respecto a España, es tan español que hasta en esto se parece a los políticos españoles. Los políticos españoles no dimiten porque no conocen el verbo dimitir a pesar de no ser defectivo sino regular, de la tercera, que no presenta irregularidad o defecto alguno en su conjugación. Pudo haber dimitido, pero no lo hizo, se avino a dejar de ser el mesiánico Artur Mas de la campaña, para ser el capitidisminuido y fracasado Artur Menos que se aferra al poder a pesar de los resultados adversos y se apresta a gobernar como sea. Algunos políticos a veces pierden la dignidad antes que perder el poder.

La otra opción era dar marcha atrás, reconocer que había fracasado y que renunciaba a la aventura separatista. Esta posición le podría granjear los apoyos de PP y Ciutadans y los del PSC, probablemente, pero le dejaba en una situación desairada respecto a su electorado, o al menos a una parte importante de su electorado que creyó las soflamas independentistas de su ídolo de barro. Demasiado para la soberbia propia de un político que ha demostrado no tener la humildad suficiente para dimitir.

O una tercera, que es decir que no ha pasado nada y que va a seguir adelante con su programa de independentismo. Pero esta opción se hace insostenible al menor contraste. Exige una lectura forzada del marco resultante de las elecciones en el sentido de creer que el parlamento salido de las mismas es mayoritariamente soberanista o independentista, lo que no es del todo cierto. Y que, a falta de la “mayoría excepcional” que reclamaba, da por buena una mayoría “suficiente” para llevar a cabo el proyecto que le avoco a convocar las elecciones, claro que no siempre se puede extrapolar válidamente el dicho de a “falta de pan buenas son tortas”. Vaya papeleta.

Ahora, puesto que ha decidido gobernar, tendrá una gobernanza imposible: sus socios naturales, los peperos no están por la labor, y no le van a aceptar los pactos de geometría variable (“contigo los presupuestos”, “con ERC la presión a Madrid”, “con el PSC la consulta, si fuera legal”); los de Esquerra Republicana, una vez que han probado las mieles del triunfo, se van a vender caros y le exigirán el apoyo sin reservas a su independentismo y cambiar radicalmente de políticas. ...Y, sobre todo, después de haberse quedado con el santo y seña de la “estrelada”, no van a estar dispuestos al abrazo del oso con los convergentes en una dudosa aventura de gobernanza en las que pueden perder nuevamente la estrella. Difícil papeleta. La otra posibilidad es la de gobernar con el PSC, que no creo que quiera suicidarse de nuevo con la misma soga en tan corto espacio de tiempo (gobiernos tripartitos de Maragall y Montilla), aunque con estos podrán pactar cosillas.... Como diría Miguel Ángel Aguilar, ¡atentos! Menuda papeleta.

La pelota en el tejado de Moncloa

Y el gobierno de Madrid también lo tiene negro. Que el resultado de las elecciones de noviembre haya alejado la sombra inminente del independentismo no quiere decir que haya desaparecido el problema catalán. Ni mucho menos. Solo quiere decir que la llamada “cuestión catalana” esta reclamando un nuevo enfoque desde una nueva perspectiva; que deben replantearse las bases de la relación –por enésima vez en nuestra historia- entre Cataluña y España, o, lo que es lo mismo, el encaje de la primera en ésta última.

Y es aquí precisamente donde radica el problema. El Gobierno de Mariano Rajoy tendrá necesariamente que hacer concesiones si no quiere que las sombras a las que me refería antes se disipen evidenciando la realidad en toda su crudeza (no puede seguir en este asunto la política del avestruz que acostumbra). Y eso es muy difícil. Y muy peligroso para el país. Primero porque no hay una idea de consenso en España de cómo deba estructurarse en el futuro la distribución territorial del poder resultante de la supuesta superación del actual estado de las autonomías. Y en segundo lugar, porque no tienen freno: el PSOE no tiene en estos momentos capacidad para frenarlo, porque no está sencillamente en condiciones de establecer los mimbres de la negociación.

Cualquier cesión bilateral que pudieran pactar convergentes y populares que afecte al actual diseño del estado de las autonomías tendría repercusiones importantes sobre el dibujo general del mismo. Sobre todo cuando no hay consenso –como decía antes- sobre hacia dónde camina el futuro del Estado Autonómico.

Un estrambote para socialistas

Una última reflexión sobre el papel de los socialistas. Todo sigue igual en el PSC/PSOE. Se puede decir que va en caída libre, sin paracaídas; es como si en esa caída, antes de llegar al suelo, se haya enganchado en una rama de un árbol, o como si en la travesía del desierto, el resultado electoral fuera interpretado como un espejismo, un falso oasis. El PSOE haría mal con poner cataplasma a la derrota. Y consolarse con alegrías colaterales: “somos la segunda fuerza en votos”, “no nos ha superado el PP”, “a pesar de todo somos la tercera fuerza parlamentaria”, o lo que decían desde Ferraz la noche electoral de que como ‘teníamos las encuestas por los suelos, el resultado no ha sido tan malo’, etc. etc. En fin, todo muy complicado.

El PSC (y el PSOE) debería aclarar más pronto que tarde que entiende por federalismo. Pero lo que entienda por federalismos para Cataluña debe ser vendible como tal al resto de España, porque de lo contrario no estaríamos resolviendo absolutamente nada, ni habríamos entendido lo que las urnas reiteradamente desde 2011 vienen diciendo de modo contumaz. Pero, en el aquí y en el ahora, las proclamas federalistas no pasan de ser precisamente eso: proclamas electoralistas. A ciencia cierta no sabe nadie que entienden los socialistas por “federalismo”. Y, en esas condiciones, ni se podían ganar las elecciones del 25-N ni se podrán ganar las sucesivas que se planteen. Habrá que esperar mayor claridad y precisión en las respuestas.


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